Escalones de luz

Por Samadhi Yaisha/crónica publicada el domingo 5 de febrero de 2012 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

“Eso he oído. Que cuando una persona tiene ya una mano y un pie en las brasas de carbón que adornan el pórtico humeante de un infierno que dejó de ser divertido; allí, en el lindero con el purgatorio, hay una puerta entreabierta que lleva a una escalera de doce peldaños”.

Me cuentan que es un lugar al que la gente llega rota, cuando todo lo demás se ha precipitado hacia el fracaso: han perdido el trabajo, el negocio, la familia, la confianza en sí mismos y en los demás. Se les han acabado el dinero, las excusas, las oportunidades y hasta la libertad. Llegan cuando nadie más les cree; se agotaron los métodos convencionales y holísticos; se le han caído las estrellitas a la espiritualidad, o ésta se ha estrellado contra la falibilidad humana. Hasta cuando Dios se ha fugado y no queda más que entregarse a morir… Y cuando la fuerza de voluntad ya no funciona.

He escuchado que la gente aprende allí a dejar de culpar a los demás por sus desgracias, asumen responsabilidad por el caos en sus vidas, practican un nuevo sentido de perdón y amor hacia sí mismos y los demás, y cultivan herramientas emocionales que no son enseñadas en la escuela. Que llegan los que no han logrado pertenecer a ningún lugar y encuentran solidaridad, abrazos y entendimiento.

Que no hay diferencias de raza, condición social o económica, profesión, edad, género, orientación sexual, religión o preferencias de programas de televisión, pues todos acuden para entender cómo su adicción ha ido transgrediendo límites, ganándoles terreno por dentro y deteriorando su mente hasta arruinarles la vida por etapas, hiriéndoles a ellos y a las personas a su alrededor.

Que los adictos tienen todos una cosa en común: la obsesión surge de un vacío reseco e interminable que parece haberles taladrado un hoyo en el suelo del estómago. El agujero se desgarró cuando se sintieron no queridos, que nacieron a destiempo, fueron una carga no deseada para alguien o álguienes, o no hubo un adulto que les reforzara cuán importantes y amados eran. Tienen miedo a ser abandonados y repetir la experiencia sin tregua en la próxima relación, el siguiente trabajo, el nuevo grupo de amigos. Que el hueco se nutre del resentimiento hacia todas las experiencias de desamor, y que duele hasta el origen de sí mismos. Ese abismo falto de afecto se come a la persona por dentro hasta que llega el momento en que se la come por fuera como en un suicidio lento. Se manifiesta en el cuerpo y en su entorno como deterioro físico, mental, emocional y espiritual. Todas las adicciones tienen esa tremebunda maldición.

Culpa versus responsabilidad

Que allí la gente aprende que no son culpables de lo que pasó cuando pequeños: un hogar sin afecto, unpadre o madre adicto, alcohólico, violento, jugador o comelón compulsivo, abusador sexual, trabajohólico, colérico, emocionalmente inaccesible, depresivo o ausente. Pero sí son responsables de salir de ese fangoso hoyo de podredumbre emocional, porque es inevitable que afecte a los que están alrededor y se extienda como una plaga social.

Que las adicciones, por más legales e inofensivas, -comida, comprar, codependencia, trabajo- progresan cuando no son atendidas. Que son intentos irracionales que el ego-mente-personalidad han creado para protegerse, sobrevivir y satisfacer esa carencia profusa de amor. Los que van allí comprenden que nadie los va a rescatar, pero que quienes han salido les pueden contar cómo lo hicieron.

Que aprenden a sanarse de manos de una fuerza más poderosa que la cura. El poder del grupo puede más que la obsesión, el desamor y el desamparo. Los que no van en persona asisten por teléfono y en línea. No tienen que decir quiénes son, dónde viven o trabajan. Ya no se sienten solos.

Y que, eventualmente, la sobriedad llega, con la práctica. Vivir les deja de doler y empiezan a sentirse “normales”.

Pelando cebollas

Supe que cuando las primeras capas obsesivas no se atienden -como por ejemplo, la codependencia- el ego se viste con unas más gruesas: sexo, alcohol, narcóticos, y la lista es interminable. Que muchos allí, cuando se quitan una capa y se topan con la próxima, siguen pelando la cebolla y encontrando adentro y en el espejo a quien habían olvidado que eran. Es un “strip tease” de lo que ya no funciona para cubrir la herida existencial.

Y hablan de que, en esto de aprender a descrifrar la vida, están todos en el mismo bote. Que no hay que sentir vergüenza por lo vivido porque siempre se puede comenzar de nuevo. Al fin y al cabo, dicen ellos, todo el mundo trata de recuperarse de ser humanos.

Que el único requisito para pertenecer es querer dejar de vivir en el abismo. Y que funciona, entre otras cosas, porque nadie calcula cuánto va a cobrar por el remedio. El único interés económico es pagar la renta y el teléfono, para que haya un espacio para los que vengan detrás. Quizás porque no hay celebridades ni se reúnen en cruceros, algunos de esos espacios gratuitos están vacíos mientras tantos pagan cientos de dólares por obtener casi la misma sabiduría en libros, CDs y ‘podcasts’ de nombres reconocidos.

¡Ah! ¡Y dicen que hay promesas! Liberación, felicidad, serenidad acerca el pasado; desaparecen el drama, la lástima por sí mismos, el miedo a la gente y a la inseguridad económica. Nace el deseo de ayudar a otros.

La escalera

Eso he oído. Que cuando una persona tiene ya una mano y un pie en las brasas de carbón que adornan el pórtico humeante de un infierno que dejó de ser divertido; allí, en el lindero con el purgatorio, hay una puerta entreabierta que lleva a una escalera de doce peldaños. Que al tocar un poco, responde alguien que dice entender desde las tripas; y que, sin importar de dónde vengas o qué hayas hecho, ofrece un abrazo y quizás diga: “Qué bueno que estás aquí. Bienvenida a casa”.

Eso me cuentan.

Para una lista de recursos de apoyo, visita: http://samadhiyaisha.com/2012/10/14/recursos-de-apoyo-❦-support-resources-2/

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1 Comment

  1. Maravilloso escrito!!! Y qué bella la flor de cebolla.
    Un placer leerte Samadhi Yaisha. Un abrazo.

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