Por Yaisha Vargas-Pérez
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INTRODUCCIÓN
George Schaller es un biólogo pionero que, a los 26 años, se fue a África Central para estudiar y vivir con los gorilas de montaña. Regresó al mundo humano con un montón de información nueva que otros investigadores no habían logrado ver sobre el comportamiento inteligente de los gorilas, su capacidad de compasión y cuánto se parecía su conducta a la de les humanes.
Cuando Schaller presentó sus hallazgos, otros investigadores le preguntaron cómo había logrado ver todas esas cosas. Otros investigadores habían estudiado a los primates y no habían visto o documentado esos hallazgos.
La respuesta de Schaller fue: —Es sencillo. Yo no cargaba arma alguna.
Cuando Schaller entró en el territorio de los gorilas con una manera de pensamiento, sentimiento y acción distinta a la que otres humanes habían llevado, los gorilas mostraron su lado compasivo y su inteligencia. Los humanos que anteriormente llegaron allí lo hicieron con armas, dominancia y con la mente hecha de que los gorilas eran “malos”.
Es posible que las formas de espiritualidad con las que crecimos nos hayan enseñado a exiliar, descartar o atacar las partes de nuestro sentido del ser que parecían salvajes, ingobernables o incluso peligrosas.
Por lo tanto, se nos alentaba a ahogarlas, reprimirlas, negarlas, etcétera. No necesariamente desaparecían. Pero hacíamos todo lo posible por aparentar que éramos personas buenas, obedientes, dignas de esas formas de espiritualidad, aunque significara sacrificar partes de nuestro sentido del ser.
Esta práctica nos alienta a entrar a nuestro territorio interior con curiosidad, sin el ánimo de exiliar o atacar algo que no nos guste. Si vemos algún obstáculo, en vez de pensar que es una parte de un «ego malo» que nos «sabotea», esperamos con paciencia a que nos cuente por qué está ahí; qué suceso anterior causó que se tomara esa forma y qué necesita para sentirse segura.
El resultado a veces es que vemos cómo ese «obstáculo» se despeja o se transforma y da paso a la bondad, la ternura, a un sentido de seguridad. De ahí comienzan a crecer los factores del despertar de la meditación. Nuestra mente se aclara, hay más energía, alegría, tranquilidad, concentración y ecuanimidad.
Al reconocer que estos factores están presentes, podemos montarnos en esa ola y amplificar y profundizar sus cualidades en nosotres.
MEDITACIÓN GUIADA
En la meditación de hoy, repasamos brevemente los puntos de descanso en la realidad presente —la respiración, el cuerpo, los sonidos y el espacio— y luego vamos a prestarle atención al cuerpo, a las emociones y los estados mentales con una presencia de bondad y amor.
(1 campanada)
Comenzamos con una invitación a tomar varias respiraciones profundas, como una transición del ruido al silencio.
Una invitación a encontrar la postura que funcione para ti. Que te permita mantenerte alerta y cómoda al mismo tiempo. Estructura en el cuerpo y ternura en el interior.
Si funciona para ti, puedes cerrar los ojos.
Ahora, una invitación a reposar la atención en el punto de la realidad presente que funcione para ti: la respiración, el cuerpo, los sonidos de ambiente o el espacio entre los sonidos. Puedes explorar uno a la vez hasta que encuentres lo que funciona.
Si la mente se distrae, eso es normal, simplemente regresa al punto de descanso en la realidad presente que funcione para ti.
Si en cualquier momento de la meditación te pierdes, simplemente regresa a este punto y comienza nuevamente. No hay nada que hacer con prisa. No hay ningún lugar al que ir con prisa. Estar aquí y ahora es suficiente.
Ahora, una invitación a traer algo a tu mente que evoque la bondad. Puede ser una persona bondadosa en tu vida. Puede ser una mascota o un ser de la naturaleza. Puede ser el amor divino. Permite que esa presencia de bondad toque tu corazón y se expanda hasta ser más grande que tú.
Ahora, una invitación a llevar la bondad y la ternura en la respiración. Inhalando con bondad dentro de tu cuerpo. Exhalando estrés.
Ahora, una invitación a llevar bondad a todo el cuerpo. Con una presencia bondadosa, lleva tu atención al área de la cabeza. Permite que cualquier energía de estrés se derrita, abandone tu cuerpo. Tal vez lo haga a través de la respiración. Permítelo, deja ir.
