90 días: Actos de bondad

Por Yaisha Vargas / crónica publicada el domingo 9 de agosto de 2015 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”.

Great acts of kindness pic.png
Foto por Yaisha Vargas ©2016

Desenvolví memorias empaquetadas en papel de estraza: abrigadas, planchadas y encapsuladas en el tiempo. Se abrieron específicamente en el momento en el que las necesité para mudarme.  Una flor no abre antes ni después de lo que le toca.

Esta vez le pedí al Universo mudarme con suavidad, en vez de embarcarme en una travesía accidentada con voz de emergencia. Tan pronto decidí que sería una transición repleta de ayuda y amor, brotó desde mi interior la siguiente afirmación: “Recibo apoyo de maneras maravillosas en el camino hacia mi próxima etapa de evolución”. Estas palabras han liderado todo el proceso de cambios. He regresado a ella cuando las dudas me han acechado como gremlins hambrientos después de la medianoche.

Sentí a la Vida tomarme de la mano y darme instrucciones. También le pedí las cosas que necesitaba para llevar a cabo Su plan, por más pequeñas o simplonas que parecieran, como el papel de periódico caduco y amarillento que me urgía para empacar objetos frágiles, el cual, gracias a la internet y a las aplicaciones para leer noticias, también está en peligro de extinción. No lo encontré en ningún lado. Nadie de mis conocidos lo guardaba. Mis opciones se redujeron a asaltar una hemeroteca o treparme en el techo de mi carro para escurrirme hacia algún enorme contenedor de reciclaje de papel, cuyo letrero advertía específicamente que era ilegal remover su material. Algún día, el papel de periódico será conocido exclusivamente en los museos, y los reportajes impresos serán nostalgias históricas, como los poemas noticiosos de los cantares de gesta.

Mi dulce salvación fue una galletita de la suerte que reveló la profecía: “Recibirás grandes gestos de bondad en los próximos meses”. Y yo le creí. Sólo tenía que estar atenta a las señales. El calendario se apresuró y se achicó el tiempo para terminar de empacar. “Yo sé que el papel de mudanza va a aparecer. Se han manifestado otras cosas más complejas”, conversé con la Vida. Entre los actos de bondad, figuró un curso de escritura sanadora para veteranos y familiares de militares afectados por la guerra. El anuncio afloró en la pantalla de mi computadora apenas días después de descubrir que mi próxima etapa de sanación estaba relacionada con el estrés postraumático que absorbí de familiares que habían pertenecido a la milicia. El taller era gratuito y nos ofreció los talentos de escritores de diferentes lugares. Tras el curso, una de las bibliotecas públicas de Kansas City expuso nuestros trabajos junto a recuerdos relacionados con la guerra. Yo no poseía memorias en fotos; tampoco balas ni cascos. Mi medalla de honor consistió en develar el quebrantamiento emocional que bebí indirectamente cuando niña, el cual llegó a mí a través de antecesores que fueron obligados a la guerra, forzados a contaminarse con la herida mercenaria que bombardeó Vietnam durante la Guerra Fría. Así que dibujé mi recuerdo. Escogí el Haibun, una combinación de escritura en prosa y poesía en Haiku, e hice un dibujo con una técnica de líneas sencillas en el que incluí varias siluetas: un rostro con una lágrima de sangre, un esternón abierto con una incisión roja que se derramaba en un charco escarlata, los mapas de Puerto Rico y Vietnam. Esa fue la memoria que sometí para exhibición y que se expuso este verano en la Biblioteca Pública del Condado de Wyandotte, en Kansas.

My drawing Vietnam
Dibujo por Yaisha Vargas, Copyright © 2015.

Durante una de las reuniones de escritores, mi intuición me guió a conversar con una mujer que fue militar. Tenía casi la edad que hubiese tenido mi mamá en este plano. Disfruté su conversación amena y aprendí de su alegría tras ella perderle el miedo a escribir por cuenta propia. Su aura era similar a la mía: traslucían en su rostro las dificultades de una vida anterior y su valentía de sanar a través de una pluma gentil y compasiva. Tras quedar unos pocos en la mesa e ir juntos hacia el estacionamiento, comenzó a martillar en mi cabeza la inquietud del papel de periódico vetusto. “Pregunta aquí, pregunta aquí, pregunta aquí”, machacó mi mente hasta que dejé brotar la pregunta. “Dónde lo puedo conseguir … Voy hacia una vida nueva”, expliqué. Mi nueva amiga me miró con complicidad: “Guardé montones de papel de estraza tras mi última mudanza. Son todos tuyos si los quieres”.

