Del duelo a la luz

Por Yaisha Vargas Pérez para el blog A Mystic Writer

¿Dónde está Laura?

Hace quince años, esa pregunta retumbaba en círculos hasta implosionar sobre sí misma. La respuesta resonaba en el eco de mis pasos huecos en el pasillo de la Escuela de Derecho donde vi a Laura por última vez. Dentro de mí, todo se veía oscuro. Si luego de morir no ocurría nada, entonces, ¿dónde estaba Laura? ¿Había desaparecido de repente así, sin más? Hasta ese momento, mi mente había sido muy hábil para encontrar respuestas. Además de la muerte súbita y a destiempo de mi joven amiga Laura, el no poder hallar una respuesta para esta pregunta me había abierto una profunda hendidura adentro. Se había desgarrado un enorme boquete en la vida misma, y yo también me sentía rota.

Durante los primeros cinco años tras su partida, no era posible hablar de ella sin llorar. En esos cinco años fui escribiendo un poema poco a poco (A Laura Rivera Meléndez). La sacudida no solo había trastocado todos los duelos que no había procesado, como la pérdida de mi mamá cuando yo era adolescente, sino que también le había quitado el velo a la posibilidad de enfrentar mi propia muerte. Yo también podía desaparecer en cualquier momento.

En 2011, esa puerta al vacío volvió a abrirse, pero esta vez, de la mano de un maestro de vipassana o meditación introspectiva (insight meditation, en la tradición de budismo theravada, conocida ahora popularmente como meditación mindfulness). Conocí a Robert Brumet en Unity Village, Missouri, a donde llegué para sanar mi vida, desmoronada y disuelta como una sopa orgánica.

Con los ojos cerrados durante mi meditación, le dije: “Lo que veo en mí es un gran cañón gris y negro, tan extenso como mi vista puede alcanzar”. Era un paraje oscuro y seco.

What happens if you go through it?,” preguntó él.

Brinqué al vacío de mí misma. Esa entrega sin reservas tal vez ocurrió porque no tenía una “vida” a la cual regresar. Y no era que quería morir, sino que ya no me quedaba nada más que perder.

Pero al brincar dentro de mi propia hendidura…

No había “nada”. Mi mente se detuvo. Y también se detuvo de súbito el sufrimiento que había en mi mente. Cuando abrí mis ojos y miré los suyos, encontré en ellos esa misma “nada” o “vacío”, que era, al mismo tiempo, una presencia profunda y vasta, conectada a la tierra, estabilizadora y compasiva. Aquella experiencia me invitó a seguir indagando en mí misma.

Desde entonces, continué asistiendo a retiros de vipassana con Brumet, y también en Insight San Diego, Spirit Rock e Insight Retreat Center en California, e Insight Meditation Society en Massachusetts. En cada retiro, ha salido a la superficie algún duelo pendiente, y he pasado de meditar para hacerle espacio al dolor intenso durante los primeros días, a experimentar hermosos y profundos estados de liberación.

En agosto de 2019 fui a mi primer retiro de vipassana en español en Insight Retreat Center en Santa Cruz, California. El primer día, me aquejaba un fuerte dolor de cabeza, el cual creí que era resultado del largo viaje. Mi práctica me enseña a mirar el dolor de frente, así que, mientras me iba quedando dormida, miré “dentro” del dolor de cabeza y “vi” que había una parte de mí que lloraba por Laura y quería tener la oportunidad de hablar con ella otra vez. Caminé por las veredas del centro del retiro, pues sentía que necesitaba estar cerca de los árboles. Sabía que, en una de nuestras últimas conversaciones, Laura me invitó a preguntarle sobre mi inquietud de vida. Ella tenía un propósito de vida muy claro, y yo no. Quería preguntarle el qué y el cómo. Temí preguntar y callé. Días después, ella partió, y esa oportunidad de saber se fue con ella. Lloraba porque también, con su partida, se fue la oportunidad de tener una compañera de lucha solidaria y con propósito.

Laura Rivera Meléndez, septiembre de 2005

“Ve al bosque y habla con Laura”, me sugirió una de las maestras del retiro. “Comunícate en mente y corazón. Tienes estabilidad y presencia para tocar la emoción del duelo, pero sin ahogarte en el duelo. Confía”.

“Confía en tu práctica”.

Esa era su enseñanza constante.

Cuando una es principiante en la meditación, hay cosas que una no está lista para ver, procesar y sentir. Al principio, estar cerca de la presencia de Brumet me ayudaba a anclarme, pero con el tiempo, había ido encontrando mis maneras de estar con mis experiencias, enraizarme, regresar a mí tras atravesar parajes oscuros. Había practicado durante ocho años.

