Un Dios en Proceso

Por Samadhi Yaisha/crónica publicada el domingo 17 de febrero en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

Definir un concepto propio de divinidad

Pintura por Samadhi Yaisha ©2012 Témpera sobre papel
Pintura por Samadhi Yaisha ©2012 Témpera sobre papel

Admiraba la estupenda voz de una amiga mientras practicamos una canción con la guitarra, hasta que confesó su terror de cantar en público. Cuando niña, dos jóvenes la abuchearon mientras interpretaba, y la impresión fue tal que era difícil para ella dejar que otros la escucharan. Pensé que el mundo se perdía de oírla. Aquellos chicos probablemente ni siquiera recordaban la burla, pero ella aún la almacenaba en una neurona, y permitía que controlara su presente. Le expliqué que cantar para otros era cuestión de práctica, nunca sería perfecto, pero eso no era lo más importante, si no compartir la música viva.

Me vi en ella, con la creencia de que si no tenía un desempeño perfecto, no sería aceptada. Eso me había privado de expresar lo que me hacía sentir viva. Y me atreví a confesarle más: “Yo no creo que Dios sea perfecto. A veces me da la impresión de que se equivoca. No me decepcionaría descubrir un Dios imperfecto, pues significa que yo tampoco tengo que vivir perfectamente, sólo mantener una práctica”. Ella me dijo que pensaba lo mismo, y seguimos un ensayo más liviano. La canción nos salió mucho mejor.

Un concepto personal de lo divino

Participar en procesos de recuperación me dio la oportunidad de definir el concepto de un Poder Superior personal, con la imposibilidad de que alguien me dijera que la descripción era incorrecta. Me devolvió la capacidad de una comunicación intuitiva y directa, sin que una voz externa se impusiera. Encontrar esa voz interior es un proceso de maduración espiritual.

La rebeldía hacia lo divino es una característica común entre participantes de procesos de recuperación por alguna adicción. Según la literatura de apoyo, lo es sobre todo para quienes vivieron la religión como disciplina férrea o abusiva. El encuentro con esa voz interna, en términos en que el participante la entienda, es un paso fundamental para recuperar una psiquis saludable, y ello se realiza a través de lectura y ciertos pasos.

Los autores Robert Hemfeld, Frank Minirth y Paul Meier (dos psiquiatras y un psicólogo) calculan que la edad promedio para alcanzar la madurez espiritual es a mediados de la década de los 30 años, aunque es normal que ocurra después.

Un libro que ilustra este proceso es “Llegamos a creer”, parte de la literatura de Alcohólicos Anónimos, sociedad que se utiliza como modelo por otros grupos de apoyo. “Ya no me siento más como una persona dividida. Después de este periodo de seis semanas, me sentí unificada. Se fue de mi plexo solar la ‘bomba de tiempo’ que siempre estuvo ahí, esperando explotar… Fue necesario rendirme, no sólo ante el alcohol, sino ante Algo Más”, menciona una de las autoras anónimas de ese texto. Ese “Algo Más” es un Poder Superior personal, una voz intuitiva.

Foto por Creative Nectar Studio @2012
Foto por Creative Nectar Studio @2012

Es común que personas que no tuvimos o perdimos el concepto de un Poder Superior nos aferremos a objetos, conceptos o personas fuera de nosotros antes de confiar en nuestra voz interior, cuya guía nos sana y libera de traumas pasados y adicciones. Yo me había aferrado a una carrera, a una personalidad que giraba alrededor de ésta, a un lugar de vivienda y un estatus de vida. Ello me definió y aprisionó hasta que el sufrimiento fue demasiado. Cuando solté eso y abracé la espiritualidad, creí que era libre; sin embargo, lo que hice fue sustituir apegos. Lo entendí al final del libro “El arte de morir”, de Osho: “Todo mi esfuerzo va dirigido a quitarte todos los accesorios de apoyo, todas tus creencias, incluido Osho. Primero, pretendo darte ayuda… porque ése es el único lenguaje que entiendes. Luego, después de un rato, comienzo a retirarme. Primero te alejo de todos tus otros deseos y te ayudo a volverte muy apasionado hacia el nirvana, la liberación, la verdad. Y cuando veo que todos esos deseos han desparecido, sólo queda uno, entonces comienzo a martillear ese deseo y te digo: ‘Suéltalo, porque es la única barrera’”. Significaba soltar al maestro que ayudó a desenredar los hilos que habían fomado una personalidad sufrida y que, mientras tanto, mantuvo control del canal de comunicación con esa Fuerza Superior. La primera vez leí ese pasaje con asombro, risa y rabia, si es que se puede sentir tantas cosas al mismo tiempo, porque significaba aceptar un periodo de orfandad espiritual en lo que hallaba mi conexión directa. Tardé muchos meses en leerlo de nuevo; no quería aceptar lo que decía allí, aunque sabía que era cierto.

