90 días: La vegana y el huevo de gallina

por Samadhi Yaisha Vargas / crónica publicada el domingo 2 de marzo de 2014 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

767px-Easter-eggs-bgNo pensé que el veganismo dejara de funcionar para mi cuerpo. Pero fue imposible ignorar los vahídos por el azúcar baja, el cansancio y la piel reseca aún con los aceites que usaba. Tenía la presión tan baja que no podía donar sangre. Mi terapista de activación linfática y mi dietista insistieron en que incluyera proteína de origen animal en mi alimentación. Y yo, que no. La ética iba por encima de mi bienestar personal. Hasta que mi cuerpo gritó que esa actitud dogmática me haría daño.

Yo no quería participar del sufrimiento de ningún animal, ya fuera su muerte o tomar sus recursos. Fue una decisión que pensé detenidamente, medité sobre ella y pedí guía. Regresé al vegetarianismo poco a poco, asegurándome de que la fuente de lácteos o huevos proviniera de animales bien tratados, bien alimentados y que estuviesen sueltos, no aprisionados.

Tanta era mi angustia por la posibilidad de hacerle daño a otro ser vivo, que mi musa me dictó un cuento para atravesar la experiencia. Aprecié grandemente el valor de la narración ficticia para procesar un momento difícil, y hasta poder reírme un poco de mí misma. De ahí salió el cuento, “La vegana que quería comerse un huevo de gallina”:

Vestida de traje blanco a la rodilla con una enorme margarita en el ruedo y zapatos de plataforma verde chatré, Teresa vació las alacenas: dos kilos y medio de pistachos, pasas y aceitunas. Y todavía tenía hambre. Su estómago le pedía algo que no tenía en su cocina.

Como no entendía a su tripa, se puso un cono de cartón en la barriga y pegó la oreja en el otro extremo. Entre el regurjitar de sus intestinos, escuchó, “¡Quiero un huevo de gallina hervido!” El cono se cayó y Teresa regañó a su panza: “¡Somos veganas! ¡¿No comemos huevo?!” Su tripa se contrajo de melancolía y gritó entre pucheros: “¡un huevo!”

Al día siguiente, para ir al mercado de la plaza, Teresa se vistió de amarillo con botines marrón. Lucía un sombrero de pajilla con una margarita fresca. Puso en su canasta de bambú los nutrientes que pudiesen hacerle falta, y cuando agarró un aguacate, notó una enorme hormiga de antenas rojas que la miraba fijamente. Teresa se inclinó para verla de cerca, y la hormiga habló como la nota aguda de un piano: “No pasa nada si te comes un huevo. ¡Uno al año no hace daño!” A Teresa se le calentó el abdomen. Agarró su canasta de abarrotes y corrió hasta la catedral.

“Ave María purísima”, se arrodilló en el confesionario. Atisbó, entre la rejilla, la barba grisácea de quien escucharía su impronunciable pecado. El cura, quien abandonó un suculento guisado de pernil para oír la confesión, escuchó a Teresa confuso. Al final, se rascó la calva. “Hija mía, no entiendo tu pecado. Si quieres comerte un huevo, ¡pues cómete un huevo!”

Teresa se llevó las manos a la boca y se le cayó la margarita fresca que adornaba su sombrero. Agarró su canasta de aguacates y salió a toda prisa. El cura la escuchó regresar para rescatar su flor … “¡Y para decirle que ya no quiero ser cristiana!”

Ya en casa, abarrotó las alacenas con todos los alimentos veganos que pudieran saciar su antojo: leguminosas, semillas, nueces, aguacates, minerales, vitaminas y sales exóticas … Al día siguiente, abrió la boca como una ballena azul, y se lo tragó todo, hasta el último gramo de sal de los Himalayas. Se puso el cono de cartón en la panza: “¡Quiero un huevo!” Su estómago la desveló con un gruñido nostálgico que le hundió la barriga. Se deprimió. Caminaba con los hombros derrotados.

