David y la Princesa

por Samadhi Yaisha / crónica publicada el 1 de septiembre de 2012 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”.

Resulta ser que la historia no es “David y Goliat”, como yo creía. Es “David y la Princesa”, en mayúscula. David tampoco fue valiente desde el principio, como suponía.

La historia se cuenta en las Escrituras Sagradas Hebreas, conocidas por muchos cristianos como el Antiguo Testamento. Recientemente me enteré que ya no se les dice así, pues para millones de personas aún son textos religiosos vigentes, no caducos.

Pero lo que aprendí sobre David no tenía que ver con religión, sino con mis propios miedos.

Y para enfrentar la fobia de encontrarme leyendo una historia de la Biblia que había lanzado fuera de mi vida, hallé la explicación de que cada personaje y lugar representaba un estado de consciencia del ser humano, incluso las manifestaciones de un dios que en algunos capítulos parecía necesitar un curso de manejo de coraje.

El asunto es que Mary Morrisey -una ministro de Nuevo Pensamiento- me invitó a ver la historia como el relato de un joven que tenía un problema enorme, tras el cual existía la promesa de una vida nueva. La batalla entre David y Goliat, entre los filisteos y los israelitas, es la lucha que ocurre en la psiquis y el corazón humanos cuando enfrentamos un problema que a todas luces se ve más grande y fuerte que nosotros, más allá del cual hay una vida que anhelamos vivir.

Cuando los reyes de cada bando convocaron a la batalla en el Valle de Ela, los hermanos mayores de David -quien era pastor de ovejas- fueron entre los llamados a combatir. Isaí, padre de David, lo envió para que supliera a sus hermanos con provisiones.

Pero el joven quiso averiguar qué pasaba en el campo de batalla, y allí vio a Goliat vociferando al bando israelí, para que, en vez de pelear miles contra miles, uno de ellos lo retara para decidir qué pueblo ganaría.

Resulta ser que, la primera vez que David vio al gigante, salió corriendo junto con algunos otros soldados, intimidados por el tamaño, fortaleza y armadura impenetrable del filisteo. Pero, de camino escuchó un rumor sobre la promesa del rey Saúl para quien venciera al coloso: tierras, dinero, ganado, una exención eterna de impuestos para él y toda su descendencia… y la mano de su hija, la Princesa, en matrimonio.

Las sandalias de David frenaron en la arena seca y rocosa; cambió su rumbo y comenzó a preguntar entre los campamentos de Israel: “¿Es cierta la promesa del Rey? ¿Es verdad lo de la Princesa?”

“Sí, ¿pero ya viste cuán grande es Goliat?”, le respondían. “Yo no quiero hablar de Goliat, yo quiero hablar de la Princesa”, insistía el pastor, imaginándose a sí mismo retozando con ella.

El gigante -el problema- se convirtió en un personaje secundario en la historia que David tenía en su cabeza. Para él, el relato se trataba sobre él y la joven, y Goliat sólo estaba parado en la frontera entre la vida que tenía y la que quería.

Cuando llegó donde sus hermanos y les habló de la promesa del Rey, el apoyo que recibió fue algo así como: “¿Y quién tú te crees que eres? ¡Eres sólo un niño! ¡Danos la comida y deja de decir tonterías!”

Al escuchar la historia narrada de esta manera nueva para mí, entendí a los personajes de mi batalla interna. Goliat era el miedo, el rencor y la amargura que se veían más grandes que mi capacidad de perdonar. La Princesa era una vida de liberación, sanación y paz interior. Los hermanos, aquellas personas quienes habían puesto en duda la posibilidad de sobreponerme a lo vivido, y los ejércitos filisteo e israelí, la lucha entre los pensamientos “sí puedo” y “no puedo”.

Cuando David le dijo al rey Saúl que pelearía con Goliat, el monarca le dio su armadura, su casco y sus armas, un símbolo de los consejos que nos dan los demás sobre lo que “debemos hacer” para progresar. David se puso el atuendo de Saúl, pero se dio cuenta que no le funcionaba. Se reconoció como pastor de ovejas, y utilizó una resortera y cinco piedras; una metáfora de las habilidades que sí eran genuinas en él.

Con el poder de su imaginación, se visualizó capaz de derrotar al gigante. Tenía, además, la confianza absoluta de que no iba solo; que la misma fuerza que lo animaba a evolucionar hacia una vida diferente estaría con él en el momento de desafiar su mayor temor. Fue capaz de superar ese obstáculo porque sus ojos estaban puestos en la meta: la vida de la cual ya se había enamorado. Una vez venció a su miedo más formidable, le cortó la cabeza: el fin de un paradigma de vida al que le hemos rentado espacio en nuestra consciencia.

Pensé en mi Goliat, el conjunto de temores que me habían estancado y quebrantado. El gigante pueden ser los pensamientos que se han anquilosado por largo tiempo en nuestra mente, como por ejemplo: “no soy suficiente”, “no voy a sobrevivir sin un marido”, “mis talentos no me van a sostener”, “si dejo de hacer lo que me dicen los demás, me voy a quedar sin amigos”, “no puedo salir de esta relación” “no podré conseguir ese trabajo”. Pululan en nuestras neuronas y parecen invencibles porque quizás una figura de poder los sembró ahí, los creímos y ahora les echamos abono nosotros mismos. Pero eso no significa que sean verdad.

Goliat era un inquilino en mi cabeza… pero David también podía ganar espacio. Fue la parte de mi ser que dejé de lado porque se veía más frágil y pequeña; la intuición, la bocina del Poder Interior que nos nutre de vida y nos alienta a enfrentar el mundo con nuestras propias herramientas, no con las armaduras que otros imaginaron. Y según le resultó a David, puede llevarnos a una vida mejor cuando nos alineamos con ella. A veces, la resortera y las cinco piedras representan aquello que podemos hacer en este momento con los recursos que tenemos. Puerto Rico ha tenido ejemplos de batallas tipo David y Goliat, como la lucha por sacar a la Marina de Vieques y la reciente consulta del referéndum sobre la fianza.

Por esos días, la Vida me otorgó experiencias que me hacían girar el cuello para que dejara de ser una estatua de sal que miraba resentida lo que había dejado atrás, y viera lo que tenía de frente.  Escribí mi visión en un papel. Era la misma que había trazado en una piedra blanca al principio del año; sencilla, creíble y alcanzable. Comencé a mirar la meta más allá de los obstáculos.

Busqué la historia de David en la Primera Carta de Samuel. No todo se parece a esta historia que tanto sentido ha tenido para mí. Tampoco se asemeja mucho a lo que aprendí en el catecismo. Pero, precisamente, ya no se trata de lo que me enseñaron en la escuela.

En Facebook: “90 días: una jornada para sanar”

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