Año nuevo, hogar nuevo

Por Samadhi Yaisha/esta crónica fue publicada en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día” el domingo 20 de noviembre de 2011

“¿Por qué, pues, tantas preocupaciones? ¿Qué vamos a comer?, o ¿qué vamos a beber, o ¿con qué nos vestiremos?” Mateo 7, 31

Año viejo. Me había pasado la semana completa recorriendo Kansas City, perdiéndome en ella –sin romanticismos de turista– en lo que aprendía a manejar el aparato GPS y formaba un mapa conceptual de la ciudad en mi cabeza.

Mi diario se convirtió en una feria de garabatos, una lista ansiosa de posibles lugares de trabajo, vivienda temporera y cosas por hacer: llenar solicitudes aquí y allí, visitar este complejo o este sótano para alquiler, enviar resumés por e-mail, imprimir resumés en una tienda de copias, números de teléfonos subrayados y circulados, direcciones enumeradas, supermercados orgánicos identificados… mientras la cuenta de banco moría.

Ya se iba esfumando el encantamiento de los ashrams indios que había visitado en los pasados 90 días; ahora me tocaba aprender la espiritualidad de la calle. Esta danza de inmigrante no tenía el hechizo embriagante de un gurú. ¿Que si tenía ansiedad? Todo el tiempo. La mantenía a raya con las rutinas de yoga y los movimientos de arquería zen que había aprendido en India, la guitarra y los grupos de apoyo que identifiqué en la ciudad y me atreví a visitar.

Cocinaba en una estufa portátil de dos hornillas: el menú usualmente consistía de sopa, o arroz integral, granos y algunos vegetales. Tenía la olla que había cargado en la maleta desde hacía más de 90 días y unas pocas cosas más. Descubrí que sí podía hacer una comida deliciosa con dos o tres cacharros. Era liberador no depener de tantas cosas.

Luego, a la carga, a la calle a buscar “la chamba”, igual que el resto de los inmigrantes que conocí en aquella hospedería, imitación de un hogar barato (televisión, microhondas, ‘wi-fi’, y gracias Dios porque teníamos un lugar para dormir protegidos de la nieve que caía grácil y se acumlaba pesada), algunos con la mudanza a cuestas amarrada en una camioneta, en lo que encontraban un lugar que pudieran llamar casa.

Un dilema circular

Lo más difícil era que, sin trabajo, la solicitud de alquiler de vivienda quedaba incompleta, y sin domicilio, la solicitud de trabajo también: un dilema circular. Sin casa no había manera de demostrar domicilio en la ciudad para poder trabajar allí y, sin trabajo, no había evidencia que convenciera a un casero de la capacidad de pago de alquiler.

En eso estaba, mientras mi cuenta de banco languidecía. De tanto hacer y preocuparme cíclicamente, me desgastaba, así que decidí sentarme a meditar en un templo y pedí guía. Salí de allí a un supermercado orgánico, y cuando llegué a la entrada, la intuición me empujó: “Pregunta aquí si hay apartametos cerca”. Igual fueron las ganas de tener la comida cerca, pero lo que pasó a continuacion todavía me asombra.

La tienda en la que conocí a mi amiga en diciembre de 2010.

Busqué algunas cosas que el presupuesto me permitiera, mientras vacilaba si preguntar o no, ¿y a quién? En tanto, la cajera registraba los artículos y comenzaba una conversación amable conmigo, volví a escuchar en mí: “Pregúntale a ella”. Interrogué si conocía de algún apartamento para alquiler en la zona. Detuvo lo que estaba haciendo y abrió los ojos. Miró a su alrededor, como verificando que ningún otro empleado la escuchara y me dijo en voz baja: “Tengo que mudarme a Texas a cuidar a mi hermana. Fue diagnosticada recientemente con cáncer y tengo que terminar mi contrato de arrendamiento. Vivo a unas calles de aquí”, siguió bajando la voz. “No le he dicho nada a mi jefe de que tengo que irme… quizás quieras ver mi apartamento, y si te interesa, puede ser que me devuelvan el depósito. Será un alquiler fácil de conseguir. No te preocupes por la solicitud”. Me preguntó si tenía dónde despedir el año y me invitó a cenar a su casa. Pese a que la conocía hacía cinco minutos, ese “algo” que me hablaba me animaba a confiar en esta mujer. Le dije que estaba buscando trabajo y me respondió que su plaza en aquel “health food” quedaría vacante. “Entonces, ¿nos intercambiamos de vida?”, le pregunté. “¡Sí, y por qué no!”, me sonrió.

Mudanzas

Cuando llegué al pequeño apartamento de Carnette, había una guitarra parecida a las que había visto en India y una silla de masajes igualita a la que había adquirido en Puerto Rico un día antes de saber que partiría al país asiático. Me dijo que no podría llevarse todos los muebles. Asentí. Aunque no le dije cuáles necesitaría para poder empezar, fueron esos precisamente los que ella dejó. El alquiler estaría dentro de mi presupuesto, incluía las utilidades y, lo más importante, se permitían los gatos.  Resultó que teníamos muchas cosas en común, pero la más importante fue compartir cómo sentíamos que Dios nos había sacado de veredas oscuras, que la Vida no lo era sin su guía y amor…. Y que nos había puesto a ambas en el camino de la otra.

Me contó su historia, le narré la mía. El año nos había pegado fuerte, pero respirábamos con fe. La medianoche nos sorprendió riéndonos de lo que fue difícil, lo dejamos ir y pedimos alegría infinita para quienes dejamos atrás. Ya los podíamos soltar. Expresamos el deseo de, al igual que podíamos hacerlo nosotras, hubiesen crecido y sanado.

Cuando me monté en mi vehículo de alquiler, me di cuenta que mi nueva amiga se había mudado de su hogar en Oklahoma a Kansas City hacía tres meses. Noventa días antes yo también partía de Puerto Rico. Me arropó de inmediato la sensación de que Dios me cuidaba, como si me acurrucara en una nubecita cálida, y no tendría que temer en ningún momento, sólo me tocaba escuchar.

Con Carnette el día de su mudanza, enero 2011

Al día siguiente, Año Nuevo, me preguntaba si no me estaba metiendo en una cajita otra vez con casa y trabajo fijos. ¿Se me acababa el viaje con esta invitación de tener un hogar? Abrí una lectura de Osho por internet, porque extrañaba su ashram, la algarabía de sus “sannyasins”, la sensación de que allí no pasaba el tiempo, y su magia. Me topé con esta cita: “Ha sido una temporada apasionada. Has estado revoloteando por ahí como un petardo. Pero con todo y lo salvaje que ha sido el recorrido, la vida insiste en que se dé otro paso. Pisa tierra firme. Pisar tierra firme no significa perder libertad. Significa plantar tu verdad en un suelo abundante de realidad. Ensúciate las manos”.

Pocos días después, Carnette partió hacia Texas, justo después de una nevada, con su pequeño carro inundado de tereques. Sonreí. Yo no sería la única que intentaría una mudanza invernal. Y en pocas semanas, la hermana de mi amiga también hizo una mudanza, aunque la suya fue celestial. Carnette no tenía dudas de que el alma de su hermana estaría protegida y segura durante esa transición, y su fe me transmitió una paz que sentí hasta Kansas City.  Y si ésa era la transición más difícil, ¿no estaríamos seguras también en todas las que nos toca hacer aquí en la Tierra?

La autora es un ser libre.

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