La piedra blanca

por Samadhi Yaisha/crónica publicada en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día” en enero de 2012

“Y Dios te dará un corazón nuevo”. Escuché ese mensaje un día en que asomé la nariz en una de las iglesias que visité en Kansas City.

Comencé un nuevo año, no con una resolución, sino escribiendo una guía para una vida nueva. Y la tracé sobre una piedra blanca. Tras haber quemado, en un cuenco ardiente, creencias sobre mí misma y sobre mis relaciones con los demás que habían repetido en ciclos una vida marcada por decepciones, ahora era necesario llenar el espacio con una visión nueva

Al igual que la ceremonia del cuenco ardiente, en la cual quemamos lo que queríamos dejar atrás del año que terminaba, la ceremonia de la piedra blanca se llevaba a cabo en los primeros días del año en la comunidad de nuevo pensamiento que visitaba. El propósito era escribir en la piedrecita cuadrada y chata hacia dónde íbamos y qué queríamos hacer con los 526,600 minutos que tenía el año que se estrenaba.

“Si no crees firmemente en algo, cualquier cosa te derrumbará”, nos dijo la facilitadora de la ceremonia. Propuso que nos hiciéramos tres preguntas que nos ayudarían a llenar ese espacio con una meta concreta: ¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿Quién va conmigo?

Y citando a la autora estadounidense Marianne Williamson, explicó: “Realmente, no tememos a ser inadecuados, tememos a nuestro éxito. Nos asusta la posibilidad de convertirnos en ese ser (que anhelamos). Así que, permitámonos sentir el miedo a ello, pero hagámoslo de todas maneras”, pues a veces somos como el pececito al que mudan de una pecera diminuta a un enorme estanque, pero se queda nadando en el mismo espacio que tenía en su pequeño mundo anterior.

Busqué la cita completa de Williamson: “Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos más allá de toda medida. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que más nos asusta. Nos preguntamos a nosotros mismos, ¿y quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso? Pero en realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Eres un hijo de Dios. Jugar a empequeñecerse no es de servicio para el mundo. Disminuirte para que los demás no se sientan inseguros a tu alrededor no tiene nada que ver con iluminarse. Todos estamos destinados a brillar como lo hacen los niños. Nacimos para manifestar la gloria de Dios que está dentro de nosotros. No sólo en algunos de nosotros; está en todos. Y mientras dejamos que nuestra luz brille, inconscientemente les damos permiso a otras personas para hacer lo mismo. Al liberarnos de nuestros miedos, nuestra presencia automáticamente libera a otros”.

¿Quién soy? Un ser lleno de luz, escribí. ¿Hacia dónde voy? Hacia esa luz en confianza, aceptación, perdón y amor. ¿Quién va conmigo? Familia verdadera y amigos verdaderos; aquellos de quienes recibí apoyo de manera acertada.

Tras haber quemado creencias falsas, aún me costaba trabajo tener nociones más positivas de mí misma, y era momento de reemplazar las cenizas con pensamientos nuevos, así que comencé a practicar escribiendo lo que decía esta autora: “¡Soy brillante, preciosa, talentosa y fabulosa!” Me sonaba un poco falso, pero lo seguí practicando, a ver qué pasaba.

La facilitadora ampliaba sobre ello: ¿Quién soy? “Eres parte de la creación de este planeta. Eres creada a imagen y semejanza divinas”. ¿A dónde voy? “Expresar y vivir tus sueños es la forma de Dios manifestarse”.

¿Quién va conmigo?

Una de las primeras cosas que escuché cuando llegué a esta comunidad de Unity fue: “Vamos a amarte hasta que aprendas a amarte a ti misma”. Además de un suspiro escéptico y la sensación de que ya había escuchado algo así antes, se colaba el anhelo de que ojalá fuera cierto. Porque además, si era verdad, tampoco estaba condicionado a que desempeñara alguna función, tuviera algún logro o me vaciara en hacer cosas para los demás. Era una invitación a quererme y a que despertara al amor que ya vivía en mí.

