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Por Yaisha Vargas Pérez / relato publicado el domingo 23 de octubre de 2016 en el diario puertorriqueño El Nuevo Día

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Kristin Neff, Ph.D.

Kristin Neff se paró frente a la numerosa audiencia y yo sentí su presencia como una onda de paz que atravesaba el salón y llegaba al vestíbulo. Miré a una compañera de taller: “Wow. ¿Sentiste eso?”. Asintió con asombro. Yo había experimentado así la presencia de maestros espirituales, pero Neff no era gurú: era científica.

Llegué al evento “Autoaceptación: Un taller intensivo para el cerebro, el cuerpo y el corazón” con el alma muy vulnerable. Tras haberme mudado forzosamente por denunciar maltrato de menores en la residencia en la que vivía en San Diego, California, dos meses después debí mudarme de emergencia en 24 horas por seguridad. Vivía en una zona de gente pudiente, a todas luces un área segura. Había utilizado recursos de investigación para asegurarme de que todo estaría bien. Más nada logró prever que los acuerdos de convivencia se quebrantarían en 30 días, y se mudaría desde Los Ángeles alguien que tenía problemas con una pandilla y la estaban buscando. Era como una película. No lo podía creer. Cada vivienda que había visitado tenía un problema social, de salud mental, ambiental o de seguridad. Desde la distancia, San Diego parece un destino envidiable, mas pocos meses viviendo allí revelaron un modo de vida tan encarecido que resulta socialmente maltratante y hostil. San Diego era un paraíso de vicisitudes: un infierno de lujos. Pero como todo en mi travesía tenía un propósito de crecimiento espiritual, esa misma semana recibí un bálsamo. Mi grupo de meditación introspectiva me regaló este taller.

“Este (la aceptación y la compasión hacia una misma) es el trabajo más importante que podemos hacer … es el conjunto de herramientas más avanzado para ser consistentemente amable (con una misma) cuando escuchamos la voz del fracaso y el autorechazo”, dijo la presentadora Tami Simon.

Neff estudió las ciencias del comportamiento y el desarrollo humano a nivel doctoral, y a nivel postdoctoral se enfocó en el estudio de la autenticidad y el desarrollo del “concepto del sí mismo”. También practica meditación introspectiva, que estudia el ser con el fin de liberarse del sufrimiento. Neff contó cómo el reto de ser madre de un niño autista se convirtió en su práctica más importante. Al principio, lidió con sentimientos de culpa y fracaso por traer al mundo un niño especial, pero luego se dio cuenta de que esos sentimientos no la ayudaban a echar hacia adelante. Llevó su adiestramiento científico y su práctica espiritual a su vida cotidiana, y observó que la única forma en que su hijo autista se calmaba era si ella lograba generar en sí misma un estado de paz mental. “Cuando Rowan se agitaba, si yo me permitía sentirme agitada, eso reforzaba su comportamiento. Dedicaba tiempo a darme atención a mí misma. Cuando podía calmarme y reconfortarme, eso lo calmaba y lo reconfortaba a él. Caminábamos conectados en un estado mental de presencia amorosa”.

Ese día se derrumbó para mí la creencia de que las dificultades, como las que traen los hijos, son un karma. “¿Qué cosas te dices a ti misma cuando atraviesas un momento de

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La científica Kristin Neff y la columnista Yaisha Vargas-Pérez tras el taller “Autoaceptación: Un taller intensivo para el cerebro, el cuerpo y el corazón” llevado a cabo en febrero de 2016 en San Diego, California.

estrés? Que es mi culpa, es un karma, se lo hice a alguien más y ahora regresa”, dijo Neff. En contraste, enseñó que obtenemos mejores resultados cuando aprendemos a ser pacientes y amables con nosotras mismas. Logramos levantarnos del fracaso más rápido, generamos más resiliencia, la capacidad de adaptarnos ante nuevos retos. Para Neff, considerada como una pionera en su campo, ser compasiva hacia una misma significa que, en medio de la dificultad, una se trata con amabilidad absoluta. En vez de criticarnos, aliviamos nuestro sufrimiento, no con la complacencia, sino con amabilidad y responsabilidad. Comprendí que mi situación de vivienda no era mi culpa. Durante un receso, me acerqué y le agradecí a Neff, porque la compasión que cultivó en sí misma al interactuar con su hijo creó en ella un campo de paz que ahora me sanaba a mí.

Presenciaba un momento cúspide, no solo en mi jornada de sanación, sino en la historia de la ciencia y la espiritualidad. Y en la cima donde ambas se juntaban, estaba una mujer: una científica que explicaba que la compasión hacia el sí mismo “es principalmente una práctica, luego una ciencia y luego una maestra; la forma de enseñarla es que la practiquen ustedes”.

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Por Yaisha Vargas Pérez / relato publicado el domingo 9 de octubre de 2016 en el diario puetorriqueño “El Nuevo Día” 

2015-10-28-12-32-25La monja vietnamesa me abrazó fuerte y no quería soltarme. Yo quería empujarla para esconder mi ansiedad, mi tristeza, para defenderme de que me dijera que mis emociones le hacían daño. Pero Dang Nghiem ignoró mi sistema de defensa y me envolvió en su paz. Comenzó a respirar lento y profundo, enseñándome a usar la respiración para sanar. Me mostró cómo llevar el hilo de la respiración a esa parte de mí compungida, bloqueda y atrapada. Minutos después, cuando sintió que yo respiraba como ella, que mi inhalación se calmó, que mi nudo de dolor se abrió y se soltó, me dejó ir y me miró a los ojos.

“Es posible sanar”, me dijo. “El sufrimiento es opcional”. Había escuchado tanto esa enseñanza; pero nadie me la había mostrado a través de una experiencia tan cercana.

2015-10-28-12-32-57Reconocí que, al respirar profundamente con toda mi atención, mi inhalación contiene un antídoto para el sufrimiento que se llama atención plena (mindfulness). Es respirar con gentileza hacia los espacios físicos que guardan dolor, tocar el dolor, y en la exhalación, dejarlo ir poco a poco.