Una invitación a poner atención al área del cuello, con una mirada suave y bondadosa. Dejando ir el estrés.
Una invitación a llevar una atención bondadosa al área del pecho. En los brazos. En las manos. En el área del abdomen. En la parte baja del abdomen. En las piernas. En los pies. Dejando ir el estrés.
Permitiendo que la presencia de bondad abarque todo tu cuerpo, se convierta en algo más grande que tu cuerpo y lo acoja, lo abrace. Que tu cuerpo tenga un refugio en esta presencia de bondad. Que regresar a esta presencia sea regresar a ti misma.
Ahora, una invitación a prestar atención a la parte de tu cuerpo donde sientes las emociones, a llevar la presencia de bondad que has cultivado al área donde sientes las emociones. Tal vez sea en el pecho o en el abdomen o en alguna otra parte de tu cuerpo. Observando si hay alguna energía de emociones ahí y llevándoles bondad… Sin juzgar ninguna emoción como buena o mala.
Respirando bondad dentro del espacio emocional, no como una manera de deshacerse de las emociones incómodas, sino como una manera de acompañarlas sin juicio, escuchando qué necesitan. Observándolas y regresando a la presencia de bondad.
Si necesitas regresar a tu ancla, puedes hacerlo. Si necesitas un respiro de mirar las emociones, puedes descansar tu mente en el espacio entre los sonidos y simplemente descansar en el ancla.
Ahora, una invitación a prestar atención a la parte de tu cuerpo donde físicamente se expresa la actividad de pensar. Tal vez es el entrecejo, o la sien, o la quijada, o alguna otra parte de tu cuerpo. Una invitación a suavizar esa parte e invitar una presencia de bondad a mirar los pensamientos: tal vez haya recuerdos, o la actividad de planificar; usualmente pensar se trata de mirar el pasado o el futuro. Regresa a descansar tu ancla en el momento presente.
Y ahora, observa si en los pensamientos o emociones identificas si están presentes las experiencias de aferramiento, o aversión, o adormecimiento, o agitación, o duda.
Simplemente reconoce que ese estado está presente. Observando la experiencia con bondad. No eres esa experiencia, sino la presencia de bondad que la observa sin juicio. Si hay aferramiento, aversión, adormecimiento, agitación o duda, permítele estar ahí como si le permitieras que flotara en un charquito de agua frente a ti. No luches contra la experiencia. Déjala estar ahí.
Tal vez puedes preguntarle qué necesita, qué está protegiendo, qué le hace sentir inseguro o insegura. Si hay alguna sensación en el cuerpo asociada a la experiencia, lleva la presencia de bondad a ese espacio. Si la experiencia de aferramiento, aversión, adormecimiento, agitación o duda se desenreda, aprecia al espacio vacío o de liberación que queda.
Observa sin ese espacio hay más claridad, más energía, alegría apacible, tranquilidad, concentración, o ecuanimidad. Si ves alguna de estas cualidades, ¿puedes expandirla en tu ser?
Descansando en el momento presente.
Descansando en el momento presente.
Ahora, nos preparamos para abrir el corazón y dejar salir nuestra verdadera naturaleza de bondad. Esta es una invitación. Lo que habita en nuestro corazón es bondad y lo único que lo cubre es un velo.
Descorriendo el velo de la parte de enfrente del corazón, permitiendo que la luz de la bondad brille hacia todos los seres en esa dirección.
Descorriendo el velo de la parte derecha del corazón, permitiendo que la luz de la bondad brille hacia todos los seres en esa dirección.
Descorriendo el velo de la parte de atrás del corazón, permitiendo que la luz de la bondad brille hacia todos los seres en esa dirección.
Descorriendo el velo de la parte izquierda del corazón, permitiendo que la luz de la bondad brille hacia todos los seres en esa dirección.
Descorriendo el velo de la parte de abajo del corazón, permitiendo que la luz de la bondad brille hacia todos los seres en esa dirección.
Descorriendo el velo de la parte de arriba del corazón, permitiendo que la luz de la bondad brille hacia todos los seres en esa dirección.
Permitiendo que la bondad inconmensurable del corazón brille hacia todos los seres.
Y en los últimos momentos de esta meditación, enviando agradecimiento por la oportunidad de practicar.
(3 campanadas)
CHARLA
Bienvenidas nuevamente. Estamos repasando los Cuatro Fundamentos del Mindfulness como una preparación al estudio del Noble Óctuple Sendero, el camino para sufrir menos o dejar de sufrir según la tradición de budismo theravada.
