¿Por qué somos anónimos?

Por Yaisha Vargas-Pérez para el blog A Mystic Writer

Hace algunos días, escribía con agradecimiento sobre el concepto del anonimato en el movimiento de 12 pasos. Este movimiento comenzó en 1935 para ayudar a las personas con la enfermedad de alcoholismo, pero se ha extendido para ayudar a personas con casi cualquier hábito obsesivo. Desde entonces, millones de personas en el mundo han sido ayudados por los 12 pasos de recuperación. Se han formado tal vez más de 50 hermandades que atienden asuntos distintos, desde el abuso de una sustancia, hasta ser adictos a una persona (codependencia), al juego, a la comida; haber sido afectados por la disfunción familiar u obsesionarse con un trabajo o con un blog.

Esa mañana, como parte de mis herramientas de recuperación, escribía:

El anonimato no solo se trata de no revelar ante el mundo a qué grupo pertenezco ni de qué me estoy recuperando para evitar el prejuicio de la sociedad. El anonimato también me permite entrar a una reunión y participar del programa sin armaduras, trajes ni máscaras. En una reunión de recuperación, no tengo que vestirme de una profesión, creencia política o ideología religiosa. Los asuntos externos se quedan fuera. Cuando llegamos a los salones de recuperación, no existe la armadura de la identidad del mundo externo. Si la hubiese, tal vez habría jerarquías, niveles, divisiones. No seríamos todos iguales, y en vez de recuperarme, tal vez me enfocaría en querer alcanzar una posición jerárquica. Pero, gracias al anonimato, encuentro un lugar en el que he sido amada y aceptada simplemente por haber llegado. La profesión que tengo y mi nivel en la sociedad no son asuntos importantes. Lo que importa es que llegué sufriendo y merecía recuperación, amor y acogimiento. El anonimato es fundamental para la recuperación. Me recupero sin presión social, económica…

Escribía agradecida por comprender la importancia del anonimato, cuando… durante mi llamada mañanera a mi madrina, y tras compartir cómo había trabajado las herramientas del programa el día anterior, ella cambió el tema para preguntarme si había visto la convención del día anterior por televisión. Mi mente se detuvo, confundida. La convención de nuestra hermandad había sido un mes antes.

¿A qué convención te refieres? ¿No fue en julio?

— No, la convención del Partido Republicano por televisión anoche? ¿No la viste?—, su voz exhibía júbilo.

Mi confusión se fue convirtiendo en shock. No podía creer lo que me estaba preguntando. De inmediato, supe que hablar de un asunto externo ponía en riesgo nuestra relación de amadrinamiento. Ya sabía que ella tenía ideas políticas contrarias a las mías, pero eso no me había importado, porque solo hablábamos de recuperación, y el principio de anonimato nos protegía. No obstante, ahora ella estaba cruzando esa línea.

—No hablo de política, es un asunto externo— le dije con firmeza.

—No es un asunto externo— continuó ella, levantando la voz. —Tu recuperación depende de esa persona que va a ser el presidente republicano. Él está directamente relacionado con tu recuperación—. Era un tono forzado, obligado, definitivo. Podía sentir cómo trataba de reclutar, convencer, coaccionar. Se me arrechuchó el estómago de incredulidad, confusión. Sobre todo, porque aquella figura que ella idolatraba representaba para mí lo peor en un ser humano. En ese momento de nuestra conversación, había conflicto, no recuperación.

Algunos padrinos/madrinas establecen relaciones de poder y jerarquía, cuando esa posición es solo una de servicio. Tiene el propósito de que ambas personas compartan su proceso para fortalecer su recuperación, pero ninguna está por encima de la otra.

—Estoy poniendo un límite saludable— le dije. —No hablo de política en la hermandad. Es un asunto externo— y lo tuve que decir una tercera vez, porque siguió insistiendo.

Entonces soltó el tema, no sin antes bramar un resoplido que me pareció de decepción.

—Bueno, pues hacemos la oración de cierredijo, y comenzó a escucharse una fuerte estática en la línea, la cual aproveché como mi puerta de salida.

