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Por Yaisha Vargas Pérez / columna publicada el domingo 7 de agosto de 2016 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

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Mi amiga Bromelia de las Rosas y yo compartíamos relatos sobre nuestros viajes espirituales. Sus travesías habían sido atrevidas, lejanas, audaces. Yo también quería andar el Camino de Santiago y llegar a Oriente Medio. Le conté mis expediciones exteriores e interiores, y cuán escabrosas habían sido algunas etapas para rescatar partes de mí que creía perdidas. En la antesala de su nuevo viaje, me confesó su travesía más anhelada y menos explorada: El Camino Hacia Bromelia. Conmovida por su vulnerabilidad, me brotó esta narración:

Naciste para ser feliz. Suave, bondadosa, transparente. Fuerte, de carcajada honesta, libre. Eras curiosa con el mundo a tu alrededor. La baba de un caracol te daba cosa, pero sonreías cuando veías su caminito viscoso y la estela de brillo. Querías ser amiga de las grandes bandadas de luciérnagas que se disparaban en piruetas por las noches en el campo caribeño, entre el verdor denso, empapado y fértil. Tu mundo era una fuente que regurgitaba maravillas.

Entonces, te arrancaron de tu patria, Bromelia, tu terruño-isla-reino, un paréntesis en el mar. Desde entonces, no has parado de viajar. Has andado el mundo lejos, te has buscado remota, y en la ansiedad de encontrarte, sigues huyendo allí, allá y acullá.

La distancia y el destierro, la raíz desgarrada y la hemorragia, las madres que mueren, la aguja de la rueca, la vida pega fuerte y una se va a dormir. Y todos los que te cuidaban en el hogar del exilio también cayeron en la modorra, se adormilaron; te dejaron sola en el huerto de las lágrimas.

¿Fue ahí, quizás, que comenzó tu jornada confusa, intensa, obtusa: la expulsión del paraíso, los 40 años en zigzag por el desierto, los matrimonios fracasados, las bancarrotas, los pantanos? ¿Fue entonces que todo el mundo te arrancó un pedazo y no eras suficiente para nadie, aunque te entregaras, te secaras, te arrugaras? ¿Fue entonces que a la risa inocente  la fue cercando —sigilosa y fuerte, pujando sus espinas de aislamiento y dolor— una enorme enredadera, tupida, seca y tozuda, habitada por criaturas “maléficas”, entidades adoloridas, otrora duendas y princesas deportadas; todo esto bajo la amenaza constante de un incendio de rencor? ¡Dónde quedaste, Bromelia!

Hasta que un día quisiste despertar: “Quiero ir a casa”. Ese deseo giró la rueda de tu destino, un molino de agua dulce, una corriente serena y constante como tu alma, Bromelia. Nadie la pudo frenar.

La corriente te trajo regalos; el río que nunca cesa te mostró el báculo, la espada y el arco. Parada sobre el claro de un monte una noche de luna llena, aprendiste a blandir, esgrimir y lanzar. Seguiste a la luna, y cuando menguó, te guiaron los coquíes, los caracoles y las luciérnagas. Desanduviste la senda hacia tu reino, a pie, en dragón, en pantera y sobre el arcoíris. Era una carrera hacia la vida; la ansiedad finalmente redirigida a sobrevivirte.

Hallaste la madeja espinosa y reseca, tejida con pensamientos erróneos sobre ti; los horrores que otros proyectaron porque padecían su propia oscuridad. Te abriste camino con la espada de la sabiduría, y despertaste a las criaturas afligidas con tus flechas de realidad. Sus destierros terminaron; recordaron el camino a casa. La disciplina y el rigor te acompañaron, ¡era necesario! Pero cuando la aventura te llevó hacia el centro, la espada y el arco dejaron de funcionar. Había una nueva madeja verde claro, sensible, pantanosa y viva. Mientras más fuerte eras con ella, más se enredaba y se resistía. Aprendiste, entonces, a usar el arma poderosa de la vulnerabilidad. “Vengo en paz”. Soltaste el arco, el báculo, la espada, y, con paciencia, la comenzaste a desenredar. Llegaste a un claro del pantano donde dormía un enorme capullo de luz, abrazado por las raíces de los árboles, protegido por un pabellón de ramas. No podías forzarlo a despertar.
Y mientras tu bota enfangada subía la escalera de raíces, supiste que, para despertar a la bella durmiente, debías aprender a esperar con suavidad que te confiara el entreabrir de sus pétalos de bondad, para que15DAx500y500 te rindieras en un beso compasivo hacia tu propio corazón.

Tu bella durmiente despierta, amiga querida. Lo sé porque, cuando te abracé tras tu confesión, la sentí latir muy cerca.

¡Ve a la aventura, Bromelia, que después de ti despertará todo un reino! ¡Después de ti, despertarán las demás!

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En Twitter: https://twitter.com/SamadhiYaisha

Foto 1 de la rosa abierta: By Erixsen – Own work by uploader: ok, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=7051077

Foto 2 del coquí en la bromelia – http://es.acam.wikia.com/wiki/Archivo:15DAx500y500.jpg

Por Yaisha Vargas Pérez / columna publicada el domingo 24 de julio de 2016 en el diario puertorriqueño El Nuevo Día

 

Jack Kornfield and Me

El psicólogo budista Jack Kornfield visitó San Diego en octubre de 2015 para hablar sobre la psicología de la conciencia amorosa.