En la sesión anterior hablábamos de la primera parte del Cuarto Fundamento del Mindfulness, Mindfulness de los Dharmas, que son los procesos de la mente.
Algunos procesos nos ayudan a tener claridad mental y dejar de sufrir, mientras que otros oscurecen esa claridad mental. Es importante recordar que este es un proceso humano. No se trata de categorizarnos ni condenarnos ni pensar que estamos más alante o más atrás. Lo importante es poder acoger nuestra experiencia humana con bondad, porque cuando lo vemos así podemos ayudarnos a salir del sufrimiento.
Les cuento parte de la historia de George Schaller, un biólogo pionero que, a los 26 años, se fue a África Central para estudiar y vivir con los gorilas de montaña. Regresó al mundo humano con un montón de información nueva que otros investigadores no habían logrado ver sobre el comportamiento inteligente de los gorilas, su capacidad de compasión y cuánto se parecía su conducta a la de les humanes.
Cuando Schaller presentó sus hallazgos, otros investigadores le preguntaron cómo había logrado ver todas esas cosas. Otros investigadores habían estudiado a los primates y no habían visto o documentado esos hallazgos.
La respuesta de Schaller fue: —Es sencillo. Yo no cargaba arma alguna.
Cuando Schaller entró en el territorio de los gorilas con una manera de pensamiento, sentimiento y acción distinta a la que otres humanes habían llevado, los gorilas mostraron su lado compasivo y su inteligencia. Los humanos que anteriormente llegaron allí lo hicieron con armas, dominancia y con la mente hecha de que los gorilas eran “malos”.
Es posible que las formas de espiritualidad con las que crecimos nos hayan enseñado a exiliar, descartar o atacar las partes de nuestro sentido del ser que parecían salvajes, ingobernables o incluso peligrosas.
Por lo tanto, se nos alentaba a ahogarlas, reprimirlas, negarlas, etcétera. No necesariamente desaparecían. Pero hacíamos todo lo posible por aparentar que éramos personas buenas, obedientes, dignas de esas formas de espiritualidad, aunque significara sacrificar partes de nuestro sentido del ser.
Esta práctica nos alienta a entrar a nuestro territorio interior con curiosidad, sin el ánimo de exiliar o atacar algo que no nos guste. Si vemos algún obstáculo, en vez de pensar que es una parte de un «ego malo» que nos «sabotea», esperamos con paciencia a que nos cuente por qué está ahí; qué suceso anterior causó que se tomara esa forma y qué necesita para sentirse segura.
El resultado a veces es que vemos cómo ese «obstáculo» se despeja o se transforma y da paso a la bondad, la ternura, a un sentido de seguridad. De ahí comienzan a crecer los factores del despertar de la meditación. Nuestra mente se aclara, hay más energía, alegría, tranquilidad, concentración y ecuanimidad.
Al reconocer que estos factores están presentes, podemos montarnos en esa ola y amplificar y profundizar sus cualidades en nosotres.
Si hay obstáculos, si hay aferramiento, aversión, adormecimiento, agitación o duda, podemos practicar el acrónimo SEDDA:
Dejar Ser
Examinar
Disminuir
Dejar ir
Apreciar
Una vez veamos un espacio de más claridad, le prestamos atención a esa cualidad de claridad, de más paz, tranquilidad y la expandimos en el cuerpo, en nuestro espacio emocional, en nuestra mente, en todo nuestro ser.
Tal vez percibamos que hay más energía, un poco de alegría apacible, tranquilidad, concentración, ecuanimidad o equilibrio.
Podemos descansar en el momento presente y expandir esa cualidad.
Aunque no siempre vamos a estar inmersos en estos estados meditativos, cuando logramos verlos, podemos ayudar a nuestra mente a cultivar equilibrio y a «guardar» en su archivo estas experiencias. De esa manera, tendremos más reserva para momentos de dificultad.
Aunque no lo veamos desde el principio, el cultivo de estos factores que alivian el sufrimiento comienza en el momento en que estamos dispuestas a mirar nuestra experiencia de dolor o dificultad de manera compasiva. La mirada compasiva al dolor es el principio del fin del sufrimiento.
Atendemos nuestra mente con bondad, aún en los momentos más difíciles.
Muchas gracias por su práctica.
(3 campanadas)

