90 días: Adiós a las luciérnagas

Por Yaisha Vargas / crónica publicada el domingo 28 de junio en el diario puertorriqueño “El  Nuevo Día”

Group of fireflies in a forest

Era el espectáculo mejor guardado en Unity Village. Y ocurría justo en el patio trasero de mi casa, durante los estíos de atardeceres longevos, cuando el sol se regodeaba para irse a dormir y se entretenía pintando el cielo de rosados, naranjas y violetas hasta casi a las 9:00 de la noche. El manto púrpura opacaba el horizonte, la constelación de Escorpio asomaba su ponzoña por el sureste y la Cruz del Norte se imponía en el cénit. Y justo en ese momento, unas lucecillas tímidas comenzaban a titilar detrás del árbol de nogal. Pronto ésas llamaban a las demás, y en pocos minutos había una fiesta. Cientos de luciérnagas centelleaban en mi patio trasero –deslizándose entre las ramas, girando en espirales ascendentes, diagonales, descendentes o en picada, volando juntas y separándose, prendiendo y apagando su llamita. Y yo las esperaba todos los días de verano, las disfrutaba sentada en mi terraza, comprendiendo con alegría de dónde salían todas las historias de hadas, de luciérnagas-elfos y de Campanita, el hada de Peter Pan. De todos los elementos mágicos que me rodeaban en Unity Village, éste era el que yo sentía y atesoraba más profundamente. Tuve el privilegio de habitar una de las pocas decenas de residencias que poblaban la villa de 1,200 acres en Kansas City, Missouri. Muchas de las estructuras fueron casas de agricultores cuando la villa fue una finca, y eran grandes en tamaño pero sencillas en construcción.

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Los ciervos se acercaban a comer bajo el pino junto a mi casa en Unity Village. Foto por Yaisha Vargas, 2015

A los ciervos los veía casi a diario y me acostumbré a que se acercaran a mi hogar, especialmente durante el invierno, cuando aprovechaban el confort que generaba la caldera. Por las mañanas, veía sus pisadas en la nieve, paralelas a las paredes de mi cuarto. Y algunas noches, cuando el termómetro rozaba el grado cero, escuchaba sus pezuñas taconeando en el balcón de madera frente a mi sala. Herbívoros asustadizos, pastaban de noche y mayormente en grupo para cuidarse de los coyotes. Mientras algunos cenaban, otros mantenían las orejas aguzadas, protegiendo la manada. Si un antílope se disparaba de susto, los demás lo seguían sin pensarlo, las colas alzadas en señal de alerta. Se perdían entre la vegetación sin dejar rastro. Aprendí que era tradición alimentarlos, especialmente durante los meses más inhóspitos, cuando se ponían flacos. Les encantaba el maíz, así que yo compraba un saco y lo regaba alrededor del pino más cercano, un siempreverde al que le habían cortado las ramas inferiores, convirtiéndolo en un sabroso dosel para el resto de las criaturas que se acercaban a comer. Arrendajos azules, cardenalitos y estorninos, entre otros, se peleaban a picotazos por la comida.

Blue_Jay_with_PeanutTrataba de aliviar las riñas territoriales echando suficientes semillas de pájaros junto al maíz de los venados. Pero cuando nadie más estaba cerca, las ardillas se abarrotaban los cachetes con todo lo que podían, se subían por los troncos, se balanceaban en las ramas y brincaban hacia el techo de la casa, en el cual habían roído un hoyo. Por allí se colaban y almacenaban su botín para el invierno. Se reprodujeron a tal grado que no me dejaban dormir. Todas las noches yo lidiaba con un festejo de roedores silvestres que zapateaban en el ático. Escuchaba las nueces rodando de un lado al otro y sus patitas corriendo tras la comida. Con la intención de proteger la cablería y evitar daños a la casa, el departamento que cuidaba las estructuras en la villa puso trampas y llevó las petigrís a la libre comunidad. Capturaron al menos siete ardillas y dos o tres encontraron su camino de vuelta. Podía manejar unas pocas, pero no toda una comunidad. Volví a dormir en paz.

En otoño, un enorme roble, un tronco viejo y noble que residía en el lado suroeste de la casa, regalaba sus hojas secas como abono para otros arbustos y como refugio de gusanos e insectos que reciclaban el terreno. Vivía agradecía de aquel ser. Al igual que el siempreverde, yo sentía que habitaba la casa conmigo y vigilaba la estancia. Una tarde, mientras podaba unos arbustos, escuché un “toc-toc-toc-toc-toc” en secuencia rápida. Hubo una pausa y la seguidilla maderera continuó, provocando que mi intriga se convirtiera en una leve paranoia. Miré hacia arriba y presté atención a los detalles de la vegetación. Escondido a medias por una rama y con las uñas enterradas en el roble, un pájaro carpintero de alas oscuras y cabeza rojiza se abría camino madera adentro, taladrando un hoyo diminuto, pero con persistencia. Se detuvo, me inspeccionó con rapidez y siguió su trabajo. Igual que las ardillas, el carpintero a veces trabajaba de noche.

