¡Feliz Nuevo Tú!

Por Yaisha Vargas-Pérez para el blog A Mystic Writer

Hace muchos años escuché a un maestro de India decir durante una celebración del año nuevo lunar “Feliz Nuevo Tú”. No entendí muy bien por qué lo dijo. Por lo regular, cuando llega un año nuevo, ponemos nuestros deseos en que el año traiga cosas mejores, y al finalizar el año, repasamos las cosas que el tiempo trajo y se llevó.

Y si el año no fue bueno, le echamos la culpa, como si fuera una personificación de una deidad cronológica que decidió que íbamos a tener o no una buena temporada.

Y cuando llega el año nuevo, hacemos resoluciones para mejorar, lo cual es muy loable, y tenemos los mejores deseos de cumplirlas, aunque algunas se nos quedan a mitad de año o incluso nos damos por vencidos un poco antes.

¿Es esta la única forma de vivir? ¿En una rueda de sucesos y autopromesas no cumplidas sobre los cuales parecemos impotentes?

Definitivamente, no. Y esa es una buena noticia.

El reconocido psicólogo budista Jack Kornfield dice: “Todos conocemos sobre las resoluciones de Año Nuevo y cuán efímeras pueden ser. Considera establecer una intención a largo plazo […] Establecer una intención a largo plazo es como programar la brújula del corazón. No importa cuán fuertes pueden ser las tormentas, cuán difícil pueda ser el terreno, incluso si tenemos que dar marcha atrás para poder darle la vuelta a los obstáculos, tenemos claro cuál es nuestra dirección”.

En una celebración de Diwali (el festival de las luces) en India, 2010. Foto por Yaisha Vargas.

Hace 11 años atravesé una de las pruebas más fuertes y dolorosas que he vivido. De inmediato supe que la única manera de superar lo vivido era aprendiendo a perdonar, aunque no supiera cómo. “No sé cómo, pero yo voy a perdonar”, me decía una y otra vez, con todo y el dolor que había en mí. Fue una decisión firme. Decidí que no cesaría hasta encontrar la manera de lograrlo. Gracias a esa intención a largo plazo, los procesos para aprender a perdonar fueron apareciendo. Me llevaron a viajar y a vivir en otras partes del mundo durante un tiempo. Encontré nuevos maestros, filosofías, amigos, procesos, terapistas, mentores, libros, grabaciones, películas, talleres, grupos de apoyo, gente que no me juzgó, sino que me ayudó. ¡Qué no hice para que esa intención se fuera convirtiendo en realidad!

Al principio de mi travesía, aprendí sobre la historia de Viktor Frankl, un psiquiatra austriaco sobreviviente del Holocausto. Los nazis mataron a su esposa y toda su familia, excepto a su hermana. También destruyeron todo su trabajo y lo dejaron desnudo. En el momento en que le ordenaron quitarse lo único que tenía puesto —su anillo de bodas— descubrió que los nazis no podían obligarlo a sentir odio por ellos. Lo único que los nazis no podían quitarle era la libertad de escoger su actitud ante las circunstancias que tenía ante sí. Y ahí estaba su libertad. A Frankl también se le cita diciendo que, cuando ya no podemos cambiar nuestra situación, enfrentamos el desafío de cambiarnos a nosotr@s mism@s. Pensé que Frankl era un ser con demasiada capacidad de mente y corazón y que yo nunca llegaría a pensar y ser así. Mi mente reaccionaba automáticamente con resentimiento y era algo que no podía cambiar.

