Para ver la grabación, oprime aquí:
(Parte de un repaso de los Cuatro Fundamentos del Mindfulness para luego adentrarnos en la enseñanza del Noble Óctuple Sendero)
INTRODUCCIÓN
¿Qué ocurre con la práctica de Mindfulness del Cuerpo cuando aprendemos a prestar atención al cuerpo con amor?
En esta sesión repasamos cómo prestar atención al cuerpo para comenzar pronto la enseñanza del Noble Óctuple Sendero.
En la descripción del video encontrarás las grabaciones anteriores.
Estoy muy agradecida por haber recibido permiso de mi maestro para enseñar el Noble Óctuple Sendero en la tradición de budismo theravada, de donde John Kabat-Zinn secularizó el mindfulness hace ya varias décadas.
¡Que sea de beneficio para tu práctica!
Con bondad,
Yaisha
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MEDITACIÓN GUIADA
(1 campanada)
En la meditación de hoy, repasamos brevemente los puntos de descanso en la realidad presente —la respiración, el cuerpo, los sonidos y el espacio— y luego vamos a prestarle atención al cuerpo con amor.
Comenzamos con una invitación a tomar varias respiraciones profundas, como una transición del ruido al silencio.
Una invitación a encontrar la postura que funcione para ti. Que te permita mantenerte alerta y cómoda al mismo tiempo. Estructura en el cuerpo y ternura en el interior.
Si funciona para ti, puedes cerrar los ojos.
Ahora, una invitación a reposar la atención en la respiración. Sintiendo el aire que entra en el cuerpo. Sintiendo el aire que sale del cuerpo. Siguiendo el hilo de la respiración desde la nariz, pasando por la garganta, llegando a los pulmones y de regreso. Poco a poco. Añádele ternura y bondad a la respiración. No hay que ir a ningún lugar con prisa. No hay que hacer nada ahora mismo con prisa. Estar aquí y ahora, respirando, es suficiente.
Si la mente se distrae, eso es normal. Simplemente regresa a la respiración. Disfruta la respiración.
Lleva la bondad y la ternura en la respiración. Respírate con bondad.
Ahora, una invitación a prestar atención a los sonidos de ambiente. ¿Qué sonido hay cerca? Tal vez sea el ir y venir de los automóviles. Tal vez un abanico. Coquíes, grillos, el viento que sopla las hojas. O tal vez pájaros o voces de gente en la lejanía. ¿Puedes anclar la atención en los sonidos?
Ahora, ¿puedes percibir que hay espacio entre un sonido y otro? ¿Puedes percibir que hay espacio entre las cosas que hay en tu habitación? ¿Que lo más que hay es espacio? ¿Puedes permitir que tu mente salga por la ventana hacia afuera y llegue más lejos y vea que hay mucho espacio? Descansando la atención en el espacio…
Y poco a poco, regresando desde allá, prestando atención a los sonidos más cercanos. Y ahora al cuerpo.
Si necesitas cambiar de ancla en cualquier momento, puedes hacerlo. Esta es una invitación a explorar la atención al cuerpo con amor.
Ahora, una invitación a explorar el ancla del cuerpo. Con una presencia bondadosa, lleva tu atención al área de la cabeza. Permite que cualquier energía de estrés se derrita, abandone tu cuerpo. Tal vez lo haga a través de la respiración. Permítelo, deja ir.
Una invitación a poner atención al área del cuello, con una mirada suave y bondadosa. Dejando ir el estrés.
Una invitación a descansar la atención en el área del pecho. En los brazos. En las manos. En el área del abdomen. En la parte baja del abdomen. En las piernas. En los pies.
Regresando a ti misma. Al cuerpo como un refugio. Y al adentrarte en este aspecto de ti misma, que es insondable, que va desde lo físico hasta las sensaciones que no son tangibles, una invitación a entrar con una actitud de mirar todas las experiencias que surjan con cariño, darles la bienvenida sin pensar que son malas o que no deberían estar ahí.
Empezamos con lo más tangible. ¿Dónde sientes pesadez o liviandad? ¿Dónde sientes humedad o resequedad? ¿Dónde sientes calor o frío? ¿Dónde sientes movimiento, pulsación o vibración? ¿Dónde sientes contracción? ¿Dónde sientes espacio? Explorando las sensaciones del cuerpo.
Y ahora, ¿acaso hay alguna parte del cuerpo que necesite atención adicional? Tal vez alguna parte que esté sufriendo… una invitación a acercar tu presencia de bondad a esa parte. Déjale saber que estás ahí escuchar con amor, sin juicios y que puede revelar cuál es su sufrimiento si quiere, si está lista. Si esa parte no quiere, si se protege porque hay algo vulnerable, está bien. Habla con la parte protectora. Dile que puedes verla y que solo hay amor e intención de que no sufra.
Regresar a tu ancla.
Repetir este ejercicio varias veces.
Si es muy difícil el sufrimiento, recuerda que tú eres la presencia bondadosa que mira.
Si se vuelve muy intenso, recuerda que puedes regresar al ancla.