No soy de bucear en un gentío durante un concierto o tirarme encima de la multitud para flotar en un océano de manos. No me considero “groupie”. Pero cuando tuve a Jack Kornfield a varios metros de mí, quería quedarme ronca de alegría.

 

Kornfield pasó parte de su juventud entre monjes budistas en Tailandia, India y Birmania. Tras regresar a Estados Unidos, terminó un doctorado en psicología clínica y fundó la “Insight Meditation Society” junto con Sharon Salzberg y Joseph Goldstein. Los tres fueron figuras clave en traer a Occidente la enseñanza de la meditación Vipassana, también llamada meditación introspectiva y “mindfulness”.

Robert Brumet, mi primer maestro de Vipassana, estudió con Jack Kornfield.  Sus técnicas fueron fundamentales para encontrar la ruta de vuelta hacia mí. Aprendí la meditación alimentaria, y a observar los condicionamientos que desembocaron en un desorden de alimentación. Desarrollé la resiliencia para procesar recuerdos y traumas. Comenzaba a entender la compasión.

Con Brumet y Kornfield comprendí que la psicología occidental no me funcionó del todo para sanar, pues se fundamentaba en la creencia de que había algo intrínsecamente erróneo conmigo; señalaba constantemente lo que “andaba mal” en mí y que, debido a las carencias en mi niñez y adolescencia, estaría el resto de mi vida “arreglando” mi personalidad-ego.

La psicología budista que ha propuesto Kornfield desde la década de 1970, no descarta a la psicología occidental, sino que la incluye, pero parte de la premisa de que la sanación está en ver –y ayudar a que el paciente/estudiante vea– quién realmente es, qué es lo que habita en su interior más allá de las circunstancias que formaron su ego. Propone que en cada ser vivo existe una bondad intrínseca.

“Es importante contar con la formación de la psicología occidental, pero comenzar con el conocimiento fundamental de la bondad de los seres humanos”, dijo Kornfield durante el adiestramiento “La psicología de la conciencia amorosa” en el que participé en San Diego, California.

Kornfield explicó cómo Brumet me apoyó “trayendo un sentido de dignidad y honor a todos aquellos lugares que parecían irreparables”, en mí. A través de su gentileza y su invitación consistente a ser gentil conmigo misma, me ayudó a restaurar “la inocencia y la belleza que están ahí y que no pueden ser arrebatadas”. “Cuando riegas esa semilla con un poquito de agua, va a despertarse de nuevo, solo ha estado esperando”, dijo Kornfield. La interacción entre el terapista y el cliente va acompañada de atención plena y compasión. Es como encender una vela con la llama de otra vela.

Al acompañarme Brumet en el tramo difícil, creció mi capacidad de practicar mi propia bondad y presencia interior, de estar atenta a las planta de mis pies cuando tocan el suelo, a la punta de mi nariz cuando respiro, y en toda la complejidad de ser humana. Caminar hacia el centro de mí misma implicó atravesar mi oscuridad, las capas de todos los traumas, ver su transitoriedad, y encontrar un centro de paz. No había atajos. Mi vida no es perfecta, pero tengo más capacidad para recordar el camino de vuelta.

Encontrar esa bondad original, la bendición original con la que nacemos antes de sentirnos expulsadas del paraíso hacia un mundo de vicisitudes, es hallar mi humanidad. Eso fue lo que vio Myrtle Fillmore—fundadora de Unity—en sí misma, y sanó de una enfermedad incurable. Fue lo que recordó el Buda, Sidarta Gautama, y despertó; era lo que Jesús convocaba en los demás cuando les preguntaba si querían sanar. Sanar es verse con ojos nuevos, los ojos de la verdad: somos seres buenos. La maldad, y a veces la enfermedad, surgen de haber creído un perspectiva equivocada de nosotros mismos.

Compartí con Jack que, luego de atravesar mi valle de sombras utilizando la meditación Vipassana, al final del camino hallé el arquetipo cristiano del Sagrado Corazón de Jesús, quien me había seguido desde que nací. Y que, de la misma manera en que Sidarta Gautama clamó a la diosa Tierra para que fuera su testigo y vencer a Mara (las fuerzas del mal y de la ilusión), el Sagrado Corazón atestiguó mis batallas. Entonces Jack me miró, sus ojos brillaban alegres, y me respondió con un hermoso secreto. Oriente y Occidente se unían en mi interior.

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Por Yaisha Vargas Pérez / columna publicada el domingo 10 de julio de 2016 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

Acto en memoria por las víctimas de Orlando USC 27 junio 2016Todo es cuestión de estar consciente de qué lado de la historia uno escoge ubicarse, para cuando la humanidad mire 500 años en el pasado, esté plasmado quién justificó la opresión y quién defendió los derechos humanos, y promovió que todas y todos se sintieran amados, valiosos y que pertenecen.

El pasado lunes 27 de junio, la bandera arcoíris que representa al movimiento LGBTTQIA ondeó junto a las 49 velas encendidas por las víctimas de la masacre de Orlando, bajo la mirada y los brazos abiertos del Sagrado Corazón de Jesús. La Universidad del Sagrado Corazón (USC) ofició una misa y un acto de recordación por las víctimas, entre los que figuraban dos de sus exalumnos: Anthony Laureano Disla y Jorge Javier Reyes.