El abrazo meditativo de Dang Nghiem era un antídoto en medio de otra situación caótica. Me mudé a California para practicar en el monasterio Deer Park, en la tradición budista de Thich Nhat Hanh. La práctica era hermosa y sanadora, pero vivir sola en California era una pesadilla. Había hacinamiento, ningún estudio cobraba menos de $850 al mes, la gran mayoría de los arrendadores no querían animales, y yo no abandonaría a mis dos gatichurris. Los que podíamos pagar menos de eso, vivíamos con compañeros de casa. Y en la casa en la que finalmente conseguí un espacio personal decente, una mamá maltrataba a sus dos hijos. Asistida por mi terapista y su ayudante, comencé una carrera intensa y larga para encontrar otra vivienda y denunciar el maltrato sin que me botaran por delatora. El maltrato que vi desenterró cosas en mí que necesitaba sanar. Corrí hacia Deer Park para nutrirme de la práctica de atención plena. Allí los monásticos son contenedores de una energía sanadora que logran a través de la meditación.

2015-10-28-12-33-27Dang Nghiem nació en Vietnam en 1968 en una familia pobre. Se cree que su padre era un soldado estadounidense. Fue abusada sexualmente cuando niña y su madre la abandonó a los 12 años. Fue criada por su abuela y, a los 17 años, se mudó a los Estados Unidos gracias a una ley de inmigración. Echó hacia adelante, estudió medicina y se casó con un hombre que la amaba. Pero cuando Dang Nghiem hacía su residencia como médico, su compañero murió repentinamente. Con el dolor de su pasado, fue a Plum Village, en Francia, para estudiar con el maestro Thich Nhat Hanh. Usando la atención plena, hizo las paces con su pasado. Se convirtió en monja y quiso sanar a otros desde la sanación que logró en sí misma. Su abrazo fue una enseñanza que nunca olvidaré.

Dang Nghiem nos enseñó que el primer ejercicio consistía en estar presentes en la respiración: “Inhalo y sé que estoy inhalando. Exhalo y sé que estoy exhalando”. “El Buda dijo (que) ‘si no tienes conciencia de tu respiración, no puedes obtener estados más altos, no puedes alcanzar la liberación’. En la atención plena hay un ‘pare’. Existe esta capacidad 2015-10-28-12-35-33de dejar ir el torbellino de nuestra mente, simplemente soltarlo todo y regresar a esta respiración. Nos adiestra en la capacidad de dejar ir en cada momento… La práctica de estar conscientes de nuestra inhalación y exhalación durante el día… es un entrenamiento constante”. “Abraza tu agitación, tu ira, tu tristeza. Todo lo que necesitas es reconocer esa energía… Dile ‘hola’, sonríele, relaja tu cuerpo. Esa energía se sosegará”.

Respiré haciendo las paces con mi situación y regresé a la cordura. En medio del caos, encontré el hilo de la respiración que me guió hacia mí. Salí de aquella casa y denuncié el maltrato que vi.

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Fotos con la hermana Dang Nghiem tomadas durante un retiro en el monasterio Deer Park en noviembre de 2015. Copyright © Todos los derechos reservados.

por Yaisha Vargas Pérez / columna publicada el domingo 18 de septiembre en el diario puertorriqueño El Nuevo Día

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El sufrimiento causado por el abuso de poder quebranta necesidades humanas fundamentales como la libertad de Ser y la realización. Cuando esto ocurre, surgen líderes comunitarios que se enfrentan a las autoridades que hacen sufrir a la población. El sacerdote católico salvadoreño Óscar Romero fue asesinado en 1979 mientras oficiaba la misa por defender férreamente a los campesinos oprimidos y denunciar las violaciones de derechos humanos por parte del gobierno en El Salvador.

En la década de 1970, hubo un genocidio en Camboya en el que se estima que murieron hasta 3 millones de personas. El monje Maha Ghosananda dirigió marchas de paz por campos minados y territorio aún controlado por el régimen de Khmer Rouge para devolver a los aldeanos a sus comunidades y reunir familias separadas durante 15 y 20 años.

La monja vietnamesa Chan Khong narra en su libro “Learning True Love” cómo monjes y monjas arriesgaban sus vidas llevando alimentos y construyendo escuelas en aldeas remotas en medio del conflicto entre Vietnam del Norte y del Sur en la década de 1960. Hubo monásticos asesinados y otros se inmolaban mientras meditaban para llamar la atención local e internacional sobre lo que ocurría. Una de las mejores amigas de Khong se inmoló.

Nhat Chi Mai dejó poemas y cartas pidiendo que todas las religiones trabajaran juntas por la paz. Su muerte movilizó a un número de personas en esa dirección.

El principio que motivaba a estos líderes era liberar del sufrimiento a tantos seres como pudieran.

En Puerto Rico estamos sufriendo agudamente: la corrupción, el éxodo y el hambre son muestras de ello.

Sin embargo, hay otro sufrimiento principal que no se ve: el dolor de no ser. Se disfraza con la apariencia de que tenemos más que “esos países pobres” mencionados arriba y porque, de vez en cuando, aparecemos en el mapa internacional a través de los deportes u otros ámbitos. Por unos momentos, se nos desborda la alegría de Ser, pero pronto volvemos al anonimato, a la parte de atrás de la guagua, como cuando la segregación racial era legal en EEUU.

El dolor de no ser y el creer que no podemos van de la mano con la dependencia política y económica: el trueque de tener seguridad económica (que ya se acabó) a cambio de ser invisibles. Estos sufrimientos son la raíz de la explosión de violencia que vivimos. Da la impresión de que en nuestra nación no ocurren siniestras violaciones a los derechos humanos, pero eso es solo apariencia.

Todos los días nos pega una dolorosa disfunción que no entendemos de dónde viene, un genocidio silente que nos aniquila por dentro.

La amenaza de que se revierta la abolición a la pena de muerte pulula por el tribunal federal. La Junta de Control Fiscal nos ha halado 118 años hacia el pasado. Su interés en nuestra salud fiscal es que los bonistas recuperen su dinero, con la ironía visceral de que al menos uno de sus miembros contribuyó a la deuda.

Igual que en 1898, somos despojados de lo que era —o creíamos que era— la autonomía, el camino hacia la realización. Y esta violación al derecho humano de realizarnos nos desangra emocional y espiritualmente. Nos mantiene encadenados al sufrimiento. Ser es una necesidad fundamental. Es un llamado espiritual y es nuestro propósito de vivir.

Exteriorizamos nuestra desesperanza y rabia con los políticos locales vociferando burlas y cinismo creativo en las redes sociales para competir por los “likes”. Pero esa es una forma de escapar de nuestro sufrimiento.

