Los cinco elementos

Por Samadhi Yaisha/crónica publicada el domingo 18 de mayo de 2014 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

Lotus_flower_from_the_Mekong_Delta,_VietnamEra Viernes Santo y, sin planificarlo, atravesé mi pequeña crucifixión. Me topé con mi ex en el pasillo, y no quería verla. Me tragué las lágrimas a la fuerza, hasta que horas después, el torrente de angustia se desbordó por encima de la represa de mi resistencia, mientras pensaba que, menos mal, donde lloraba nadie podía espiarme. La única testigo fue la brisa quieta que silbaba por la ventana de doble hoja. El sonido fluido de aquel viento solitario me sirvió para anclar mi atención en el presente mientras las oraciones mojadas rodaban por mi rostro: “Qué más quieres de mí. Ya lo intenté todo”, le murmuré a mi divinidad interior. “Deja que todo se derrumbe”, me respondió. Y eso hice. En el momento en el que ya no puse empeño en sostener la represa, y el lago de duelos estancados fluyó río abajo enjuagando mis pretensiones, en ese instante fui libre. No quedó nada más que el ritmo del viento que acompasaba mi respiración. La única evidencia de que yo existía en alguna parte era la acción de inhalar y exhalar; verbos que danzaban solos con la brisa. Ese día supe que no había un “yo”, que sólo existían el aire y su movimiento.

No fue la primera vez que me sentí libre mientras me disolvía en un elemento. Mi primer nacimiento, el de piel e identidad, ocurrió hace 37 veranos, en un mes de junio. Hace dos años, cuando aún estaba en el vientre cósmico entre mi vida anterior y ésta, mis meditaciones revelaban que mi corazón era un pozo profundo –primero reseco, luego húmedo– que paría una luz rosa fuerte, y que esa luz era yo. Era mi ser más divino, más vulnerable y fuerte, más dulce y cálido. Aquella llama se asomó en medio de un estío de 108 grados Farenheit, y se nutrió del calor sagaz, un vahído sofocante que rugía calle arriba destemplado. Entonces escribí: “Parirse a una misma a 108 grados es como andar por la calle sin cuerpo”. Dragón o ave fénix, supe que no existía un “yo”, sólo había fuego, y el fuego en sí era un verbo.

download (1)Tres años han pasado del momento en el que me arrojé sola hacia el centro de mí para explorar la naturaleza de mi rabia, y de la armadura que me protegía del proceso necesario de atravesar pérdidas. En esa jornada me acompañaron la antorcha de mi práctica de meditación Vipassana y una añoranza aguda de honestidad. Caminé en la oscuridad en la que me había convertido, con miedo pero sin remedio, hasta que me topé con una pared azul claro que parecía un muro sólido. Era el vestigio solitario de una guerra interior que arrasó con todo lo que fui. Sin embargo, en mi meditación, cuando “extendí” mi mano para “tocar” esa pared, descubrí que no estaba hecha de roca. Era una fuerza viva y acuosa, y tan pronto la toqué se derramó en una avalancha de agua, disolviendo mi coraje en lágrimas. Ahora entiendo lo que apenas aspiraba a comprender entonces: que la pared trataba de proteger una vulnerabilidad pura. Aquella muralla marina fue la defensa que creé tras sentirme dejada de lado. Hoy entiendo que entonces tampoco hubo un “yo”, sólo hubo agua, rabia convertida en una tormenta que parecía sólida. Y el agua con esa cantidad de energía ya no es un sustantivo, sólo puede existir en movimiento.

