La vida que sabe a dónde va

Por Samadhi Yaisha/crónica publicada el 12 de junio de 2012 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

Me ejercitaba una mañana soleada de primavera, caminaba por el bulevar de Warwick cuando me detuve para no pisar una larga lombriz de tierra. El animal se encogía y se alargaba perezosamente entre un área de grama y otra, y me pareció que iba demasiado lento. Se me salió lo de rescatadora y, segura de que evitaría su muerte por un pisotón trotante, la levanté una ramita y la trasladé hacia la yerba. La puse en el jardín de donde había salido, en vez del área verde hacia donde ella quería llegar, porque era más conveniente para mí. Seguí mi camino, orgullosa de mi buena obra, pero preguntádome si debí haberla ayudado a llegar a su destino, en vez de a su punto de partida. “Ay, si es sólo una lombriz de tierra. Iba de la grama a la grama, da lo mismo”.

Un bloque más adelante me topé con un hombre que cortaba la grama, y me sentí inquieta otra vez, pero concluí -sin evidencia- que el servicio de jardinería  no pasaría por donde había encontrado al gusano. Cuál fue mi sorpresa minutos después, mientras caminaba calle arriba por la acera contraria. El mismo maquinero podaba justo en el punto de mi gesta heróica. Me llevé las manos a la cabeza: el animalito era ahora un gusano rebanado gracias a mi intervención.

Ella llevaba más de la mitad del camino andado cuando se me ocurrió que necesitaba mi ayuda porque era lenta. Se dirigía hacia donde la cortadora de grama no la hubiese matado. ¿Sería posible que aquel animal que yo consideraba tan primitivo supiera que tenía que mudarse de área tras sentir las vibraciones de la podadora?

Aterrizó en mí el entendimiento de que toda cosa viva, por más pequeña que sea, sabe a dónde va. Un átomo de vida es un ápice de luz e inteligencia. Basta con observar las plantas que crecen buscando al Sol o las especies marinas y celestes que emigran orientándose con su brújula interior.

Durante los primeros 90 días de mi jornada, sobre todo en los momentos en los que estaba sola mientras veía mi vida desvanecerse, recibí la visita y el acercamiento de algunos animales en circunstancias poco usuales. Los documenté en mis diarios con el orden en que aparecieron y el día en que los vi.

Un día, mientras meditaba en el mar en el Parque del Indio, un pelícano pardo se posó sobre las olas, aproximadamente a un metro de mí. Me observó durante un largo rato y yo también. Me resulta extraño decir que me sentí acompañada. Otro día en Ocean Park vi una mantarraya al ras de la orilla y un pez lenguado que se confundía con el fondo del mar. Asistía a una reunión en un salón de clases cuando entraron dos zorzales y una tórtola. También vi varias palomas. Otro día una perrita de la calle se sentó al lado mío en la arena a observar el mar, y luego me pidió comida y juego. Y el evento más triste, el día en que me detuve a esperar que una camada de gatos cruzara una calle, más aún así, atropellé a una de ellas sin querer. Asistir a su funeral simbólico fue sentirme en mi propio sepelio. También, en mi estadía en el ashram de Osho en India vi el arquetipo de la pantera.

Casi un año después, ya en Kansas City, le conté todo eso a una nueva amiga, incluido el relato de la lombriz. “Sí, ellos siempre hablan, y saben a dónde van”, me respondió. La sensibilidad de Britta hacia los animales la llevó a adoptar a la vez tres perras, un gato, una paloma collarina, una cotorra y un guacamayo. Me mostró el libro “Los animales hablan” del autor Ted Andrews. Busqué en esa y otras fuentes el significado las visitas que recibí.

– Pelícano – el desprendimiento te renueva. No eres vencida por las circunstancias. Te levantas por encima de la tormenta emocional. Te recuperas de las pérdidas, compartes tu abundancia con otros, perdonas y dejas ir tus prejuicios.

– Mantarraya – la habilidad para nadar lentamente en aguas emocionales.

– Zorzal – las coincidencias y sincronías expandirán tu espiritualidad de manera profunda. Permanece alerta a lo que se esconda bajo la superficie.

-Tórtola – Paz. Un nuevo ciclo de oportunidades está a la mano. Te traerán una época de paz y profecías. Haz duelo por las pérdidas y deja ir lo pasado para un nuevo nacimiento.

– Paloma – Búsqueda de la seguridad alrededor de y en el hogar. Si se levanta una tormenta, refúgiate con tu familia biológica o de otro tipo.

-Perro – animal poderoso, símbolo de lealtad, amistad, amor incondicional.

-Pantera – reclama lo que es tuyo por derecho, lo que ha sido robado, perdido o roto será remplazado por algo más beneficioso. Un guardián energético, símbolo de lo femenino, de la muerte y el renacimiento y del entendimiento de la muerte; reclamo del poder propio.

Britta se reía con mi cara de asombro. Busqué el significado de la lombriz: tiempo para examinar y digerir lo que ha ocurrido en nuestra vida. Dejamos atrás lo que no es beneficioso y necesario, limpiamos la casa emocionalmente y esto permite un crecimiento nuevo. A menos que reconozcamos y aceptemos el pasado, cometeremos los mismos errores. No importa cuán pequeños parezcan nuestros esfuerzos, le damos forma nueva a la tierra a nuestro alrededor. No importa cuán difíciles hayan sido las circunstancias, nos aguardan un nuevo crecimiento y una nueva esperanza.

Examiné lo que había ocurrido en mi vida. Me percaté de que la primera etapa del proceso de transformación comenzó una semana después del solsticio de verano, y fue cuando quemé un pasado lleno de pérdidas. Noventa días después, con el equinoccio de otoño, viajaba a India. Allí me tejí una crisálida y, en el ashram de Osho, casi ya con el solsticio de invierno, aprendía cómo morir y renacer. La Tierra giraba en ese solsticio cuando pasé por España y aterricé en Kansas City, un día antes de Nochebuena. Un trimestre después, con el equinoccio de primavera, la vida me ponía de frente circunstancias que me servían de espejo para entender quién había sido yo, y le abrí la ventana al aprendizaje y al crecimiento. Florecía con mi entorno tras haber muerto a lo que fui.

Aquella lombriz también me enseñó de mí misma, por todas las veces que permití que los demás decidieran a dónde yo iba y me pusieran donde querían. Fueron múltiples las veces que terminé rebanada. Asimismo, me hizo consciente de cómo yo -mediante consejos que no me habían pedido- desvié a otros que ya llevaban su camino y resultaron trasquilados.

Reflexioné en la meditación del día de mi nacimiento: “Luz. Sabemos que el espíritu en nosotros nos guía y nos enseña claramente el camino… Toda persona tiene el espíritu en su interior… No necesitamos especificar cómo nuestros seres queridos deben ser guiados. Necesitamos confiar en el espíritu que mora en ellos”.

Y como aprendí en el primer ashram, los animales también son personas. En ellos también late la esa vida-espíritu que sabe a dónde va.

Bienvenid@ al grupo de Facebook: “90 días: Una jornada para sanar”

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