La veo venir. La siento aproximarse como una ola que se va acercando de a poquito, y yo creo que es pequeña, pero resulta que cuando llega es un tsunami despavorido incapaz de escuchar y detenerse.
Recordé lo que me dijo mi mentor de meditación cuando le consulté sobre una dificultad recurrente. Ese día, me habló bajito y me contó un secreto:
—¿Recuerdas el poema de Rumi La casa de huéspedes? —me preguntó Bert.
—Sí —le respondí—. Es el poema que más me ha enseñado.
Sonrió con complicidad.
—Después de que los demonios despojan a la casa de sus muebles, se quedan unos cuantos por ahí. A esos, les sirves comida y pronto se van. Pero hay uno que no se va, y no importa lo que uno haga, se queda y anda por la casa, no como un huésped, sino como un residente —Bert sonrió: —Con ese demonio, te sientas a tomar un té.
Regreso a mi cojín de meditación. Ella no tarda en regresar: cruda, rauda, volátil. Se presenta con una imagen del lugar donde había comenzado el dolor de mi trastorno: la mesa del comedor de la casa de mis padres. La siento trepar por mi sistema nervioso, como una planta rastrera de ortiga, que hinca, pero también anhela subir hacia la luz. Comienzo a creer que puedo sentarme a tomar un té con ella.
—Hola, ansiedad —digo, rodeada de silencio, escuchando mi respiración.
Siento curiosidad por ver cómo era ella, y se dispara de súbito ante mí una rebelión de energía que rebota a toda velocidad en todas direcciones. Entonces ya ella no está en el mismo comedor de mi infancia. Rebota contra las paredes del que solía ser el apartamento en Santurce que vendí hace años, y donde sufría ataques de pánico.
La veo con distancia. Por primera vez me doy cuenta de que yo no soy la desesperación
—Hola ansiedad, quiero verte.
Borrosa y desorganizada, toma la forma de muchos rayos blancos, y luego, de una larguísima y gruesa cabellera azotada por el viento a gran velocidad, dispersada por todo el espacio.
—Hola, ansiedad —sigo respirando sentada en el cojín de meditación.
Veo su cabeza hundida en una mata de pelo, y más de cerca, su cara. Su piel es color papel de computadora, los ojos grandes y ausentes, los pómulos pronunciados y los labios gruesos y entreabiertos. A veces, dentro de sus ojos hay rayos de colores; una tormenta eléctrica de arcoíris. De repente su cabeza vuelve a rebotar, porque la ansiedad no tiene cuerpo donde anclarse: es una cabeza sola impulsada por el viento tumultuoso. Está hecha de aire, de nada. La invito a sentarse conmigo en ese comedor en el que nos conocimos, y le sirvo un té imaginario.
La ansiedad me mira, mira su taza, la cual flota hasta su rostro —porque no tiene manos para agarrarla— y sorbe el té. La taza flota de nuevo hasta la mesa. Ella sigue huracanada, pero a mi alrededor hay estabilidad. La miro fijamente hasta sentir su caos.
—Hola, ansiedad —le repito.
Me mira —sus ojos de ausencia psicodélica—, no dice nada, y se va…
Abro los ojos. Solo hay una pared blanca frente a mí. Solo siento tranquilidad y la ausencia de algo que había ocupado mi cuerpo por mucho tiempo.
Sonrío.
Bert me había ayudado a identificarla. Durante un retiro de meditación, se dio cuenta de que mi cuerpo había comenzado a flotar encima del cojín, no porque estaba iluminada, sino porque estaba atrapada por la medusa ansiosa. Mi mente se despegaba de mi cuerpo en un torbellino de angustia.
—¡Quédate dentro de tu cuerpo! —me dijo Bert con voz firme y compasiva.
Mi cuerpo aterrizó en el cojín, y la marejada se calmó. Aprendí a buscar un ancla en mí misma, a preguntar: «¿Qué está ocurriendo ahora mismo?». Y cuando la veo, aprendí a preguntarme: «¿Puedo acompañar a esta emoción?». Con la primera pregunta, estoy presente dentro de mí misma. Con la segunda, soy capaz de hacer espacio, abrir el corazón lo más grande que pueda para que pasen los demonios de La casa de huéspedes y encuentren la puerta de salida hacia su liberación.

