Más allá de 90 días

Por Yaisha Vargas-Pérez para el blog A Mystic Writer

¿Dónde he estado?

Dándome el permiso de una pausa muy necesaria. Permitiéndome saber lo que es tener de nuevo una vida privada. Han sido 10 años de escribir sin tregua de mis experiencias espirituales y hasta ello se puede convertir en rutina y en la creación de una pintura que parece espiritual, pero que es una pintura. No quería hacer eso. Quería explorar lo que verdaderamente ocurría en mí y en este cuerpo-mente-corazón que no es un “yo” sólido, sino un proceso continuo. Quería saber quién era Yaisha en relación con otras personas y con el mundo tras haber estado tan resguardada. Fue un experimento que trajo mucho aprendizaje, mucho amor, pero también mucho dolor y una nueva transición que abrió mi corazón en pedazos.

Esa exploración y sus consecuencias me llevaron a una pausa, a estar quieta, y a una hibernación en silencio, pero sin decir que estaba en silencio. Ayer acabó otro retiro. Durante la pandemia, he realizado 15 retiros de mindfulness (vipassana en la tradición theravada del budismo) en silencio; algunos de un fin de semana, muchos de una semana, varios de dos semanas. Atravesé el duelo de no poder viajar a los centros de retiro (Insight Meditation Society en Massachusetts e Insight Retreat Center y Spirit Rock en California) y no me quedó más remedio que acoger la opción de hacer retiros en línea desde casa, aunque no tuviera el contexto de los centros de meditación en silencio a los que estuve acostumbrada durante 10 años. Fue un proceso complejo y frustrante, pero también me dejó ver cuán lejos estaba mi entrenamiento mental de mi vida cotidiana y sus desafíos. Así que, tras varios retiros y ver el abismo entre mi práctica espiritual y mi vida, reconocí la necesidad de tender un puente y acercar más el manejo de mi vida diaria —y mi vida misma— a lo que había estado aprendiendo en contextos budistas casi monásticos durante una década. Ello no significa que me convertiré en monja, pero sí quiere decir que reconozco la necesidad de adaptar a mi diario vivir lo que he aprendido en términos de cómo respondo a las circunstancias externas a mí.

Y he ahí que, como dicen el refrán, los huevos se ponen a peseta.

No se puede cambiar el condicionamiento que un cerebro ha tenido durante varias décadas —ni sus respuestas automáticas— en tan solo unos meses, o incluso en 10 años. Parece mucha práctica, pero al ver cuánto camino me falta por recorrer, realmente es poco tiempo. Tal vez, se me ocurre, que la clave no está tanto en esforzarse, sino en estar despierta cuando voy a tomar la próxima acción, decir la próxima palabra, dar el próximo pequeño paso. Quizás no se trata solo de mirarme todo el tiempo, sino de también ver a los demás, y seguir buscando una conexión interior con Ella, ese Poder Superior-Vida, que, durante la pandemia, pareció eclipsarse por un tiempo para mí.

Quizás esa fue otra de las razones por las cuales hubo una pausa de escribir. Ya no escuchaba Su voz, que es desde la cual escribo. Estaba sufriendo mucho, y ese dolor parecía ser como un campo de estática entre la vida y yo. Había mucho ruido, mucho rumiar en mí.

He abrazado las enseñanzas de nuevos maestros de vipassana en mi vida: Gil Fronsdal, Inés Freedman, Bhikkhu Analayo, Sally Armstrong, Gary Armstrong. He visto en mis retiros un campo de consciencia sutil y luz abierta donde la vida ocurre, y tras conocerlo y querer acercarme, he atestiguado también cómo lo que ha sido mi vida se ha ido desenredando y disolviendo para ir dando paso a la realidad de que esto que llamo “yo” es realmente un proceso continuo y temporero: un cambio sin tregua; un remolino en el aire. Los que fueron mis conceptos de mí misma se han ido derrumbando más profundamente hacia el pasado y dentro de mi cuerpo y mi ser. Y aunque ha sido un proceso liberador, también ha sido confuso, pues lo que vivo no se parece a lo que el mundo me enseñó que “debo ser”: un sentido del yo sólido y robusto que jamás se desmorone.

