Hallando a la madre interior

Por Samadhi Yaisha/crónica publicada el 13 de mayo de 2012, Día de las Madres, en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

Fue una semana de madres ausentes. De esas ‘causalidades’ en las que el Cosmos le enseña a una lo que le toca sanar a través de las historias de otros.

Ya me sentía inexplicablemente frágil otra vez, manejando sentimientos que no entendía, engullendo a escondidas sin tener hambre, convencida de que era falta de disciplina o de que aún tenía tanto por sanar y que, tal y como había visto en personas que sí se habían recuperado, sólo necesitaba paciencia y práctica.

Meditaba en la arboleda de Myrtle Fillmore en Unity Village, recordando que a ella le había tomado dos años, y yo apenas comenzaba esta etapa de dedicar tiempo en silencio exclusivamente a la intención de sanar. Un día escuché una voz interior: “El Universo quiere que sanes”.

¿En serio?, pregunté. ¿Le importa al Universo entero que sane este soplo de vida abordo de una mota de polvo cósmico?

Pero… ¿Y qué tal si es cierto?

Se agotaba mi paciencia; no sabía qué más hacer para curar esa tristeza existencial. ¿De dónde venía ese hoyo que se tragaba los logros y las alegrías, y no me dejaba avanzar? “¿¿Qué más quieres y necesitas??”, batallaba con mi mente. “¡¿Qué más hay que hacer?!”

La respuesta llegó a través de otros. Era la segunda semana de mayo, y andaban todos ocupados buscando regalos para sus mamás. No le presté demasiada atención hasta que, en la víspera del Día de las Madres, dos personas me contaron cómo recordarían a sus progenitoras. La segunda me narró, con voz quebrada, que su mamá había fallecido justo el día anterior. Y ahí fue que se abrió mi compuerta. Comencé a temblar con un llanto viejo y estancado, con una vibración frágil, pero profunda; dándome cuenta que por primera vez no podría sustituir a mi madre fallecida porque no trabajaba ni estudiaba los domingos, no tenía un amigo o amiga cercana con quien inventar hacer otra cosa, y ya no había en mi vida una figura maternal que la suplantara para llevarle tarjetas y rosas. Por primera vez en casi 17 años, aceptaba que ella no estaría allí el Día de las Madres, y enfrenté su partida con un duelo desnudo y vasto. Tuvo lógica lo que siempre resistí: llevar flores al cementerio, aunque fuera un lugar para visitar la ausencia. Pero, su camposanto estaba lejos. Literalmente, me tocaba abrazar al vacío.

No es fácil esto de ser humanos. Somos muy valientes al decidir descolgarnos de una estrella y aterrizar aquí vestidos de sentimientos y piel, armar una vida que sabemos algún día desaparecerá físicamente, incluidas las personas que amamos.

Aún sabiendo que el alma no muere, los que quedamos en esta pausa en la eternidad extrañamos la presencia física de quienes se han ido, como queriendo atrapar la fragancia de la rosa que ya cumplió con florecer y regresó a la tierra.

¿Qué hago con las ganas de abrazarla y oler su perfume una vez más? ¿Cómo le extiendo los brazos al recuerdo? ¿Abriendo su alajero, hundiendo la nariz en su última cartera de cosméticos, poniéndome su blusa para sentir que está cerca, y coserle la costura para volvérmela a poner, porque insisto en que no está tan vieja nada, sólo algo pasada de moda…?

Encontrando a la madre interior

Hay madres ausentes porque dejaron el planeta, otras quizás porque no supieron estar.

Tras el taller de respiración chamánica que tomé unos meses antes, una amiga que conocí allí me regaló literatura con información de la diosa egipcia Isis. “En tu camino de sanación es importante que obtengas el cuidado maternal que necesitas para sanar heridas pasadas. Todo el mundo necesita cuidado maternal”.

