El flechazo

Por Samadhi Yaisha/ una versión de esta crónica fue publicada el domingo 24 de julio de 2011 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

“Apunta hacia el centro, ¡como la flecha!”, Osho

Miraba el objetivo a 28 metros de distancia de mí: una pequeña tabla redonda, de uno o dos pies de diámetro, colgada en un bloque de paja que amortiguaba el golpe de las flechas disparadas fuera del centro. Era mi penúltimo día en el Centro de Meditación Internacional de Osho, en Puna, y mi penúltimo día en India. Llevaba dos semanas estudiando arquería zen tras haber visto, durante una meditación muy profunda, la imagen de una arquera.

Mis clases de yoga eran a la misma hora que las de arquería, y durante varios días evité provocar una ausencia, pero el arquetipo de la arquera parecía moverse en mí, algo me halaba hacia el dojo (centro de práctica) donde disparaban los demás arqueros. Agudizaba esa necesidad de exploración el hecho de que un año antes había escrito, en cuatro días de fiebre y luna llena, un poema épico de más de 20 páginas, cuya protagonista pasaba de ser prisionera pusilánime a guerrera con arco y flecha. Aquella historia, que yo creí haber basado en una experiencia anterior, se había convertido en un mapa para superar retos en India, igual que un presagio que traía su propia resolución.

Yo creía que aprendería a disparar con arco y flecha y ya, pero me topé con una maestra de 80 años que mostraba ejercicios para respirar con el hara, el centro de energía justo debajo del ombligo, conocido como el centro de gravedad del cuerpo humano, de energía vital, de balance, y asiento de la iluminación.

Resultó que no era una clase sólo de tiro al blanco, sino de meditación. Cada movimiento debía ser practicado con precisión: saludar al objetivo, acatar la postura exacta del cuerpo comenzando por los pies, cargar el arco y la flecha a la altura de la cintura con los codos apuntando hacia afuera, apoyar el arco en la rodilla izquierda, preparar la saeta, observar el conjunto ya listo, girar la muñeca derecha para aguantar el cabo posterior de la flecha, levantar ambos brazos para estirar el cordón del arco, abrir el pecho, abrir el arco, más y más y más… hasta soltar la flecha pronunciando un profundo “¡Ja!” desde la barriga. Era un acto de liberación y de cerrar el tramo entre dos extremos: el arquero y el objetivo, siendo el arquero el ser humano y el objetivo, su propósito de Vida y la búsqueda del Ser.

Yo no sentía que estuviese aprendiendo algo nuevo, sino recordando algo que ya sabía y que había estado guardado en alguna parte de mí. La maestra me miraba con detenimiento y al final de la primera clase se me acercó. “Me parece que estoy recordando cómo hacer esto, ¡y se siente maravilloso!”, le dije. “¡Sí, ya lo veo!” me respondió.

Terminada la clase, fui a desayunar a Zorba el Buda. La maestra se me acercó otra vez y preguntó mi nombre. Me narró la coincidencia de que, cuando recibió su nombre espiritual, poco después se dio cuenta que significaba lo mismo que su nombre de pila: despertar a la iluminación y la gracia. Le sonreí: a mí me había pasado lo mismo. “Este maestro es mágico”, murmuró (refiriéndose a Osho).

En pocos días habría un taller en más profundidad de arquería zen -también conocida como arquería japonesa y kuydo- y me apunté.

Esta arquera octogenaria era alemana, vivió su niñez durante la era de Hitler y la Segunda Guerra Mundial, y trabajó desde muy joven hasta su retiro a los 53 años, cuando conoció, en 1981, las técnicas de meditación de Osho y la arquería zen. Lo que narraba de lo duros que habían sido sus primeros 53 años de vida parecía no tener conexión con la mujer de 82 años, de carácter liviano y sonriente que veía frente a mí.

“Cuando respiras con el hara, te conectas con el hara, algo pasa. Ya no vives en tu mente, estás en ese centro. Estás siempre en el momento presente, ya no vives en el pasado. Todavía están ahí la batalla de Normandía y las bombas, pero ya no interfieren con mi Ser. La vida que tengo ahora no tiene nada que ver con mi pasado ni mis condicionamientos”, explicaba. Aprendió a dejar ir el pasado, igual que dejaba ir las flechas hacia el objetivo.

