90 días: Sí, es posible perdonar

Por Yaisha Vargas-Pérez / publicada el domingo, 8 de abril de 2018, en el diario puertorriqueño El Nuevo Día.

Mis pies tocaban la tierra con suavidad y a cada paso le asignaba una sílaba: “Om Mani Padme Hum”. Había recitado este mantra muchas veces y con distintos maestros, pero durante aquella caminata meditativa sentía las sílabas vivas. Con cada paso, se enraizaban y crecían en mí.

Estaba en un retiro de compasión con el maestro tibetano Yangsi Rinpoché. Como parte de las enseñanzas, los participantes habíamos pasado toda la mañana recitando. No es algo que suelo hacer, pues mi práctica budista proviene de la tradición theravada de Vipassana, que es meditar en silencio. Sentí aquel maratón de recitaciones como si hubiera hecho ejercicio. Al mediodía, tenía el cuerpo caliente por dentro. La energía fluía en mí con rapidez y, para que no se dispersara en el receso, me fui a caminar cerca de unas plantas.

El mantra “Om Mani Padme Hum” era un bálsamo para mi corazón. Igual que en cada retiro, comenzó a asomarse la lección más grande de mi camino: el perdón. Durante mi retiro anterior con Yangsi Rinpoché, tuve una apertura interior significativa. Comprendí que la herida profunda que había en mi corazón era realmente una hendidura que me permitía “ver” el velo fino entre el mundo de las formas y el vacío. Era mi apertura hacia la Eternidad.

Podía agradecer lo que aquella herida me había enseñado y regocijarme en que era mi corazón abierto y más despierto. Pero aún no había descifrado cómo perdonar a quienes la causaron. No tenía sentido, pero a veces el camino espiritual no tiene sentido. Las enseñanzas de Vipassana de Robert Brumet, Tara Brach y Jack Kornfield y las de budismo zen de Thich Nhat Hanh me habían ayudado a acompañar mis experiencias dolorosas hasta ver que se disolvieran; pero ese dolor profundo no se disolvía. Había comprendido cómo todas mis experiencias se resumían en dos energías principales: dolor o compasión. El estrés, la ansiedad, la vergüenza tóxica, la adicción, el rechazo, la depresión… todas son dolor. Al aprender a acompañar el dolor, este se transforma en compasión hacía mí y otros. Comprendí la compasión como la energía de una madre amorosa que cuida a sus hijos, el Amor del Creador-Madre por su creación, la energía principal de las cosas vivas; al dolor como la condición humana, y al sufrimiento como la ausencia de compasión.

El maestro Rinpoché regresaba a Puerto Rico a enseñar sobre el Buda de la Compasión durante el Domingo de Ramos, el comienzo de la semana más compasiva en el mundo cristiano. Dos días antes, ofreció enseñanzas en la Universidad del Sagrado Corazón y dijo que tanto el budismo como el cristianismo enseñan sobre tolerancia, bondad amorosa y compasión.

En mi contemplación del Sagrado Corazón, comprendí que lo que llamamos “pecados” son las maneras inhábiles en las que intentamos apaciguar nuestro dolor, pero como no funcionan, terminan causándonos más sufrimiento. Por eso son su propio castigo. Eso es todo. No hay condenación, solo las consecuencias de nuestra ignorancia. Cuando uno los desmenuza, los “pecados” son, en última instancia, dolor humano. Comprendí que lo que Jesús cargó en la cruz realmente era el dolor que no sabíamos llevar, y que, por tal razón, nos había esclavizado en el “infierno”: el sufrimiento. Jesús nos enseñó las puertas de salida de ese ciclo: la compasión y el perdón. Para atravesar su vía crucis sin represalias tuvo que sentir una gran compasión por sí mismo y entender el dolor y la ignorancia de quienes lo crucificaban. Cuando puedo acompañar mi dolor sin condenación, y mirarlo de frente y amablemente para ver sus causas y proveerle alivio, el dolor se transforma en comprensión, en perdón. Ya no sufro ni causo sufrimiento. Me libero del “infierno”.

Aprendía algo nuevo de Rinpoché. La compasión puede cultivarse con un mantra. Se convirtió en algo vivo para mí cuando, paso a paso, “Om Mani Padme Hum”, llegó esta introspección: “El perdón es poder sentir profundamente el dolor de la persona que te hirió y extenderle compasión, porque todas las emociones difíciles son dolor: la disfunción, la ira, la ansiedad, la codependencia… Solamente hay dos vertientes: la compasión o el dolor”. Brumet y Kornfield me habían enseñado que el rencor, la amargura, el odio y la adicción son las murallas de defensa que construimos para no sentir un dolor que todavía no somos capaces de sentir. Cuando esas murallas se derrumban, se abre la compuerta, un río de lágrimas que se disuelve poco a poco. Acompañar el dolor fue una práctica que me tomó años, desde sentirlo un poco y desglosarlo en sensaciones más pequeñas —presión, punzadas, frío, temblor, vibración— hasta poder estar con los dolores más abismales: la orfandad y el destierro. Al otro lado de ese proceso hay liberación, serenidad, belleza y vida: resurrección.

Gracias a la presencia de Rinpoché, comprendí profundamente que el comportamiento de quienes me hirieron vino de su propio dolor en forma de estrés, ansiedad, sobrecarga, palabras hirientes. Al final, compartieron su dolor, y yo también. Gracias a la práctica sostenida de la compasión —primero hacia mí misma—, podía estar con esa experiencia. No necesitaba que alguien me pidiera perdón o me sanara. Ya no se trataba de perdonar, sino de comprender con todo mi ser. Ya no tenía temor de sentir ese dolor en mí. Los maestros budistas me habían enseñado a convertirlo en compasión, y cuando era demasiado pesado, se lo entregaba al Sagrado Corazón, quien sí podía cargarlo. Fue una liberación sencilla y profunda.

Tenemos una oportunidad para generar compasión en este momento de dolor colectivo. El Centro Budista Ganden Shedrub Ling está haciendo un maratón de 100 millones de mantras “Om Mani Padme Hum”. Comenzaron el Domingo de Ramos y terminarán en octubre. Puedes unirte en: https://budismopuertorico.org/maraton-de-mantras/

En Facebook, 90 días: Una jornada para sanar

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Pompeo Batoni [CC0]

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