¿Nos queda, acaso, alguna otra vía que la lucha? ¿O nos vamos a burlar también de los que comienzan a dar el frente en lo que se vislumbra será una larga batalla por ser nosotros mismos? Los líderes comunitarios mencionados actuaron desde su libertad interior, superaron sus barreras internas de sufrimiento para ayudar a otros. ¿Podremos sanarnos por dentro y soltar los obstáculos del cinismo, la burla y la división?

Tras los nombramientos decepcionantes en la Junta que nos gobierna, somos una nave sin capitán y a la deriva. En vez de criticar a los que están haciendo algo por lograr visibilidad internacional sobre nuestra situación, ¿podríamos aportar a su estrategia para que nos incluya a todos? Ya hicimos eso en Vieques. Ya sabemos reclamar que sí somos. Agarremos el timón.

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90 DÍAS es una columna que se publica domingos alternos

Por Samadhi Yaisha crónica publicada el domingo 25 de enero de 2015 en el diario puertorriqueño El Nuevo Día

 

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Ilustración por el diario ‘El Nuevo Día’.

“Acabo de renunciar a mi trabajo tras leer tu columna ‘Un salto de fe’. Era lo que necesitaba para dar el salto”.

 

Me quedé fría con aquel email. La mujer que me escribía y que yo no conocía dejó un puesto bien remunerado tras leer el acometimiento de mi locura de 90 días. Yo sembré los codos en mi diminuto escritorio de maquinilla y me tapé los ojos y la frente con las manos, aplastándome los cachetes, deseando ser avestruz. “¡Qué he hecho!”, me repetí.

Era octubre de 2011, y Dianiluz Cora dirigía el Departamento de Cultura del municipio que la vio crecer, cuando leyó una crónica de 90 días titulada “Un salto de fe”. En ella, narré lo que ocurrió cuando aterricé en mi tercer destino, con el dinero escaso, en víspera de Nochebuena en el medio oeste de Estados Unidos y sin un lugar para dormir. El único hotel que conocía en la ciudad había cerrado operaciones por los días de fiesta, pero por “error” me habían permitido hacer una reservación por internet. La empleada del hotel que se quedó para explicarme que no podría dormir allí me regaló una revista. En ella encontré un artículo escrito por Tama Kieves, abogada graduada de Harvard, quien renunció a un empleo de mucho dinero porque quería perseguir su sueño de escribir. Kieves pasó de trabajar entre abogados de alto calibre a vestirse con el delantal de una mesera. Tardó doce años en sanar su pasado y sacar su primer libro. ¡Doce años! El hotel cerrado me proveyó un “voucher” para que otro hotel me permitiera pasar la noche allí, tras una negociación telefónica que ocurrió mientras yo moría de cansancio. Aquella experiencia enfocó todas mis energías en el momento presente. “¡Sólo necesito poner un pie enfrente de otro!”, me dije. Una vez llegué al cuarto de hotel, abrí la revista “Unity Magazine”. El papel brilloso absorbió mis lágrimas. Tama no aguantaba su trabajo y quería ser feliz. Yo anhelaba felicidad.

Dar el salto

Dianiluz también. Por eso dio el brinco para convertirse en coach de empoderamiento y me escribió. Sólo que, al momento de ella seguir mi historia, mi vida era aún una sopa orgánica y amorfa—un huevo crudo desparramado. Yo no podía dirigir a nadie a transformar su vida porque aún no había descifrado la mía. Tuve pavor y oré por ella, por mí y por todos los que querían saltar más allá del sufrimiento hacia su realización personal. El secreto de Tama fue el tesón. En doce años no se rindió, y logró el bestseller “This Time I Dance! Creating the Work You Love.”

Lo que Dianiluz no sabe es que su gesta le inyectó fuego a la mía cuando me levantaba de mi peor recaída y atravesaba uno de mis momentos más cruciales. “Más vale que yo salga adelante, por las personas que, como ella, han leído mis crónicas y se han lanzado a crecer. Por favor, Universo, que yo pueda sanar, y que a ella le salga todo bien”.

El verano pasado, Kieves visitó Unity Village, donde vivo ahora. Estaba muy agradecida por la energía que Dianiluz compartió conmigo, y por la fuerza que sentí al saber que ella seguiría su corazón. Cuando Tama firmaba sus libros, le narré con entusiasmo cómo su artículo me salvó de la desesperación aquella noche y ayudó a otra persona a lanzarse a su misión de vida. Su respuesta fue “¡Wow, wow, wow!” Se le iluminó el rostro y le dedicó un libro a Dianiluz, el cual llevé con mucha alegría a Puerto Rico en junio pasado y le entregué en el aeropuerto. Quería agradecerle por haberle dado oxígeno a la llama de mi jornada. Eso fue todo. Jamás pensé que se transformaría, meses después, en el libro “Tocando cielo: una guía de poder para quienes han tocado fondo”.

A mediados de 2014 recibí por correo una caja de Dianiluz y confieso que me convertí de nuevo en avestruz. No la abrí hasta diciembre. Su historia y toda la gente que había tocado crecía tanto que prefería no mirar. No quería descubrir otro acometimiento aventurero. Yo sólo escribía porque quería sanar con todas mis ganas. ¡Eso era todo!

Cuando tuve la valentía de abrirla, me topé con una carta tierna y profunda, la figura de un vórtice y otros regalos. Me arrepentí de no haberla abierto antes, sobre todo por su epístola y por la amistad que representaba.

Nos vimos en diciembre por segunda vez. Escuché lo que llamo “pareceres imposibles”. Logró convertirse en coach en medio de la crisis económica, negoció con el banco para no perder su apartamento y vio como casi le embargan el carro. Así como surgían dificultades, también llegaban bendiciones, como los fondos para su primer libro “Tocando cielo”. Entre las anécdotas, me narró: “En otro momento, (la Autoridad de) Energía Eléctrica dejó de cobrarme porque estaban ‘revisando la cuenta’ y era que yo no tenía dinero para pagarla … Cuando el dinero comenzó a moverse, entonces ellos encontraron lo que pasaba. Llegamos a un acuerdo para yo poder pagar lo que debía. Realmente, todo iba confabulando para que yo pudiese alcanzar mi sueño de ser escritora y pudiese continuar mi misión de empoderamiento de las personas. Para mí es una pasión ver que las personas puedan conectar con esa fuerza que mueve sus vidas a otro nivel, y hay un sentimiento de apoyar la libertad de los seres humanos que va de la mano con ese empoderamiento. Mi misión es que las personas literalmente se sientan en libertad plena de decir que son lo que son, de sentir lo que quieran sentir, de vivir a su forma y a su manera. Esa libertad es posible”. Así nació su misión: Vortex Global Coaching.

