Superando el miedo a los demás

Por Yaisha Vargas Pérez para el blog A Mystic Writer

Una vez leí un letrero en Facebook que decía: si quieres dejar de tenerle miedo a los demás, DEJA DE JUZGARLOS. Así, como un regaño. Y yo me indigné. ¡Si los demás dejaran de actuar de forma disfuncional, entonces yo no les tendría miedo!

Hasta que comencé a andar en este camino del Noble Óctuple Sendero. Es como si estuviera parada en medio de un salón con ocho espejos, cada uno mostrándome un aspecto de mi propia conducta que me lleva al sufrimiento o a dejar de sufrir y ser más feliz.

Uno de esos factores es la intención sabia. Consiste en renunciar a hacerse daño a uno mismo y a los demás, renunciar a la mala voluntad hacia otros y a la crueldad para cultivar la benevolencia. El propósito es llegar a ser una persona inofensiva —que no es lo mismo que tonta—. En esa ausencia de malevolencia, la mente puede descansar en la paz, la serenidad y a dedicarse a generar cosas buenas que le den a alegría tanto al dador como a quien las recibe.

Este factor reforzó mi práctica de “metta” o benevolencia; el ir por la vida deseando que tanto yo como todas las personas que cruzan mi camino estén bien, tengan salud, sean felices y tengan paz. Comencé a practicar generar una intención de benevolencia para todo el mundo, solo porque sí, a ver qué pasaba. Comencé a darme cuenta de que estaba más relajada en mi interior y le tenía menos miedo a la gente. Ya había leído en un artículo científico de la revista Psychology Today que la práctica de generar benevolencia hacia los demás solo porque sí, había ayudado a otras personas a superar la fobia social, y yo comencé a ver adelantos.

Pero hace unos días, se me hizo muy difícil meditar. Mi mente se disparaba a todas partes, y no podía ayudarla a que se aquietara. Una de mis maestras de mindfulness nos enseña a observar qué condiciones ocurrieron antes de que la mente se sintiera más enredada o más liberada, pues eso nos informa sobre lo que sí podemos hacer para seguir caminando hacia la felicidad.

Me di cuenta de que la noche anterior me había puesto a quejarme de otras personas, de sus comportamientos, de que eran antipáticas, que no saludaban, que eran como un fuerte amurallado, que estaban rodeadas de tribus apiñadas, que no se relacionaban conmigo, que estaba segura de que yo les caía mal y ni siquiera sabía qué les había hecho… etcétera… Al principio de la letanía, revisé si en mi cuerpo había alguna contracción que indicara que mi expresión verbal era poco sabía y debía detenerla. Pero no sentí nada. Más bien sentí el alivio de poder desahogarme con alguien por sentir que otras personas no me querían o yo no las entendía.

Sin embargo, horas después, al sentir mi mente desorganizada y seguir el rastro de lo que hizo mi mente antes de meditar, recordé esa conversación. Al recordarla, sí sentí contracción en mi cuerpo, un sentido de separación de l@s demás (yo aquí y ell@s allá) y mucho temor. Recordé que me criaron así, para que no confiara, que sospechara, competiera y prevaleciera. Para que los demás tuvieran que validarme. En el entorno en el que crecí, me decían que tenía que ser tan y tan perfecta para poder ser suficiente, que comencé a juzgar las imperfecciones de los demás para sentirme más perfecta que ellos. A los 10 años, ya no podía tener amig@s ni jugar con ell@s porque tenía que sacar mejores notas que ell@s. Y ahí comenzó mi fobia hacia los demás. Aprendí que, si una persona andaba en un carro destartalado, entonces era un “tusa”, que el nivel económico definía la dignidad de la persona y que no todos valíamos lo mismo. Yo quería ser una persona buena y seguir las enseñanzas de un Jesús que amaba a todo el mundo sin distinciones, pero mi entorno no apoyaba en parte esa aspiración.

El maestro zen Thich Nhat Hanh dice que hay hábitos que se quedan en el sótano de nuestra mente. Siguen corriendo su programación sin que nos demos cuenta, hasta que logramos sacarlos de raíz y plantar cosas nuevas. Llegué a la adultez con aquellos pensamientos y teniéndole miedo a los demás sin saber por qué.

Ya había notado con la práctica de benevolencia que, si generaba pensamientos de bondad hacia otras personas solo porque sí, me sentía más segura en lugares concurridos. Podía percibir que los demás sentían mi bondad hacia ellos y me sonreían o me ayudaban. Gracias a la práctica de la bondad en el supermercado, me han hecho espacio en una fila, me han llevado la compra a mi vehículo, me han ofrecido una bolsa para poner mis vegetales, me han dejado pasar… Pero ese día lo vi más profundamente. Mi miedo hacia los demás estaba fundamentado en mis propios pensamientos acerca de ellos. Cuando estuve dispuesta a ver la verdad sobre las personas que yo creía que no me soportaban, me di cuenta de que tenían sus propias luchas y estaban, al igual que yo, atrapadas en su propio sufrimiento. Entonces hubo en mí más compasión. Todas habían tenido desafíos familiares durante la pandemia, habían perdido parientes, estaban tratando de echar hacia adelante. Me atreví a hacer un poco lo que aprendí de Jack Kornfield: a literalmente caminar en sus zapatos. Les envié mensajes de solidaridad, solo porque sí, y me respondieron enviando un corazón.

Ese día se me quitó la animosidad. Entendí más profundamente que los seres humanos tenemos personalidades distintas y visiones diferentes de lo que es el mundo. Algun@s vemos el mundo como un lugar de aventura y otros como un lugar del que hay que protegerse. Depende de nuestras experiencias, sí, pero también podemos cambiar esa visión si estamos dispuest@s a ver que tenemos la habilidad de timonear nuestra mente en la dirección de la bondad y la liberación. Hay muchas cosas —del mundo y nuestra propia mente— que no podemos controlar. Pero sí es posible tener la disposición de desarrollar la intención de la benevolencia hacía un@ mism@ y los demás. Y aunque no nos salga al principio, podemos practicar, una y otra vez, con ternura. Después de todo, el letrero de Facebook tenía razón. Cuando dejé de juzgar a los demás, les perdí el miedo. Es cierto que la intención cuenta.

Muchas veces no podemos apagar nuestros pensamientos de juicio. Llevan mucho tiempo ahí. Pero es posible darnos cuenta de que es un patrón muy fuerte, tratarnos con compasión, y sustituirlos con pensamientos de benevolencia. #

La autora es maestra certificada en mindfulness por el Greater Good Science Center adscrito a la Universidad de California en Berkeley. Ofrece cursos en Sagrado Global.


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