El camino hacia mí misma

Por Samadhi Yaisha / crónica publicada el domingo 12 de octubre de 2014 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”.

20140907_071206Entreabrí los ojos tras escuchar la tibia voz de mi conciencia: “Sal a caminar”. Emergí de mi sueño con una respiración más profunda y le hice caso. Si me sacaba de la cama un domingo tan temprano, una buena razón tendría.

Salí a la intemperie de aquel amanecer callado y la humedad fresca de la arboleda que rodea mi casa me despertó los pulmones. Me dirigí a la torre principal de la villa en la que resido, y de camino, me detuve a admirar la densa neblina que flotaba sobre un extenso paisaje de grama. Me hacía ilusión perderme entre la espesura del rocío que me llegaría a la cintura. Caminaba hacia un espacio mágico.

El sol emergía robusto detrás de mí, besándome el cuello. Mis zapatos deportivos se humedecían al pisar la yerba mañanera, perseguían la neblina que cabalgaba hacia el oeste derritiéndose y entregándose a la grama fresca. Alcé la mirada y descubrí mi propia silueta estirándose hacia el horizonte, achicándose a medida que el sol escalaba el cielo. En ese momento, me reconocí caminando hacia mí misma.

Reconocí mi jornada. El amanecer me regaló una hermosa imagen viva de lo que había sido mi intenso caminar hasta ese momento, y la revelación de que podía ser tan sencillo como conectarme con la naturaleza. Entonces escribí: “Wow. Me levanté sintiendo lo sagrado de este momento, de despertar, de tener la oportunidad de volver a la vida todas las mañanas en vez de quedarme flotando allí donde voy cuando estoy durmiendo. Es un milagro que quiera regresar tras pasar algunos momentos con Dios. Quizás por eso vuelvo tan feliz al abrir los ojos. Cada día, cada momento, es una oportunidad para estar viva, para amar a mi familia y a mis amigos”.

20140907_071107Pocos días antes de ese momento, participé en una fogata nocturna en la cual quemé casi 100 hojas de papel, con el permiso de los árboles que una vez fueron. Allí había palabras de amor y de separación, emails con esperanzas de reconexión, recuerdos de tiempos compartidos. Las llamas parecían rugir con el viento, o quizás era lo que quedaba de mi propia rabia que aún bramaba entre las cenizas. Descubrí que aún colgaban de mí tantos apegos viejos, a los cuales ya les tocaba irse en este proceso de limpieza interior. Dos ministros me acompañaron y observaron las llamas conmigo, dejando que la fogata se dibujara en sus pupilas. “Qué hermoso este fuego”, dijo él sonriéndole a la enorme vasija ardiente. “Ahora abres tu corazón a recibir lo que Dios tiene para ti”, me dijo ella, y junto a las brasas, me abrazó. Fui libre.

Derrumbando muros

Tal parece que este ritual de liberación, uno de los más poderosos a los que he asistido, se quedó conmigo en las próximas semanas. Tuve la intención de abrir mi corazón para recibir cosas nuevas y seguir sanando cualquier pequeño residuo de dolor. El mayor reto estaba en poder sanar relaciones interpersonales. Mientras seguía pidiendo ayuda para descifrar esa parte vulnerable de mí, la cual sentía clausurada y con mi niña interior aún atrapada adentro, surgió la necesidad de visitar a mi papá en Puerto Rico. Durante mi visita para asistirlo en su proceso de sanación, observé que se había suavizado en carácter, y me di cuenta que la que andaba con prisas, apuros y ansiedades era yo. Ver que necesitaba tanta paciencia de mi parte, de pronto me ablandó el corazón. No fue hasta entonces que me di cuenta cuánto se me había endurecido. Mi papá, que me había enseñado a andar con prisa para poder echar hacia adelante en la vida, ahora me mostraba paciencia. Me resultaba difícil responder de esta nueva manera. Observé mi programación mental y emocional, y comencé a pedir ayuda desde mi interior para poder cambiar el transmisor cerebral. Fue una gran lección escucharlo decir varias veces, “Ya no ando con prisa, no vale la pena”.