Cuando comencé a leer su libro “Tocando cielo”, me aguanté el corazón. Allí cuenta que, tras nuestro encuentro en el aeropuerto en junio, lloró en su balcón frente al Río Grande de Loíza. Días antes, escribió un poema premonitorio. El Universo le anunciaba que le tocaba sentarse a escribir. Yo sólo fui a darle las gracias. El resto lo hicieron todo ella y el Cosmos. Pero quizás así funcionan las cosas. Yo también escribí un “poema premonitorio” antes de partir a India, una pieza épica que me dio pistas durante mi viaje. ¡Cuán poderosa es la escritura cuando una se entrega sin reservas a lo divino!

¡Gracias, Dianiluz, por todas las diosidencias! Porque te leo y me leo, y conozco el estado de inercia del que parece que una no va a despertar, el miedo paralizante que no deja a una hacer ni lo más básico. La crisálida que parece que no va a acabar jamás. La entrega a lo desconocido cuando no queda nada más por hacer. Las miradas soslayadas que te susurran: “estás loca”… Pero también, las nuevas almas que abren su corazón y lo explayan en ayuda. Los “cheerleaders” espirituales que insuflan ánimo y te empujan a confiar en la guía interna aunque parezca no tener sentido, y los benefactores que no te sueltan sin importar lo que ocurra. Ese grupo termina siendo más grande y más brillante. Y la dulce y sublime resurrección, cuando lo Divino te dice sin dudas: pasaste todo eso, porque viniste a hacer esto.

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Dianiluz Cora, coach de empoderamiento en Vortex Global Coaching y escritora.

Yo también me pregunté: “¿Qué hago aquí?” y “¿Hacia dónde va mi vida?” Lo que el Universo me ha asignado a hacer ahora no lo pude haber diseñado sola. Agradezco tu vórtice de sabiduría, pues el vacío no es un lugar terrible, es una sopa orgánica necesaria para crecer. Gracias por tus enseñanzas espirituales, tus 16 años de aprendizaje, las leyes y procesos que pones a disposición de todos. Gracias por elevar la vibración del planeta con tu “enchule” con la vida, por incluir a todos en tu barco de experiencias y en la playa en la que descubriste de qué estamos hechos. ¡Por tu definición de que TODOS somos la divinidad! Me da alegría haber escuchado de ti: “Escribir este libro ha sido una aventura de fortaleza, y de mucha, mucha felicidad”. Veo tu misión resumida en tu nombre: una combinación del término “Dhyana”, el séptimo paso en la yoga justo antes de la iluminación, y “Luz”, la resurrección. Con tu vórtice de poder, ya estás guiando vidas que atraviesan el punto más difícil de su noche oscura hacia la diana plena, el amanecer total. ¡Te auguro mucho éxito!

 

 

 

 

Por Yaisha Vargas-Pérez / columna publicada el domingo 21 de agosto de 2016 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

El camino del héroe

Columna 90 días publicada en el “El Nuevo Día” el domingo 21 de agosto de 2016

La euforia épica por la hazaña de Mónica Puig no es para menos. Despierta en nosotras la necesidad de ir hacia nuestra propia aventura de realización, una presea que le abrirá caminos a las demás. La verdad férrea es que tenemos el aguante para librar este tipo de batalla tipo Frodo contra Sauron. Estudiosos en el campo de la mitología han identificado un patrón narrativo en los relatos de distintas culturas al que han llamado “el camino del héroe”. Un héroe sale del mundo común y corriente, entra a una región sobrenatural, maravillosa o legendaria donde existen fuerzas formidables que se enfrentan entre sí, y debe luchar en un combate decisivo. El héroe regresa a su hogar de origen con un elixir, o el poder de bendecir y beneficiar a sus semejantes. Todos podemos reconocer este patrón porque lo llevamos por dentro con todos sus personajes.

Durante mi jornada de sanación, varios facilitadores aludieron al camino del héroe como un elemento de estudio para comprender mis fuerzas internas y salir adelante. Una persona que confronta una adicción, un desorden de alimentación o cualquier condición que surja de la disfunción emocional, se enfrenta sin tregua a una enemiga interior que parece ser ella misma, pero que no lo es. Es la sombra que nubla al Ser interior verdadero, y al principio quizás se ve como una antagonista gigantesca e imbatible.

Un adicto en recuperación es un héroe en ciernes que necesita desarrollar resiliencia, la capacidad de transformar la terquedad en sublevación ante el fracaso, de botar el golpe y rebotar cada mañana hacia el optimismo testarudo, de sacar las agallas cuando tiene los cachetes aplastados entre la bota y la brea; de abrazar su vulnerabilidad emocional, no como una debilidad desventajosa, sino como un trofeo de su humanidad, y de entregarse en confianza certera a su proceso de recuperación y a un Poder Superior. Son pequeñas victorias para cruzar la meta de la cordura.

Las posibilidades de éxito aumentan cuando el héroe tiene un mentor que le muestra el poder de la sobriedad; un grupo de apoyo que lo vitorea en la carrera, y un amigo —aunque sea uno solo— que le brinda la complicidad de las carcajadas y le recuerda tomar descansos. Todo eso vale oro. Rescatarse a una misma es un trabajo colectivo.

En mi expedición interior, vi que la raíz de mi codependencia, disfunción y los patrones adictivos derivados eran un microcosmos de la codependencia política en la que crecí: el no-sirvo-no-puedo, el negativismo ante las circunstancias retantes, la crítica cruel y la burla gratuita para minusvalorar al otro. Desperté a la verdad de que el colonialismo también era una adicción: la mazmorra cómoda de un sistema político ilusorio y prestado en la que dormitábamos como pueblo. Habíamos ignorado el llamado a Ser como nación y combatir hacia adelante con nuestro talento. Desoír ese llamado ha resultado en el desarrollo de la sombra, el negativismo, el tan peligroso no-puedo-no-sirvo, la depresión, la vergüenza tóxica hacia nosotros y los demás. De ahí nacen la disfunción, la criminalidad y los males sociales. No es hasta que la crisis nos aplasta la cara contra el suelo que escuchamos el llamado del héroe interior y nos atrevernos a pensar que sí podemos Ser y desarrollar nuestro potencial.

