Cómo aprendí a ser un árbol

Por Yaisha Vargas-Pérez, voluntaria líder de Para La Naturaleza y maestra de mindfulness, para el blog A Mystic Writer

La primera vez que sentí dentro de mí que un árbol estaba vivo yo tenía 34 años. Era el año 2012 y realizaba mi segundo un retiro de meditación en silencio en Unity Village, Missouri.

Practicaba una meditación caminada, poniendo un paso frente al otro suavemente, cuando me topé con un enorme árbol de roble americano, y me detuve, porque sentí dentro de mí que el árbol estaba vivo. Aquel ser, quien parecía inmóvil, respiraba y meditaba como lo hacía yo en el cojín de meditación, con la diferencia de que el árbol lo había estado haciendo por mucho tiempo. Todo el bosque respiraba y había estado ahí antes que yo. ¡Todos los árboles eran meditadores! Darme cuenta de esto fue una lección de humildad. Yo me había sentido desconectada del resto de la vida. Aquel árbol robusto fue mi maestro ese día.

Un tiempo después, tuve la oportunidad de vivir en una casa del pueblito de Unity Village con un patio enorme. ¿Qué haría con tanto espacio para mí sola? La razón no tardó mucho en aparecer. En pocas semanas, atravesé una experiencia de duelo que procesé trabajando la tierra. Removí suelo, hinqué hoyos, cargué tiestos, repiqué terreno y podé arbustos. Acariciar la tierra con las manos desnudas, oler su frescor húmedo, sentirme cerca de ella, me trajo memorias de mi niñez, cuando me gustaba hacer hoyos para enterrar joyas de fantasía y luego hacer mapas de la isla el tesoro. Recordé que mi papá solía trabajar la tierra en el patio para canalizar sus frustraciones. Lo que aprendí de él estuvo archivado en mis neuronas durante años.

Aprendí a ver al árbol de roble frente a mi casa y al gran pino del patio trasero como guardianes de mi hogar. Escuché por primera vez allí el toc, toc, toc insistente de un pájaro carpintero y también pude retratar de cerca a los venados que se acercaban al calor de mi hogar en el invierno.

El gatichurri Romeo mirando por la ventana a los venados, quienes comían el maíz que les dejé debajo del pino en invierno. Unity Village Missouri, enero de 2015.

Viviendo Kansas City, Missouri, conocí las enseñanzas del maestro zen vietnamita Thich Nhat Hanh y, unos meses después, en mayo de 2015, me mudé a San Diego, California, para practicar mindfulness en el monasterio Deer Park, fundado por él. Allí vi el huerto que las monjas cuidaban al lado de la cocina. Consumí vegetales cultivados por ellas. Vi y sentí la conexión que los monjes y monjas tenían con la Tierra. Aprendí la práctica de “tocar la tierra” para calmar mi ansiedad, para escuchar la vida que fluye desde ella y nutre la mía. Me supe hija de la Tierra en Deer Park.

Yo soy la meditadora que tiene el sombrero vietnamita en forma de cono, hacia la izquierda. Esto fue durante un retiro de mindfulness en Deer Park Monastery, Escondido, California, en octubre de 2015.

Cuando regresé a Puerto Rico, habían pasado seis años. El país había cambiado y yo también. Quise integrarme de nuevo, desde la perspectiva que había aprendido de sentir la vida de los árboles y de la Tierra desde adentro de mí misma. Supe que quería sembrar árboles, y la organización que estaba dirigiendo ese esfuerzo era Para La Naturaleza.

Llegué por primera vez a una siembra de Para La Naturaleza en Bairoa, Caguas. El intérprete Frank Cosme me enseñó a sembrar mi primer arbolito. De Frank también aprendí a comenzar un huerto haciendo eras. Me enseñó que los árboles eran capaces de conectarse a través de las raíces, que compartían nutrientes y se ayudaban. ¡Qué impresionante!