La arquería zen también se trataba de repetir la misma ceremonia sin perder la concentración, dándole atención a los detalles sin detenerse en ellos excesivamente. Era una danza fluida, un ejercicio de conciencia y también un arte marcial. En el proceso, conocí otros dos maestros arqueros, un iraní y un sueco.

Durante los atardeceres, me sentaba a ver a los tres maestros lanzar flechas a 28 metros de distancia y el momento del disparo siempre me resultaba fascinante. Mi breve práctica de principiante se limitaba a flechar a dos o tres metros de un objetivo que era más grande que yo. Pero una tarde, me invitaron a lanzar a unos 20 metros. La inexperiencia y el arco que sólo creaba 8 kilos de resistencia resultaban en flechas caídas a mitad de tramo o que rebotaban en los bloques de paja.

“Ten paciencia. Una flecha dentro de la tabla toma meses al principio. Sólo llevas unos días”, me decían los arqueros. La forma en que sostenía la flecha una vez puesta en el arco, provocaba que lanzara hacia el suelo. Con paciencia, pero consistencia, recibí correcciones, cada vez más refinadas. Cualquier respiro o movimiento equivocado de las muñecas y los dedos justo antes de disparar, desviaría el trayecto de la saeta. Hasta que la flecha se enterró en el bloque de paja, justo debajo de la tabla.

Nos retiramos a oír la grabación nocturna de Osho. Es costumbre en muchos ashrams en India escuchar al gurú, en persona o mediante grabaciones, en un satsang nocturno. En esos días, escuchábamos la serie de charlas “Más allá de la psicología”. Y esa noche, al tratar del tema de la meditación como el método para que el ser humano llegue al centro de sí mismo, Osho utilizó la frase: “Apunta hacia el centro, ¡como la flecha!”.

Comencé a entender lo que escuchaba de los arqueros sobre su práctica meditativa. “La flecha es uno mismo, la técnica significa con cuánta fuerza uno se carga o se lleva a uno mismo hacia el centro, y el objetivo es uno mismo”.

Por eso aquella arquera alemana había podido sanar. Con cada flecha había soltado el dolor y había aprendido a lanzarse a sí misma hacia el centro de su Ser, su parte más esencial, vital y sana, lo que ella denominaba hara, justo debajo del ombligo. Fue liberador saber, gracias a esta maestra que había crecido en medio de la Segunda Guerra Mundial y tuvo una vida gris hasta los 53 años, que nunca es tarde para sanar, darle un giro a la vida y lanzarse a la aventura del interior.

La arquería fue la tercera herramienta vital que aprendí en el ashram de Osho. Después de morir a una vida anterior, había aprendido -a través de un curso de hipnosis- a sembrar en mi mente “memorias” de lo que quería que ocurriera en los próximos meses y ahora tenía la herramienta para lanzarme a mí misma hacia esos objetivos. Estaba lista para irme del ashram.

Así que agarré un arco de 10 kilos de resistencia. El arquero sueco corregía otra vez la dirección en la que apuntaba mi flecha. Mientras recordaba mis movimientos para el lanzamiento anterior, que resultó fuera de la tabla, calculé a ojo la curvatura que hacía la flecha hasta llegar al objetivo. Hice exactamente lo mismo, pero apunté levemente más hacia arriba y hacia la izquierda, y me imaginé lanzándome a mí misma a los sueños que me esperaban en una vida nueva. Qué fuerza tan poderosa sentí cuando la saeta y la tira del arco rozaron mi mejilla derecha y despeinaron mis rizos. ¡Zas! La flecha dio en la tabla, a dos rayas del centro.

“¡Wow!” dijo el sueco mientras yo soltaba el arco y brincaba como una niña. “¿Acaso escuché la tabla?” preguntó el iraní, entretenido en recoger el dojo.

Había hecho en dos semanas lo que tomaba algunos meses. “Ahora no dispares más nada. Vete con esta sensación de logro”, me dijo el sueco.

Mientras hacía las maletas y esperaba celebrar mi último día, me emocionaba ya con la aventura en mi próximo destino: España.

La autora es un ser libre.

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