Cuando es difícil perdonar

Por Samadhi Yaisha/crónica publicada en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día” el domingo 6 de noviembre de 2011.

“¿Cómo puedo perdonar lo que pasó?” Michaels respondía: “Lo primero que hay que saber es que cualquier cosa puede ser perdonada”.

Unity Temple on the Plaza, Kansas City, Missouri. Foto tomada de http://www.socwel.ku.edu/

Había terminado el día de Navidad pidiéndole la Vida -otra vez- aprender a perdonar y a perdonarme sin dejar resquemores sueltos, aunque no supiera cómo.

El día después de Navidad, conduje hacia un templo de Unity, ubicado en un sector de Kansas City conocido como La Plaza. La torre color terracota del campanario se levantaba en medio de estacionamientos multipisos, restaurantes y bancos. Mientras me estacionaba y entraba, el repique de las campanas marcaba las 9:00 de la mañana, sonido que me transportó brevemente al monasterio español que había dejado atrás hacía apenas cuatro días.

El templo era de filosofía cristiana de nuevo pensamiento. Sin embargo, me dirigía a una meditación budista que se oficiaba allí. Me apresuré a entrar a una de las capillas y observé con curiosidad a la facilitadora de la meditación, una mujer china acompañada de una graciosa perrita pomeranian que parecía meditar plácidamente sobre un cojín. Aquella maestra no sólo celebraba su cumpleaños ese día, sino que acababa de publicar su primer libro tras haber expresado su intención de hacerlo al soplar sus velitas el año anterior. Nos reveló su práctica:

1. Escribe tu intención y dítela a tí misma en voz alta.

2. Compártela con alguien que te apoye.

3. Haz algo todos los días para mantener esa intención viva.

4. Haz las modificaciones cuando sea necesario y repite el proceso.

Y mientras yo escribía qué cosas quería manifestar, ella comenzó a dar instrucciones para meditar sobre el perdón. Exhalé. Nos instruyó que pensáramos en algún familiar, amigo o maestro que hubiese cambiado nuestras vidas, y que le enviáramos amor y paz.

Quise irme de allí. Surgieron en mí sentimientos de resquemor y tristeza, que se entremezclaban con el deseo de poder superarlos para enviar amor y paz. Aún así, hice el ejercicio, y me mantuve atenta a mis emociones de resistencia. Respiré y seguí escuchando.

De inmediato, la facilitadora nos pidió que pensáramos en una o varias personas a quienes necesitáramos perdonar, y entendiéramos que esas personas habían sido quizás los maestros más importantes.

Luché contra las ganas de levantarme y abandonar aquel salón. No quería llamar maestros a las personas que necesitaba perdonar, pero tampoco quería llevar aquella carga hasta el fin del año, que terminaría en una semana. El ejercicio consistía en decirle lo siguiente a las personas que queríamos perdonar: “Perdóname si te he causado dolor y sufrimiento. Perdóname si he pensado mal de ti. Perdóname si te he juzgado duramente”. Una parte de mi mente gritaba que pedirle perdón a quienes yo sentía me habían agraviado era un acto de codependencia y sumisión.

Recordé las formas en las que había intentado perdonar meses antes: flores, globos, notas con el mensaje de que ya todo había sido perdonado. Sin embargo, el rencor regresaba insidioso, y por más que trataba de hundirlo, gritarlo, escribirlo, maquillarlo, pasarle por encima o huír de él, volvía a la superficie. Había dicho que había perdonado cuando honestamente aún sentía amargura y despecho.

Lo que sí permanecía era la intención de poder soltar el rencor, y eso fue lo que me mantuvo pegada a la silla pese a que quería salir corriendo para no escuchar. Interesantemente, cuando hice el ejercicio que parecía al revés (“Perdóname si te he causado dolor…”) me sentí mejor. Recordé que uno de los pasos que practiqué durante un proceso de limpieza interior antes de partir de Puerto Rico consistió en escribir dos listas: una con los nombres de quienes quería perdonar y otra con los nombres de quienes quería que me perdonaran. Cuando las terminé, eran casi exactamente iguales. Y cuando envié mensajes conciliatorios a quienes les tuve resquemor por años de años amén, había sentido liberación. Pensé que me había ido de Puerto Rico con todos los perdones hechos, pero realmente me faltaban dos o tres.