Ahora, nos preparamos para abrir el corazón y dejar salir nuestra verdadera naturaleza de bondad para enviar bondad al cuerpo. Esta es una invitación. Lo que habita en nuestro corazón es bondad y lo único que lo cubre es un velo.
Descorriendo el velo de la parte de enfrente del corazón, permitiendo que la luz de la bondad brille hacia el cuerpo en esa dirección.
Descorriendo el velo de la parte derecha del corazón, permitiendo que la luz de la bondad brille hacia el cuerpo en esa dirección.
Descorriendo el velo de la parte de atrás del corazón, permitiendo que la luz de la bondad brille hacia el cuerpo en esa dirección.
Descorriendo el velo de la parte izquierda del corazón, permitiendo que la luz de la bondad brille hacia el cuerpo en esa dirección.
Descorriendo el velo de la parte de abajo del corazón, permitiendo que la luz de la bondad brille hacia el cuerpo en esa dirección.
Descorriendo el velo de la parte de arriba del corazón, permitiendo que la luz de la bondad brille hacia el cuerpo en esa dirección.
Permitiendo que la bondad inconmensurable del corazón brille hacia todo el cuerpo y más allá, sabiendo que esa bondad también quiere que todes les seres dejen de sufrir.
Y en los últimos momentos de esta meditación, enviando agradecimiento por la oportunidad de practicar.
(3 campanadas)
CHARLA
La invitación de práctica para esta semana es aprender a acercarnos al cuerpo como un lugar donde establecemos atención plenamente. Cuando hablamos de los Cuatro Fundamentos del Mindfulness, que es la enseñanza original de mindfulness más allá de la secularización de esta filosofía —de prestar atención conscientemente a nuestras actividades diarias—, hablamos de cuatro lugares donde establecer la atención para generar una concentración que permita el insight o visión clara que nos permita ser libres de sufrir.
Prestamos atención al cuerpo y la respiración, que es el primer fundamento; a la tendencia de que nos desagraden o agraden las experiencias, que es el segundo fundamento, conocido como védana; a los estados mentales y emocionales, que es el tercer fundamento; y a los procesos mentales que nos llevan a sufrir y los que nos llevan a dejar de sufrir, que son los dharmas.
Pero hay algo de lo que se habla poco acerca de los Cuatro Fundamentos del Mindfulness y yo lo resalto mucho porque ha sido una enseñanza constante de mis maestros. La mirada que damos a estos espacios personales e íntimos donde establecemos la atención es una mirada de bondad. Es esa bondad amistosa, es esa capacidad de ser amigas de nuestra experiencia, donde está la posibilidad de liberarnos de sufrir. Claro que es necesario prestar atención. Pero si prestamos atención como si fuera un análisis científico en el laboratorio, podemos nombrar lo que ocurre, pero tal vez no pase más nada. Mañana vemos lo mismo. Aunque eso a veces es parte del proceso. Si ya podemos mirar de esta manera científica, desapegada, más fría, ¿qué ocurre si añadimos esta bondad amistosa a esa mirada?
Las experiencias que se guardan en el cuerpo son múltiples, ocurren a múltiples niveles. A veces puede ser una dolencia física, pero también puede ser un dolor que tiene una raíz emocional. Y se guarda en el pecho, en un hombro, en la espalda o en otro lugar. Si miramos el cuerpo con bondad y nos acercamos a la experiencia del cuerpo sin juicios, tal vez ese dolor se abra y nos hable de qué pasa. Si lo que escucha, o sea nosotras, es una presencia de bondad y no juicio, eso que está ahí guardado y merece alivio, tendrá la libertad de desenredarse, desenrollarse y aliviarse.
A veces sentimos el dolor disolverse porque recibió una atención amorosa. Otras veces, es muy intenso y tenemos que posar nuestra atención en otro punto (la respiración, los sonidos, el espacio).
Otras veces, la exploración del cuerpo nos lleva a entender, primero, que vivimos en un cuerpo y no en nuestra cabeza. Logramos ayudar a nuestra mente a aterrizar en el cuerpo por primera vez y entender de qué está compuesto, cómo se siente vivir aquí: en esta cápsula húmeda, a veces sudorosa, a veces cálida, a veces llena de movimientos involuntarios… Y cuando nos lo explican, aprendemos que estos son los elementos que forman nuestro cuerpo y que están interactuando: tierra, agua, calor y aire. El elemento tierra lo percibimos a través de la pesadez o liviandad. El elemento agua, a través de las sensaciones de humedad o resequedad. El elemento calor (que proviene del sol y da vida a la tierra y a todes les seres), por medio de la temperatura. Y el elemento aire, a través del movimiento (la respiración, las vibraciones, las pulsaciones).
Interesantemente, casi todos los movimientos del elemento aire son involuntarios. Algunos de los movimientos del elemento agua son involuntarios, como sudar (usted no puede decidir si suda o no, simplemente suda porque su cuerpo tiene un estupendo sistema de enfriamiento). Algunas expresiones del elemento calor son involuntarias (usted no puede decidir si a su cuerpo le da calor o no; o si va a digerir la comida o no). Etcétera.
