Por Yaisha Vargas-Pérez
Cierro la puerta de mi cuarto y ella aparece, inevitable.
Me siento en el borde de la cama, libreta y pluma en mano, para que podamos conversar.
La siento apretándome el pecho, estirando mi diafragma para usarlo como un corsé de hule que ahorca mi esófago.
—¿Podemos conectarnos? —le pregunto en la libreta.
Ella me contesta apretándome la quijada. Siente que el espacio de mi cuarto se contrae como un reloj de arena hasta que nos cae todo encima.
La espero sin juzgarla, porque pensar que no debería estar ahí empeora su dolor… y el mío. Entonces logro verla con claridad…
Me acerco un poco, con cuidado, como se acerca una adulta curiosa a una niña que ama y a quien le pide permiso para ver lo que protege. Ella se da cuenta de que solo quiero acompañarla y escucharla. Se relaja y me enseña lo que esconde:
Una imagen de mí misma a los veintitantos años, haciendo un ritual en una playa con otras personas. Nos dicen que nos metamos al agua con los ojos cerrados y en posición fetal, para recordar qué ocurrió cuando crecíamos en el útero y flotábamos en líquido amniótico. Abrazo mis rodillas y me dejo ir. Me acogen el mar cálido y los rayos del sol que bailan dentro del agua. Entonces se despierta un atisbo de electricidad en mi cabeza. Un impulso nervioso me aprieta el pecho. Allá afuera hay una amenaza. Mi mamá tiembla de miedo y yo entiendo el miedo aunque no sé lo que pasa. Salgo del agua de pronto y aspiro ahogadamente por la boca. Fue la primera emoción que sentí en el vientre de mi mamá. Y era de color alga verde oscuro, como el fondo del mar.
Ansiedad.
Entonces la miro, mientras me cuenta con imágenes que desde entonces ha tratado de protegerme de todo eso que es mucho más grande que ella: del machismo que le pegaba a mi madre, del postrauma de la guerra que presenció ella, del bullying en la escuela, de los regaños por no siempre sacar una A perfecta, del exceso de trabajo, de siempre estar cansada, de la dificultad de hacer amigos, de la matanza ecológica, de la violencia humana, del patriarcado maltratante, de la religión juzgadora, del capitalismo insaciable.
La ansiedad era como un papel ajado y cansado que seguía tratando de cubrir mi corazón.
Y yo la había demonizado, había luchado para que no estuviera ahí, había contribuido a los maldiagnósticos de “conducta maldaptativa”, “trastorno generalizado”, un “parásito” que había que extirpar a fuerza de medicamentos, de presunta “psicoterapia” que señalaba todo lo que estaba “mal” conmigo, de tés, yoga, ayurveda, meditación, religión alternativa que acabó siendo maltratadora. Todo el mundo, con “buenas intenciones”, había tratado de “arreglarla”, “sanarla” o “extirparla”.
Pero ella seguía allí, inamovible, protegiendo a una bebé siete u ocho meses de gestación que flotaba en el vientre de su madre.
Yo la había demonizado. Pero ella no había dejado de amarme.
Se me siguió derritiendo el paradigma que tenía. La ansiedad no era un obstáculo, sino mi protectora. El problema no era ella, sino el sistema enfermizo en el que yo había crecido y sobrevivido. Ella me había protegido de toda esa violencia y lo seguía intentando.
Mientras yo iba entendiéndola, la veía cambiar de color, del gris y verde oscuro del fondo del mar a blanco y luego transparente. Detrás de esa transparencia vi a todas las partes que ella protegía: a la niña solitaria en la escuela primaria, a la adolescente agobiada en la escuela secundaria, a la joven de 17 años que perdió a su madre; a la que tenía que protegerse de los golpes, de los juicios, de las exigencias imposibles, de que nunca sería suficiente. Todas la miraban con agradecimiento. No la demonizaban, sino que la entendían.
La que la demonizaba era yo.
Me iban emergiendo las ganas de llorar y le pedí perdón, entendiéndola, tratando de ser su amiga.
Vi cuando la ansiedad exhaló con alivio. Al no ser demonizada más, se relajó, se calmó, se pudo ir a descansar un poco, libre de los juicios que trataban de perforar su escudo protector.
La había juzgado yo. Ella quería sobrevivir y hacerlo bien. Hasta en la crónica anterior la juzgué como una medusa gritona, una errática cabeza flotante.
Hoy descubrí que es una fuerza protectora incomprendida. Se ponía más tensa cuando yo pensaba y sentía que ella no debía estar ahí porque la habían catalogado como “trastorno”, pero no había nada de eso bajo su superficie de dolor.
No era mi enemiga. No trataba de hacerme daño. ¡Todo lo contrario! Había sido una protectora fiel. Pese a que el mismo sistema de violencia que la activó había acabado condenándola.
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Yaisha Vargas Pérez es maestra de mindfulness certificada por el Greater Good Science Center adscrito a UC Berkeley (2017-2019); recibió la certificación profesional de la International Mindfulness Teacher’s Association (IMTA, 2022); es mentora de mindfulness certificada por Jack Kornfield y Tara Brach a través de la plataforma Cloud Sangha/Banyon (2022), y certificada en capellanía ecológica por el Sati Center for Buddhist Studies en California (2022-2024). Culminó el programa de “Anukampa” o Cuidado Compasivo del Sati Center for Buddhist Studies (2025), y terminó la certificación Somatic Therapy for Anxiety de la plataforma The Embody Lab (2025). Desde 2015 ha sido traductora y editora de publicaciones que buscan educar y aliviar el sufrimiento humano como Unity World Headquarters, Inc., en Missouri; Al-Anon Family Groups, en Virginia; Newsela, Inc.; así como autores independientes. Ha sido voluntaria de reforestación desde enero de 2017 y es defensora de los derechos de la naturaleza. Anteriormente, fue periodista de hard news y de las crónicas de “90 días” que se publicaron en el periódico El Nuevo Día entre 2010 y 2020, las cuales narraban la arrojada travesía espiritual de una mujer que viajó a varios destinos buscando sanación total y un profundo sentido de la vida. Trabajó para los medios WKAQ Radio Reloj, Agencia EFE y The Associated Press. Entre las fuentes que cubría estaban la fuente ambiental y la corrupción gubernamental. Fue premiada por la Asociación de Periodistas de Puerto Rico (ASPPRO), el Overseas Press Club y la Fundación Laura Rivera Meléndez. Se graduó con honores de la Escuela de Comunicación de la Universidad del Sagrado Corazón, donde recibió la Beca FEE como estudiante excepcional y la Medalla Pórtico.

