90 días: Cuando Dios era Mujer

Por Yaisha Vargas / crónica publicada el domingo, 6 de marzo de 2016 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

Julian of NorwichConducía hacia el delta del Río San Luis Rey, en el condado de San Diego en California, persiguiendo al Sol que hervía rosa y amarillo en mi parabrisas mientras se preparaba para dormir. En el río, haría un ritual sobre el perdón, recomendado por una mentora y por Mirabai Starr, la maestra interespiritual con la que estudiaba en ese momento.

“Es hora de dejar ir”, insistió mi mentora. Cuando los mensajes llegan por más de una vía, es tiempo de oír desde el fondo marino del alma. A fin de cuentas, la parte más profunda de mi jornada se había tratado sobre cómo perdonar.

Cuando llegué a la ciudad de Oceanside, me di cuenta de que puse la dirección equivocada en mi GPS y me estacioné. Apagué el carro y el motor dejó de vibrar, pero mis manos y mi estómago temblaban. Lo que quería salir de mí y fluir río abajo comenzaba a borbotear en mi cuerpo como una energía densa. Se desplomaban mis niveles de azúcar y un hambre profunda me punzaba el estómago, pero aquella sensación no era hambre física.

Cerré los ojos y pregunté con curiosidad: ¿qué eres y qué haces aquí? Era el remanente de la tormenta de sufrimiento en la que navegué hace más de cinco años, justo antes de la travesía geográfica que comencé con la intención indómita de sanar. Pero la tempestad, en vez de ser descomunal y tremebunda, se había reducido a una pocita de lodo. “Sin lodo, no hay flor de loto”, me enseñaba el maestro zen Thich Nhat Hanh. Quise encontrar la flor de loto en aquella experiencia. En esa charca pululaban aún las percepciones falsas sobre mí misma. En vez de querer “purificarla”, me sumergí. La práctica espiritual me había enseñado que negar mi sombra la haría más fuerte, pero explorarla con curiosidad me daría información y abriría mis ojos a las cosas de mí misma que no quería ver cuandoel resto del mundo se daba cuenta de ellas.

Unos momentos de introspección me revelaron que ninguno de los pensamientos o palabras negativas que alguien hubiese pensado o dicho de mí eran ciertos. Todos los velos que componían mi sombra eran falsos: mi sombra estaba hecha de nada. Eran los espacios de mí misma donde se habían depositado la vergüenza y la culpa heredadas a través de la cultura, la iglesia y la sociedad. Pero ninguna era verdad.

Vinieron a mi mente las palabras de Myrtle Fillmore, cofundadora de Unity: “Yo no creo en el mal. Yo creo en el Bien. Yo no creo en el pecado. Yo creo en la Verdad… Yo no creo en la ignorancia. Yo creo en la Sabiduría”. ¿Podía perdonar, entonces, a todos los humanos que habían dejado como legado sus percepciones de culpa e inyecciones de vergüenza, que aspiraron a recubrir de lodo mi hermosa divinidad?

No hay pecado, ni infierno, ni purgatorio, ni ira de Dios

Durante esa semana, Mirabai nos enseñaba sobre Juliana de Norwich, una mujer mística y anacoreta nacida en Inglaterra en el siglo 14. Mirabai, una prominente profesora de religiones del mundo, tradujo los escritos de Juliana, quien vivió enclaustrada en una celda aledaña a la iglesia de San Julián, en Norwich. Nadie sabe su verdadero nombre, así que la llamaban Juliana de Norwich. Su celda tenía dos ventanas y una puerta que daba a un julian-2.jpgpequeño huerto donde ella sembraba hierbas. Una de las ventanas daba hacia una calle concurrida y las personas la visitaban para pedirle consejo. También tenía un gato. Se cree que en su juventud pudo haber estado casada y tenido hijos, y perdió a su familia durante la epidemia de la peste. Atravesó un profundo dolor y quiso morir. Enfermó gravemente cuando tenía alrededor de 30 años y todos creían que fallecía, así que le administraron el sacramento de la extremaunción. Mientras el sacerdote aguantaba el crucifijo y le decía a Juliana que lo mirara, ella tuvo una visión. Entró directamente en la experiencia de Jesús crucificado y miró dentro de su corazón. Le preguntó sobre el pecado, el perdón, el infierno y el purgatorio. Tras sus visiones, escribió su primer texto, y Mirabai nos leyó su traducción audaz.