“No podemos quedarnos callados ante gente que usa la Biblia para promover el odio. Hay gente que usa los versículos aisladamente para promover el odio… Como cristianos, no podemos permitir que se siga promoviendo el odio”, dijo tras la misa el Dr. Julio A. Fonseca, director del Centro para el Desarrollo Personal de la USC, a los familiares y amigos de los exalumnos fallecidos, así como a personas de la comunidad. La ceremonia fue un acto muy sanador.

La Biblia también habla de esclavitud, de tratar a las mujeres y otras razas como propiedad, de padres que se acostaron con sus hijas para tener descendencia. Ya en el siglo 21, estas instancias son reconocidas como violaciones a los derechos humanos, pero en siglos anteriores justificaron la esclavitud y el genocidio indígena y africano (bajo el manto de la evangelización), y el maltrato conyugal. Las interpretaciones rígidas de que los niños deben nacer solo en un matrimonio o de lo contrario son un pecado, acabaron en el horror de orfanatos abusivos en Europa administrados por órdenes católicas. Hubo mujeres que tuvieron que decidir entre aguantar a un marido abusador o divorciarse y quedar excluidas de la comunión. Por eso las disculpas recientes del Papa Francisco a la comunidad LGBTTQIA y a otros grupos minoritarios son tan significativas, pues reconocen la ofensa y la falta de solidaridad, no solo hacia los homosexuales, sino a los pobres, a las mujeres explotadas, a las familias que atravesaban divorcios y a los niños obligados a trabajar. “(La iglesia) debe pedir disculpas por haber bendecido muchas armas”, puntualizó el Papa.

La Biblia narra la evolución del concepto de la divinidad en la conciencia de los seres humanos. Por eso cuenta historias de horror y abuso, de un dios-objeto que se usaba como amuleto para la guerra y para dominar sobre otros. Comienza con un destierro, pero acaba con el amor incondicional, que fue la enseñanza de Jesús, quien retó el orden establecido y por eso lo mataron. Jesús representa la conciencia que solamente ama, sin prejuicios ni expectativas, como el sol que brilla sobre la Tierra y jamás le reclama: “tú me debes”.

Richard Rohr es un sacerdote franciscano establecido en Nuevo México, reconocido internacionalmente por sus enseñanzas místicas. En un extracto de su libro “Immortal Diamond: The Search for Our True Self”, señala que el mensaje inclusivo de Jesús se ha convertido en una serie de reglas para alcanzar la iluminación que ponen a algunos en un nivel moral más alto que otros, algo muy lejano de la inclusión que propone Jesús. “Este proceso de ‘administración de los pecados’ nos ha mantenido al clero en el negocio”, dice Rohr. “Siempre hay forasteros a quienes dejar fuera. Escondiéndose por las esquinas de esta búsqueda de pureza moral están los males que hemos pasado por alto sin reparos: la esclavitud, el sexismo, el clasismo al por mayor, la codicia, la pedofilia, la opresión homosexual y la opresión de culturas nativas. Casi todas las guerras han sido peleadas con la bendición plena de los cristianos. Hemos creado, como resultado, lo que algunos llaman cínicamente como ‘iglesiandad’ o ‘religión civil’ en vez de un cristianismo profundo y transformador”.

La comunidad LGBTTQIA aún espera que las autoridades eclesiásticas aquí se disculpen. Tienen una oportunidad para sanar la herida creada por poner a las reglas obsoletas por encima del Amor vivo, precisamente lo que Jesús combatió con su vida. Están en una coyuntura histórica. En 500 años, los humanos mirarán este periodo y verán si esta vez se pusieron del lado de los derechos humanos o, una vez más, de los opresores.

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Por Yaisha Vargas Pérez / crónica publicada el domingo 12 de junio en el diario puertorriqueño El Nuevo Día

Las tarjetas para mamá aleteaban en celebración bullanguera abarrotando la góndola en la farmacia… Un mes después, las tarjetas para papá se doblaban tristes en una esquina. “¿Por qué la diferencia tan marcada?”, le pregunté al dependiente. “No lo sé. Siempre llegan y se venden menos tarjetas para los padres”.

De momento desperté. Aquella era solo una muestra de la cantidad de gente lastimada por su relación, o ausencia de relación, con una figura paternal.

Yo tuve una relación difícil con mi papá durante años. Por un tiempo, no hablamos. Hasta que reconocí el hueco en mí donde se suponía que estuviese su alegría, y acepté que lo extrañaba con todo mi ser. Poco tiempo después, recibí una postal suya por correo.

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Todos los padres tienen un niño interior de cinco años, frágil y vulnerable.

 

La vida nos puso a ambos en circunstancias muy difíciles que nos llevaron a la humildad de la reconciliación. Se nos desplomó la armadura y nos desgarró la piel. Yo había procesado su violencia emocional con rabia y, en mis esfuerzos poco hábiles por ganar su empatía, lo lastimaba de vuelta. Estaba convencida de que su labor como papá era estar sano para darme amor y todo lo que yo necesitara. Entendía su pasado en Vietnam racionalmente, pero en mi corazón había mucho dolor. Los maestros budistas Jack Kornfield y Thich Nhat Hanh me guiaron hacia su experiencia de la guerra. Un día, durante una meditación profunda, sentí una navaja que me cortaba el esófago por dentro, desde el cuello hasta la boca del estómago, y mientras me “desangraba” por todo el suelo de madera, vi los tanques de guerra frente a mí, sentí el retumbe en ristra de los rifles automáticos, me traumatizaron los gritos de los niños, respiré el agente naranja… Y supe lo que era llorar desde la deshumanización.