Exploré el resto del templo y encontré, en el sótano, un restaurante vegetariano y una tienda de libros. Me detuve a mirar los títulos, pensando que no tenía presupuesto para comprar uno. Sin embargo, la intuición me haló hacia el libro “Your Soul’s Assignment” (“La asignación de tu alma”), de Chris Michaels. Fue uno de esos momentos en los que me hubiese gustado tener una cámara para grabar, porque tan pronto lo abrí al azar, caí en la página 45: “¿Cómo puedo perdonar lo que pasó?” Michaels respondía con algunas mayúsculas: “Lo primero que hay que saber es que CUALQUIER COSA puede ser perdonada. El perdón es siempre la decisión correcta, aunque puede ser el reto más grande. El perdón es un acto de amor propio. Es una declaración hacia sí misma que estipula: ‘Quiero seguir adelante con mi vida. No quiero despertar lastimada todos los días. Estoy cansada de estar enojada y resentida. ¡Quiero soltarlo ya!’ No perdonamos porque la persona que nos hirió merezca nuestro perdón. Perdonamos porque nosotros lo merecemos. Merecemos vidas saludables y productivas. Merecemos vivir libres y felices. Merecemos NO estar entre los que caminan heridos. No existen pasos para el perdón. Y tampoco hay una forma para ‘trabajar’ con el perdón. La única forma de perdonar es estar DISPUESTA a perdonar. Tu disponibilidad abre la puerta para que la gracia de Dios entre en tu vida y puedas perdonar. Trabaja de la siguiente manera:

Vitral sobre el altar en Unity Temple on the Plaza, Kansas City, Missouri

Si te mantienes abierta y DISPUESTA a perdonar, te despertarás algún día y el perdón habrá ocurrido… Sabrás que has perdonado cuando puedas recordar el incidente doloroso SIN TENER NINGÚN APEGO EMOCIONAL… Cada vez que el evento doloroso vuelva a tu mente, mantente en calma y háblate a ti misma: Estoy dispuesta a perdonarlos. ¡Se acabó y estoy lista para seguir con mi vida!”

Me preguntaba si acaso este autor había escrito esto para mí, sobre todo porque mi llegada a esta ciudad marcaba el comienzo de una vida nueva. Pese al presupuesto tan apretado, decidí comprar el libro.

Fueron tres los regalos que recibí ese día: saber que podía mantener una intención de perdonar, un día a la vez, aunque el proceso no estuviese completo todavía; que lo único que necesitaba era estar dispuesta a ello. Y el tercero, entrar al salón principal del templo y estremecerme con el vitral que brillaba sobre el altar principal: un libro abierto sobre el cual flotaba una estrella de cinco puntas color verde tornasol, como el chakra del corazón. Sobre el libro resplandecía la palabra “amor”, el valor que es difícil experimentar en un corazón que tiene el espacio ocupado con rencores.

Sólo necesitaba una intención y estar dispuesta. A ver si esta vez funcionaba. Ojalá que sí.

La autora es un ser libre.

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6 Comments

  1. Una de mis entradas favoritas. El perdón más difícil es el que nos debemos a nosotros mismos. ¡Un abrazote!

  2. Cada vez que puedo leo este relato. Anhelo un dia levantarme, sentir que el dolor intenso ya no está y que con el perdón puedo dejarlo todo atrás. Esa es mi petición diaria delante de Jesús. Se que lo lograré, porque quiero hacerlo.

    1. Querida Daisy, gracias por escribir. Finalmente, he entendido que es algo que toma tiempo. Yo lo veo de la siguiente manera: cuando el cuerpo físico atraviesa un trauma o accidente de gravedad, tarda en volver a su funcionamiento normal. A lo mejor algo de hospital, terapias y luego, quizás durante los días fríos, esas coyunturas lastimadas aún molesten. Mi cuerpo emocional tuvo un severo accidente, trauma y dolor, así que lo que vivió se tarda en sanar; fue como haber estado en un hospital para las heridas emocionales y ver cómo han ido curando una por una. Para mí toma tiempo. Hay gente que puede seguir caminando y ya. Yo no, simplemente he necesitado detenerme a aprender todo lo que pueda para sanar. Lo más importante para mí ha sido seguir adelante con la intención de perdonar, seguir pidiendo recibir herramientas que me han ido ayudando a hacerlo, estar dispuesta a recibirlas y practicarlas (observo mi propia terquedad a aprenderlas) y dejarle el resultado a quien puede llevarlo a cabo. 🙂

  3. Wao! Acabo de descubrir que no he perdonado y he vivido un engaño. Como se que he perdonado porque amo aún al que me lastimó. Y no se como saber si ya estoy curada o me he levatado y ya.

    1. El mismo autor explica que ocurre el día en que recordamos el incidente y ya no levanta emociones en nosotros. Sentimos paz. Quizás se tarde un tiempo. Una vez escuché por You Tube a un maestro de meditación que se llama Jack Kornfield ofreciendo una charla sobre el perdón. Según recuerdo, dijo que lo que creemos que es imperdonable sólo significa que tardamos un poco más en dejarlo ir. “Ya verán”, le dijo a sus estudiantes. He aprendido que no es ni bueno ni malo donde estamos en el proceso. Simplemente es donde estamos ese día. Me abrazo y sigo respirando.

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