En el mito del héroe, la hazaña del campeón está relacionada con el momento histórico de su pueblo. El elixir de Mónica, el “sí-somos-sí-podemos”, —y otros recientes, como el Premio Pulitzer de Lin-Manuel— llegan justo cuando comenzamos a despertar y nos atrevemos a Ser un pueblo más poderoso en espíritu. Y lo que es adentro, es afuera. Se está reflejando en el florecimiento de la agricultura, comida para el cuerpo; las letras y las artes, alimento para el espíritu. Comenzamos a pensar que sí podemos vivir de nuestros talentos y que la autosuficiencia no es un monstruo maligno. El esperpento es la dependencia que nos invalida. Si hemos resistido un embate indignante por más de 500 años, ¿acaso no seremos bravos para dar nuestros primeros pasos como puertorriqueños que van hacia la aventura de Ser, sanar su ser interno y, por extensión, la tierra que habitan? Ya fuimos David contra Goliat en Vieques. El enemigo no está fuera de nosotros, es nuestra propia creencia de impotencia. Esta es una lucha a favor de nosotros mismos.

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Por Yaisha Vargas Pérez / columna publicada el domingo 7 de agosto de 2016 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

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Mi amiga Bromelia de las Rosas y yo compartíamos relatos sobre nuestros viajes espirituales. Sus travesías habían sido atrevidas, lejanas, audaces. Yo también quería andar el Camino de Santiago y llegar a Oriente Medio. Le conté mis expediciones exteriores e interiores, y cuán escabrosas habían sido algunas etapas para rescatar partes de mí que creía perdidas. En la antesala de su nuevo viaje, me confesó su travesía más anhelada y menos explorada: El Camino Hacia Bromelia. Conmovida por su vulnerabilidad, me brotó esta narración:

Naciste para ser feliz. Suave, bondadosa, transparente. Fuerte, de carcajada honesta, libre. Eras curiosa con el mundo a tu alrededor. La baba de un caracol te daba cosa, pero sonreías cuando veías su caminito viscoso y la estela de brillo. Querías ser amiga de las grandes bandadas de luciérnagas que se disparaban en piruetas por las noches en el campo caribeño, entre el verdor denso, empapado y fértil. Tu mundo era una fuente que regurgitaba maravillas.

Entonces, te arrancaron de tu patria, Bromelia, tu terruño-isla-reino, un paréntesis en el mar. Desde entonces, no has parado de viajar. Has andado el mundo lejos, te has buscado remota, y en la ansiedad de encontrarte, sigues huyendo allí, allá y acullá.

La distancia y el destierro, la raíz desgarrada y la hemorragia, las madres que mueren, la aguja de la rueca, la vida pega fuerte y una se va a dormir. Y todos los que te cuidaban en el hogar del exilio también cayeron en la modorra, se adormilaron; te dejaron sola en el huerto de las lágrimas.

¿Fue ahí, quizás, que comenzó tu jornada confusa, intensa, obtusa: la expulsión del paraíso, los 40 años en zigzag por el desierto, los matrimonios fracasados, las bancarrotas, los pantanos? ¿Fue entonces que todo el mundo te arrancó un pedazo y no eras suficiente para nadie, aunque te entregaras, te secaras, te arrugaras? ¿Fue entonces que a la risa inocente  la fue cercando —sigilosa y fuerte, pujando sus espinas de aislamiento y dolor— una enorme enredadera, tupida, seca y tozuda, habitada por criaturas “maléficas”, entidades adoloridas, otrora duendas y princesas deportadas; todo esto bajo la amenaza constante de un incendio de rencor? ¡Dónde quedaste, Bromelia!

Hasta que un día quisiste despertar: “Quiero ir a casa”. Ese deseo giró la rueda de tu destino, un molino de agua dulce, una corriente serena y constante como tu alma, Bromelia. Nadie la pudo frenar.

La corriente te trajo regalos; el río que nunca cesa te mostró el báculo, la espada y el arco. Parada sobre el claro de un monte una noche de luna llena, aprendiste a blandir, esgrimir y lanzar. Seguiste a la luna, y cuando menguó, te guiaron los coquíes, los caracoles y las luciérnagas. Desanduviste la senda hacia tu reino, a pie, en dragón, en pantera y sobre el arcoíris. Era una carrera hacia la vida; la ansiedad finalmente redirigida a sobrevivirte.

Hallaste la madeja espinosa y reseca, tejida con pensamientos erróneos sobre ti; los horrores que otros proyectaron porque padecían su propia oscuridad. Te abriste camino con la espada de la sabiduría, y despertaste a las criaturas afligidas con tus flechas de realidad. Sus destierros terminaron; recordaron el camino a casa. La disciplina y el rigor te acompañaron, ¡era necesario! Pero cuando la aventura te llevó hacia el centro, la espada y el arco dejaron de funcionar. Había una nueva madeja verde claro, sensible, pantanosa y viva. Mientras más fuerte eras con ella, más se enredaba y se resistía. Aprendiste, entonces, a usar el arma poderosa de la vulnerabilidad. “Vengo en paz”. Soltaste el arco, el báculo, la espada, y, con paciencia, la comenzaste a desenredar. Llegaste a un claro del pantano donde dormía un enorme capullo de luz, abrazado por las raíces de los árboles, protegido por un pabellón de ramas. No podías forzarlo a despertar.
Y mientras tu bota enfangada subía la escalera de raíces, supiste que, para despertar a la bella durmiente, debías aprender a esperar con suavidad que te confiara el entreabrir de sus pétalos de bondad, para que15DAx500y500 te rindieras en un beso compasivo hacia tu propio corazón.

Tu bella durmiente despierta, amiga querida. Lo sé porque, cuando te abracé tras tu confesión, la sentí latir muy cerca.

¡Ve a la aventura, Bromelia, que después de ti despertará todo un reino! ¡Después de ti, despertarán las demás!