El grupo de meditación en el que estudiaba me enseñó a enviarle sanación a mi papá a través de la herida de guerra que descubrí en mí. Muchas de las herramientas de sanación que aprendí no existían cuando mi papá tenía mi edad. Recordé todos sus esfuerzos por sanar cuando era joven, su épica espartana para reclamarle a un gobierno que no lo escuchaba. Lidiaba con el rechazo de la población en las décadas de 1960 y 1970 por haber peleado en un conflicto al que no quería ir y con las burlas de la gente hacia esos veteranos “locos”. Tras haberse criado campo adentro, sensible y feliz, mi papá fue arrancado a la guerra cuando tenía 19 años. “La guerra me robó mi juventud”, me cuenta. Lo que vio fue tan horrible que ya no podía sonreír. Tardó más de 50 años en sanar.

Thich Nhat Hanh me enseñó que es posible sanar nuestra línea ancestral.

Propone que busquemos una foto de papá cuando tenía cinco años y meditemos para comprender el dolor que recibimos de él. La meditación aparece en su libro “Reconciliation: Healing the Inner Child”. Comparto un fragmento:

“Es importante encontrar un lugar tranquilo y no ser interrumpido. Puedes decirte las siguientes palabras: ‘inhalando, me veo a mí mismo como un niño de cinco años. Exhalando, sonrío compasivamente al niño de cinco años en mí’”.

“El niño interior de cinco años necesita mucha atención y compasión… aún está vivo en nosotros… Ese niño de cinco años no solamente somos nosotros. Nuestros padres sufrieron cuando niños. Incluso como adultos no sabían cómo manejar su sufrimiento, así que hicieron sufrir a sus hijos. Todos los padres tienen un niño interior de cinco años, frágil y vulnerable. Mi padre y yo no somos dos entes separados. Yo soy su continuación, así que él vive en mí. Ayudar al niño de cinco años que es mi papá nos sana a los dos. Nuestros padres y todos nuestros antepasados están presentes en cada célula de nuestro cuerpo. Practicamos de esta manera: ‘inhalando, veo a mi padre como un niño de cinco años. Exhalando, le sonrío al niño de cinco años que es mi papá’”.

“Tu papá fue un niño de cinco años antes de convertirse en papá… era muy vulnerable. Podía ser herido fácilmente por tu abuelo o abuela, y por otras personas. Si alguna vez fue rígido o difícil, quizás se debió a cómo fue tratado. Quizás fue herido cuando era niño. Si entiendes esto, quizás ya no te enojes con él. Quizás sientas compasión”.

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Por Yaisha Vargas Pérez / esta crónica fue publicada el domingo 29 de mayo de 2016 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

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Foto de Yaisha Vargas meditando frente al amanecer junto a otros participantes durante un retiro en el monasterio Deer Park en Escondido, California, entre octubre y noviembre de 2015. Copyright © 2015 por Yaisha Vargas

Un rayo de sol escalaba la montaña de roca caliza. Habíamos peregrinado sigilosos hasta la cima. Cientos de viajeros de todo el mundo acudimos al monasterio de Deer Park en California, entre otras cosas, para presenciar ese amanecer milagroso. Cuando una camina con meditadores desde las 5:30 de la mañana, la mente se vacía de cosas densas y se prepara para recibir toda esa inmensa luz de golpe y en silencio glorioso, seguida de un sabroso desayuno preparado con amor. Thich Nhat Hanh, “Thay”, me enseñaba una nueva definición de iluminación.

 

Los monjes de Plum Village y otros monasterios fundados por Thay estaban de gira por varios países y llegaron a Deer Park para brindar un retiro de cinco días. Nos ofrecieron pertenecer a “grupos familias”, y mientras miraba la lista con las opciones, identifiqué una energía de resistencia muy fuerte en mí. “No quiero”, me decía. “Pertenecer trae consigo la posibilidad del destierro”. Suspiré. Aún había algo que sanar. Escogí el grupo familia de los interespirituales, aquellos en cuyo corazón confluían varias tradiciones. Pháp De, el monje budista que lo facilitaba, fue antes un sacerdote católico y luego corredor de la bolsa de valores. Lo tuvo todo y aprendió a dejarlo ir.

A medida que surgían los relatos en el grupo, veía que todos tenían un capítulo de destierro que los empujó hacia otros senderos. Muchos se habían reconciliado con su pasado. Con cada historia, me rodaba una lágrima, y cuando llegó mi turno, el agua de sal se arremolinó en mi garganta, amarrándome las palabras. Mi reacción fue igual que cuando recibí estocadas verbales en donde una vez fui feliz: no podía hablar. Esta vez también lloraba porque las enseñanzas de Thay eran un sol que despejaba mis lluvias. En mi corazón, sabía que la historia de destierro ya no era cierta, solamente esperaba que mi psiquis lo entendiera.

Me fui del grupo por un día para confrontar mi miedo a pertenecer y a ser exiliada. Medité sola en una pagoda del monasterio y dejé que la historia vieja muriera. Sentí dolor en mi cuerpo y en mi corazón. Me acurruqué en el suelo de madera del campanario en el que los monjes cantan sus mantras al atardecer. Hablé con la primera mentora que me guió hacia la tradición de Thay, y compartí alegrías con mis amigas en Deer Park. Comenzaba a crear un hogar interior, y escribí en mi diario: “Soy feliz por la capacidad de estar en paz”.