En este retiro, aprendíamos a ver los elementos tierra, agua, fuego, aire y espacio en nuestra realidad y experiencia humanas. Aprendíamos a concentrarnos en nuestra respiración y a vivir las enseñanzas desde nuestro cuerpo mismo. La forma de mi cuerpo es tierra, la cohesión de mi cuerpo es agua, el calor de mi digestión es fuego, mi respiración es aire… igual que la solidez de la tierra, la fluidez del agua, la calidez del fuego, la liviandad de la brisa.

“El yo es realmente un proceso dinámico de energía, pensamientos y emociones… (Desde) la perspectiva de una identidad, usar la perspectiva de los elementos puede ser beneficioso… El agua viene y va. ¿Ahí estoy “yo”, en esa sensación física?… Puedo escoger decir que mi dolor de espalda es mi dolor y yo soy ese dolor o decir, ‘aquí hay solidez, aquí hay elemento tierra’, lo miro y veo que viene y va”, no es algo permanente, explicaron las maestras del retiro.

De manera similar, era posible contemplar nuestros alimentos a la hora de comer en silencio. Lo sólido de los alimentos se convertía en nuestro cuerpo: el hierro de la remolacha en nuestra hemoglobina, el calcio del brócoli en nuestros huesos, el agua de los alimentos en nuestra hidratación. Podíamos también contemplar así las emociones: la tristeza puede manifestarse como agua a través de nuestros ojos, el coraje puede manifestarse como fuego en nuestro cuerpo, la estabilidad puede manifestarse como solidez o tierra. En meditación podíamos ver que todos estos elementos llegaban y se iban, que el “yo” era un proceso dinámico. Observábamos todo esto con la mente y el corazón al unísono.

Al ver mi vida como un conjunto de elementos danzando, yendo y viniendo, de pronto llegó la introspección: “Tu vida no es tuya”. Mi vida no es mía, ¡sino de la vida misma!

Vereda en Insight Retreat Center, Santa Cruz, California (2019)

“La práctica de los elementos es útil para poder ver que la tierra regresa a la tierra, el agua regresa al agua, el aire regresa al aire y, cuando tomamos el último respiro, todo regresa a los elementos”, nos enseñaron las maestras de meditación introspectiva. Nos explicaron cómo acompañar nuestra experiencia, según lo había enseñado uno de los primeros fundadores de la tradición vipassana tailandesa del bosque. “El cuerpo es una cueva de maravillas… Nos retiramos a la naturaleza, al bosque, o debajo de un árbol o a una cabaña vacía. Dejamos ir las preocupaciones que tenemos con las vidas ajetreadas. Cualquier cosa que surja en ese útero es porque necesitaba surgir y necesita nuestra atención cariñosa. Seguimos nombrando nuestra experiencia (esto es duelo, esto es agua, esto fuego). Es más digno quedarse en este estado. Nunca nos abandonamos”.

Nunca nos abandonamos. Es decir, no le damos la espalda a lo que nos está pasando por dentro, si no que lo miramos. Si hay dolor, aprendemos a consolarnos de una manera hábil, sin causarnos más sufrimiento.

“Cuando estamos estables, podemos ir al pasado a investigar lo que ha causado la turbulencia. Aprendemos lo que tienen que enseñarnos las emociones difíciles antes de dejarlas ir”, añadieron.

Encontrando a Laura

Así que me fui al bosque. La imagen de Laura había surgido al principio del retiro cuando miré dentro del profundo dolor de cabeza con el que llegué a California. Al principio no quise mirar, quería dormir y descansar, pero una de las instructoras me dijo que estaba huyendo de mi experiencia, y que lo más hábil era mirarla.

Un retiro de vipassana es una oportunidad muy especial para simplemente ser humana, para tener el corazón abierto y procesar lo que se ha quedado varado, porque en este mundo veloz a veces hay que apiñar las experiencias en el clóset de las emociones para seguir adelante.

En mis meditaciones, me atreví a “mirar” a Laura y la “vi”, sonriente, resplandeciente. Estaba cubierta por una luz dorada. Ella era la luz dorada. Sonreía como la hermosa foto de la camisa roja que le habían tomado en AP.

Laura Rivera Meléndez

Como una Buda.

Salí a la terraza y pregunté, o más bien esperé, en el bosque. Vi el bosque quieto, la luz del sol atravesando los árboles, unos diminutos insectos que pasaban frente al crepúsculo, nadaban en el bosque y su luz. Y entonces, llegó una introspección. En vez de preguntar ahora “¿Dónde está Laura?”, la pregunta que surgió fue “¿Dónde estás, Laura?”, porque podía conectarme con ella directamente. Ya no era una pregunta al vacío doloroso o a la nada, como al principio del duelo 14 años antes. Era una pregunta al hermoso paisaje frente a mí. “¿Dónde estás, Laura?” significaba que ella estaba presente, podía llamarla, podía hablar con ella. Laura estaba viva en los elementos que nutrían al árbol que estaba frente a mí, y también al árbol donde se sembraron sus cenizas. Está viva en el amor que compartió, el amor del cual escribió y reportó.  