En mi primera siembra con Para La Naturaleza en enero de 2017 en Bairoa, Caguas.

Más adelante conocí el terreno de Pitahaya en Canóvanas con Melba Ayala y Karina Rodríguez. Cercano al bosque de El Yunque, Pitahaya había sido anteriormente un vertedero clandestino. La tierra era árida, la grama estaba enredada y era sumamente difícil trabajar la tierra allí. Debajo de los primeros intentos de hacer un hoyo usando el pico, encontré una llanta de automóvil, un escritorio de madera, pedazos de gomaespuma (“foam”) y lo que parecía ser una caja o los restos de una máquina de lavar ropa o estufa. Entendí por qué sentía que la tierra allí estaba deprimida. ¡Estaba herida y abandonada! No solo requería de que sembrábamos los árboles, sino también necesitaba que le pidiéramos perdón por el maltrato que había vivido. De Melba y Karina aprendí a no temer abrir hoyos y sembrar en terrenos sumamente toscos y tal vez maltratados, pues estamos ayudando a sanar la tierra. Cuando sacamos la llanta de auto, quedó un hoyo y allí sembramos un árbol.

Siembra en Pitahaya, Canóvanas, junio de 2019. Se removió una goma y se sembró un árbol.
Siembra en Pitahaya, Canóvanas, junio de 2019
Siembra en Pitahaya, Canóvanas, junio de 2019

También sentí de cerca esa restauración de la tierra cuando sembré en los terrenos de la antigua base naval Roosevelt Roads, en Medio Mundo y Daguao.

Siembra en la antigua base naval Roosevelt Roads, julio de 2019.

Aunque buscaba siembras cercanas a San Juan, en una ocasión, me invitaron con insistencia a una siembra en el Cañón de San Cristóbal en Barranquitas. Siempre había querido ir a ver el cañón, pero nunca había llegado. Sembramos decenas de árboles en la antigua Finca Don Félix, tras lo cual caminamos por el bosque para ver el borde del cañón.

Mi primera siembra en la Finca Don Félix en el Cañón de San Cristóbal en Barranquitas, 6 de julio de 2019.
La primera vez que vi el Cañón de San Cristóbal en Barranquitas. Fue impresionante. 6 de julio de 2019.

Con la primera vista de su hendidura noble con anatomía de mujer, me enamoré del Cañón de San Cristóbal y seguí regresando a sembrar allí. Tanto fue el encanto con el lugar, que hice un grupo de amigos voluntarios y esperábamos el día que pudiésemos volver a agarrar un pico, una azada, una pala o una coa para sembrar árboles cerca del cañón. Conocí a Daniel Montenegro, Leidy Vázquez, Marie Carmen Torres, Roberto Cerpa, Yinamalía Suárez, y la líder voluntaria María Isabel Vicente, entre otros.

Tras una siembra en la Casa de Retiro de los Salesianos en Aibonito, agosto de 2019

Fue sembrando aquí que se desató la magia. Fue con las enseñanzas de Leidy Vázquez en el vivero del Cañón de San Cristóbal, el entusiasmo de Daniel Montenegro para identificar cómo viven de manera natural las especies en el bosque, y la explicación de “La escuela de la vida arbórea” de Marie Carmen Torres, que comprendí la vida desde la mirada de un árbol.

Las semillas ya son embriones y están vivas. Nacen en una cama de germinación, donde las condiciones de luz, agua y sustrato (tierra y alimento) están controladas. Esta es la etapa del nursery, el departamento de maternidad. Luego pasan al área más amplia del vivero, donde reciben un poco más de sol y agua, pero aún tienen un poco de la sombra de la malla de sarán y también reciben agua todos los días mediante un sistema de riego. Esa es la etapa de la escuela elemental. Más adelante pasan al área externa del vivero, donde por primera vez reciben el impacto directo de los elementos: el sol, las lluvias y el viento más fuertes, aunque todavía tienen riego de manera regular. Este momento es importante porque se conoce como la etapa de endurecimiento. Es la interacción del árbol con los elementos lo que le enseña a aprovechar las condiciones para crecer, en vez de morir. Si un árbol no lucha con la fricción del viento, no crece. Esta es la etapa de la escuela superior.