Entonces pude regresar a mi grupo familia. “Nos alegra que hayas vuelto”, me abrazaron. Ensayamos juntos una canción para la comunidad basada en repetir un verso cristiano: “Aquiétate y conoce que yo soy Dios”. Con cada vuelta, le quitábamos una palabra y nos quedábamos en silencio mientras la guitarra marcaba el tiempo: “Aquiétate y conoce que Yo Soy…”, “Aquiétate y conoce…”, “Aquiétate…”. Cada silencio nos acercaba más a la verdad, igual que el aspecto místico de toda tradición nos lleva al mismo lugar.

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Foto de Yaisha Vargas meditando durante un retiro en el monasterio Deer Park en Escondido, California, entre octubre y noviembre de 2015. Copyright © 2015 por Yaisha Vargas

A la mañana siguiente, recibí los Cinco Entrenamientos hacia la Plena Conciencia por segunda vez. El salón principal de meditación estaba repleto, un edificio con techo de bóveda que dejaba acumular el silencio y acallar la mente. Respiré con emoción aliviada al integrarme a esta enorme familia internacional. Sentía mi renacer. El monje Pháp De me entregó un documento con mi iniciación y un nuevo nombre, el cual leí feliz y asombrada: “Mindful Samadhi of the Heart”. Era la cuarta vez que recibía el nombre “Samadhi”. Un mes antes, me había reconciliado con el Sagrado Corazón de Jesús y había descubierto que su signo me había seguido desde que nací. ¡La Vida unía a mi Sagrado Corazón con mi práctica budista! El apellido “of the Heart” me conectaba con todos los que habían recibido un nombre en Deer Park alguna vez. Pháp De se había separado de la religión en su juventud, igual que yo; había visto cuán inútil era vivir solamente para acumular riquezas, como lo hice también, y descubrió lo efímero del amor romántico, lo que lo llevó al amor místico. Entregó todos sus bienes y decía que jamás había sido tan feliz. Me hice la pregunta otra vez, pues anhelaba que mi corazón se desbordara de éxtasis para siempre… ¿Me tocaría, entonces, quedarme en Deer Park?

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90 días es una columna que se publica domingos alternos en la sección de Por Dentro del periódico “El Nuevo Día”. Busca la próxima el domingo 12 de junio de 2016.

Por Yaisha Vargas / crónica publicada el domingo 15 de mayo de 2016 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”.

“Un garbanzo salta casi por encima del borde de la cacerola, / donde lo están hirviendo. / “¿Por qué me haces esto?” / El cocinero le pega y lo baja con el cucharón… / Te estoy dando sabor, / para que puedas mezclarte con las especias y el arroz / y ser la vitalidad amorosa de un ser humano. Extracto del poema “El garbanzo y el cocinero”, de Rumi.

Fuego. La temperatura era, de los cinco elementos, el que más difícil se me hacía tolerar. También lo era el rechazo, que encendía el fuego del rencor y el resentimiento en mi corazón.

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Basílica del Sagrado Corazón en Montmartre, París, Francia

Quienes me enseñaron una rebeldía espiritual verdadera como la de Jesús y su corazón subversivo no fueron católicos. El maestro zen vietnamés Thich Nhat Hanh y la profesora judía e interespiritual Mirabai Starr me guiaron hacia mis raíces espirituales para regarles amor. El metafísico Paul Hasselbeck me ayudó a ver que mi primera tradición espiritual estaba llena de símbolos muy hermosos. A través del maestro de meditación introspectiva Robert Brumet, pude ver qué había tras el rencor. Lo que me había quemado era una pared de hielo que se derritió en una avalancha de lágrimas y reveló que había una resistencia punzante a sentir el dolor profundo: el puente roto que percibe que ya no puede conectarse con el amor que fue. Ya no hay paso hacia el otro lado del horizonte.

 

A través del ejemplo de ellos, vi al Dios-Amor que existió antes de ser convertido en marioneta de un poderío político y económico. La verdadera revolución espiritual era hacia adentro, sumergirse en el dolor más hondo y vasto para llegar al otro lado y conquistar al Dios que habita en el corazón, restaurar una conexión interna, apropiarse de ella, descubrir que Dios no ha muerto, Dios es mío, ¡Dios es nuestro! Y plantar una bandera en un territorio sagrado en el que nadie más entra.

Durante la guerra de Vietnam, Thich Nhat Hanh (“Thay”) abogó por la paz entre los comunistas y los nacionalistas. Sus compañeros budistas en Vietnam del Sur fueron perseguidos por nacionalistas católicos. Su país sufrió una división más profunda tras el apoyo de Estados Unidos a Vietnam del Sur. Su activismo le ganó una nominación por parte de Martin Luther King, Jr. al Premio Nobel de la Paz. Thay fue exiliado de su país y se refugió en Francia. Lejos de llenarse de rencor, sembró paz en la tierra que fue a matar en la suya. Ha fundado tres monasterios zen en Estados Unidos. Parte de su trabajo ha sido sanar el trauma de los soldados de la guerra de Vietnam en EE.UU., y por consiguiente, de los hijos que crecimos con el trauma secundario. Thay dice que Jesús es un “Buda de Occidente”, y él ha sido para mí el ejemplo más palpable de la enseñanza más retante del Nazareno: ama a tus enemigos. Thay entendió que la guerra nace en el corazón antes que en el mundo, y la forma de acabar con ella es sanarla en su origen: sembrar flores de loto en el lodo.