“¿Donde estás, Laura? Te llamo por que sé que me puedes responder y tal vez reconectarnos…”, escribí en mi diario.

En unos momentos, la experiencia se fue disipando, dejando en mí una profunda paz.

La respuesta no apuntaba hacia un lugar, sino hacia una presencia y a una experiencia. Laura era y estaba en la luz dorada. Su presencia hermosa y expandida sonreía. Reconectarme con ella sanó mi dolor más profundo. Y aunque aún extraño su presencia física, sobre todo cuando llega el aniversario de su partida el 30 de septiembre, cuando pienso en eso, recuerdo nuevamente su presencia de luz y vuelvo a la paz.

En un artículo en la revista Tricycle, el maestro Bhante Gunaratana explica que la meditación vipassana o introspectiva es un despertar claro de lo que ocurre justo en el momento en el que está ocurriendo. “En la mediación vipassana, el meditador usa su concentración como una herramienta mediante la cual su campo de conciencia puede romper el muro de ilusión que lo separa de la luz viva de la realidad. Es un proceso gradual de conciencia cada vez mayor del funcionamiento interno de la realidad misma. Se necesitan años, pero un día el meditador atraviesa esa pared y cae en la presencia de la luz”.

Al principio de mi práctica en 2011, a la cual llegué llena de duelos, veía mucha oscuridad. Un maestro de vipassana me explicó que primero vemos todas aquellas cosas que bloquean la luz, y que eso es normal. El proceso se trata de irlas quitando poco a poco, no con aversión, sino con una presencia amorosa. No es algo que hacemos mediante la voluntad, sino mediante la intención de practicar, el deseo genuino de dejar de sufrir y de mirar nuestro sufrimiento de manera compasiva.

Ese mismo maestro me enseñó que la historia misma de Siddharta Gautama es una analogía. Cuenta cómo algunos de nosotros habíamos recibido de manera abrupta el mensaje de la transitoriedad de la vida. Habían llegado a nuestra vida “mensajeros” difíciles o dolorosos. Siddharta había vivido durante 29 años la vida perfecta de un príncipe, protegido de todo sufrimiento por órdenes de su padre, quien cambiaba desde las flores hasta los sirvientes cuando estaban enfermos, envejeciendo o muriendo. Siddharta no conoció el sufrimiento hasta que le pidió a su cochero salir del palacio y ver el mundo. Entonces vio, por primera vez, una persona enferma, una persona envejeciendo y una persona muerta. Fue tanto el impacto que dejó el palacio para buscar una solución al dolor que la vida trae inevitablemente. Encontró la solución en cómo entrenamos nuestra propia mente para ver la realidad con claridad. Muchos de nosotros hemos tenido “mensajeros” de la transitoriedad, fragilidad y vulnerabilidad de la vida. Algo se desgarra cuando la experiencia nos toca, y ya no somos los mismos. Una indagación nos impulsa a una búsqueda de respuestas, a un viaje a interior para resolver algo que no podemos solucionar con la perspectiva que tenemos.

Laura había sido mi “mensajera”. El duelo por ella me había lanzado a la oscuridad de mi propia mente y vida interior. Despertó todos los duelos que no había procesado. Sin embargo, estar dispuesta a mirar mi dolor con amor me ha impulsado a un viaje de descubrimiento que todavía continúa. Ver la luz clara de Laura fue también la primera experiencia de “romper el muro de ilusión” que me separaba “de la luz viva de la realidad”. Antes veía un velo desgarrado entre “esta realidad” y “el otro lado”. Pero ahora he comenzado a “ver” de otra forma. Laura, así como mi mamá, no están “en otra parte”. Su presencia está aquí también. No puedo percibirlas con mis sentidos físicos, pero puedo sentirlas con mi intuición y corazón. No desaparecieron, se expandieron. Están en todas partes y nos acompañan.

Igual que el páramo oscuro y seco en mí parecía no tener fin, la luz de la consciencia despierta (awareness) que veo ahora en todas partes no tiene fronteras. Está muy cerquita y llega muy lejos. Me afanaba y contraía mucho por verla, pero primero tuve que ver toda mi oscuridad. La presencia-luz de Laura fue el principio de ver la realidad como luz. Una luz viva y despierta. Ha seguido siendo faro y guía en mi vida. Gracias, Laura querida.

En Facebook, 90 días: Una jornada para sanar

Laura Rivera Meléndez, 2005

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A Laura Rivera Meléndez

Laura nuestra: Diez años para sanar

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