Pero haber establecido una intención a largo plazo me sacó adelante, como la gotita sobre la piedra, un día a la vez. A través de la meditación vipassana (mindfulness en la tradición de budismo theravada), sobre todo la práctica de metta o benevolencia; mediante el apoyo de grupos de Doce Pasos que han estado ahí de manera incondicional, el perdón fue llegando poco a poco, de manera honesta, y no antes de que estuviese lista para abrir el corazón. En ocasiones, tuve que dar marcha atrás para darle la vuelta a obstáculos muy difíciles. La mente tiene un complejo sistema de defensa que nos ha permitido llegar hasta esta etapa de nuestra evolución humana. No es como que una puede pasarle por encima y ya. Hay procesos que necesitan espacio, respeto y un sentido de seguridad.

En esos procesos, la vida repitió algunas lecciones que me ayudaron a darme cuenta de cómo mis propios patrones de comportamiento creaban sufrimiento. Este año fue uno de esos. Me ha enseñado tantas cosas, pero sobre todo me ha dado el regalo de la esperanza, porque entendí las enseñanzas de Viktor Frankl desde mi propio corazón. Somos capaces de entrenar nuestra mente para —en vez de reaccionar como una veleta ante el viento o de manera automática— pausar para escoger cómo vamos a responder.

En las últimas semanas, la vida me ha dado un par de exámenes y me ha apretado botones que antes hubiesen estallado. Aunque he sentido la contracción en mi cuerpo mientras se desenvuelven las situaciones, he observado que ha estado disponible en mí la capacidad de hacer una pausa, de no retribuir, ofender, criticar, ni apropiarme de “la razón”. He sido capaz incluso de validar cómo la otra persona se siente aunque no esté de acuerdo con ella, e incluso he podido reírme de la situación sin que la otra persona se sienta insultada. También he sido capaz de ver cómo la otra persona genera sufrimiento para sí, cómo su mente le atrapa y le quita libertad, y eso ha ablandado mi corazón. Surgió en mí el deseo de que fuera libre.

¿Qué ocurrió para que yo pudiera responder de otra manera? Establecí una intención a largo plazo.

Del maestro budista Gil Fronsdal he aprendido que, pese a que creemos que somos libres cuando estamos lejos de los comportamientos de personas que nos afectan, podemos practicar liberar nuestra mente al liberar a otr@s de nuestras expectativas, deseos, exigencias, opiniones, críticas y regaños. Podemos liberar a los demás de nosotr@s mism@s. ¡Qué concepto! ¡Y la realidad es que funciona! Cuando suelto el cuello de otra persona a quien estoy asfixiando en mi cabeza con mis críticas, ¡yo también soy libre!

En el Jardín Monet del Jardín Botánico de Río Piedras, Puerto Rico, abril de 2017. Foto por Yaisha Vargas

Del mundo de los Doce Pasos he aprendido, entre muchas otras cosas:

— Que “puede ser tan difícil […] dejar de criticar como es difícil para el alcohólico dejar de beber”, pues la crítica constante y el hablar mal de los demás estén o no presentes son conductas tan adictivas como lo son las sustancias para aquellas personas que no pueden dejarlas, y distraen del objetivo de conocerse y sanarse a un@ mism@.

— Que no puedo criticar a alguien y tratar de ayudarlo al mismo tiempo. Si me dan ganas de hacer una descarga de críticas, puedo pensar mejor cómo puedo ser de servicio para esa persona. Si le ayudo con mi mejor intención, las ganas de criticarle se disolverán y yo también me sentiré más sana.

— Que, en vez de yo esperar tener un buen día, puedo establecer la intención y el comportamiento de yo brindarles un buen día a los demás.

— Que puedo cambiar mi comportamiento mental —comenzando por establecer una intención— y que eso se reflejará eventualmente en mi comportamiento en el mundo.

— Si quiero que algo cambie en mi entorno o en el mundo, puedo comenzar por cambiarme a mí.

— Que el sufrimiento no está en lo que trae la vida (o lo que trae el año) si no en mi comportamiento mental ante lo que está ocurriendo. Si me quejo, actúo con aversión o aferramiento, sufriré más. Si escojo practicar la paciencia, la tolerancia, la bondad y estoy dispuesta a usar lo que trae la circunstancia para crecer, tal vez sea difícil, pero sufriré menos al final.