Me sentí como cuando llegué a Kansas City, y tras pedir una vivienda con desesperación, mi intuición me guió a preguntarle a una cajera dónde podía ver anuncios de renta de apartamentos. Jamás olvidaré la mirada estupefacta de Carnet cuando me respondió que ella había estado orando con fervor que apareciera un inquilino a quien traspasarle su contrato de arrendamiento porque tenía que mudarse para cuidar a su hermana enferma. Pues, así. El papel de mudanza se lo pedí al cielo de mi conciencia, y la mujer que lo había guardado durante años se llamaba Celeste. Así se cumplió el vaticinio de la galletita de la suerte y del eslogan que vi en una pegatina de automóvil justo cuando me enteré sobre la complejidad de mi mudanza. El anuncio decía: “Yo te ayudo a empacar”.

Otras bendiciones aterrizaron en mis manos sin pedirlas: dos amigas me dieron tarjetas de regalo para comprar cosas misceláneas, recibí una beca para un retiro y otra para una convención, ambos procesos relacionados con mi recuperación. Me obsequiaron angelitos de cerámica, joyería con significado sentimental, oraciones, abrazos, tarjetas de felicitación, mensajes de ánimo, y el apoyo incondicional y amoroso de mi familia. Este último fue el mayor gesto de bondad. Sus refuerzos positivos han sido combustible dorado para mi nueva jornada. Desde esa raíz nace, una vez más, una persona nueva, con los pies enraizados en mi origen y mis ramas abriéndose hacia el firmamento.

Le pregunté a la Vida cuál sería mi nuevo propósito y vi las ideas tejiéndose en conceptos concretos en mi cabeza. Una amiga me ayudó a comenzar una plataforma en línea, me obsequió el diseño e impresión de las tarjetas de presentación y me regaló un enorme monitor para conectarlo a mi computadora portátil. Conseguí un buen escritorio en un almacén en el que ya no lo necesitaban, otra amiga me dejó un librero y empaqué la silla de oficina que me regaló mi maestro. Con el corazón pleno de agradecimiento, adelanté mi fiesta de cumpleaños para presentar mi nuevo proyecto. Les sugerí a los invitados que, en vez de traerme regalos, dejaran un donativo para “Unity Temple on the Plaza” en Kansas City. Celebramos a la comunidad que me abrió los brazos, respetó mi individualidad, mis procesos de sanación y me ayudó a confiar de nuevo. Acudieron más de 35 personas y recaudamos $190 para la restauración del edificio histórico.

Visité a Celeste el día en el que la conocí. Fuimos a su casita de herramientas, sembrada en entre los lirios y los narcisos del patio trasero, construida en madera y pintada nítidamente de amarillo. Celeste abrió el cerrojo, el cual vociferó en tono de hierro viejo a los artículos guardados allí que pronto la luz se colaría por entre las telarañas. Entramos y el lugar despertó con su aroma a humedad fresca. Allí estaban, apilados con esmero, cientos de hojas enormes de papel de estraza. ¿Cómo es que esto está aquí justo en el momento en que lo necesito, provisto por alguien que acabo de conocer?

Los padres de Celeste vivieron durante la depresión de la década de 1930 en Estados Unidos. La escasez implacable los enseñó a conservar con cuidado cada objeto que pudiera hacerles falta en el futuro. Mi nueva amiga aprendió muy bien de sus progenitores, así que, tras desempacar su mudanza, planchó el papel de estraza y lo almacenó.

Y allí estaba yo, parada de asombro e incredulidad, como si la teoría del caos o el efecto mariposa me volaran la cabeza. La bolsa de Wall Street se desplomó en octubre de 1929, y 86 años después, yo –que vine de otro país y “casualmente” estaba de paso— tenía papel de mudanza planchado. Una no planifica estas cosas. Y como la economía aún está en recuperación, decidí aprender una lección más profunda de este episodio: tan pronto desempaqué mis pertenencias, planché de nuevo el papel de estraza con mis manos y lo apilé afanosamente. Por si alguien más lo necesita.

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