90 días: Una cuestión de dignidad

Por Yaisha Vargas / esta columna fue publicada el domingo 1 de mayo de 2016 en el diario puertorriqueño El Nuevo Día

Power of Words“Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión /de lo mismo que culpáis”. La maestra de literatura caminaba de un lado al otro en el salón de clases mientras recitaba de memoria estas musas de Sor Juana Inés y otros versos clásicos que germinaban en mi pluma y mi corazón.

Asimismo, le saltaban a la memoria Calderón de la Barca, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, y mi pluma se apresuraba. Gracias a ella, me conquistaron las letras, y escribí mi primer poema en su clase de literatura de octavo grado porque había que pujar los versos para un certamen. No teníamos escapatoria. Cuando lo terminé, descubrí que me había encantado escribirlo. No lo sospechaba entonces, pero fue en su aula de español donde nació mi poeta. Escondía mi secreto por las noches bajo las sábanas con un libro y mi diario hasta las 2:00 de la mañana, pese a las súplicas y regaños de mis padres para que apagara la luz. Hoy añoro volver a aquel pupitre a escuchar los clásicos y atrapar la pasión por enseñar de mi maestra.

Cuando escuché que los maestros católicos se quedarían sin su pensión suplementaria, se me fue el mundo. No puede ser, dije. Pensé en mi maestra de octavo grado y en su esfuerzo acompasado para que nos enamoráramos de los clásicos tanto como ella, quien los ha enseñado durante 40 años.

Estas son las cosas que me hacen ser una católica en recuperación. ¿Dónde está el dinero que aportaron las escuelas para su retiro?

Hace siete meses, atravesé el umbral de una iglesia tras casi 20 años. Y de momento, tengo pesadillas de volverme a ir. La adolescente que fui me enseña las memorias de lo que me exilió la primera vez: la iglesia que alega haber sido fundada por Jesús mandó a nuestra comunidad a un obispo arrogante y a un cura enamorado del dinero que no trataba bien a sus feligreses.

Las autoridades eclesiásticas aceptan que la liquidación del plan de pensiones es algo trágico. En eso estamos de acuerdo. Pero eso no es suficiente para calmar la ansiedad de los maestros católicos que planificaron su retiro contando con esa pensión suplementaria. Si es cierto que habrá un plan de ayuda para los maestros activos, los más de 1,600 que están jubilados o por jubilarse no deben ser dejados en el desamparo, y menos por una institución educativa fundada sobre una base religiosa, religión a la cual su máximo líder le ha ido devolviendo su misión de origen: la solidaridad hacia los más desvalidos. Para los que fuimos estudiantes de estos maestros, no hay una diferencia entre el brazo educativo y la religión que nos enseñaron. Son todos cristianos.

El que se haya desembolsado dinero por “caridad” antes de los diez años necesarios para crear un fondo dotal sólido para el plan no es responsabilidad de los maestros jubilados, sino de los administradores. Los maestros no deben sufrir las consecuencias de lo que comenzó como impericia administrativa, y que ahora llega a la insolvencia por la crisis y otros factores.

A las autoridades eclesiásticas no se les ocurriría dejar a los miembros del clero sin recursos para tener calidad de vida en su vejez. Pues los maestros retirados no son diferentes. Sobre sus hombros se apoyaron algunos colegios que generaron dinero para misiones en países más pobres. Pero sobre ellos no debe caer este error.

Tienen que surgir más ideas para una solución digna que cubra a todo el mundo. En un momento en el que el pueblo se siente traicionado por su gobierno, la iglesia tiene en sus manos la oportunidad de dar un ejemplo diferente. A estos maestros jubilados se les va, no solo su calidad de vida, sino algo más vulnerable: su fe.

El viernes es el Día del Maestro. Los alumnos tenemos la responsabilidad de no dejarlos solos, pues bebimos de sus manantiales de sabiduría. Compartan esta columna. Cuenten cómo un maestro hizo una diferencia en sus vidas. Exijan que la paga por tanto trabajo no puede ser el desamparo. No puede ser.

En Facebook, 90 días: una jornada para sanar

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