Sembrando semillas de guamá en el vivero de PLN en Barranquitas, octubre de 2020

Llevarlos del tiesto en el que han vivido en la parte externa del vivero al monte es tal vez el paso más crucial. En el monte estarán solos, bandeando la tormenta, el sol castigador, la sequía o la inundación. Esta es la etapa universitaria y de la vida misma.

En septiembre de 2019, sembramos en la finca de El Suñé en el Cañón, en una parcela asignada a la voluntaria líder María Isabel Vicente, quien estuvo 5 años queriendo hacer el experimento de replicar el bosque, tal y como había aprendido de Leidy Vázquez. Fue allí donde despertó en mí el interés de, no solo sembrar los árboles para dejarlos allí, sino acompañarlos en su proceso de adaptación. En el camino, descubrimos que, aunque un arbolito estuviese a punto de morir, si hacíamos el esfuerzo de llevarle agua (subiendo la colina y los galones de agua con la fuerza de nuestros propios brazos y piernas) y también le cantábamos una canción de cuna, el arbolito vivía y prosperaba fuerte. Así salvamos algunos árboles de hoja menuda que estaban quemándose por el sol directo:

Arbolito, arbolito, yo te canto esta canción.
Crece grande, crece lindo, crece fuerte hacia el sol.
Crece, crece arbolito, crece lindo hacia el sol.
Crece, crece arbolito, dentro de mi corazón.

En la parcela de María Isabel Vicente en El Suñé, Barranquitas, unas semanas después de la siembra de esa parcela, septiembre de 2019.

El acompañamiento era clave para que un arbolito no muriera en el terreno de la vida. Es un ser vivo. Si el arbolito ve que a alguien le importa su vida, sobrevivirá. ¿Acaso no se les parece a una mascota o a un ser humano?

En esta época, descubrí el libro “The Hidden Life of Trees” de Peter Wohlleben. El autor es un guardabosques que ha observado árboles durante más de 20 años y ha leído estudios científicos sobre las interacciones de los árboles en el bosque. Con él aprendí que los árboles madres nutren a sus árboles bebés desde que germinan en el suelo y entre sus raíces; que los árboles crean una red de comunicación y apoyo que les permite pelear contra las plagas y avisarse unos a otros si hay depredadores cerca para secretar químicos que los protejan; que incluso el árbol más débil es importante para que el bosque entero sea fuerte, y que los árboles que habían crecido en un tiesto no desarrollaban las mismas destrezas de comunicación y conexión que los árboles que habían crecido directamente en el bosque.

Esta fue la lección más importante que me dieron los árboles. Comprendí que a mí me habían criado en un tiesto; lejos de un tejido social en el que pudiese sentir que pertenecía, en aras de criarme para ser una estudiante y profesional perfecta, pero sin muchos vínculos de otra índole. Comprendí por qué sobrevivir en el mundo había sido tan difícil. Los árboles me estaban dando la respuesta a muchas preguntas con tan solo observar su ciclo de crecimiento.

Aprendí por qué abrazar árboles es tan sanador. Son capaces de absorber la energía densa y conectarla a la tierra. A cambio, devuelven paz y un sentido de conexión.

En algún momento, mi papá comenzó a regalarme arbolitos de guanábana que sembraba desde semilla en tiestos y los arbolitos de acerola que nacían en el patio de su casa, justo debajo del árbol madre que había allí. Él me decía que los llevara al vivero del Cañón de San Cristóbal en Barranquitas.

“¡Pero si ya ellos tienen un montón de árboles allí!”, le decía yo.

Mi papá con los primeros cargamentos de arbolitos, julio de 2018.