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En Twitter: https://twitter.com/SamadhiYaisha

Foto 1 de la rosa abierta: By Erixsen – Own work by uploader: ok, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=7051077

Foto 2 del coquí en la bromelia – http://es.acam.wikia.com/wiki/Archivo:15DAx500y500.jpg

Por Yaisha Vargas Pérez / columna publicada el domingo 24 de julio de 2016 en el diario puertorriqueño El Nuevo Día

 

Jack Kornfield and Me

El psicólogo budista Jack Kornfield visitó San Diego en octubre de 2015 para hablar sobre la psicología de la conciencia amorosa.

No soy de bucear en un gentío durante un concierto o tirarme encima de la multitud para flotar en un océano de manos. No me considero “groupie”. Pero cuando tuve a Jack Kornfield a varios metros de mí, quería quedarme ronca de alegría.

 

Kornfield pasó parte de su juventud entre monjes budistas en Tailandia, India y Birmania. Tras regresar a Estados Unidos, terminó un doctorado en psicología clínica y fundó la “Insight Meditation Society” junto con Sharon Salzberg y Joseph Goldstein. Los tres fueron figuras clave en traer a Occidente la enseñanza de la meditación Vipassana, también llamada meditación introspectiva y “mindfulness”.

Robert Brumet, mi primer maestro de Vipassana, estudió con Jack Kornfield.  Sus técnicas fueron fundamentales para encontrar la ruta de vuelta hacia mí. Aprendí la meditación alimentaria, y a observar los condicionamientos que desembocaron en un desorden de alimentación. Desarrollé la resiliencia para procesar recuerdos y traumas. Comenzaba a entender la compasión.

Con Brumet y Kornfield comprendí que la psicología occidental no me funcionó del todo para sanar, pues se fundamentaba en la creencia de que había algo intrínsecamente erróneo conmigo; señalaba constantemente lo que “andaba mal” en mí y que, debido a las carencias en mi niñez y adolescencia, estaría el resto de mi vida “arreglando” mi personalidad-ego.

La psicología budista que ha propuesto Kornfield desde la década de 1970, no descarta a la psicología occidental, sino que la incluye, pero parte de la premisa de que la sanación está en ver –y ayudar a que el paciente/estudiante vea– quién realmente es, qué es lo que habita en su interior más allá de las circunstancias que formaron su ego. Propone que en cada ser vivo existe una bondad intrínseca.

“Es importante contar con la formación de la psicología occidental, pero comenzar con el conocimiento fundamental de la bondad de los seres humanos”, dijo Kornfield durante el adiestramiento “La psicología de la conciencia amorosa” en el que participé en San Diego, California.

Kornfield explicó cómo Brumet me apoyó “trayendo un sentido de dignidad y honor a todos aquellos lugares que parecían irreparables”, en mí. A través de su gentileza y su invitación consistente a ser gentil conmigo misma, me ayudó a restaurar “la inocencia y la belleza que están ahí y que no pueden ser arrebatadas”. “Cuando riegas esa semilla con un poquito de agua, va a despertarse de nuevo, solo ha estado esperando”, dijo Kornfield. La interacción entre el terapista y el cliente va acompañada de atención plena y compasión. Es como encender una vela con la llama de otra vela.

Al acompañarme Brumet en el tramo difícil, creció mi capacidad de practicar mi propia bondad y presencia interior, de estar atenta a las planta de mis pies cuando tocan el suelo, a la punta de mi nariz cuando respiro, y en toda la complejidad de ser humana. Caminar hacia el centro de mí misma implicó atravesar mi oscuridad, las capas de todos los traumas, ver su transitoriedad, y encontrar un centro de paz. No había atajos. Mi vida no es perfecta, pero tengo más capacidad para recordar el camino de vuelta.

Encontrar esa bondad original, la bendición original con la que nacemos antes de sentirnos expulsadas del paraíso hacia un mundo de vicisitudes, es hallar mi humanidad. Eso fue lo que vio Myrtle Fillmore—fundadora de Unity—en sí misma, y sanó de una enfermedad incurable. Fue lo que recordó el Buda, Sidarta Gautama, y despertó; era lo que Jesús convocaba en los demás cuando les preguntaba si querían sanar. Sanar es verse con ojos nuevos, los ojos de la verdad: somos seres buenos. La maldad, y a veces la enfermedad, surgen de haber creído un perspectiva equivocada de nosotros mismos.

Compartí con Jack que, luego de atravesar mi valle de sombras utilizando la meditación Vipassana, al final del camino hallé el arquetipo cristiano del Sagrado Corazón de Jesús, quien me había seguido desde que nací. Y que, de la misma manera en que Sidarta Gautama clamó a la diosa Tierra para que fuera su testigo y vencer a Mara (las fuerzas del mal y de la ilusión), el Sagrado Corazón atestiguó mis batallas. Entonces Jack me miró, sus ojos brillaban alegres, y me respondió con un hermoso secreto. Oriente y Occidente se unían en mi interior.

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Por Yaisha Vargas Pérez / columna publicada el domingo 10 de julio de 2016 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

Acto en memoria por las víctimas de Orlando USC 27 junio 2016Todo es cuestión de estar consciente de qué lado de la historia uno escoge ubicarse, para cuando la humanidad mire 500 años en el pasado, esté plasmado quién justificó la opresión y quién defendió los derechos humanos, y promovió que todas y todos se sintieran amados, valiosos y que pertenecen.

El pasado lunes 27 de junio, la bandera arcoíris que representa al movimiento LGBTTQIA ondeó junto a las 49 velas encendidas por las víctimas de la masacre de Orlando, bajo la mirada y los brazos abiertos del Sagrado Corazón de Jesús. La Universidad del Sagrado Corazón (USC) ofició una misa y un acto de recordación por las víctimas, entre los que figuraban dos de sus exalumnos: Anthony Laureano Disla y Jorge Javier Reyes.

“No podemos quedarnos callados ante gente que usa la Biblia para promover el odio. Hay gente que usa los versículos aisladamente para promover el odio… Como cristianos, no podemos permitir que se siga promoviendo el odio”, dijo tras la misa el Dr. Julio A. Fonseca, director del Centro para el Desarrollo Personal de la USC, a los familiares y amigos de los exalumnos fallecidos, así como a personas de la comunidad. La ceremonia fue un acto muy sanador.

