Héroes anónimos en recuperación

Por Samadhi Y. Vargas/crónica publicada el domingo 6 de abril de 2014 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

Apple_Keyboard_II-2Sus manos artríticas tecleaban sin descanso todo el día, casi 40 horas a la semana. De sol a sol, M.T. no hacía otra cosa que responder correos electrónicos y ofrecer mentoría gratuita desde su apartamento en Canadá. Patrocinaba aproximadamente a 60 personas en su camino de recuperación, un número exorbitante para una sola mentora. Y yo me encontraba entre los que recibían su sabiduría. M.T. estaba retirada y amaba lo que hacía para ayudar a los demás.

M.T. fue mi primera mentora en mi programa anónimo de recuperación. Nunca la conocí en persona, pero recibía sus correos electrónicos a diario, incluidos los fines de semana y días de fiesta. La escogí porque tenía una recuperación sólida, y así quería ser yo. Su fórmula era simple: tres comidas al día, balanceadas y nutritivas, sin meriendas entre medio; no azúcares ni harinas, practicar los pasos de recuperación, perdonar, no hablar de los demás, no tomar represalias y poner a su Poder Superior primero que todo. Así pudo mantener su paz mental y una pérdida de peso de 100 libras. Aprender tanto a la vez me exasperaba, así que hacía los pasos cuando y como podía, a mi manera. Manejé mi propio plan de alimentación, me esforzaba por perdonar aunque en ese momento no me salía, y se me hacía imposible no hablar de los demás y dejar atrás la filosofía de “ojo por ojo”.

Al final de cada mensaje, M.T. escribía: “El amor es la única fuerza que puede transformar una enemistad en amistad”. Me decía que ella practicaba amor incondicional lo mejor que podía, y comprobé que hablaba en serio cuando yo estuve en India. Decidí que mi viaje a Oriente y el dar comida a personas desamparadas sería parte de mi servicio a otros por mis pocos meses de recuperación. ¡Qué poco sabía sobre el servicio en recuperación! ¡No había que irse tan lejos! Pero M.T. se mantuvo conmigo durante la jornada, y en ocasiones en que la comunicación se tornaba difícil hacia Puerto Rico, sus correos electrónicos seguían llegando y dándome esperanzas. Cuando las cosas se pusieron difíciles en India, fue la primera en advertir: “Creo que deberías considerar acortar tu viaje misionero”. La recaída que sufrí estando tan lejos hubiese sido mucho peor sin su apoyo. Sus correos electrónicos me acompañaron anónimamente. Así supe que mi Poder Superior no me desampararía, pues no importaba cuán difícil fuera lo que compartía con ella, M.T. nunca dejó de leerme y de responder. No me sentí juzgada por compartir mis sentimientos amargos con ella, y eso fue liberador y sanador.

Poco tiempo después, M.T. celebró 30 años de recuperación y compartió su aprendizaje.

  • El Poder Superior es la persona más importante.
  • Esto no se trata de la obesidad ni de la comida.
  • Estuve dispuesta a perdonar y a hacer enmiendas por mi participación en las injusticias del mundo, por las que fuera responsable aunque a veces no estuviese consciente de ello.
  • No doy consejos, sino que cuento mis experiencias.
  • Si no he pasado por ciertas experiencias, no puedo hablar sobre ellas.
  • He recibido todos los regalos de la recuperación: paz, serenidad, alegría, muchos amigos, un propósito de vida.
  • A veces una planifica y Dios deshace los planes.
  • Lo más difícil ha sido cambiarme a mí para convertirme en la mejor persona que puedo ser. Las recompensas son grandiosas: paz, alegría y libertad.
  • Y nos escribió, así, en mayúsculas: AMAR INCONDICIONALMENTE A LAS PERSONAS, LUGARES Y COSAS EXACTAMENTE COMO SON.

Peach_flowersEnfatizaba que, para una persona con hábitos adictivos, responder con amargura ante la conducta de los demás, aunque fuesen hirientes, traía consigo el riesgo de perder la recuperación o ir hacia atrás. Podemos poner límites saludables sin herir de vuelta. Lo dijo muchísimas veces, y al principio no la escuché, porque yo cargaba mucha rabia. Pero M.T. no se desanimó y me siguió ayudando. En sus respuestas, me invitaba una y otra vez a volver mi rostro hacia el amor.