Sin embargo, cuando llegué con el primer cargamento de árboles, me sorprendió el entusiasmo con el que fueron recibidos, sobre todo porque a la gente le encantaban los arbolitos de acerola.

La segunda tanda de arbolitos de acerola donados el 10 de marzo de 2020.

Mi papá y yo nos contagiamos con ese entusiasmo y comenzamos un vivero en el patio de su casa. Lo que comenzó con llevar arbolitos de vez en cuando, se fue convirtiendo sin querer en un proyecto más grande, cuando pusimos una estantería de 5 niveles en el balcón del apartamento en el que vivo en Hato Rey. Allí, bajo la mirada de cuidado y la sonrisa de emoción de María Isabel Vicente y la mía nacieron guanábanas, corazones, una ketembilla, aguacates, guayabas, carambolas, nísperos, mangós, tamarindos, lychee, retamas prietas y retamas San José.

El vivero en el balcón, donde también vivió un coquí hasta que lo pusimos en el jardín de bromelias del condominio en marzo de 2022

Cuando la pandemia cerró los lugares de siembra y nuestros arbolitos comenzaron a morir porque no teníamos espacio para pasarlos a otro tiesto, le regalamos más de 100 árboles a Don Borges, el viandero que lleva más de 30 años vendiendo sus productos frente al condominio y quien tiene una finca en San Lorenzo. Don Borges se benefició de los árboles de acerola con los que marcó “la empalizá”, y se llevó la única ketembilla que teníamos. ¡Estaba tan feliz!

Ketembilla sembrada de una semilla recolectada en el huerto de PLN en el Cañón de San Cristóbal y nacida en el vivero del balcón de Hato Rey.

Y así, también llevé arbolitos a la finca de Frank Cosme en Guayama. Cuando me lastimé mi rodilla derecha en medio de la pandemia, el terapista físico me confesó muy triste que su árbol de aguacate se había quemado con la porción indicada de 20/20. Le sonreí, porque tenía un árbol de aguacate en el balcón de Hato Rey listo para regalar, y le enseñé a usar en vez el hummus de lombriz como abono (¡cosa que también me enseñó Frank!) La voz se regó y terminé regalando más arbolitos al personal del centro de terapia que me ayudó con mi rodilla lastimada y también al fisiatra que me atendió.

Yo solo tenía una condición para regalarlos. Al decirla, apuntaba a la gente con el dedo como hacía mi mamá cuando me estaba llamando la atención:

Son como hijos para mí. ¡No los dejen morir!

Me empezó a ocurrir que muchos de los aguacates que abría, así como las frutas de mamey sapote y otras cosas, ya tenían su semilla germinada. Era como presenciar el parto de la fruta. Sentía que llegaban a mí porque querían ser árboles. «¡Siémbrame!», las escuchaba dentro de mí. A algunas las acompañé desde semilla hasta que fueron sembradas en el monte. Y confieso que me daba nostalgia ver mis camas de germinación vacías. ¡Tenía el síndrome del nido vacío! Pero me animaba el saber que pronto habría más arbolitos.

De una finca de Trujillo Alto, nos regalaron un aguacate gigante a finales de 2021.
La semilla del aguacate gigante germinó en la nevera.
Ya con dos pies de alto, llevamos el arbolito al vivero del Cañón de San Cristóbal en Barranquitas en marzo de 2022.
Este es otro aguacate parte de una racha de semillas que llegaron germinadas ya en el fruto y las vimos desde que fueron semilla hasta que llegaron al monte.

A algunos arbolitos incluso les hice una ceremonia de graduación del vivero en el balcón.

Ceremonia de graduación del vivero en el balcón de Hato Rey, 10 de julio de 2021
Ceremonia de graduación del vivero en el balcón de Hato Rey, 10 de julio de 2021

Gracias a que aprendí a mirar la vida desde el punto de vista de un árbol, comencé a ver, en medio de la ciudad, las cientos de plántulas que crecen alrededor de sus árboles madres, muchas de árboles nativos, y que mueren a diario bajo la cortadora de grama, el trimmer y el round-up.