Tras escribir mis sueños en la piedra blanca, los mismos que había echado a volar con una flecha en India, otra facilitadora invitó a pasar alfrente a las personas nuevas que quisieran pertenecer a la comunidad. Era una invitación que tocaba una fibra profunda en mí; una invitación para reparar un sentido de pertenencia trastocado muchísimas veces. Me quedé sentada, pese a que mi corazón brincaba como el de una niña para que fuera y me parara allí. Yo negué con la cabeza. “No más”, pensé.

Observé unas 20 personas pararse alfrente. Mientras preguntaban si había alguien más entre el público y otorgaban unos pocos segundos, yo seguí vacilante, ignorando la voz insistente que me gritaba por dentro: “¡Párate y ve!” Hasta que sentí como si una patada y un resorte me empujaran de la silla. A veces el corazón hala, grita y empuja.

Una vez puse un pie allí con los demás novatos, la facilitadora preguntó al resto si estaban dispuestos a aceptarnos tal y como éramos, y a apoyarnos en nuestra jornada espiritual. Respondieron que sí. Entonces, aquella mujer nos abrazó uno a uno. Cuando se me acercó, me tomó por los hombros y me trinqué levemente. El recuerdo relámpago de lo que otra facilitadora -en otra comunidad- me había dicho un año antes, asiéndome por los hombros tensamente, cruzó por mi mente: “¿Por qué eres tan vulnerable?” Me sacudí el recuerdo, exhalé y regresé al presente. Esta facilitadora me miraba con tanta profundidad que me sobrecogí: “Bienvenida a casa”, me dijo. Fue honda su mirada y el momento prolongado, como si hubiese querido convencerme con todo su ser de que me decía la verdad, que realmente sería amada y aceptada porque sí. Me sentí agradecida y bienvenida. Comenzó a acallarse la creencia de que flotaría para siempre sin hogar espiritual, de que alguien decidiría no dar apoyo o decirme que lo buscara en otra parte. De que no podría volver.

Cuando salí de allí, caminaba con más seguridad.

Por esos días también presenté un resumé en la oficina central de ese movimiento espiritual, ubicado en Kansas City. La ciudad tiene la particularidad de estar dividida por la línea estatal que separa a Kansas y a Missouri. Conduje poco después de una nevada y la autopista podía llevarme a cualquiera de los dos estados. En uno de los desvíos, la resolana iluminó la carretera mojada y me tuve que ajustar las gafas. Me reí. Por un momento, cruzó mi mente el camino dorado que llevaba al castillo del mago de Oz.

Unity Village, diciembre2010/enero2011. Foto por Samadhi Yaisha.

A Dorothy un tornado la había halado de su hogar en Kansas y la había hecho aterrizar en otro lado. Buscaba regresar a casa. Levanté las cejas y me seguí riendo, porque también recordé que al león que quería dejar atrás su cobardía y al hombre de hojalata que anhelaba un corazón nuevo. “Pues eso necesito yo: un nuevo corazón”, escribí en mi diario.

Conducía por la autopista 350 cuando vi aparecer la torre de la villa de Unity. Se me aceleró el corazón y comencé a dar las gracias. Había llegado a un oasis. Agradecí que quizás podía descansar de mi búsqueda, aunque fuera por un ratito. Puse mi curriculum allí como plantando mi bandera y luego solté el resultado.

Y del grupo reducido que sabía dónde andaba, una amiga me escribió por Facebook. “¡Feliz Año Nuevo! Y recuerda: nada como estar en casa, nada como estar en casa, ¡nada como estar en casa!”

La autora es un ser libre.

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3 Comments

  1. Debo comentarte que he leido todos los articulos que tienes en tu blog y cada uno de ellos conmueve mi ser. Yo creia que estaba sola en el mundo y veo que hay mas personas como yo con la luz de su alma reprimida por miedo al mundo. Agradezco el tiempo que tomas redactando tus vivencias por que son el aliciente de muchas personas y ahora el mio. He leido muchos libros de autoayuda pero tus articulos han hecho mas que decenas de ellos. Espero que tu luz espiritual resplandezca cada dia mas para ilumines las nuestras. Exito!!!

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