La relación con la madre es la conexión con la vida y el primer contacto con la divinidad. De pequeña veía la mía con un aura de ángel, y estaba convencida que era la mujer más hermosa del planeta.

Y como su crianza había quedado inconclusa, la buscaba en todas partes, en todas las personas y en la comida. Era un hueco interminable.

Llegué al paso 8 del libro de terapia “Love is a Choice”, que trata de reeducación parental, y el cual proponía hallar recursos variados y tres figuras que ayudaran en el proceso de terminar una crianza trunca: una o más mentoras, yo misma y un Poder Superior.

Entre los recursos figuran grupos de apoyo, grupos de terapia, terapistas y una comunidad espiritual saludable.

El mentor o mentora es una figura positiva que provee nutrición emocional; que está más adelantada en su camino de recuperación y ofrece apoyo incondicional que no está basado en juicios. Sabe confrontar con amor y a tiempo cuando observa que una situación puede terminar en problemas. Usualmente, este tipo de mentoría se encuentra entre los que participan en grupos de apoyo.

En mi relación conmigo misma, me correspondía desarrollar una nueva voz interior con los mensajes positivos que había trabajado en el paso 6, tras haber descubierto patrones de pensamiento negativos hacia mí misma y los demás. Comenzaba a suplantarlos con percepciones positivas.

En esta etapa, podía escoger imitar lo que hacen madres saludables: nutrir, reafirmar, guiar, e inundarme de pensamientos edificantes, sobre todo cuando se asomaran conductas viejas de autosabotaje. Empecé a entender las necesidades de mi niña interior: hambre, sueño, aprendizaje, diversión, etcétera. Comencé a practicar llenar esas necesidades con alimentación más saludable, más descanso en los días libres, caminatas al parque o en el gimnasio para ejercitar al cuerpo y proveer distracción, entre otras. Por supuesto que no ha sido color de rosa, ha habido mucha resistencia y lágrimas, como cuando los niños rehusan comerse los vegetales. Ser la adulta responsable de esa niña interior implicaba hacer cosas que quizás no le gustaran, y detenerla cuando ella quisiera entregarse a un capricho sin pensar en consecuencias. Me acostumbré a su presencia, a escucharla reírse cuando se sentía finalmente atendida y mimada. Era como ver a una niña jugando en mi casa y aprender a proveerle un espacio seguro para crecer.

La tercera figura en el proceso de reeducación parental es un Poder Superior, el único que ofrece servicio ilimitado para llenar el tanque de amor. Al adoptar lo divino como una progenitora, “vas a dar el gran paso más allá de la familia de origen… A medida que desarollas la madre interior, ya no necesitarás buscar personas fuera de ti para asumir ese papel”, menciona el libro.

Y mi hilo conector con ese Poder Superior consistía en meditar. Aún se me hacía muy abstracto entender que esa presencia sería ahora mi madre, pero estaba dispuesta a practicar. Cerraba los ojos, me tapaba los oídos y escuchaba mi respiración y los latidos de mi corazón, mientras recordaba que eso mismo experimentaba mientras crecía en el vientre de mi mamá y cuando me amamantó.

Mi mamá fue como una rosa, me regaló su fragancia por un rato, pero se me quedó impregnada para siempre. Y nunca hubo demasiados abrazos, besos y te quieros para almacenarlos cuando llegó su ausencia. Sin embargo, me quedé con su regalo más valioso: ¡estoy viva!

Visita en Facebook: “90 días: Una jornada para sanar”.

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2 Comments

  1. Sabemos lo qué tenemos, cuando lo perdemos. También necesité decir màs veces, ” Te amo mamà” , siempre es difícil.y sigo lloràndola después de 25 años qué nos dejo.
    Precioso Samadhi Yaisha, Gracias, bendiciones.

    1. Qué bueno que le respondes a este. Mi mamá trascendió hace 18 años que se cumplen esta semana. Noviembre se me hace difícil, así que agradezco que hayas comentado. Un abrazo.

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