Días después de ver al Sagrado Corazón en mis meditaciones hace unos meses,  comencé a escribir, y se derramaron muchas memorias en el papel. Su signo ya me había “perseguido”: cuando mi carro por poco se cae por un risco a los 19 años; cuando visité París por primera vez a los 23, me perdí buscando una dirección y terminé en la Basílica del Sagrado Corazón en Montmartre; en un cuadro familiar importante; en una tienda china a los 33 años, pocos meses antes de partir en mi jornada de más de cinco años; en la institución que me acogió para estudiar una carrera; en el pequeño vitral que me dio un artista en Unity Village. Allí comencé a aprender a transformar el fuego del rechazo en amor.

Busqué en el calendario cuándo es la fiesta del Sagrado Corazón. Descubrí que muchas veces cae en el mes de junio, cerca de mi cumpleaños. Y vi que, a mis 20 años, cuando más negué la existencia de cualquier cosa divina, la fiesta del Sagrado Corazón había caído justo el día de mi cumpleaños.

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Foto por wikipedia: Basílica del Sagrado Corazón en Montmartre, París, Fracia.

Por Yaisha Vargas / esta columna fue publicada el domingo 1 de mayo de 2016 en el diario puertorriqueño El Nuevo Día

Power of Words“Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión /de lo mismo que culpáis”. La maestra de literatura caminaba de un lado al otro en el salón de clases mientras recitaba de memoria estas musas de Sor Juana Inés y otros versos clásicos que germinaban en mi pluma y mi corazón.

Asimismo, le saltaban a la memoria Calderón de la Barca, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, y mi pluma se apresuraba. Gracias a ella, me conquistaron las letras, y escribí mi primer poema en su clase de literatura de octavo grado porque había que pujar los versos para un certamen. No teníamos escapatoria. Cuando lo terminé, descubrí que me había encantado escribirlo. No lo sospechaba entonces, pero fue en su aula de español donde nació mi poeta. Escondía mi secreto por las noches bajo las sábanas con un libro y mi diario hasta las 2:00 de la mañana, pese a las súplicas y regaños de mis padres para que apagara la luz. Hoy añoro volver a aquel pupitre a escuchar los clásicos y atrapar la pasión por enseñar de mi maestra.

Cuando escuché que los maestros católicos se quedarían sin su pensión suplementaria, se me fue el mundo. No puede ser, dije. Pensé en mi maestra de octavo grado y en su esfuerzo acompasado para que nos enamoráramos de los clásicos tanto como ella, quien los ha enseñado durante 40 años.

Estas son las cosas que me hacen ser una católica en recuperación. ¿Dónde está el dinero que aportaron las escuelas para su retiro?

Hace siete meses, atravesé el umbral de una iglesia tras casi 20 años. Y de momento, tengo pesadillas de volverme a ir. La adolescente que fui me enseña las memorias de lo que me exilió la primera vez: la iglesia que alega haber sido fundada por Jesús mandó a nuestra comunidad a un obispo arrogante y a un cura enamorado del dinero que no trataba bien a sus feligreses.

Las autoridades eclesiásticas aceptan que la liquidación del plan de pensiones es algo trágico. En eso estamos de acuerdo. Pero eso no es suficiente para calmar la ansiedad de los maestros católicos que planificaron su retiro contando con esa pensión suplementaria. Si es cierto que habrá un plan de ayuda para los maestros activos, los más de 1,600 que están jubilados o por jubilarse no deben ser dejados en el desamparo, y menos por una institución educativa fundada sobre una base religiosa, religión a la cual su máximo líder le ha ido devolviendo su misión de origen: la solidaridad hacia los más desvalidos. Para los que fuimos estudiantes de estos maestros, no hay una diferencia entre el brazo educativo y la religión que nos enseñaron. Son todos cristianos.

El que se haya desembolsado dinero por “caridad” antes de los diez años necesarios para crear un fondo dotal sólido para el plan no es responsabilidad de los maestros jubilados, sino de los administradores. Los maestros no deben sufrir las consecuencias de lo que comenzó como impericia administrativa, y que ahora llega a la insolvencia por la crisis y otros factores.

A las autoridades eclesiásticas no se les ocurriría dejar a los miembros del clero sin recursos para tener calidad de vida en su vejez. Pues los maestros retirados no son diferentes. Sobre sus hombros se apoyaron algunos colegios que generaron dinero para misiones en países más pobres. Pero sobre ellos no debe caer este error.

Tienen que surgir más ideas para una solución digna que cubra a todo el mundo. En un momento en el que el pueblo se siente traicionado por su gobierno, la iglesia tiene en sus manos la oportunidad de dar un ejemplo diferente. A estos maestros jubilados se les va, no solo su calidad de vida, sino algo más vulnerable: su fe.

El viernes es el Día del Maestro. Los alumnos tenemos la responsabilidad de no dejarlos solos, pues bebimos de sus manantiales de sabiduría. Compartan esta columna. Cuenten cómo un maestro hizo una diferencia en sus vidas. Exijan que la paga por tanto trabajo no puede ser el desamparo. No puede ser.