—No te escucho bien. Hay estática. Hablamos luego— y colgué el teléfono. Necesitaba protegerme.

Llamé de inmediato a una amiga de programa que había sido mi madrina anteriormente. Cuando ella contestó el teléfono, comencé a llorar. Le dije que alguien había roto su anonimato conmigo para forzar en mí las creencias políticas de un líder que yo veía como narcisista y abusador, e incluso cuando tracé la raya citando las tradiciones, continuó pisoteándolas. Mi antigua madrina no lo podía creer. Anteriormente nos habían separado los horarios, y pudimos encontrar un horario para trabajar juntas otra vez. No me sentí sola. Alguien a quien sentía como una persona segura, comprendía. Validaba lo dañino que era no seguir los principios que mantenían segura nuestra recuperación como grupo.

No era la primera vez que algo así me ocurría. Años antes, otra mujer rompió su anonimato revelando su identidad como seguidora de un maestro vegano, y estaba reclutando gente para su movimiento, pues entendía que solo las personas veganas estaban realmente practicando la recuperación. Podía escuchar el fanatismo en su voz. Quería forzarme asistir a una reunión esa tarde para ella cumplir con su compromiso de llevar gente vegana. No solo estaba trayendo un asunto externo al programa, sino que también estaba criticando a tod@s l@s compañer@s que no seguían el programa según sus estándares personales.

Las 12 tradiciones existen en el movimiento de 12 pasos por razones de peso. Se idearon tras los primeros diez años de traspiés de la primera hermandad que existió en el movimiento: Alcohólicos Anónimos. Su cofundador, Bill W., publicó las tradiciones en la revista Grapevine como una propuesta de solución a los distintos problemas que experimentaron los grupos en los primeros años, como por ejemplo, gente que bebía cerveza en las reuniones, otros que cobraban por el acceso, o gente que decidía quiénes podían ser miembros o no. Para que la gente no se desviara del propósito principal —la recuperación sin presiones externas y llevar el mensaje a otr@s que sufren—, se establecieron 12 principios, entre estos, que la hermandad no tiene opinión sobre asuntos ajenos o externos a sus actividades. De esa manera, su nombre no se mezcla con polémicas públicas, y los miembros pueden concentrarse en recuperarse. Se estableció el principio fundamental del anonimato como “la base espiritual de todas nuestras tradiciones, recordándonos siempre anteponer los principios a las personalidades”. En el movimiento de 12 pasos no se sigue a un líder. Se aprenden principios. Hay personas con más tiempo en el programa que comparten su aprendizaje de esos principios, pero lo hacen como un servicio, no mandan. No hay que rendirle pleitesía a una madrina o padrino, ni tornarse complaciente con esa persona, que no es policía ni juez dentro de la hermandad. Es más bien una figura de apoyo, un mentor o mentora que ayuda a que una sea honesta y rinda cuentas de que sí está trabajando las herramientas de recuperación, porque de lo contrario, no habrá recuperación. Una vez se comparten las herramientas y la experiencia del programa, las demás cosas quedan fuera. En la hermandad no manda nadie, tal y como dice otra de las tradiciones: “Para el propósito de nuestro grupo, solo existe una autoridad fundamental: un Dios amoroso tal como se expresa en la conciencia de nuestro grupo. Nuestros líderes no son más que servidores de confianza. No gobiernan”. Ese “Dios amoroso” no es un concepto fijo ni impuesto, ni obligatorio. Es una experiencia individual a la cual cada persona llega, si quiere; los agnósticos y ateos también son bienvenidos y encuentran espacio. A cada persona se le invita a concebir su propio concepto de un Poder Superior, que puede ser hasta el techo de su habitación. Tod@s l@s participantes tenemos un concepto distinto de un Poder Superior, y ese principio se respeta.

Cuando se establece la conciencia del grupo, tod@s opinamos y votamos sobre un tema. Llegamos a un acuerdo que sea el mayor beneficio para tod@s, aunque nos tardemos en hacerlo, pues “nuestro bienestar común debe tener la preferencia; la recuperación personal depende de la unidad” (otra tradición).