En esa mirada interior constante, una descubre que realmente no hay “nada” a lo que aferrarse: este proceso de ser humana es una danza de elementos —tierra, agua, fuego, aire y consciencia— que surge y se disuelve una y otra vez, como el remolino en el fondo de la bañera.

Durante mi travesía de 90 días (que duró 10 años), descubrí que yo no era nada de lo que creí haber sido. En ese proceso, me sentí muy libre. No estaba atrapada en una identidad. Lo que no esperaba era que mi mente intentara con tanto ahínco vestirse con una nueva identidad (¿soy traductora? ¿instructora de meditación? ¿soy la carrera que estudié? ¿la maestría que realicé? ¿la columnista arrojada? ¿la estudiante perfecta que fui? ¿la que fue una empleada incansable? ¿deberé volver a la universidad a buscar otro diploma?) ¿Qué ocurre cuando las identidades que una tuvo se disolvieron y la vida que una tiene no encaja con el concepto de realización y felicidad del mundo externo?

No me di cuenta, pero pasé meses angustiada buscando una nueva identidad. Parecía que sería más fácil tratar de “encajar” que profundizar en mi camino de meditación en silencio. Pero eso solo me hizo sufrir.

Fueron las enseñanzas de la meditación vipassana sobre cómo se origina el sufrimiento y cómo nos liberamos de él las que me mostraron hace pocos meses —mediante la experiencia de mi mente, mis sentidos, cuerpo y corazón— cómo “ver” el Corazón y la Fuerza de la Vida misma. Volví a encontrarla a Ella: a la Vida que me forma en el proceso que soy. La pude ver en su luminosidad. No tenía nada que ver con las identidades. Me sentí feliz, acogida, guiada.

Foto por Yaisha Vargas en Scotts Valley, California, 2017

Pero, justo después de verla, y de sentir que me cargaba y me arrullaba, la vida que conocía se vino abajo de nuevo.

Tal vez fue haber estado en contacto con Ella lo que propició que, desde entonces, haya dejado ir una gran cantidad de objetos, documentos, fotos, libros, reconocimientos, grabaciones, cosas que fueron útiles por unos momentos pero que luego solo ocuparon espacio en mis armarios y en mí, espacio que bien puede ser utilizado para acoger algo nuevo y aprender a amar más. He llegado a comprender que la crisis de acumular cosas que no necesitamos —y que infesta nuestros hogares, almacenando “recuerdos” que nunca miramos— viene de creer que todo eso que guardamos también conserva nuestra identidad sólida. Pero las identidades también son impermanentes. Ayer fuimos estudiantes de kinder, luego nadadores, después pilotos de avión, tal vez fotógraf@s o escritor@s. Ahora hacemos otra cosa, quizás servir avena en una cafetería en las mañanas y pasear perros por las tardes. Pero lo que hacemos también será por un rato. No es nuestra identidad.

Aunque practico budismo en retiros en silencio, en mi programa de Doce Pasos he confiado en el Sagrado Corazón de Jesús como mi Poder Superior de amor, el cual me ha encontrado y seguido en momentos de mucha dificultad, y al cual miraba en varios cuadros y estampas para sentir paz. Con Él hablaba me sonreía. Me agarraba de Él para sobrellevar la vida. Pero, con la última transición en estos meses, ese concepto también comenzó a desmoronarse. Pensé que la “nada” que arrasaba con lo que yo había sido —como en un capítulo de “La historia interminable”— no era capaz de tocar los principios de mi práctica espiritual, mas así fue. Tuve coraje durante semanas. ¿Cómo era que ya no podría confiar en el Poder Superior que me había guiado y en quien yo me apoyaba sin reservas?