Comencé a caminar por la ciudad con una cama de germinación para rescatar plántulas de las grietas de las aceras, de lugares donde iban a morir por las herramientas de jardinería y el pesticida, para darles la oportunidad de vivir en el monte. ¡Ya habían pasado el trabajo de germinarse!

Plántulas de roble nativo en las grietas de la calle frente a mi condominio, febrero de 2022
Pasando plántulas de árboles de María rescatadas de la calle a una cama de germinación, octubre de 2021
Plántulas de roble nativo rescatadas de la calle y sembradas en una cama de germinación, febrero de 2022

Desde que comenzamos el proyecto de regalar árboles en 2018 al día en que se publicó esta entrada en el blog, hemos sembrado desde semilla, rescatado plántulas y donado 1,211 arbolitos, de los que hemos podido contar.

Mi regalo de navidad en diciembre de 2021. ¡Todas esas plántulas!

Me reclutaron para ser voluntaria líder. Y confieso que me tardé un poco en tomar todos los talleres porque estaba más ocupada rescatando plántulas y sembrando en Barranquitas y Ceiba. Le agradezco a Para La Naturaleza, sobre todo a Astrid Maldonado, Ana Teresa Colón, Leidy Vázquez, Marie Carmen Torres Sáez, Juliann Rosado y Ariana Cuevas Santiago su paciencia infinita y su apoyo para completar los adiestramientos como Ciudadana Botánica y finalmente graduarme en febrero de 2022.

Graduación del programa de Ciudadana Botánica en febrero de 2022. La camisa azul, el sombrero, el tote bag y los guantes son parte del kit de graduación.
Graduación del programa de Ciudadano Botánico en febrero de 2022.

Llevo con mucho orgullo mi camisa azul de voluntaria líder y cada vez que la saco del clóset para ir a sembrar, se me dibuja una sonrisa en el rostro y siento el entusiasmo de ir al monte a seguir aprendiendo cómo ser árbol.

Igual que un árbol absorbe los nutrientes de la tierra para crecer, el brócoli y el apio que consumo se convierte en mis huesos y los frijoles en mi piel, mis ojos y pestañas. Mi cuerpo también está hecho de los minerales de la tierra. Tal como un árbol absorbe el dióxido de carbono del aire y exhala oxígeno, yo absorbo oxígeno y exhalo dióxido de carbono. Mis alveolos y bronquiolos tienen forma de raíces y ramas. El árbol bebe agua por la raíz y yo por la boca. El árbol absorbe la luz del sol para crear su propio alimento y mi piel sintetiza la vitamina D gracias a la luz del sol que recibe. Los árboles se comunican entre sí por las raíces y yo trato de comunicarme con otros humanes por las neuronas, aunque confieso que a veces no lo consigo. Gracias a que los árboles atrapan la luz del sol y crean su propio alimento, el resto de los herbívoros en el planeta tenemos qué comer. Los árboles permitieron que la atmósfera cambiara de ser tóxica a ser respirable hace millones de años y gracias a eso las demás especies podemos existir.

Fueron los árboles los que me enseñaron la etapa de endurecimiento que he necesitado atravesar para seguir creciendo como ser humano. No es un endurecimiento para tener un ego más grande y estar aislada, sino para aprender a utilizar la fuerza de los elementos para crecer, para continuar preguntándole a la vida cómo uso su fuerza para extender mis ramas y crear espacios donde otras criaturas puedan hacer sus nidos, surcar su camino de caracol, alimentarse de mis frutos.

Pero sobre todo, le agradezco a mi papá por haberme enseñado la mano de agricultor. Mi travesía comenzó cuando era niña y mi papá y yo hicimos eras en el patio y sembramos maíz. Guardé esta información en mí sin saberlo y brotó en mi vida adulta, mientras estaba sanando. Dejar un legado que viva más allá de mí en las islas de Puerto Rico y que sirva de hogar para tantos otros seres es mi mayor satisfacción.