Aún con el dolor de la artritis en sus manos, M.T. no dejó de compartir correspondencia electrónica con todos sus ahijados en recuperación.

Escribía sin pausa, pero sin pesar. Para ella, el servicio no era una carga, sino un gran regalo.

Un día, sus correos electrónicos se ausentaron. Nos había advertido que escribiría más lento porque no veía bien por un ojo y pronto la iban a operar, así que atribuí a ello su tardanza. Pero una mañana de enero, su silencio raso acongojó mi corazón. Aunque jamás nos conocimos en persona, ese día no pude sentir a M.T. cerca de mí, y percibí que mi intuición me preparaba para su partida. Un hueco de presagios se arremolinaba en la pantalla de mi computadora. Le escribí preocupada, y un familiar respondió días después que M.T. estaba en la sala de emergencias. Una semana más tarde, la confirmación de mi acorazonada: “Es con sumo pesar…”

Dejé de escuchar el murmullo irregular de llamadas y tecleos en mi oficina. Sólo presté atención a mi mudez interior. Una compañera de trabajo me preguntó a dónde se había ido mi mente, mientras yo me preguntaba cómo es que a una se le empequeñecen las venas, cómo es que se cuela hasta el tuétano una tristeza tan discreta por la pérdida de una heroína anónima a quien sólo conocí compartiendo caracteres de esperanza. No era para menos, sus palabras trascendían nacionalidades, edades y clases sociales. Le hablaba al mismo dolor en los corazones que la leíamos, no importa a qué parte del mundo perteneciéramos o a dónde nos llevara la jornada. M.T. partió siete días antes de cumplir 80 años. Un pedazo de mí se fue con ella, ¡pero tanto de ella se quedó conmigo!

A continuación, algunas de las lecciones valiosas que aprendí con ella, y que practico lo mejor que puedo: Siempre tengo opciones. La meditación y la oración son ambas, la meta y el camino. Necesito ser honesta. Utilizo mi raciocinio, pero también mi intuición. Practico rodearme de personas que piensen positivamente sobre sí mismos y los demás, y de amigos que sepan que son seres humanos completos. Practico ser compasiva con aquellos que aún piensen que están rotos. Fundamento mis relaciones en crecimiento espiritual y positivismo. Soy gentil conmigo misma y con los demás. Presto atención a los latidos de mi corazón. Escucho a mi estómago en vez de a mi cabeza, porque mi estómago siempre avisa cuando está lleno y mi mente quiere seguir comiendo. Mi Poder Superior es mi verdadero hogar y el lugar al que iré cuando termine mi visita planetaria. Puedo amar incondicionalmente y aún así establecer límites saludables. Puedo confiar en el curso normal de las cosas –las plantas y los animales lo hacen tras un desastre natural. Los demás no sufren cuando yo siento coraje con ellos, pero yo sí, así que perdonar es un regalo para mí misma. El libre albedrío es una bendición o una maldición, depende de cómo una lo utilice. Mi Poder Superior jamás se va, yo soy la que escojo estar consciente de su presencia en mi vida o irme a dormir; le abro o le cierro la puerta.

Han pasado cinco años desde que conocí a M.T. y un año desde que se expandió al Infinito. Y qué cosas, después de rebelarme tanto, a veces escribiendo sobre teclas de fuego, su ternura insistente me ayudó a sanar. Hace poco me di cuenta de mi rutina diaria: tres comidas al día, balanceadas y nutritivas, sin meriendas entre medio; no azúcares ni harinas, practicar los pasos de recuperación, perdonar, intentar no hablar de los demás, practicar responder con bien cuando recibo negatividad y poner a mi Poder Superior primero que todo. Yo trato. No sé cómo funciona, pero así he mantenido un peso saludable y sigo caminando hacia la paz mental. A fuerza de ternura. (Imágenes de http://www.wikipedia.org)

En Facebook, “90 días: una jornada para sanar”

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