No podía decirles que, otra vez, había tenido rabia con Dios. Le eché la culpa de lo que no había funcionado. Hasta mi terapista me dio permiso. ¿Qué más se iba a derrumbar? Tal vez por eso estuve en silencio.

Menos mal por l@s amig@s en el camino espiritual que me dieron la oportunidad de hablar con honestidad y sin juicios. Durante un tiempo no pude leer cosas religiosas, y acercarme a estas me dejaba con un sentido de neutralidad. Había perdido “algo” de mi vida espiritual y no podía encontrarlo.

Estuve atenta, durante algunas semanas, a algún movimiento de Vida en el lago de oscuridad que me rodeó temporeramente. Lo único que podía hacer para tener algo de fe era leer literatura de recuperación de Doce Pasos, sobre todo las historias de personas que habían dudado, al igual que yo, o quienes habían sentido que su Poder Superior les había fallado, abandonado, o había dejado de hablarles. Estuve dispuesta a aprender otra vez desde el principio, aunque sintiera que regresaba al Primer Paso. Una vocecita en mi cabeza me susurraba los libros y los números de las páginas que tal vez me ayudarían. Cada historia me proveyó consuelo y un pequeño próximo paso. Muchas veces, eso fue suficiente.

Poco a poco, en el retiro que acabó ayer, esa Fuerza de la Vida fue mostrándose otra vez; una luminosidad viva, juguetona, alegre y serena que está, sobre todo, en la naturaleza, en el movimiento del aire, el agua, el viento y la temperatura, y en mi propia capacidad de percibirla. Es increíblemente hermosa y también ordinaria. Se esconde a plena vista. Sonrío cuando está presente y yo recuerdo estar presente ante Ella.

Y al hacerle desde mi corazón una pregunta que no tenía palabras, tuve un pequeño atisbo: El/La universo abrió su grandeza y me dejó ver mi pequeñez, pero no con prepotencia; fue un acto de amor. Yo era una pequeña humana en una noche estrellada y Ella, el Universo entero que se abría y rugía a través de todo el Espacio. Me dejó saber: “Sé que estás ahí, y estoy aquí”. Aunque Ella es tan grande, sentí menos miedo de estar viva. Mi mente comenzó a elaborar que tal vez Eso que está vivo y se mueve, que es la Vida misma, es mi nuevo concepto de un Poder Superior. Pero otra parte de mí piensa en no ponerle una etiqueta y tampoco asignarle una identidad, sino dejarla Ser en este momento como Es.

Foto por Elianne Dipp de Pexels

Quise atreverme un poco a confiar en Eso que había visto. Entonces tuve un súbito y grave problema de plomería a media noche un sábado en medio del retiro. Me angustié. “Ahí se fue el resto del fin de semana”, pensé. “Mañana tengo que llamar al plomero”. Entonces recordé mi programa de Doce Pasos. “Tal vez si, como dice mi programa, le pido ayuda a Ella…”, pensé. Mientras me quedaba dormida, elevé una pequeña oración: “Si pudieras encargarte de esto”, le dije, señalándole al baño. Minutos después, el baño se destapó por sí mismo, y sonreí. Fue como leer la historia de una persona atea o agnóstica que encontró su propio concepto de un Poder Superior sin una identidad impuesta, como ocurre en el mundo de los Doce Pasos, a través de la experiencia colectiva de sus compañer@s de recuperación. Una lucecita de esperanza apareció en mi cabeza, y le dije: “¿Podrías encargarte de todo el resto también?”. Esa noche pude dormir en paz.

Dos días después, mi mentora de vipassana, quien había atestiguado mis momentos de duda y quien también explora otras vertientes espirituales, me reenvió un artículo de David Richo publicado por el envío diario de meditaciones del sacerdote franciscano Richard Rohr. Aquí les dejo mi traducción de ese artículo:

Nuestros sagrados corazones: La devoción no termina en un santuario o una imagen. Solo es auténtica cuando llega profundamente a nuestro interior y nuestro estilo de vida con un poder totalmente transformador. —David Richo, El Sagrado Corazón del Mundo.