¿Qué queda por hacer? Como graduada del programa de Ciudadana Botánica de Para La Naturaleza, me voy a atrever a decirlo:

Creo que queda aprender a replicar el bosque como es el bosque en su estado salvaje. En una parcela sembrada por humanos donde los árboles están distanciados, crece la grama alta y hay que dar mantenimiento. Hay que usar la cortadora, el trimmer y el combustible fósil que utilizan, además del tiempo y los valiosos recursos humanos que se dedican a esto. Pero cuando observo el comportamiento de los árboles en un bosque maduro y longevo, como me han enseñado Daniel Montenegro y María Isabel Vicente, los árboles no tienen mucha distancia entre sí y el dosel deja entrar poca luz, lo cual evita que crezca la grama (ya no sería necesario el esfuerzo de podarla), ayuda a disminuir la temperatura y crea ese fresquito agradable que parece de un acondicionador de aire. Al pasar la cortadora de grama alrededor de los árboles que ya hemos sembrado en las parcelas, evitamos que se conviertan en árboles madres que ayuden a sus plántulas a crecer y formen un verdadero bosque con sus raíces conectadas e intercomunicadas, en vez del bosque cuadriculado y antropocéntrico que se está creando para reforestar, donde todos los árboles nacieron en un tiesto, diseñado para que los humanos puedan caminar en él a sus anchas y con sus máquinas. El propósito de crear un bosque es para el bosque mismo, no necesariamente para nosotros, aunque inevitablemente nos beneficiará.

¿Por qué hay siembras de hace 6 y 7 años cuyos árboles aún tienen poca altura? ¿Será porque no tienen la urgencia de crecer más rápido que se crea por la competencia para alcanzar la luz del sol en el bosque de verdad?

Creo en densificar las siembras y replicar los bosques como ellos mismos crecen, en sus términos, no en los nuestros, dejando solo un estrecho espacio para unas pocas veredas para senderismo, a través de las cuales podamos medir el progreso de la reforestación y repoblación del espacio reforestado gracias a las demás especies que llegan a vivir en los árboles. Creo en experimentar con sembrar algunas especies desde semilla (como las robustas semillas del árbol de María) directamente en las parcelas de reforestación. Creo que debemos ser ayudantes, cuidadores y, cuando el bosque ya se valga por sí solo, observadores, no protagonistas del bosque y la naturaleza. ¡No es posible cortar la grama en todas las parcelas reforestadas de manera cuadriculada para siempre!

Y pasando a otro tema, tengo una confesión. Lo más que me gusta de haber aprendido a ser árbol y ayudarlos a nacer y crecer es que que me lleno de fango de arriba a abajo y nadie me regaña. #

Siembra en terrenos de la antigua base Roosevelt Roads en Ceiba, en julio de 2021. Llovió, tronó,
¡y nos enfangamos literalmente hasta el pelo! (con la ciudadana botánica María Isabel Vicente Mestre)
Frente a árbol de ceiba en terrenos de las Cabezas de San Juan, febrero de 2017

©Copyright. Todos los derechos reservados.

La foto más al principio fue tomada en agosto de 2017 durante el segundo de tres entrenamientos de la certificación de mindfulness en Scott’s Valley, California, zona de los majestuosos bosques red woods.

Más fotos del vivero en el balcón:

Guanábanas, 2021. Las semillas vienen de una guanábana que me regaló mi tía en su patio en el pueblo de Florida.
Plántulas de árbol de María rescatadas en los alrededores del condominio, 2021
María Isabel llevando un árbol de aguacate al viandero, Don Borges
Nísperos germinados desde semilla.
Semillas de lychee.
Guanábanas germinadas desde semilla en el vivero en el balcón

Guanábanas y nísperos en el vivero en el balcón.
Plántulas graduadas del vivero en el balcón y de camino a Barranquitas.

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