“Si Dios es amor incondicional, ¿qué es el pecado?… La verdad es que no vi ningún pecado. Creo que el pecado no tiene ninguna sustancia, no está compuesto por ninguna partícula del ser y no puede ser detectado excepto por el dolor que causa… No existe nada que se llame pecado. Es una serie de experiencias, de consecuencias de nuestra ignorancia… Son la consecuencia de las acciones que se hacen sin amor, porque todo se trata de amor”.

Durante su experiencia con Jesús, tampoco encontró el infierno ni el purgatorio. “Quise tener un entendimiento completo sobre el infierno y el purgatorio… Simplemente quería, en beneficio del aprendizaje, comprender todos los aspectos de las enseñanzas de nuestra fe… Sin embargo, pese a este deseo, no aprendí nada sobre el infierno y el purgatorio”.

Comprendió que, como humana, siempre se equivocaría. “Mientras me daba cuenta de esto, sentí una leve ansiedad, pero mi Amado me respondió de la siguiente manera: ‘Yo te mantendré segura’. Él lo dijo con tanto amor y una confirmación reiterada y firme, y mi espíritu se sintió tan protegido, que no hay posibilidad de que pueda expresarlo”.

Juliana vio que lo mismo era cierto para el resto de los seres humanos. “¿Qué podría hacer que amara más a mis compañeros buscadores espirituales que el ver que Dios los ama como si fueran un alma unificada?… De esta manera, Dios me enseñó que, ante sus ojos, somos completamente amados, y Él nos amará cuando estemos frente a su rostro bendecido. Caemos en el sufrimiento, no por falta de Su amor, sino por nuestra propia ignorancia y falta de amor”.

También aprendió sobre la ira de Dios: “Se me reveló una y otra vez que nuestro Amado Dios no puede perdonar porque Él no puede tener ira… Quizás continuamos luchando con la ira y la negatividad dentro de nosotros, lo que nos causa tribulación”.

Juliana de Norwich fue la primera mujer que escribió en su idioma vernáculo inglés en una época en la que los que escribían sobre temas religiosos eran hombres y redactaban en latín. Las autoridades eclesiásticas de su tiempo no respondieron a sus ideas, quizás porque Juliana no tenía educación eclesiástica formal. Sin embargo, su libro, “Dieciséis revelaciones del Amor divino”, ha sido fuente de inspiración mística para muchos.

El perdón radical de Dios-Mujer

Para Juliana de Norwich, un Dios que encarna en forma humana por el bien de sus criaturas es un Dios femenino, porque abre y entrega su cuerpo para que otros tengan vida; protege, da sabiduría, ama y perdona dulcemente e incondicionalmente.

“Me di cuenta de que la Segunda Persona de la Trinidad (Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo) es realmente nuestra madre… Al tomar nuestra carne, la Segunda Persona se convirtió en nuestra Madre de la Misericordia… Nos beneficiamos y crecemos en Cristo, la Madre. A través de Su misericordia, Ella nos restaura y nos redime. A través de Su pasión, muerte y resurrección, nos hace uno con su esencia”.

Ese Jesús le aseguró a Juliana que, pese a las dificultades en el mundo: “Todo irá bien, y todo irá bien, y toda clase de cosas irán bien”. Esta frase ha sido utilizada por otros escritores, tales como el poeta T.S. Eliot.

800px-Statue_of_Dame_JulianLa figura de Dios como una mujer que paría al universo apareció en mis meditaciones tres años antes, pero en ese momento no hice la conexión con el hecho de que Ella podía ser mi Madre absoluta. Llegué al delta del río y allí solté el dolor por la pérdida de mi madre biológica hace 21 años y las experiencias de abandono que habían dejado heridas profundas. Con el Amor Divino que comenzaba a nacer palpable, iba quedando un espacio mínimo para el rencor hacia aquellos que cometieron errores. Perdonar no significaba condonar ni negar lo que otros hicieron, se trataba de abrazar mi paz.

Esta experiencia me llevó eventualmente al perdón genuino: uno de los motores de mi viaje. Semanas después, recibí el regalo definitivo de cómo perdonar a través de una monja budista vietnamesa, el cual escribí en la crónica “El secreto más grande del mundo”.

En Facebook, 90 días: una jornada para sanar

Imágenes por wikipedia

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