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Esta crónica fue publicada el domingo 17 de abril de 2016 en el diario puertorriqueño El Nuevo Día.

black+jesusTras haber visto al Sagrado Corazón en mis meditaciones, atravesé aquel umbral con las pupilas dilatadas. La respiración rápida, nerviosa. Bajo la blusa, sudor frío. Así se debe sentir una vaca de camino al matadero, pensé. ¿Para qué me expongo a esto? La atea que una vez fui agonizaba. Un coro de feministas se desgañitaba en mi cabeza: ¡Huye y sálvate! Yo no entendía nada.

Estaba en la fila de un confesionario católico. ¿Qué rayos voy a confesar si yo no hice nada?, discutía con mi intuición. Me sentía impotente ante Ella, que me empujaba a dar este paso que parecía una reconciliación. ¿Con una iglesia que no acepta el matrimonio gay ni la realidad de las personas LGBTT? Pero a cinco años de mi jornada, había comprobado que Ella siempre tenía razón. Mientras exploraba tradiciones espirituales por el mundo, había un puente roto con mi primera religión. Tenía sentimientos encontrados, y a la misma vez mucho deseo de saber si algo había cambiado en 20 años. Por más contradictorio que pareciera, me tocaba estar allí.

“No me acuerdo de cómo empezar. Y no me lo sé en inglés”, le dije al sacerdote. “¿Qué te trae aquí hoy?”, me preguntó. “Crecí como católica. Hace muchos años, me desafilié. Amé a una mujer. No hice nada malo porque yo amé de verdad”. Me quedé esperando el aguacero, y sin embargo: “Acéptate a ti misma, exactamente como eres. La Iglesia es muy amplia y abarcadora, y en ella cabe mucha gente”. El tiempo se detuvo en aquel espacio californiano de claroscuros. No estaba lista para aquella respuesta. “¿Cuántos años tienes?”, me preguntó. “Treinta y ocho”. “Estás en una etapa de regresar”, me dijo. Aquel cura creó un espacio de aceptación que jamás había sentido en esa religión. Me atreví a contarle mi mayor “pecado”: abandonarme en personas que no apreciaban mi sentido de entrega, lo que me había lacerado muchas veces. Su tono y sus palabras fueron de comprensión, empatía y compasión. Las lágrimas fluyeron inevitables. “Acéptate a ti misma”, repitió. “Deja ir el pasado. Eres una persona nueva. Bienvenida”. Me senté en un banco esperando la misa, sintiéndome extrañamente abrazada por una contradicción aparente.

Llevaba muchos años tratando de entender la comunión. ¿Cómo es que uno se come la carne y la sangre de alguien? En la metafísica de Nuevo Pensamiento que aprendí, la comunión representa la manera en la que Jesús transmitió sus enseñanzas, alimento para el espíritu, para que pudiéramos hacerlas parte de nosotros. Pero durante aquella misa (en la que me resistí a pronunciar “por mi culpa”), presté atención contemplativa y desperté. En la “común-unión”, todo el mundo era igual y todo el mundo pertenecía. “Alguien” se entregaba a los demás, y lo hacía a través de los alimentos. La tradición budista de Thich Nhat Hanh me enseñó a contemplar lo sagrado de cada grano que se entregaba para que yo tuviera vida. ¡Eso era! ¡Un ciclo de vida! Todo en la naturaleza se entrega a algo más y cada elemento es valioso, necesario y está interconectado. Los seres humanos nos entregamos a través del servicio de nuestros talentos innatos y, cuando no podemos brindarlos, sufrimos y privamos a otros de lo que vinimos a dar: vida. El talento más importante de Jesús fue el amor incondicional, al punto de morir incluso por amor a sus asesinos. Igual que Kuan Yin, llevó su misión de vida hasta las últimas consecuencias.

Por un instante eterno, me sentí plenamente sana. Las adicciones fueron el resultado del rechazo y el destierro. Aquel confesor entendía el poder de la integración, lo que Thich 40dad83cd8c01ec78943811b974026f5Nhat Hanh llama “interser”.

Me estremecí al comprender que pisé aquel santuario para rescatar a Jesús: Mi Jesús. A cortar con el filo de mi verdad personal los velos que lo habían ocultado: los concilios amañados, los dogmas rígidos, el celibato para algunos hipócrita, las evangelizaciones genocidas; la venta de indulgencias (pague ahora y peque después) la corrupción que detonó en una reforma, una contrarreforma, y una división que aún genera muertes; el poder sobre el Estado, el escándalo de la pederastia… Vi que debajo del dolor histórico y actual aún late un corazón que promulga una sola enseñanza: amor y compasión. Fui a rescatar a mi Jesús: meditador, femenino, interespiritual, revolucionario, ambientalista y pelú. Libre.

En Facebook, 90 días: una jornada para sanar

Imagen 1: http://sacredheartny.com/

Imagen 2: http://www.sunartgallery.net/

Por Yaisha Vargas / crónica publicada el domingo 3 de abril en el diario puertorriqueño El Nuevo Día

Kumi Yamashita_Chair_sideTras estudiar a Kuan Yin, busqué una representación femenina de la compasión en otras tradiciones, como asignó Mirabai Starr, la maestra interespiritual con la que estudiaba. En cada búsqueda, encontraba a la Divina Misericordia. Volví a indagar y obtuve el mismo resultado, esta vez junto con la imagen del Sagrado Corazón. Comencé a leer sobre ambos y a recordar sorprendida que, durante mis años de ateísmo, me topaba constantemente con el Sagrado Corazón.

