90 días: Despertar a la bella durmiente

Por Yaisha Vargas Pérez / columna publicada el domingo 7 de agosto de 2016 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

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Mi amiga Bromelia de las Rosas y yo compartíamos relatos sobre nuestros viajes espirituales. Sus travesías habían sido atrevidas, lejanas, audaces. Yo también quería andar el Camino de Santiago y llegar a Oriente Medio. Le conté mis expediciones exteriores e interiores, y cuán escabrosas habían sido algunas etapas para rescatar partes de mí que creía perdidas. En la antesala de su nuevo viaje, me confesó su travesía más anhelada y menos explorada: El Camino Hacia Bromelia. Conmovida por su vulnerabilidad, me brotó esta narración:

Naciste para ser feliz. Suave, bondadosa, transparente. Fuerte, de carcajada honesta, libre. Eras curiosa con el mundo a tu alrededor. La baba de un caracol te daba cosa, pero sonreías cuando veías su caminito viscoso y la estela de brillo. Querías ser amiga de las grandes bandadas de luciérnagas que se disparaban en piruetas por las noches en el campo caribeño, entre el verdor denso, empapado y fértil. Tu mundo era una fuente que regurgitaba maravillas.

Entonces, te arrancaron de tu patria, Bromelia, tu terruño-isla-reino, un paréntesis en el mar. Desde entonces, no has parado de viajar. Has andado el mundo lejos, te has buscado remota, y en la ansiedad de encontrarte, sigues huyendo allí, allá y acullá.

La distancia y el destierro, la raíz desgarrada y la hemorragia, las madres que mueren, la aguja de la rueca, la vida pega fuerte y una se va a dormir. Y todos los que te cuidaban en el hogar del exilio también cayeron en la modorra, se adormilaron; te dejaron sola en el huerto de las lágrimas.

¿Fue ahí, quizás, que comenzó tu jornada confusa, intensa, obtusa: la expulsión del paraíso, los 40 años en zigzag por el desierto, los matrimonios fracasados, las bancarrotas, los pantanos? ¿Fue entonces que todo el mundo te arrancó un pedazo y no eras suficiente para nadie, aunque te entregaras, te secaras, te arrugaras? ¿Fue entonces que a la risa inocente  la fue cercando —sigilosa y fuerte, pujando sus espinas de aislamiento y dolor— una enorme enredadera, tupida, seca y tozuda, habitada por criaturas “maléficas”, entidades adoloridas, otrora duendas y princesas deportadas; todo esto bajo la amenaza constante de un incendio de rencor? ¡Dónde quedaste, Bromelia!

Hasta que un día quisiste despertar: “Quiero ir a casa”. Ese deseo giró la rueda de tu destino, un molino de agua dulce, una corriente serena y constante como tu alma, Bromelia. Nadie la pudo frenar.

La corriente te trajo regalos; el río que nunca cesa te mostró el báculo, la espada y el arco. Parada sobre el claro de un monte una noche de luna llena, aprendiste a blandir, esgrimir y lanzar. Seguiste a la luna, y cuando menguó, te guiaron los coquíes, los caracoles y las luciérnagas. Desanduviste la senda hacia tu reino, a pie, en dragón, en pantera y sobre el arcoíris. Era una carrera hacia la vida; la ansiedad finalmente redirigida a sobrevivirte.

Hallaste la madeja espinosa y reseca, tejida con pensamientos erróneos sobre ti; los horrores que otros proyectaron porque padecían su propia oscuridad. Te abriste camino con la espada de la sabiduría, y despertaste a las criaturas afligidas con tus flechas de realidad. Sus destierros terminaron; recordaron el camino a casa. La disciplina y el rigor te acompañaron, ¡era necesario! Pero cuando la aventura te llevó hacia el centro, la espada y el arco dejaron de funcionar. Había una nueva madeja verde claro, sensible, pantanosa y viva. Mientras más fuerte eras con ella, más se enredaba y se resistía. Aprendiste, entonces, a usar el arma poderosa de la vulnerabilidad. “Vengo en paz”. Soltaste el arco, el báculo, la espada, y, con paciencia, la comenzaste a desenredar. Llegaste a un claro del pantano donde dormía un enorme capullo de luz, abrazado por las raíces de los árboles, protegido por un pabellón de ramas. No podías forzarlo a despertar.
Y mientras tu bota enfangada subía la escalera de raíces, supiste que, para despertar a la bella durmiente, debías aprender a esperar con suavidad que te confiara el entreabrir de sus pétalos de bondad, para que15DAx500y500 te rindieras en un beso compasivo hacia tu propio corazón.

Tu bella durmiente despierta, amiga querida. Lo sé porque, cuando te abracé tras tu confesión, la sentí latir muy cerca.

¡Ve a la aventura, Bromelia, que después de ti despertará todo un reino! ¡Después de ti, despertarán las demás!

En Facebook, 90 días: una jornada para sanar

En Twitter: https://twitter.com/SamadhiYaisha

Foto 1 de la rosa abierta: By Erixsen – Own work by uploader: ok, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=7051077

Foto 2 del coquí en la bromelia – http://es.acam.wikia.com/wiki/Archivo:15DAx500y500.jpg

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2 Comments

  1. Hermosa narración Yaisha! Estoy sin aliento… como se describe un suspiro en palabras? Ya sé, AHHHHH! Gracias por un escrito de tanto sentimiento, la rosa, el coqui y la bromelia. Por ahí andan cantando los coquies, tienen concierto hoy, pues ha llovido por 3 días seguidos en Cabo Rojo, refrescante la noche pues!
    PD Ganó Mónica!

    1. Gracias, María, por poner el supiro en palabras, qué hermoso. Sí los coquíes también cantan mucho en Trujillo Alto. Ha llovido mucho también. Las rosas se han regocijado con tanta agua y están todos los arbustos florecidos. Mucha vida, y sí, es refrescante.
      P.D. ¡Todavía me dura la alegría de Mónica!

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