La Biblia también habla de esclavitud, de tratar a las mujeres y otras razas como propiedad, de padres que se acostaron con sus hijas para tener descendencia. Ya en el siglo 21, estas instancias son reconocidas como violaciones a los derechos humanos, pero en siglos anteriores justificaron la esclavitud y el genocidio indígena y africano (bajo el manto de la evangelización), y el maltrato conyugal. Las interpretaciones rígidas de que los niños deben nacer solo en un matrimonio o de lo contrario son un pecado, acabaron en el horror de orfanatos abusivos en Europa administrados por órdenes católicas. Hubo mujeres que tuvieron que decidir entre aguantar a un marido abusador o divorciarse y quedar excluidas de la comunión. Por eso las disculpas recientes del Papa Francisco a la comunidad LGBTTQIA y a otros grupos minoritarios son tan significativas, pues reconocen la ofensa y la falta de solidaridad, no solo hacia los homosexuales, sino a los pobres, a las mujeres explotadas, a las familias que atravesaban divorcios y a los niños obligados a trabajar. “(La iglesia) debe pedir disculpas por haber bendecido muchas armas”, puntualizó el Papa.

La Biblia narra la evolución del concepto de la divinidad en la conciencia de los seres humanos. Por eso cuenta historias de horror y abuso, de un dios-objeto que se usaba como amuleto para la guerra y para dominar sobre otros. Comienza con un destierro, pero acaba con el amor incondicional, que fue la enseñanza de Jesús, quien retó el orden establecido y por eso lo mataron. Jesús representa la conciencia que solamente ama, sin prejuicios ni expectativas, como el sol que brilla sobre la Tierra y jamás le reclama: “tú me debes”.

Richard Rohr es un sacerdote franciscano establecido en Nuevo México, reconocido internacionalmente por sus enseñanzas místicas. En un extracto de su libro “Immortal Diamond: The Search for Our True Self”, señala que el mensaje inclusivo de Jesús se ha convertido en una serie de reglas para alcanzar la iluminación que ponen a algunos en un nivel moral más alto que otros, algo muy lejano de la inclusión que propone Jesús. “Este proceso de ‘administración de los pecados’ nos ha mantenido al clero en el negocio”, dice Rohr. “Siempre hay forasteros a quienes dejar fuera. Escondiéndose por las esquinas de esta búsqueda de pureza moral están los males que hemos pasado por alto sin reparos: la esclavitud, el sexismo, el clasismo al por mayor, la codicia, la pedofilia, la opresión homosexual y la opresión de culturas nativas. Casi todas las guerras han sido peleadas con la bendición plena de los cristianos. Hemos creado, como resultado, lo que algunos llaman cínicamente como ‘iglesiandad’ o ‘religión civil’ en vez de un cristianismo profundo y transformador”.

La comunidad LGBTTQIA aún espera que las autoridades eclesiásticas aquí se disculpen. Tienen una oportunidad para sanar la herida creada por poner a las reglas obsoletas por encima del Amor vivo, precisamente lo que Jesús combatió con su vida. Están en una coyuntura histórica. En 500 años, los humanos mirarán este periodo y verán si esta vez se pusieron del lado de los derechos humanos o, una vez más, de los opresores.

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Por Yaisha Vargas Pérez / crónica publicada el domingo 12 de junio en el diario puertorriqueño El Nuevo Día

Las tarjetas para mamá aleteaban en celebración bullanguera abarrotando la góndola en la farmacia… Un mes después, las tarjetas para papá se doblaban tristes en una esquina. “¿Por qué la diferencia tan marcada?”, le pregunté al dependiente. “No lo sé. Siempre llegan y se venden menos tarjetas para los padres”.

De momento desperté. Aquella era solo una muestra de la cantidad de gente lastimada por su relación, o ausencia de relación, con una figura paternal.

Yo tuve una relación difícil con mi papá durante años. Por un tiempo, no hablamos. Hasta que reconocí el hueco en mí donde se suponía que estuviese su alegría, y acepté que lo extrañaba con todo mi ser. Poco tiempo después, recibí una postal suya por correo.

father and little daughter walking on sunset beach

Todos los padres tienen un niño interior de cinco años, frágil y vulnerable.

 

La vida nos puso a ambos en circunstancias muy difíciles que nos llevaron a la humildad de la reconciliación. Se nos desplomó la armadura y nos desgarró la piel. Yo había procesado su violencia emocional con rabia y, en mis esfuerzos poco hábiles por ganar su empatía, lo lastimaba de vuelta. Estaba convencida de que su labor como papá era estar sano para darme amor y todo lo que yo necesitara. Entendía su pasado en Vietnam racionalmente, pero en mi corazón había mucho dolor. Los maestros budistas Jack Kornfield y Thich Nhat Hanh me guiaron hacia su experiencia de la guerra. Un día, durante una meditación profunda, sentí una navaja que me cortaba el esófago por dentro, desde el cuello hasta la boca del estómago, y mientras me “desangraba” por todo el suelo de madera, vi los tanques de guerra frente a mí, sentí el retumbe en ristra de los rifles automáticos, me traumatizaron los gritos de los niños, respiré el agente naranja… Y supe lo que era llorar desde la deshumanización.

El grupo de meditación en el que estudiaba me enseñó a enviarle sanación a mi papá a través de la herida de guerra que descubrí en mí. Muchas de las herramientas de sanación que aprendí no existían cuando mi papá tenía mi edad. Recordé todos sus esfuerzos por sanar cuando era joven, su épica espartana para reclamarle a un gobierno que no lo escuchaba. Lidiaba con el rechazo de la población en las décadas de 1960 y 1970 por haber peleado en un conflicto al que no quería ir y con las burlas de la gente hacia esos veteranos “locos”. Tras haberse criado campo adentro, sensible y feliz, mi papá fue arrancado a la guerra cuando tenía 19 años. “La guerra me robó mi juventud”, me cuenta. Lo que vio fue tan horrible que ya no podía sonreír. Tardó más de 50 años en sanar.

Thich Nhat Hanh me enseñó que es posible sanar nuestra línea ancestral.

Propone que busquemos una foto de papá cuando tenía cinco años y meditemos para comprender el dolor que recibimos de él. La meditación aparece en su libro “Reconciliation: Healing the Inner Child”. Comparto un fragmento:

“Es importante encontrar un lugar tranquilo y no ser interrumpido. Puedes decirte las siguientes palabras: ‘inhalando, me veo a mí mismo como un niño de cinco años. Exhalando, sonrío compasivamente al niño de cinco años en mí’”.

