Cómo superarlo todo

Por Yaisha Vargas-Pérez para el blog A Mystic Writer

Durante los primeros 90 días del toque de queda por el coronavirus, me convertí en ola. Subí y bajé con la marea. A veces las olas eran tan grandes como la bocanada de un gigante. Otras, eran desorganizadas, como cuando la marejada rompe en la piedra en gotas de sal. En otros, me sentí perdida en el mar. Así fueron, no solo el cambio hacia el confinamiento, sino también todas las circunstancias en el medio que convirtieron la jornada en un camino totalmente accidentado: la enfermedad y muerte de mi último abuelo vivo, ver su entierro desde mi carro sin poder abrazar a nadie, una mudanza inesperada debido a la emergencia, mi gatichurri Malena enfermó con varias visitas al veterinario, ayudar a familiares que no podían salir… Y cuando no había caos, me daba cuenta de que mi vida se había encapsulado en una pantalla diminuta, que fue el único vehículo hacia el mundo para trabajar, dar clases, meditar en grupo, socializar… Y luego, sobrevenía la fatiga electrónica. La vida podía fluctuar a veces entre el encierro o el agotamiento virtual. Germinar arbolitos en el balcón me salvaba del delirio. Estaba en contacto con la tierra, y con el ciclo de composta-renacimiento que ha sido una de las mayores lecciones de mis viajes. La vida me estaba dando mucha composta. En algún momento, regresarían las flores.

Pero lo que más me ayudó fue convertirme en ola. Inhalaba cuando la marea subía, y exhalaba cuando la marea bajaba. Recordé que todos los maestros espirituales que he conocido en mis viajes han dado la misma instrucción: regresar a la respiración. Vino también a mi mente la enseñanza de la maestra zen Kyosho Valorie Beer, del San Francisco Zen Center, y me convertí en una boya. La ola le pega a la boya y la saca de sitio por unos segundos —la hunde o la hace brincar sobre el agua—, pero la boya siempre vuelve a aquietarse en el mismo lugar. Su vaivén es flexible. Es capaz de regresar a su centro, pero no de manera rígida, sino fluida.

Foto por Pexels

Así que, cada vez que venía un cambio más, una contracción más de la vida, el recurso que me devolvía a la cordura o me ayudaba a sobrellevar tanto en tan poco fue recordar dónde estaban mi respiración y las plantas de mis pies. Ayudaba a mi mente a aterrizar dentro de mi cuerpo, y trataba de quedarme dentro de mi piel tanto como pudiera. Tocar la tierra y los arbolitos, recordar que yo estaba hecha de los mismos elementos —tierra, agua, fuego, aire— me ayudaba a aterrizar de la nube de ansiedad. Me daba serenidad.

Cómo superarlo todo

·      Toma la próxima respiración y, si es factible para ti, cierra los ojos

·      Visualiza una imagen de un ser sabio o compasivo que te mira con ternura (puede ser una madrina, una abuela, un ángel, una figura religiosa como Jesús o Buda, o tu mascota)

·      En la medida que sea posible, abre tu corazón a su mirada compasiva. Llena tu cuerpo por dentro y tu mente de su absoluta ternura y compasión. Quédate aquí tanto tiempo como necesites.

·      Pregúntale cuál es el próximo pequeño paso, si es que te toca hacer algo

·      Deja los resultados en las manos de ese ser sabio, y confía

Durante el día, no importa la dificultad que estés atravesando, posa tu atención en la respiración o en algún sonido agradable y constante en tu entorno. Posa la atención, no con un esfuerzo aferrado, sino con la suavidad de una mariposa que se posa sobre una flor. Esa ternura es importante, pues la mente se va a distraer, y eso es normal. Volvemos a traer la mente a nuestra respiración o a un sonido agradable —como la brisa, los coquíes o el mar— una y otra vez, y otra vez.

¿Cómo superarlo todo? Una respiración a la vez. Pausando y preguntando cuál es el próximo pequeño paso. Abrazando todo lo que venga. Confiando.

En Facebook, 90 días: Una jornada para sanar

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Photo by Hernan Pauccara from Pexels

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