Hábitos felices

Por Samadhi Yaisha / crónica publicada el domingo 21 de diciembre de 2014 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”.

woman-meditating-grassEl día que finalmente la conocí fue uno de los más felices de mi vida. Era una bola peluda, apelotada de dolor, de culpas, de prejuicios, de cháchara negativa, a la defensiva constantemente y lista para rebatir. ¡Y yo me alegré tanto cuando la vi rebotar! … Fue realmente un alivio finalmente ver con mis ojos meditativos y conocer a fondo la energía habitual negativa que habitaba en mí. Era la raíz dominante de mi sufrimiento, y también la responsable de proyectar mi angustia hacia los demás.

La energía habitual es la programación mental que nos hace tener costumbres saludables o sufridas. Como somos seres gregarios y crecemos y aprendemos de otros humanos, la absorbemos de quienes nos precedieron, quienes a su vez, la recibieron de sus ancestros. Igual que la culpa, es huérfana. A veces, señalamos a nuestros padres por haberla pasado a la siguiente generación, pero sus mentes también fueron programadas por sus progenitores. Cuando miramos en retrospectiva, quizás no hay manera en que hubiésemos resultado diferentes. No tiene sentido buscar “culpables”. Pero, como esta energía vive dentro de nosotros, una vez somos capaces de verla con claridad, también podemos movernos hacia un cambio. Esta noticia sí es un gran regalo. Al ver que esa energía habitual vive en nosotros, tenemos más del 50 por ciento del camino andado.

Recuerdo la primera vez que vi mi energía habitual, años atrás, cuando comencé a meditar. Ni siquiera sabía lo que era. Vi mis nervios quemados por el trabajo excesivo. Observé un río de ansiedad que iba y venía arterias abajo y venas arriba. Aquello parecía ser más grande y fuerte que yo. Yo creía que yo era aquello. Recuerdo que decía: “Estoy hecha de miedo y ansiedad”. Y como lo repetía, me seguía ocurriendo.

Con mi maestro de meditación Vipassana, Robert Brumet, comencé a tener atisbos y despertares. Empecé a ver que yo no era mi cuerpo, pero habitaba en él. Me explicó que podía entregar mis hábitos de sufrimiento a la Conciencia Superior que veía en mí, y que dejara que Ella llenara el espacio vacío. No tendría que preocuparme por formar una nueva personalidad. Ocurriría automáticamente a través de la meditación. Una mentora de programa de recuperación también me lo enseñó con los pasos 6 y 7: Escribir una lista de mis “defectos de carácter” (manías y pequeñas demencias que me llevaron a sufrir) y pedirle a un Poder Superior que los removiera de mí. “No tienes control de si ello sucede o cuándo ocurre”, me dijo. “Sólo puedes estar dispuesta a entregarlos”.

Posteriormente comencé a aprender la meditación zen y la atención plena según la tradición de Thich Nhat Hanh. Su mejor regalo ha sido comprender profundamente el origen de mi maraña de sufrimiento. Entendí lo que significaba ser pobre de espíritu: agitación, inquietud, impaciencia, la neura inacabable que erosionaba toda mi cablería cerebral. Dediqué toda la energía que pude a descubrir las causas de mis angustias para dejarlas ir.

Cuando encontré las causas y vi la energía habitual en mí girando en un cúmulo de dolor, comprendí que gran parte de mi vida había consistido en practicar la disfuncionalidad emocional: tratar de llenar el espacio en mí el que se supone que habite Dios con hábitos de control para obtener lo que quería y necesitaba de cosas, personas o lugares fuera de mí misma.

Dichosos los que fuimos pobres de espíritu, porque la situación desesperante que nos llevó a tocar fondo, a veces más de una vez, a veces durante varios años corridos. Nos catapultó en una jornada frenética para salir del dolor. Utilizamos la energía habitual de hastío para girar el timón hacia un rumbo nuevo. Hace una década, la vida me regaló una semilla de paz e iluminación, pero como creí que no era suficiente –como quien pisa un chavito prieto y lo ignora porque su prosperidad parece mínima—tardé todo este tiempo en recuperar y cultivar mi semilla.

Nuevos hábitos

“Esta práctica se trata de detenerse y sonreír”, escuché a Chu Chan Huy, maestro de atención plena según la tradición de Thich Nhat Hanh. “¿Acaso hay algo más importante que hacer?”, recalcó durante un retiro al que asistí recientemente. Las enseñanzas de Thay (como le dicen cariñosamente a Thich Nhat Hanh sus estudiantes) parecían demasiado simples como para extinguir el dolor. Más sin embargo, me di a la tarea de hacer algunos ejercicios sencillos, tales como repetir: “Al despertar esta mañana, sonrío. Viviré unas nuevas veinticuatro horas. Prometo vivir plenamente en cada momento y mirar a todos los seres con los ojos de la compasión”. Cada vez que sentía la energía disfuncional  acorralándome con ansiedad, me detenía, respiraba y sonreía. Enfocaba mi atención en algo positivo, como por ejemplo alguna charla de Thay.