David Richo es terapeuta, autor y profesor que integra la espiritualidad y la psicología. En su libro, El Sagrado Corazón del Mundo, busca que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús vuelva a sus orígenes cósmicos. Él escribe:

“Cuando miramos simbólicamente, la imagen de un corazón divino, abierto, que otorga gracia, lo que muestra es cómo se ve nuestra esencia más íntima. Es un retrato espiritual de nuestros corazones y del corazón del universo: fuertemente resplandeciente con el fuego divino, irradiando luz en todas direcciones, y al mismo tiempo abierto porque está herido. . .

“Es irónico que un símbolo de amor generoso se cambiara para enfocarlo en nuestra necesidad de reparar, que una poderosa presencia divina se asociara con una imagen empalagosa, que un mensaje liberador se volviera moralista, que un llamado a la compasión universal se convirtiera en una devoción de Jesús y yo. Es hora de eliminar el pasado del Sagrado Corazón y restaurar el significado que tuvo para los místicos y puede tener para nosotros hoy. . .

“El corazón del cristianismo es el Corazón de Jesús, una devoción apasionada por el bienestar de la humanidad. Ser cristiano es estar poseído por esa misma intención apasionada. De hecho, decir que Dios creó al mundo es afirmar que vibra en un tono idéntico a la naturaleza de Dios, que es amor. De hecho, la frecuencia en la que estábamos destinados a vivir es el amor. La vida nunca se siente del todo bien a menos que el amor sea la mejor y más grande parte de ella. . .

“Nuestro corazón es el centro blando de nuestro yo sin ego y tiene un deseo imperioso: abrirse. El corazón es la capacidad de abrirse. Esta es la fuerza que complementa nuestros otros poderes. Nos lleva más allá de nuestros límites. Contiene nuestra capacidad de extender la mano, por lo que es el antídoto contra la desesperación. Estamos codificados espiritualmente de formas que aún no nos hemos atrevido a imaginar. Las profundidades de nuestra capacidad espiritual aún son desconocidas. La contemplación del Corazón de Jesús nos muestra cuán profundos somos realmente, cuán vasto nuestro potencial de amor, cuán alta es nuestra aspiración por la luz. . .

“Un corazón abierto no tiene límites; es decir, es incondicional en su alcance. Una vez que despertamos al amor como el propósito de nuestro corazón para toda la vida, entonces sentir amor por todo el mundo se convierte en el significado, y el mayor gozo, de vivir. San Juan Crisóstomo [c. 347–407] dice: ‘Si has encontrado el camino a tu corazón, has encontrado el camino al cielo’. . .

“A medida que crecemos en conciencia espiritual, nos alejamos de las supersticiones que parecen asegurar un dominio absoluto sobre Dios. La única promesa del Sagrado Corazón de Jesús es que aún no hemos perdido ni perderemos jamás nuestra capacidad de amar”.

Sé que ese Poder Superior es mucho más que la fuerza de gravedad que destapó mi problema. Es la Vida misma que quería que la viera viva en Su proceso, y no limitada al cuadro que antes miraba cuando buscaba a mi Poder Superior. Sí, está en el Sagrado Corazón, pero se ha abierto para verla en todas partes. Tal vez, se escondió un rato para poder salir del concepto estático que tenía de Ella. Me mostró un Corazón vivo y cósmico que abarca todo el Universo y que me permite hoy, con un corazón que se rompió para abrirse, no sentir rencor, sino bondad y benevolencia. Bob Stahl, del centro Insight Santa Cruz, y quien fue uno de los maestros de mi retiro más reciente, nos dijo al finalizar: “Nuestra vida es nuestra práctica. Si entendemos eso, el mundo entero se convierte en nuestro salón de meditación”. Y pensé que, tal vez, todas estas señales me estaban guiando a creer que soy capaz de vivir nuevamente en el mundo como una nueva persona que puede amarlo como es, como Ella lo ama, abierta y vasta… llena de luz.

Próximos cursos:

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