Las tradiciones pasaron por el cedazo de la primera hermandad. No fueron la voluntad de un solo líder, sino que fueron tal vez la primera consciencia grupal. Los demás grupos dentro del movimiento las han adoptado, precisamente porque nos salvan de la dominancia, la jerarquía y las interacciones malsanas dentro del movimiento. Sin ellas, el proceso de 12 pasos no hubiese llegado hasta estos días ni se hubiese expandido a todo el planeta.

Photo by Samantha Garrote from Pexels

Al día siguiente, la madrina que me dijo que mi recuperación dependía de Donald Trump, llamó por teléfono. Al principio, no le contesté. Quería establecer el límite saludable de no tener comunicación con ella. Pero el programa también me ha enseñado honestidad. Si alguien hace algo hiriente, y que sobre todo violenta las tradiciones que garantizan la seguridad de nuestra recuperación, debo levantar la voz. Esa persona debe estar consciente de lo que hizo y sus consecuencias. Así que la llamé de vuelta, no sin antes agarrar fuerzas de mi Poder Superior y pedirle guía.

¿Cómo estás?— preguntó ella.

Hubo una pausa.

¿Sabes?— le contesté —ayer no tuve un buen día. Mientras yo compartía mis herramientas del programa contigo, tú rompiste tu anonimato y trajiste a la conversación una convención política. Existe una tradición en el programa que habla de no traer temas externos a la recuperación, porque la recuperación se afecta. Lo que hiciste no fue sabio; fue inapropiado. Ya he hablado con otra persona para que me amadrine. Ya no te voy a llamar a ti para compartir mis herramientas. Que tengas un buen día.

Y colgué el teléfono.

No usé un tono ofensivo. Tampoco le deseé mal. Deseé que pudiera aprender a no hacer esas cosas; a no hacerle daño a las personas que le toque apoyar en el programa. Puede tener la creencia que le dé la gana, pero imponérsela a otra persona es detrimental para este proceso.

Al tratar de reclutar gente para que siga a un político o un maestro específico dentro del movimiento de 12 pasos, las dos personas que me abordaron quebrantaron principios fundamentales. Rompieron su anonimato acerca de sus actividades externas, para presionar a otros a seguir su forma particular de pensar. Es una presión indebida que se aleja del principio de que no importa cuáles sean nuestros trasfondos sociales, ancestrales, creencias políticas o religiosas, merecemos recuperación. Por lo tanto, en la hermandad todos somos iguales. Solo nos toca aprender sobre principios, no personalidades. Si dejamos entrar lo demás, entonces habrá divisiones, jerarquías y dominancia. Y si eso ocurre, adiós recuperación.

¿Significa eso que no se puede hablar de nada externo con un compañero de programa? Creo que la clave es el discernimiento. En una reunión, los temas externos a la recuperación se dejan afuera. Si alguien trae temas externos, las personas conscientes de las tradiciones y su importancia harán el recordatorio. Si es una conversación privada, es importante preguntarle primero a la otra persona si se siente cómod@ hablando de un asunto externo, antes de abordar el tema.

Ya hay suficiente división y dominancia en el mundo externo, sobre todo en esta época polarizada y politizada. Traer ese ambiente a nuestros salones de recuperación obstaculiza el que nos podamos recuperar en un espacio seguro y libre de conflictos. Cuando alguien rompa las tradiciones y te afecte, no te quedes callad@. Dile lo que está haciendo y guarda tú las tradiciones que mantienen viva tu recuperación.

Estas son mis opiniones. No representan al movimiento ni a ninguna hermandad de 12 pasos.

Foto de medallón de recuperación: Sé fiel a tu propio ser. Original de https://recoverychip.myshopify.com/

¿Qué hay nuevo?

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Desde el jueves, 10 de septiembre de 2020, comenzará un nuevo servicio de apoyo mediante el mindfulness para toda la comunidad. Bienvenid@s aquellas personas que ya han practicado mindfulness y las personas nuevas. Esta es una experiencia gratuita a través del Centro Sofía de la Universidad del Sagrado Corazón en Puerto Rico.

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