Días después, llovía ligeramente, y Teresa vistió botas y traje negro a la rodilla con una enorme margarita en el ruedo. Tenía una cita con una doctora en asuntos holísticos, también astróloga, psíquica y piloto de avionetas. Tras examinar a Teresa, la mujer diagnosticó: “Añoranza de volar”. La doctora puso la oreja sobre el vientre de la paciente. “Sí. Necesita comerse un huevo. ¡Uno al año no hace daño!” A Teresa se le desgarró la margarita del vestido. “Usted no entiende. Le robaré a un pollito su posibilidad de nacer”. La doctora miró la guía de navegación astrológica pegada en la pared. “No lo hará si se lo come en la próxima luna nueva. Asegúrese que sea de una gallina que no haya sido maltratada, ni encerrada, ni alimentada con hormonas, y que no haya sido fertilizada por un gallo”. Teresa exclamó: “¡El huevo de una gallina virgen! ¡Dónde voy a conseguir yo eso!” La doctora respondió: “Vaya por el paseo de las granjas”.

El día de su búsqueda, Teresa vistió de color lavanda. Sus botines de goma fuscia combinaban con su sombrilla de volantines. Preguntó en cada granja, pero las reacciones variaron desde la perplejidad hasta las carcajadas. Pensaba que sería mejor no seguir, cuando se le acercó una vaca que comía margaritas. Teresa se aterrorizó.

“Me llamo Luci”, le dijo la vaca. “¿Qué buscas?” Pero Teresa no se aguantó: “¿Cómo es que comes margaritas tan caripeladamente? ¿No sabes que son flores nobles?” Luci dejó de mascar y estudió la mirada de Teresa. Un pétalo blanco adornaba la nariz húmeda y rosada de la rumiante. A Teresa le fascinaba que, tras los ojos del animal, parecía haber una persona.

“Pero si a ellas no les molesta. ¿No ves que sus semillas vuelven a la tierra con abono?”, respondió Luci. “Yo como flores. Hay gente que se bebe mi leche. El Universo se alimenta de sí mismo en una danza de agradecimiento”. Teresa reflexionó girando su sombrilla. “Entonces, comerse un huevo de gallina quizás no sea mala idea”.

“¡Claro que no!”, dijo Luci. “¡Uno al año no hace daño! Ve a la granja del doctor Milo. ¡Te ayudará!” Se alejó comiendo flores, y Teresa observó sus enormes ubres brotando margaritas.

El doctor Milo tenía la barba roja y los ojos marrón. A Teresa le recordaba a Vincent Van Gogh, con todo y el prado de montoncitos de paja. “¡Buenos días!” la recibió el doctor con simpatía. Ella le hizo el cuento mientras el granjero cavilaba. “¡Preguntemos a las gallinas!” dijo Milo. “¡Ellas deben saber!”

Dentro del granero rojo de techo dorado, las gallinas ponedoras charlaban animadamente. Todas tenían el plumaje azul, con excepción de Clotilda, la más pequeña y de plumas violeta. Las demás no le daban conversación. “¿Por qué?”, preguntó Teresa. Milo respondió: “Porque es diferente, y el gallo no la busca”. A Teresa la decepcionó la falta de solidaridad, pero luego abrió los ojos: “¿Pone huevos?” El doctor arrugó los labios y estiró las cejas. “Hasta ahora, no … ¡Pero a veces la musicoterapia funciona con este tipo de gallina!

El galeno agarró un cuatro y le dio a Teresa la guitarra. Cantaron en celebración por los amaneceres borincanos, las vacas y las margaritas, los aguacates y todas las semillas, los huevos y sus gallinas. Y así, como un milagro, Clotilda cacareó. Primero, de susto y luego, de emoción. Las demás gallinas miraron con asombro. Teresa y el doctor Milo detuvieron la música. Todos se inclinaron a ver el nido de Clotilda, y al unísono cacarearon: ¡Un huevo violeta, qué lindo!” La gallina casi se desmaya de la alegría. En agradecimiento, le dio su huevo a Teresa, quien donó dinero para un granero más grande en el que Clotilda fuera la gallina más cuidada e importante.

Cuando llegó a su casa, Teresa hirvió el huevo y cantó una melodía de agradecimiento. Tanta fue su gratitud, que cuando se comió el huevo con sal y pimienta, le crecieron alas en el pecho, y, con la margarita en el ruedo de su traje, salió volando de espaldas por la ventana.

Imagen por wikimedia commons.
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