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Arboleda frente a mi casa en Unity Village. Foto por Yaisha Vargas, 2015.

La primavera ofrecía sorpresas. Observé un zorro de corta edad acostado frente a mi marquesina mientras disfrutaba de la brea refrescada tras un aguacero. Las semillas que servía a los pájaros atraían de madrugada a un mapache que se peinaba la cola con los muebles del patio mientras olfateaba las sobras. Desde mi balcón occidental, veía el sol descender entre una arboleda plantada con precisión. Un ejército de maderos perfectamente alineados servía de atmósfera a la vida mágica que ocurría allí. Cuando caminaba desde los robles hasta mi casa, me sentía parte de algún cuento de mi niñez.

En mis últimas semanas en Unity Village, le dije adiós a todos mis vecinos cuadrúpedos y emplumados, y a los árboles que descubrí como meditadores longevos. Cuando veía alguna criatura, la abrazaba en mi pensamiento y mi corazón. Les di las gracias por una vida tan hermosa. Pero se acercaba el momento de mi partida y aún no me había despedido de las luciérnagas. Me iba en mayo y ellas despertaban del frío en junio. Salí todas las noches a saludar el árbol de nogal, pero sus ramas permanecían a oscuras. Durante un mes, deshice mi vida a gajos. Desmonté mi oficina en la revista Daily Word (La Palabra Diaria), ubicada en los edificios de administración, y luego fui por cada cuarto de aquella enorme casa para vender, donar o empacar objetos. Guardaba allí todos mis recuerdos. Mi familia me los había enviado todos por correo, hasta las primeras fotos de mi infancia. Necesité tiempo para procesar el desapego de cada cosa; para manejar mis adioses sin mentirme a mí misma, sin pretender que le daba pecho a la situación para luego desmoronarme a escondidas. Mi duelo fue intenso, pero sané rápido, quizás porque escogí mirarme de frente y acompañarme compasivamente en cada etapa, como me habían enseñado mis maestros en la villa.

Pedí con intensidad al Universo poder despedirme de las luciérnagas. Solté mi petición al Infinito y seguí mis preparativos, que incluían llevar mi carro al mantenimiento y asegurar que estaba listo para viajar más de 1,600 millas hacia California. Faltaba una pieza cosmética que tardaría en llegar, lo que atrasó mi partida por dos días.

 

FirefliesEl lunes en que se supone que partiera, almorzaba en mi terraza cuando vi un pequeño insecto negro y rojo escalar por un balaustre y descansar sobre la baranda. Solté mis cubiertos y reconocí una luciérnaga que estiraba sus alas y volaba hacia el nogal. Sabía que era una noctiluca porque se parecía mucho a un cucubano boricua. Jamás olvido cómo se ve un cocuyo durante el día. Ello porque, cuando era pequeña, sin querer le eché veneno de cucharachas a un insecto raro, negro y rojo intenso que se posó en el marco de mi cuarto. Su escarlata me había provocado suspicacia. Él reaccionó encendiendo su lucecita combativa mientras se deslizaba por la pared, tratando de escapar el derrame tóxico. Cuando me di cuenta que era un cucubano inofensivo, ya era tarde. Su llamita trasera se había apagado. Prometí que jamás volvería a cometer cocuyicidio por ignorancia y nunca olvidaría su aspecto alargado, oscuro y rubí. En honor a aquella diminuta criatura, me paré en la terraza justo cuando el último rayo del ocaso halaba el manto de la noche. Esperé, sosteniendo mi corazón con esperanza, y cuando mis ojos se adaptaron a la oscuridad, distinguí un lucero titilante jugando entre las ramas. Sonreí. Pronto vi a las demás. No eran cientos, sino unas cuantas que habían despertado antes de tiempo. De todas las despedidas de mi mundo mágico, con ésta sí lloré. La Vida me dio la oportunidad de decirle adiós a las luciérnagas. Estaba lista para irme.

En Facebook, “90 días: una jornada para sanar”

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Mi casa en Unity Village entre 2013 y 2015. Antigua casa de Rosemary Fillmore-Rhea. Foto por Yaisha Vargas, 2014.
 Imágenes de luciérnagas por wikipedia.org y bbc.co.uk
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2 Comments

  1. Este viaje si me gustó! Con esas compañías estabas en el Paraíso… Yo me subí a las alas de las luciérnagas… son bellas y hacen dibujos con sus luces, también estornudé con el mapache. No hay manera de aburrirse en un lugar así: Los árboles, las luces en el cielo, los animales. Todo es una conjunción! Preparándote para el próximo viaje. Has leido la poesía “Muere lentamente’ de Pablo Neruda? Es como un viaje… hacia la vida! Gracias Yaisha! MMM

    1. ¡Sí, he leído ese poema y lo vuelvo a leer ahora que me lo mencionas, gracias! Disfruté a plenitud vivir en Unity Village, pero era hora de comenzar una nueva aventura!! Arriesgándome a seguir mi corazón! ¡Gracias a ti por leer, me llena de tanta alegría saber que otras personas viajan conmigo! Aprecio mucho cómo sigues el blog y comentar. 🙂 Yaisha.

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