Esta maravillosa exploración nos permite conocer y entender la cápsula en la que habitamos. Este traje terrenal que tenemos y que necesitamos para vivir en este planeta, igual que los astronautas que pasaron por detrás de la luna hace poco necesitaron trajes espaciales. Pues el cuerpo es nuestro traje terrestre y es un traje vivo.
Entender esta vestidura que la naturaleza nos ha prestado por un rato nos ayuda a entender que venimos de la naturaleza. Cuando seguimos desarrollando una visión sabia, vemos que el resto de las especies en este planeta están hechas de los mismos elementos (tierra, agua, calor, aire), tal vez dispuestos en una proporción distinta. El árbol tiene tronco, nosotras tenemos piel. El árbol tiene vasos vasculares, nosotras tenemos arterias y venas. El árbol utiliza la luz del sol para hacer su propio alimento. En nosotras, el sol sintetiza la vitamina D en la piel y el calor nos ayuda a hacer la digestión. El elemento aire le brinda dióxido de carbono a los árboles para que hagan sus funciones y a nosotras nos brinda oxígeno para que el cuerpo haga sus funciones. Son los mismos elementos, quizás en otro orden.
Cuando los seres de la naturaleza mueren, sus elementos regresan a la tierra y esos elementos dan vida a otras formas. Cuando les seres humanes dejamos este traje terrestre, ese traje regresa a la tierra. Cuando estamos muriendo, primero deja de funcionar el elemento tierra y el cuerpo ya no puede moverse. Luego el elemento agua abandona el cuerpo y hay algunas secreciones. Después el elemento calor va abandonando el cuerpo y se enfría. Finalmente, el elemento aire deja el cuerpo y damos el último aliento. Esos elementos no mueren. Se van a dar vida a otras formas. Lo que el maestro zen Thich Nhat Hanh llama “continuación”. Por eso, cuando le celebran el cumpleaños a alguien en la tradición de Plum Village, fundada por el maestro zen Thich Nhat Hanh, le dicen “Feliz día de tu contiuación”.
La Tierra es nuestro origen y destino. Es nuestra fuente de vida. Cuando aprendemos a ver nuestra pequeña cápsula humana, eventualmente podremos ver que vivimos en una cápsula espacial llamada Tierra, que va viajando a miles de millas de velocidad a través del espacio y es donde único podemos existir porque salimos de aquí.
Como el budismo es una filosofía no teísta, verán que no aparece la palabra Dios. Dios, como concepto, existe en las filosofías teístas. ¿Significa eso que no existe Dios para los budistas? Aunque esta es una conversación mucho más profunda, a mí me gusta cómo lo describió Fray Jit Manuel, católico franciscano, cuando ofreció una importante charla en 2017 sobre el diálogo místico con Oriente y Occidente en el Teatro Emilio S. Belaval de la Universidad del Sagrado Corazón. “Es que los budistas no le llaman Dios”, dijo Fray Jit Manuel, “porque no es un concepto”. Y yo digo que es una experiencia. No se puede describir y no se puede encajonar, porque se limita. Las distintas tradiciones tratan de explicarla como mejor pueden con el lenguaje, con ritos, etcétera.
En marzo estuve en un retiro de siete días en silencio en la tradición theravada y me tocó trabajar en la cocina. El gerente de la cocina, que estaba participando del retiro, decía “Gracias a Dios”. Y era budista. Otras personas budistas dirían: “si así lo dispone el Dharma”. El Dharma, que tiene tantas definiciones. Mi maestro lo resume como “naturaleza”. ¿Y dónde podemos conocer la naturaleza desde adentro? Dentro de nuestro propio cuerpo, que es naturaleza misma.
Como mencioné, las distintas tradiciones tratan de explicar la experiencia como mejor pueden, con el lenguaje, con ritos, etcétera.
En el budismo theravada, se trabaja con la capacidad de atención de la mente. Comenzó siendo una tradición oral en la que hay discursos o suttas con instrucciones sobre el camino a seguir para sufrir menos o dejar de sufrir. Hoy en día esos suttas están escritos ya y se les han añadido muchos comentarios a lo largo de los siglos.
Para mantenerlo simple, mindfulness o sati, que es el nombre en pali para la atención consciente, plena, va siempre acompañada de metta o la bondad amistosa que tiene como intención todes les seres dejen de sufrir. Aprendemos a generar una atención que sea bondadosa, que aspire, sin forzar, a mirar al cuerpo como una cápsula viva que guarda nuestra vida, nuestras experiencias, desde estar sedentarios hasta hacer ejercicio, hasta sudar, desde comer hasta defecar, sin dejar nada fuera; hasta mirar cómo las emociones se han guardado ahí, cómo los pensamientos viajan y nos tensan músculos y nos hacen sonreír y hablar solas… Sati mira todos esos procesos con bondad y es el inicio de guiarnos hacia sufrir menos o dejar de sufrir.
Unos minutos de prestar atención antes de sonar la campana final.
(3 campanadas)

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