“El niño interior de cinco años necesita mucha atención y compasión… aún está vivo en nosotros… Ese niño de cinco años no solamente somos nosotros. Nuestros padres sufrieron cuando niños. Incluso como adultos no sabían cómo manejar su sufrimiento, así que hicieron sufrir a sus hijos. Todos los padres tienen un niño interior de cinco años, frágil y vulnerable. Mi padre y yo no somos dos entes separados. Yo soy su continuación, así que él vive en mí. Ayudar al niño de cinco años que es mi papá nos sana a los dos. Nuestros padres y todos nuestros antepasados están presentes en cada célula de nuestro cuerpo. Practicamos de esta manera: ‘inhalando, veo a mi padre como un niño de cinco años. Exhalando, le sonrío al niño de cinco años que es mi papá’”.

“Tu papá fue un niño de cinco años antes de convertirse en papá… era muy vulnerable. Podía ser herido fácilmente por tu abuelo o abuela, y por otras personas. Si alguna vez fue rígido o difícil, quizás se debió a cómo fue tratado. Quizás fue herido cuando era niño. Si entiendes esto, quizás ya no te enojes con él. Quizás sientas compasión”.

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Por Yaisha Vargas Pérez / esta crónica fue publicada el domingo 29 de mayo de 2016 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

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Foto de Yaisha Vargas meditando frente al amanecer junto a otros participantes durante un retiro en el monasterio Deer Park en Escondido, California, entre octubre y noviembre de 2015. Copyright © 2015 por Yaisha Vargas

Un rayo de sol escalaba la montaña de roca caliza. Habíamos peregrinado sigilosos hasta la cima. Cientos de viajeros de todo el mundo acudimos al monasterio de Deer Park en California, entre otras cosas, para presenciar ese amanecer milagroso. Cuando una camina con meditadores desde las 5:30 de la mañana, la mente se vacía de cosas densas y se prepara para recibir toda esa inmensa luz de golpe y en silencio glorioso, seguida de un sabroso desayuno preparado con amor. Thich Nhat Hanh, “Thay”, me enseñaba una nueva definición de iluminación.

 

Los monjes de Plum Village y otros monasterios fundados por Thay estaban de gira por varios países y llegaron a Deer Park para brindar un retiro de cinco días. Nos ofrecieron pertenecer a “grupos familias”, y mientras miraba la lista con las opciones, identifiqué una energía de resistencia muy fuerte en mí. “No quiero”, me decía. “Pertenecer trae consigo la posibilidad del destierro”. Suspiré. Aún había algo que sanar. Escogí el grupo familia de los interespirituales, aquellos en cuyo corazón confluían varias tradiciones. Pháp De, el monje budista que lo facilitaba, fue antes un sacerdote católico y luego corredor de la bolsa de valores. Lo tuvo todo y aprendió a dejarlo ir.

A medida que surgían los relatos en el grupo, veía que todos tenían un capítulo de destierro que los empujó hacia otros senderos. Muchos se habían reconciliado con su pasado. Con cada historia, me rodaba una lágrima, y cuando llegó mi turno, el agua de sal se arremolinó en mi garganta, amarrándome las palabras. Mi reacción fue igual que cuando recibí estocadas verbales en donde una vez fui feliz: no podía hablar. Esta vez también lloraba porque las enseñanzas de Thay eran un sol que despejaba mis lluvias. En mi corazón, sabía que la historia de destierro ya no era cierta, solamente esperaba que mi psiquis lo entendiera.

Me fui del grupo por un día para confrontar mi miedo a pertenecer y a ser exiliada. Medité sola en una pagoda del monasterio y dejé que la historia vieja muriera. Sentí dolor en mi cuerpo y en mi corazón. Me acurruqué en el suelo de madera del campanario en el que los monjes cantan sus mantras al atardecer. Hablé con la primera mentora que me guió hacia la tradición de Thay, y compartí alegrías con mis amigas en Deer Park. Comenzaba a crear un hogar interior, y escribí en mi diario: “Soy feliz por la capacidad de estar en paz”.

Entonces pude regresar a mi grupo familia. “Nos alegra que hayas vuelto”, me abrazaron. Ensayamos juntos una canción para la comunidad basada en repetir un verso cristiano: “Aquiétate y conoce que yo soy Dios”. Con cada vuelta, le quitábamos una palabra y nos quedábamos en silencio mientras la guitarra marcaba el tiempo: “Aquiétate y conoce que Yo Soy…”, “Aquiétate y conoce…”, “Aquiétate…”. Cada silencio nos acercaba más a la verdad, igual que el aspecto místico de toda tradición nos lleva al mismo lugar.

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Foto de Yaisha Vargas meditando durante un retiro en el monasterio Deer Park en Escondido, California, entre octubre y noviembre de 2015. Copyright © 2015 por Yaisha Vargas

A la mañana siguiente, recibí los Cinco Entrenamientos hacia la Plena Conciencia por segunda vez. El salón principal de meditación estaba repleto, un edificio con techo de bóveda que dejaba acumular el silencio y acallar la mente. Respiré con emoción aliviada al integrarme a esta enorme familia internacional. Sentía mi renacer. El monje Pháp De me entregó un documento con mi iniciación y un nuevo nombre, el cual leí feliz y asombrada: “Mindful Samadhi of the Heart”. Era la cuarta vez que recibía el nombre “Samadhi”. Un mes antes, me había reconciliado con el Sagrado Corazón de Jesús y había descubierto que su signo me había seguido desde que nací. ¡La Vida unía a mi Sagrado Corazón con mi práctica budista! El apellido “of the Heart” me conectaba con todos los que habían recibido un nombre en Deer Park alguna vez. Pháp De se había separado de la religión en su juventud, igual que yo; había visto cuán inútil era vivir solamente para acumular riquezas, como lo hice también, y descubrió lo efímero del amor romántico, lo que lo llevó al amor místico. Entregó todos sus bienes y decía que jamás había sido tan feliz. Me hice la pregunta otra vez, pues anhelaba que mi corazón se desbordara de éxtasis para siempre… ¿Me tocaría, entonces, quedarme en Deer Park?

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90 días es una columna que se publica domingos alternos en la sección de Por Dentro del periódico “El Nuevo Día”. Busca la próxima el domingo 12 de junio de 2016.