En una semana, tres incidentes explosivos dinamitaron las puertas de mi corazón, detonando sentimientos muy difíciles. La última capa de mis adicciones –que sanaba mediante la meditación y el apoyo grupal– era la disfunción emocional: un apego tenaz a las emociones extremas de agitación, ansiedad, preocupación excesiva, rabia, depresión e impulsividad. Cada ser humano la experimenta de manera diferente: miedo a la gente y al abandono, la búsqueda ansiosa de la aprobación, vivir desde la vergüenza, la culpa, la lástima y con un sentido de insuficiencia. Cuando no somos conscientes de esta adicción, crecen otras y se expande la sombra: codependencia, desórdenes de alimentación, alcoholismo, adicción a las apuestas, los juegos, las drogas, la violencia y la guerra.

Cuando el desorden de alimentación con el que lidié llegó a un punto de remisión,

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Por Yaisha Vargas / crónica publicada el domingo 20 de marzo de 2016 en el diario puertorriqueño El Nuevo Día

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Estatua de Kuan Yin en el Museo Nelson-Atkins en Kansas City, Missouri. Foto por wikimedia commons.

Según una de las leyendas de Kuan Yin, quien representa a la compasión en la tradición budista china, ella nació como humana en una familia privilegiada. Su nombre era Miao Shan y le interesaba el misticismo. Su padre, un rey tirano, quería obligarla a casarse con un hombre rico mucho mayor que ella. Miao Shan dijo que se casaría si su matrimonio aliviaba el sufrimiento de la humanidad. Como respuesta, su padre la obligó a trabajar con los esclavos, pero eso no la amilanó. Cuando ella entró al convento, él pactó un acuerdo con la abadesa para que hiciera su estadía miserable. Eso tampoco la acongojó. Entonces, su padre ordenó su ejecución, pero todos los métodos fallaron. El verdugo decidió matarla con sus manos y ella dejó morir su cuerpo. Bajó al infierno, donde abrió su corazón al sufrimiento de todos los seres allí, y cantó y lloró para aliviar el dolor de otros.

 

La maestra interespiritual Mirabai Starr, con quien estudiaba, nos narraba esta historia y nos explicaba que los términos “misericordia” y “compasión” han llegado a nuestros días cargados de culpa y vergüenza, y necesitan rehabilitación. Mi experiencia es que son fácilmente confundidos por la pena y la lástima.  La práctica de la compasión implica atravesar las experiencias difíciles con amor gentil y diligencia hacia nosotras y los demás, y comienza por una misma. En mis momentos más duros, había sido mi peor rey tirano y verdugo. Años de afirmaciones no resolvieron el acertijo de cómo amarme a mí misma. Mirabai me dio su respuesta certera enfrente de toda la clase virtual: yo había tratado de amarme solo con el intelecto, como quien cree que la prosperidad se trata solo de dinero. Retaba así ella la metafísica que yo había estudiado con ahínco y recetó una cura ilógica: “Contrario al sentido común, (amarnos) requiere que miremos de frente aquello a lo que, por costumbre, le damos la espalda… El camino hacia una vida más profunda, más rica, más viva es abriéndonos al dolor; no solo nuestro dolor, sino el dolor del mundo”. Aquello desbarató una buena parte de mi sistema de creencias. Yo le había dado la vuelta al mundo huyendo de mi dolor. “Así que el camino hacia el amor propio sería abrirme a sentir mi dolor”, le dije. “Sí… ya tú sabes esto”, respondió. “Yo sé que tú sabes la respuesta a tu pregunta”, asestó más profundo. Nos asignó buscar una representación femenina de la compasión en otras tradiciones.

Tras su clase, llegué a mi grupo semanal de meditación introspectiva. Joseph Goldstein, maestro de esta disciplina, explicaba en una grabación cómo abrir nuestro corazón al dolor ajeno. “El requisito para tener compasión es tener humildad”, dijo. ¡Dos lecciones similares en menos de dos horas! Escuché con atención sutil y mi corazón comenzó a suavizarse, aunque mi mente cuestionaba desafiante: ¿Tengo que sentir todo ese dolor? ¿Y por cuánto tiempo más? Me di cuenta que aún esperaba un final feliz y sin dolor nunca más. Suspiré. Esta lección implicaba volver al punto de partida de mi camino espiritual. Mi instructor de meditación Robert Brumet me había enseñado a “acompañar” mis emociones. Ahora me tocaba hacerlo sin contar con su guía. En mi primer intento, sentí un tejido emocional que protegía mi dolor y no quería que me adentrara más. Sembré en mi corazón la aspiración de crecer en humildad y compasión. “Por la herida es que entra la luz”, me dijo el grupo.

Al día siguiente, una amiga me habló de su espiritualidad de luz. Le respondí que, en ese momento, yo necesitaba atravesar mi sombra y salir al otro lado. Dijo que había pasado por ese proceso, pero “escojo no quedarme ahí”. Tercer golpe. Sentirme incomprendida abrió la puerta hacia las tinieblas. Parada en el umbral, supe que nadie podría acompañarme al abismo. Busqué una representación femenina de la compasión, como asignó Mirabai, y tuve un reencuentro con un arquetipo que había estado conmigo toda la vida sin reconocerlo. Aún me asombra y me sobrecoge. En la próxima les cuento lo que vi en mis catacumbas.

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Vitral en All Saints Catholic Church en Saint Peters, Missouri.

 

 

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