20140907_071000Ya en el avión de vuelta a mi casa y mi trabajo, me enganché de la señal Wi-Fi durante el vuelo, y vi que aterrizó en mi buzón electrónico un mensaje de alguien con quien no tenía comunicación por diferencias que parecían irreconciliables. En su email, pedía ayuda económica para no tener que cerrar su negocio. Yo sentí todas mis defensas levantarse de repente: no quería ningún contacto. Pero a medida que me recostaba de la ventanilla para quedarme dormida, escuché en mi interior: “Y qué tal si abres tu corazón, quizás duela menos que quedarte atrapada en el impasse”. Miré a mi alrededor, al momento presente, a las sillas apiñadas en la cabina. Escuché los motores del avión y respiré: esa persona no estaba allí y tampoco era parte de mi vida. En ese instante fue seguro abrir mi corazón a una posibilidad. Estaba rodeada por desconocidos. Nadie podía herirme emocionalmente a treinta mil pies de altura. Entonces relajé mi corazón, y decidí abrir una rendijita, suficiente para dejar salir algunas lágrimas que comunicaban que aún extrañaba y aún amaba.

Una vez en mi vehículo, el reflejo de las luces de neón en la carretera me inspiró a recordar caminos pasados. Una por una, brotaron en mis oídos todas las voces que a través de mi juventud y adultez me advirtieron que a veces era muy rígida conmigo misma y con los demás. Durante el año más reciente, mi recuperación se ha tratado de soltar el hábito de ser perfecta. No podía ser que toda esa gente estuviera equivocada. Llegué a mi casa y puse la pequeña maleta sobre mi colchón. Tan pronto la abrí para desempacar, me tuve que sentar a respirar. Todos los eventos en los que fui rígida, y a veces implacable, con los demás pasearon frente a mi memoria y me presentaron el dolor que les causé a otros al implicar o dejarles saber escuetamente que no eran suficientes. Había dejado una estela de víctimas de mi perfeccionismo. El rechazo de los demás que me había desgarrado una y otra vez, era sólo una respuesta de los demás a este comportamiento de mi parte. Conocer esa verdad ha sido una de las experiencias más dolorosas que he vivido. Fueron muchas las amistades truncas o que nunca florecieron desde temprana edad. Por unos instantes, sentí que mi conducta no tendría perdón y el dolor de cabeza fue tal que me tuve que poner una toalla fría en la frente para dormir. Mis lágrimas eran trozos de hielo, yo sentía que se me derretían las coyunturas. La pared tipo Pink Floyd que me había construido se resquebrajaba. Quien era yo, tal como mi sombra sobre la neblina, se desvanecía. Entre aquel lío de lágrimas, escuché a mi niña de 10 años: “¡Yo nunca quise ser perfecta, yo nunca quise ser la primera, yo sólo quería tener amigos!”

20140907_071435Al día siguiente, pedí de emergencia una cita con mi mentor espiritual. De pronto, ya no sabía cómo vivir en el mundo ni perdonarme a mí misma. Me recibió con compasión y me dijo: “Al igual que el coraje, la culpa es parte del proceso de duelo. Debajo de la culpa, hay duelo. Lo que realmente quiero es conectarme con mi Ser Verdadero. Intentamos conectarnos a través de otros, en vez de encontrar esa conexión en nosotros mismos. El duelo por relaciones perdidas es el duelo de haber perdido la relación conmigo mismo… El dolor que siento es porque (esa conexión) está sanando. El duelo es la manera de recuperarla… Es una paradoja: para poder volver a casa a mí mismo, atravieso el duelo de haberme abandonado”. Y sí, era posible perdonarme a mí misma. Sólo tenía que pensar que sí era posible. En los pasados días, he hecho algunas enmiendas con la esperanza de recuperar amistades perdidas.

Recordé mi caminata en aquella mañana de niebla mágica. El sol acariciaba mi espalda mientras mi sombra se empequeñecía y evaporaba con el rocío. Giré mi corazón al sol, formidable sobre la arboleda, y sonreí al descubrir un camino de luz con mis pisadas en la grama. Las anduve de vuelta, esta vez hacia la luminosidad de mí misma, de mi niña interior –el Ser Verdadero que  había estado esperándome.

En Facebook “90 días: una jornada para sanar”

Imágenes por Samadhi Yaisha,  ©Copyright 2014

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2 Comments

  1. Saludos!
    No sé quien sea, ni de que se tratan los 90 días. Solo sé que me sentí identificada con esta columna y me llené de profundo sentimiento. ¿Existe algún libro o guia para trabajar con ese proceso de sanación?

    Johanna

    1. Querida Johanna. ¡Gracias por escribir! En la columna cuento mis experiencias de sanación. No tengo un libro con un método. Más bien escribo para narrar lo que me ayudó a sanar, y para que otras personas se sientan inspiradas a buscar y encontrar su propio camino de sanación interior. ¡Hay tantas herramientas que aprender para tener salud y paz interior!

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