Chan Huy me enseñó a utilizar la respiración para regresar a mí misma, a mi refugio natural interior. Surgió en mí la necesidad de crear una energía habitual liviana, saludable y relajada. Pregunté en mi interior qué técnica podía ayudarme y la respuesta fue que hiciera una práctica más consistente de posturas de yoga y respirara con más profundidad. Regresé a la playa, hice mis posturas y acompasé mi respiración con las olas del mar. Vi que Thay tenía razón: dentro de mí hay un refugio de elementos frescos de agua, aire, suelo, arboles, pájaros y luz solar. Mis prácticas de yoga y respiración comenzaron a despegar más allá del yoga mat. Solía despertar en las mañanas escuchando un taladro de negatividad que barrenaba mi cabeza. Eso cambió gradualmente. Sonreí cuando supe que no sólo modificó mi energía, sino también mis creencias políticas:

–Creo en los amaneceres y en saludar al sol por las mañanas.

–Creo en mi respiración.

–Creo en el océano que baña mi práctica de yoga, y en el agua salada que disolvió mi dolor.

–Sobre todo, creo en la meditación: mi canal de comunicación directa e inalámbrica con mi Poder Superior, mi Conciencia Suprema.

Dejar atrás hábitos negativos significó dejar de sufrir por lo que otras personas hicieron. Aprendí que, cuando alguien me lanza su bola de sufrimiento, ya no tengo que atraparla, ni quemarme las manos con ella, ni sufrir porque alguien proyectó su dolor, disfuncionalidad o rabia hacia mí. Puedo dejarla caer al suelo y seguir en paz.

Abrazar la riqueza espiritual se trata de llenar mi espacio interior con meditación, relaciones saludables y hábitos que ennoblecen mi vida. Practico levantarme por las mañanas pensando que tendré un día maravilloso y que haré cosas buenas en el mundo. Es una manera de practicar prosperidad. Ahora cuido mi energía habitual al consumir alimentos saludables, al hacer yoga (puede ser pilates, Tai Chi, QiGong o alguna práctica física meditativa) y al escoger mi serenidad y mi sanidad en cada oportunidad.

Practicar la funcionalidad emocional quiere decir respirar en paz y sonreír al mismo tiempo. Supone recordar las enseñanzas de Thay todos los días. Implica relacionarme conmigo misma y con los demás desde un espacio de dignidad propia que extiendo al otro ser humano. Equivale a creer que puedo cultivar relaciones armoniosas con otros, basadas en intercambios de conducta funcionales y pacíficos. Es dejar atrás todo el dolor que sufrí, soltar el pasado y vivir. Significa saber que es posible crear una mente, corazón y una vida de quietud.

La bola energética se fue achicando. Algunos días rebotaba rebelde y yo me enganchaba con su sufrimiento viejo. Entonces Robert Brumet me recordaba que tenía la opción de soltar el gancho. Mi vida fluía de nuevo.

Mientras bosquejaba esta crónica, vi un artículo publicado en “Harvard Gazette” titulado “Un mejor cerebro en ocho semanas”. El artículo (disponible en http://news.harvard.edu/gazette/story/2011/01/eight-weeks-to-a-better-brain/) indica que “participar durante ocho semanas en un programa de meditación de atención plena parece producir cambios medibles en regiones del cerebro asociadas con la memoria, el sentido del ser, la empatía y el estrés”. Añade que “las reducciones de estrés reportadas por los participantes fueron correlacionadas con una merma en la densidad de materia gris en la amígdala cerebral, la cual se sabe juega un papel importante en la ansiedad y el estrés”. Britta Hölzel, una de las autoras del estudio hecho en la Universidad de Giessen en Alemania, comentó: “Es fascinante ver que… al practicar meditación, podemos desempeñar un papel activo cambiando nuestro cerebro y aumentando nuestro bienestar y calidad de vida”.

En Facebook, visita  “90 días: una jornada para sanar”

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4 Comments

  1. W.O.W. ¿Como agradecer esa luz que nos das que señala los caminos? No puedo enviarte un PPS ni puedo enviarte una foto, pero quizás un link que puede ser ya conozcas. Allí están todas las explicaciones astrales para las ilusiones de mirar al cielo. El link es:
    http://apod.nasa.gov/apod/ap140930.html
    Es sobre un Arco Iris Doble sobre Australia
    En ese link cuando lo abras vas a ver la foto al final ves ARCHIVES y alli vas y encuentras todas las fotos desde años atrás. Busca la de Nov. 2013 Heavy Black Hole. Nov. tiene 30 fotos, una de ellas es.
    Gracias siempre por esos 90 dias S. Yaisha. Maria

  2. Exelente, se a consciencia que sanar todo lo que no es real ,es vivir plenamente feliz desde el Amor por el cual fuimos creados, doy gracias por ella que esta expandiendo estos conocimientos vividos.

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