Cómo ser libre del aferramiento

Por Yaisha Vargas-Pérez, maestra certificada de mindfulness, para el blog A Mystic Writer

En julio, meditaba en un retiro de vipassana (mindfulness) ofrecido por Insight Retreat Center en California. Pude ver con claridad, por segunda vez en mi práctica, una energía que salía de mí misma y quería aferrarse a las cosas. Tenía la forma de un gancho. La primera vez que la vi, fue hace varios años. En ese momento, me di cuenta de que yo no era el gancho que quería agarrarlo y controlarlo todo. Esa era una característica de mi mente, pero no era yo misma. Como la vi con claridad, como una tendencia humana y de todos los seres, por los próximos minutos fui libre de la esclavitud al aferramiento. Me sentí totalmente libre emocional y mentalmente, y de inmediato, sobrevino un gran sentimiento de felicidad y expansión. La experiencia de liberación duró unos momentos y luego se desvaneció. He pasado algunos años más de aferramientos y sufrimiento, pero no he olvidado aquel momento.

Mi experiencia es que los momentos de apertura y liberación que surgen durante las meditaciones o los retiros de vipassana no pueden ser algo forzado. Poco a poco, vamos trayendo la mente al cojín o al punto de contacto con la realidad una y otra vez. Hacemos más espacio en nuestra mente, en nuestros cuerpos y en nuestras vidas para investigar, para conocernos y conocer la verdad. Y, de pronto, surge una introspección. Nos damos cuenta de algo profundamente. Tenemos un despertar. Esta debe ser una práctica constante para que podamos ver el resultado de sufrir menos.

Tras el retiro de julio, vi algo más con claridad. Esa energía del “yo quiero” equiparaba el querer algo con el derecho a tenerlo. Supe que en mí vivía la cualidad de la mente humana que está arrasando con el planeta: el pensamiento de que tenemos derecho a tener todas las cosas que queramos. Pero el “yo quiero” es un patrón cíclico. Cuando se acaba la atracción hacia un objeto, persona o lugar, regresamos al sentido de insatisfacción o sed existencial (que en el budismo se conoce como dukkha) y queremos la próxima cosa. El “yo quiero” no tiene fin, y tampoco nos puede otorgar la felicidad.

Las expectativas del “yo quiero”

¡Qué muchos resentimientos surgen cuando no se cumplen las expectativas del “yo quiero”! Nos sentimos insatisfechos, faltos de amor, que Dios o la Vida han sido injustos con nosotr@s, que otra persona se salió con la suya o que alguien no nos quiere… Creemos que, si tenemos expectativas de que otra persona haga algo por nosotros, esa persona tiene que cumplir nuestros deseos. En nuestra cabeza, los “reclutamos” para que nos satisfagan, sin que lo sepan y sin preguntarles si pueden y, cuando no cumplen con nuestra expectativa inventada, nos decepcionamos.

“¿Acaso puedo opinar sobre lo que estás imaginando que yo haré por ti?”, me preguntó un día un ser amado cuando le recriminé por la expectativa que no había cumplido para mí. Fue una pregunta desde el amor, para que me diera cuenta de cómo mi propio proceso de pensamiento causaba infelicidad. Me ayudó a despertar del sueño de elaborar expectativas que llevaban al resentimiento profundo.

¿Cómo ser libre del “yo quiero”?

Photo by Quang Nguyen Vinh from Pexels

El primer paso es darnos cuenta del ciclo constante de querer y sufrir por no tener lo que queremos. Poco a poco, nos damos cuenta de que, inconscientemente, hemos tenido expectativas egoístas, que a veces hemos “reclutado” a alguien en nuestra cabeza para que satisfaga nuestras expectativas sin contar con su disposición; que hemos equiparado querer algo con el derecho a tenerlo, y que es esa forma en que nos han criado —que tenemos derecho a todo sin reservas, y que el planeta está para servir a los humanos sin límites ni consecuencias— donde está el origen de nuestro sufrimiento y nuestros resentimientos. En pocas palabras, el “yo quiero” es la raíz del problema, y la creencia de que nuestra felicidad está en la satisfacción del “yo quiero”. El Buda dice que la mayor causa de sufrimiento es el aferramiento, el “yo quiero”. La mayor liberación es soltar el gancho.

Cuando viramos esta forma de pensar, como viramos un calcetín, y pensamos que estamos aquí para desarrollar las cualidades que nos brindan felicidad —generosidad, compasión, bondad, alegría, balance—, nos convertirnos en un ser que genera estas cualidades y las contagia a los demás. Empezamos a desarrollar el camino para dejar de querer extraer la felicidad de otras personas para generarla en nosotr@s mism@s y compartirla. Dejamos de exigir que nos sirvan y comenzamos a querer servir a los demás y a descubrir que el servicio cura el aferramiento. Es una de las formas más nobles y satisfactorias de amor verdadero. Tenemos menos expectativas de lo que los demás “deberían hacer” de acuerdo con nuestros estándares. Como hay menos expectativas, hay menos sufrimiento.

La generosidad, el agradecimiento y el servicio son los antídotos del aferramiento. Cuando quiero algo de manera puramente egoísta que no me hace bien, como comerme toda una caja de chocolates, puedo comprarla y regalarla a otras personas. ¿Cómo se siente darles alegría a otr@s en vez de querer algo exclusivamente para mí?

Si el deseo es que otr@s me quieran, me aprecien, puedo comenzar por la práctica de metta o benevolencia hacia mí mism@ y los demás. Se trata de generar una benevolencia muy parecida a la que vivimos en Acción de Gracias y Navidad; el deseo de que todos los seres experimenten la bondad humana y el corazón que ama y sirve sin mirar diferencias. Esta es una cualidad que podemos desarrollar en vez del aferramiento. Nos sentamos en el cojín todos los días y nos deseamos a nosotr@s mism@s y a todos l@s seres:

  • Que estés libre de sufrimiento.
  • Que tengas felicidad y las causas de la felicidad.
  • Que tengas salud y paz.

Servir con balance e integridad

“Pero si le sirvo solo a l@s demás, ¿entonces dónde quedo yo?” A veces nuestra cultura nos enseña a servir teniendo nuestro tanque de amor propio vacío. Este extremo tampoco es saludable. La práctica budista de metta o benevolencia propone que primero desarrollemos esa bondad en nuestro propio cuerpo y mente, una energía de calidez y amistad, para luego compartirla, expandirla y multiplicarla. Es importante comenzar desde el amor propio. Pero el amor propio de metta también reconoce que, al igual que yo, los demás son merecedores, quieren sobrevivir y ser felices. Es un amor en balance e integridad.

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