De los árboles he aprendido que, como no pueden moverse a otro lugar, desarrollan la capacidad de tolerar las condiciones en su entorno exactamente como son: las inundaciones o las sequías, las temperaturas muy altas o muy bajas, los huracanes o los tiempos de quietud. ¡No solo las toleran, sino que las utilizan para crecer! Así que, estoy aprendiendo a ser como los árboles. Durante 11 años de mi travesía, he sido como la plántula que fue germinada dentro del umbráculo de un vivero, cuidada con la cantidad adecuada de agua, sol y nutrientes para poder desarrollarme. Pero ahora la vida me está ayudando a pasar a la etapa de “endurecimiento”, cuando el arbolito sale a la parte externa del vivero para aprender a estar con los elementos tal y como son, y pueda aprender a sobrevivir una vez lo siembren en el bosque.

De Jack Kornfield aprendí que los árboles que se siembran protegidos dentro de una cúpula no crecen porque no hay fricción del viento que los ayude a desarrollar sus troncos. En otras palabras, si nunca enfrento desafíos, es posible que crezca poco o nada.

La etapa de “endurecimiento” no significa que el ego del árbol se vuelve más fuerte para protegerse de los elementos. Más bien significa que el árbol aprende a ser parte del entorno, que fortalece su Ser para desarrollarse plenamente hasta convertirse generosamente en el hogar de otras especies.

Durante una siembra de árboles en el área natural protegida de Bairoa en Caguas, Puerto Rico,
con la organización Para la Naturaleza, en enero de 2017.

Al escribir estas líneas, miro atrás con mucha alegría y agradecimiento, porque las personas que he conocido en ese sendero que se abrió hace 11 años gracias al dolor aún son parte de mi vida. Me siento amada y acogida por ellos. Poco antes de escribir este borrador estaba escribiendo tarjetas de felicitación por la temporada navideña para enviarlas a distintos lugares. Me encanta poner el sello de correo en el sobre e imaginar que la alegría con la cual lo puse se transmitirá hasta la persona que lo reciba cuando abra su buzón.

Una vez el discípulo Ananda le dijo al Buda que a él le parecía que los buenos amigos y la buena compañía eran la mitad de la vida espiritual. El Buda respondió que no. Dijo que los buenos amigos y la buena compañía lo son todo en la vida espiritual.

Y est@s amig@s espirituales han ido atestiguando el desarrollo gradual de este proceso humano al que llamo “yo”. Cada gesto de cariño, aceptación y acogimiento me ha abonado para crecer, sanar y volver a confiar. Traté de cambiar muchas veces mi entorno, y lo hice. Pero las causas del sufrimiento me seguían porque estaban en mi propia mente, en la manera en que respondía a las circunstancias imperfectas. Ahora celebro el aprendizaje de la intención a largo plazo, que sigue liberando al proceso humano al que llamo “yo”.

Entendí la enseñanza de aquel maestro indio. Tal vez el año nuevo traiga cosas diferentes, tal vez no. Pero yo sí puedo establecer la intención a largo plazo de entrenar mi comportamiento mental para sufrir menos y ser más feliz.

Igualmente, les deseo un “Feliz Nuevo Tú”, sabiendo que es posible.

En Kansas City, Missouri, 2014. Foto por Yaisha Vargas

Te invito a una meditación guiada gratuita el lunes 10 de enero de 2022 a las 6:30 pm horario de Puerto Rico en este enlace de Zoom para aprender a cultivar una intención a largo plazo. Para las personas nuevas, se responderán preguntas sobre los próximos cursos de “Mindfulness y Self-Compassion”: https://us02web.zoom.us/j/82896074341

Para matricularse en el curso, por favor visite este enlace:

Para quienes tomaron la Parte I y desean tomar la Parte II, pueden matricultarse aquí:

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