90 días: Carta a mi maestro escapista

Por Yaisha Vargas-Pérez

Crónica publicada el domingo, 8 de enero de 2017 en el diario puertorriqueño El Nuevo Día.

 

Escondiéndose detrás de la cortina
Malena y Romeo detrás de una cortina. Por Yaisha Vargas-Pérez (California, 2015

Mi churri Romeo: Tu vida es para contarla. Naciste el 3 de enero de 2007 y antes de eso naciste en mí. Le dije a una amiga que me regalara dos de los gatitos que tendría su hija felina y me desvelé pensando cómo te llamaría. En mi cabeza ronroneaban los posibles nombres que rimaran con el ronquido arrullador de los mininos, hasta que escuché “Romeo”. No lo supe entonces, pero aquel fue mi periodo de gestación.

 

Siete semanas después, mi amiga cigüeña te trajo a casa junto a tu hermana Malena, y les prometí cuidarlos hasta el último día de sus vidas. Pesabas una libra y tu maullido era más grande que tú. La primera travesura fue una espléndida churra dentro de mis zapatos, una chiquillada que se repitió, ganándose así la creatividad del tío Armando, quien los apodó como “Los Churris”.

Como todavía estabas apegado a tu mamá, te empeñaste en ronronear en mi pelo hasta encontrar el lóbulo de mi oreja, el cual comenzaste a chupar hasta quedarte dormido. Hiciste eso hasta los ocho meses y te “destetaste” solito, dejándome ronchas en los lóbulos de las orejas —una “mastitis” que era difícil de explicarle a los demás.

 

Romeo tomando la siesta con los Reyes
Romeo y Malena en su primera Navidad. Por Yaisha Vargas-Pérez. (Puerto Rico, 2007)

En tu primera Navidad, aprendiste a rebotar adornos hasta romperlos, desmontaste el árbol y tomaste la siesta con los Reyes.

 

Aprendí que los gatitos escogen a su ser humano para toda la vida. Durante el primer año de mis viajes espirituales, te dejé en Puerto Rico, y cuando volví por ti, te habían salido tantas canas por la ansiedad de separación que te veías gris en vez de negro.

En India, escuché a una conferencista explicar que las mascotas cumplen una labor espiritual: absorben parte del sufrimiento de sus humanos. Entendí por qué, cuando mi ansiedad mejoraba, tus alergias desaparecían.

 

Romeo mirando los venados por la ventana en Unity Village, Missouri
Romeo mirando los venados por la ventana en Unity Village. Por Yaisha Vargas-Pérez (Unity Village, Missouri, 2014)

La época que más disfrutaste y tuviste más salud fueron los años en Unity Village, Missouri. Te entusiasmaba correr por toda la casa hacia los ventanales para maullarle a los ciervos, las ardillas y los pájaros. Tuve que reemplazar las cortinas que deshilachaste jugando al esconder.

 

¡Y qué feliz fuiste durante el viaje a California! Aunque, la noche antes de mudarnos, te escapaste. Tu deseo de brincar por la villa se cumplió esa noche en que aullaban los coyotes —sí, esos que devoran mascotas— y la lluvia fría hacía gemir la piel. Te perdiste entre el follaje oscuro y fue imposible encontrarte. Me enseñaste lo que era la angustia aguda por perder un hijo felino. Más tarde, cuando maullaste en la puerta —hambriento, ensopado y feliz— habité mi cuerpo de nuevo. Ya de camino al oeste, tu emoción por ver el mundo fue tanta que te escapaste dos veces, y por poco te quedas en Nuevo México.

 

Cuidando a Romeo durante su tratamiento
Romeo envuelto en una toalla para tomar su tratamientos para el asma y el corazón. Por Yaisha Vargas-Pérez (agosto-septiembre 2016)

Mudarnos a California fue peor para tu salud. Desmejoraste rápido, y con todos los percances que tuve, tardé en buscar ayuda para ti. Dejaste de jugar y tocías constantemente. Tu caminar más débil me dio la señal de que era hora de regresar a casa. El diagnóstico fue triste: tu corazoncito estaba frágil. Habías absorbido parte del dolor de mi corazón; yo fui mejorando y tú enfermaste. Por eso lo entregué todo para salvarte, y porque tus gestos decían: “Yo quiero vivir”. Aun enfermo, te escapaste por diversión, y temiendo por tu corazón, salté verjas y corté lianas para traerte a casa. Cuando estuviste en el hospital, soñé que vivías en mi pecho, y cuando yo respiraba, tú respirabas también.

 

Llegó el día en que el crédito para tu tratamiento no aguantó más, y pensé vender algunas cosas. Regresaba de un retiro en el que sané mi relación con mi mamá. Estaba lista para ser una mamá que ya no transmitiera heridas emocionales, y me desbordé de paciencia y amor, pero esa noche partiste. Me habías esperado para irte. La vida me dio unas horas para amarte con un corazón pleno. Me di cuenta de que todo el amor que había buscado viajó conmigo en la forma de un noble minino, y lloré por no haberlo visto antes. Gracias por traerme de vuelta casa y mostrarme mi nuevo camino espiritual. Finalmente te escapaste, mi churri. Te fugaste a la Eternidad.

En Facebook, 90 días: Una jornada para sanar

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