90 días: El día en que despertó la humanidad

Texto por Yaisha Vargas-Pérez / columna publicada el domingo 18 de diciembre de 2016 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

 

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Foto por Human Pictures/Juan Carlos Castañeda para standingrockenespanol.com

El día en que despertó la humanidad cinco personas se enfrentaron a un millonario conglomerado corporativo y gubernamental armados con plegarias. Desde entonces, miles han llegado en peregrinación espiritual a las tierras de las tribus sioux en Standing Rock, Dakota del Norte, para detener la construcción del oleoducto Dakota Access. Evitan que se contamine una reserva de agua que sirve a millones de personas. Ya no se trata solo del maltrato hacia las tribus nativas: pronto el daño que ha sufrido la Tierra por la quema de combustibles fósiles será irreversible.

 

El día en que despertó la humanidad unas mujeres valientes se pararon frente a los camiones que sepultaban cenizas tóxicas en el barrio Tallaboa de Peñuelas. Protegieron el aire y el agua de todos; incluyendo la salud de los dueños de las compañías contaminadoras, los camioneros que transportan las cenizas, sus hijos y sus nietos.

Ese día, los economistas vociferaron que una economía basada en dañar la salud del planeta y la gente no es riqueza, y que hay países que han logrado inversión extranjera usando casi un 100% de energía renovable.

Vimos que la tribus sioux decían la verdad cuando, hace dos semanas, otro oleoducto se rompió y derramó 176,000 galones de petróleo a 150 millas de Standing Rock; y cuando el Centro para un Gobierno Efectivo publicó que entre 2010 y 2015 hubo 3,300 rupturas de tuberías de petróleo o gas natural en Estados Unidos; murieron 80 personas, 389 resultaron heridas, y hubo $2.8 mil millones en daños.

Nos despabilamos cuando los científicos de la Universidad de Ohio admitieron hace poco que “ya no se trata de si la capa de hielo de la Antártida Occidental se va a derretir o no, sino de cuándo”, debido al cambio climático, lo que inundará las costas en todo el planeta.

Sentimos dolor y rabia cuando vimos el ojo ciego de Vanessa Dundon y el brazo destrozado de Sophia Wilansky, protectoras del agua en Standing Rock, quienes recibieron la avalancha de granadas de contusión de la policía.

Ese día nos cuestionamos por qué a proteger la Tierra lo llaman “terrorismo ambiental”, y a los estragos multimillonarios, daños irreversibles y muertes por contaminación no lo llaman “terrorismo corporativo”.

Nos conmovió ver a 3,000 veteranos de guerra formar un escudo humano para proteger a Standing Rock y pedirle perdón a los sioux. Nos movilizó escuchar a la actriz Susan Sarandon instar a la gente a cerrar sus cuentas en los bancos que financian proyectos que dañan el ambiente, a la actriz Jane Fonda decir que esta es una lucha entre la ambición versus el futuro de la humanidad, y al banco sueco Nordea condicionar su apoyo financiero al oleoducto Dakota Access a que se respete la petición de los sioux.

Cuando el mundo abrió los ojos, los artistas puertorriqueños se pintaron la cara con cenizas para decir basta. Las iglesias se atrevieron a denunciar el homicidio ambiental. Los camioneros transportaron cosas que dieron vida; miraron a sus hijos con la honestidad de quien protege su futuro. Los dueños de las cenizas sintieron en su piel el sufrimiento que causaron. Vieron que los millones de dólares que perdieron no tienen valor en comparación con las vidas que han enfermado. No quisieron comprarle a sus familias regalos de Navidad con el dinero que ganaron robándole la vida a otros. Aprovechamos la crisis de la Autoridad de Energía Eléctrica para dejar de quemar petróleo, carbón y gas natural —combustibles que matan la Tierra—, y las compañías que le venden energía encontraron cómo obtenerla del Sol, el agua y el viento —fuerzas de vida —.

Despertamos cuando nos dieron a escoger entre ser arrestados o morir respirando cenizas y bebiendo petróleo. Cuando todas estas personas redentoras y redimidas nos recordaron aquella primera Navidad —cuando nació Aquel que retó a un sistema que aprisionaba a los vulnerables para darnos la riqueza verdadera: vida, salud y dignidad.

 

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Foto por Yaisha Vargas-Pérez en el monasterio Deer Park en Escondido, California. (2015)

 

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