Cuando me mudé a la casa que habito, la alegría de tener un hogar parecía más grande que yo. Sin embargo, me esperaba el reto de cuidar un patio amplio para el cual no tenía herramientas, destrezas, ni tiempo. Le cuestionaba a mi Poder Superior por qué me había dado un jardín el cual no tendría tiempo de cuidar, y el cual parecía más una carga que una bendición. Pero cuando mi relación se acabó, y le pregunté a mi divinidad, “¿qué hago con toda esta frustración y con el tiempo extra?”, la respuesta fue: “Trabaja en tu jardín. Remueve suelo, haz composta, corta la grama, siembra flores y vegetales”. Y como watermandado a pedir, toda la energía que me hubiese amargado durante un tiempo prolongado me nutrió de fortaleza. En pocas semanas, removí tierra, hinqué hoyos, cargué tiestos, repiqué terreno y podé arbustos. Acariciar la tierra con las manos desnudas, oler su frescor húmedo, sentirme cerca de ella, me trajo memorias de mi niñez, cuando me gustaba hacer hoyos para enterrar joyas de fantasía y luego hacer mapas de la isla el tesoro. Recordé que mi papá solía trabajar la tierra en el patio para canalizar sus frustraciones. Lo que aprendí de él estuvo archivado en mis neuronas todos estos años. Hasta que un día, mientras plantaba albahacas al atardecer utilizando la composta que yo misma había preparado, y haciendo un surco con mis manos para facilitar que el agua penetrara el terreno cerca de las semillas, entendí que la tierra que pisaba y tocaba estaba viva. En algún momento remoto yo había sido y volvería a ser esos elementos, y no me sentí separada de ellos. Ese día le perdí el miedo a que mi cuerpo se desintegrara para nutrir más vida, pues la energía que habitó mi cuerpo continuaría en otras formas: no podía morir. En ese momento, no existió un “yo”, sólo hubo elementos. Y la tierra que nutre, pare y absorbe lo que murió es un verbo.

Somos eso: aire, agua, tierra, fuego, átomos y sus diminutos universos de partículas, todos pegados por esta fuerza misteriosa que llamanos vida, que pone a los elementos en la tabla periódica a reaccionar entre sí, a danzar con las condiciones idóneas para que podamos tomar el barro de la tierra y construirnos una cápsula para vivir en este planeta.

Fue durante una clase de yoga básica reciente que entendí estas cosas. La yoga es volver a la naturaleza, sentir nuestra unión con ella. Practicaba yoga en el séptimo y último piso de una torre de agua cuando tuve esa revelación. Al borde de una nueva transición de vida, escogí rendirme desde el principio en vez de resistirla, y sentí que me disolvía en un torrente gentil. Entendí que mi práctica en los pasados años ha consistido en observar con franqueza profunda aquellas experiencias que me han quebrantado hasta comprender que no soy una forma rígida y permanente. Nacer y morir, y todos los verbos en el medio de esos dos, son lo que me hacen estar viva.

Entendí por qué es que una se desarma. Comprendí la enseñanza de Pema Chödrön: rendirnos en medio del caos. Casi puedo sentir y ver el baile de los elementos que componen la estructura en la que vivo. Lo que respira en mí e identifico como “yo” es la Fuerza misma que creó al Universo.

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Comprenderlo por mí misma fue el primer paso. Justo cuando estaba dispuesta a danzar en esa desintegración constante, haciendo las paces con la vida que dejo ir en cada exhalación, encontré un nuevo maestro. Un vietnamés que me enseñó, desde su corazón hacia el mío, que el único elemento verdaderamente sólido es aquel que une a los demás, y es el único que no puedo ver. Su voz era como la música de un poema místico. Me enseñó a amar mi vulnerabilidad, gracias a la cual puedo ver todas estas cosas, a tratarme con integridad y gentileza, y a amar lo sagrado de que todos los elementos que me componen se han unido en este punto del Universo, en este tiempo y espacio, para ser, expresar y ver belleza. Cada respiro y reacción química en mi cápsula humana es un milagro. Somos todos milagros de vida.

Imágenes por wikimedia.org

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4 Comments

  1. Me encantaría conocerte, me gusta lo que escribes, me encantan todos los temas de lo que escribes.

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