Aunque el Absoluto es en sí indefinible, hice las paces con la idea de un Poder Superior imperfecto y amoroso. Ello lo hacía más cercano a mí, amigable. Un dios que practicaba crear, por lo tanto, era capaz de equivocarse. Ello me hacía posible perdonarlo por las veces en las que creí que cometió errores que me causaron dolor. Tenía sentido para mí que fuera una deidad en evolución y que, por lo tanto, su creación también evolucionara. Los conceptos de creación y evolución dejaron de ser excluyentes. El proceso de hallar ese ser divino también había sido evolutivo. Cuando era pequeña, era un señor de barba blanca sentado en una nube; cuando adolescente, un salvador capaz de morir por la humanidad; luego de un periodo de ateísmo, a mis veintitantos años, era un Universo que conspiraba a mi favor; y a mis treinta y tantos, un Dios evolutivo, en proceso de crearse y crear. Era el Proceso mismo de la creación-evolución. Un verbo.

Entendí la importancia de desarrollar mi intuición porque es mi canal de comunicación con ese Proceso. La intuición es mi cerebro emocional, la otra mitad de mi inteligencia, más allá del aspecto racional.

Arte meditativo

Comencé a asistir a talleres de “Pintura en Proceso”, una técnica de arte meditativo, intuitivo y de autodescubrimiento que me ayudó a desarollar consciencia y plasmar los procesos que vivía. Aprendí a oír mi voz interior mientras escogía el próximo color, y trazaba el próximo brochazo. Las artistas me enseñaron a no juzgar la voz intuitiva ni la pintura, y a colorear sin temor a errores. La experiencia y el procedimiento eran más importantes que el resultado. Pronto escuché con más claridad la voz de mi musa, quien tuvo un espacio de expresión sin miedo a juicios, burlas o expectativas. Era libre para pintar las partes de mí que había reprimido en sombras, y ver cómo se convertían en flores.

Foto por Creative Nectar Studio ©2012
Foto por Creative Nectar Studio ©2012

En esta etapa de confiar en mi Poder Superior personal, me surgió una pintura de una joven que dejaba atrás un bosque oscuro y caminaba hacia el borde de un acantilado en medio de una tormenta. El bosque de sombras que dejaba atrás representaba mis adicciones y apegos. Una vez en el filo del precipicio, a la joven le tocaría aprender a caminar sobre aire y agua con una ayuda invisible que aún no estaba en la pintura. Detuve el pincel porque sentí pavor y Stephanie se me acercó: “¿Todo bien?”

“Recibo información de que hay luz en la pintura, pero no sé dónde ponerla y siento mucho temor. ¡Le tengo miedo a mi propia luz!”, admití.

Me dijo: “Pinta luz gentilmente, haz un pequeño trazo, algo que se sienta seguro”. Me tomó un largo rato y muchas gotas de sal. Según la facilitadora, mi reacción era normal. Finalmente, tracé un rayo tímido que iluminaba el borde del despeñadero, para cuando se le acabara el camino a la joven, supiera que esa tenue alborada era todo lo que necesitaba para poner un pie más allá de terreno firme.

Visita el grupo de Facebook: “90 días: una jornada para sanar”

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3 Comments

  1. Esta columna es una de las más que me ha gustado. Describes tan bien el proceso evolutivo del poder superior. Gracias por revelar tu proceso personal. Me nutre mucho leerte.

    Mi proceso ha sido diferente. Contrario a lo que dicen los autores que mencionas, mi proceso de maduración espiritual no lo experimente a los 30. Considero que la espiritualidad no es lineal, la percibo cíclica, igual que percibo la vida. La percibo líquida, se transforma y cambia, toma muchas formas, y siempre, siempre es capaz de transformarse. Mi espiritualidad soy yo, está en mi sangre y carne, co-crea conmigo. Si fuera a darle forma, diría que es mi corazón… También percibo que todos la tienen y la perciben de maneras diferentes.

    Mi proceso espiritual ha estado marcado por grandes transformaciones, ocasionadas por crisis. He nacido y he muerto de muchas maneras. De cada una de esas muertes mi espiritualidad ha resurgido con otros matices que no tenía en el pasado. Mirando hacia atrás, he concluído muchos ciclos. Muchos aprendizajes. Pero no puedo decir que lo aprendido en el pasado me sirve para enfrentar las nuevas lecciones. La vida es creativa y siempre se las ingenia para crear nuevas situaciones. No se donde me lleve el que vivo en el presente, no se con qué me enfrente el próximo segundo. Vivo más contemplativamente, con más mansedumbre, confiada en el camino, confiada en que lo próximo lo experimentaré saliendo invicta. Me digo a mi misma: esto son solo experiencias que ayudo a crear. Mi espiritualidad soy yo. A más me fundo con mi espiritualidad más inmortal me percibo.

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