Para ver la meditación y charla grabadas, por favor oprime aquí:
INTRODUCCIÓN
Un relato popular que se le atribuye al Dr. Ira Byock, dice así:
Un estudiante le preguntó una vez a la antropóloga Margaret Mead: «¿Cuál es el primer indicio de civilización?». El estudiante esperaba que respondiera una vasija de barro, una piedra de moler o tal vez un arma.
Margaret Mead reflexionó un momento y luego le dijo: «Un fémur curado».
El fémur es el hueso más largo del cuerpo, que une la cadera con la rodilla. En sociedades sin acceso a la medicina moderna, una fractura de fémur requiere aproximadamente seis semanas de reposo para sanar. Un fémur curado demuestra que alguien cuidó a la persona herida, se encargó de la caza y la recolección, la acompañó y le ofreció protección física y compañía hasta que la lesión sanara.
Mead explicó que donde impera la ley de la selva —la supervivencia del más apto— no se encuentran fémures curados. El primer indicio de civilización es la compasión, que se manifiesta en un fémur curado.
Hay gente que dice que Margaret Mead no lo dijo así; sin embargo, el antropólogo Gideon Lasco, quien investigó el origen de esta historia, asegura que ha sido compilada y popularizada por la necesidad humana de contar historias, y de contar historias que tengan sentido y profundicen en la sensibilidad de la naturaleza humana.
Fíjense que empecé esta enseñanza con el factor que estudiamos en la sesión pasada, que fue la compasión, y en la sesión anterior a esa, estudiamos la bondad. Los brahmaviharas, estas prácticas que abren el corazón, han sido dispuestas en esta lista en ese orden. Primero se estudia la bondad. Tal vez es más accesible pensar en la ternura que sentimos por otres seres que queremos mucho, y de ahí desarrollarla para extender bondad a los demás seres. Para llegar a la compasión, que implica estar en contacto con algún tipo de sufrimiento, es buena idea haber practicado la bondad primero. Y para llegar a la alegría compartida, es buena idea haber entendido cómo la compasión nos unifica como humanidad, porque todes sufrimos, sin excepción.
En esta meditación guiada y charla aprendemos sobre la alegría compartida.
Que sea de beneficio para tu práctica.
Con bondad,
Yaisha
MEDITACIÓN GUIADA
Una invitación a tomar varias respiraciones profundas, como una transición del ruido al silencio.
Asumiendo una postura que sea cómoda para tu cuerpo pero que también te permita permanecer despierta.
Ahora, una invitación a pensar en algún momento en que te alegraste por la alegría de una persona querida. Tal vez una graduación, un cumpleaños, una boda. Recuerda ese momento de alegría de alguien que quieres mucho. Y ahora presta atención a tu cuerpo. ¿Dónde sientes esa alegría? ¿Cómo es esa alegría?
Y ahora una invitación a recorrer el cuerpo con la respiración, inhalando alegría y exhalando estrés.
Enviando a tu cuerpo el pensamiento, la aspiración de que esté alegre.
Respirando con alegría en el área de la cabeza, en la parte de atrás de la cabeza, en la frente, en los ojos, en la quijada. Dejando salir el estrés.
Respirando con alegría, con el pensamiento de querer traer alivio al cuerpo, en el área del cuello, los hombros, la espalda. Dejando salir el estrés.
Y ahora, en el área de los brazos, las manos. Recordando todo lo que trabajan, mirando esa parte de tu cuerpo con alegría y agradecimiento.
Y ahora respira con un sentido de alegría en el pecho, en el abdomen, recordando con agradecimiento todo lo que trabajan esos órganos para que estés vivo, viva. Dejando salir el estrés.
Ahora respira con un sentido de alegría, de agradecimiento, hacia las piernas y los pies. Recordando todo lo que trabajan. Agradeciendo todo lo que trabajan. Dejando salir el estrés.
Ahora, respirando con un sentido de alegría en el lugar de tu cuerpo que sientes las emociones. Mirando tu espacio emocional con agradecimiento, con amabilidad. Las emociones que implican que a una parte de ti le importa algo, le preocupa algo, quiere sobrevivir, quiere ser feliz. Enviando alegría y agradecimiento a las emociones. Recordando momentos de alegría de seres queridos.
Y respirando con un sentido de gozo y gratitud en la mente. La mente que quiere sobrevivir, hacer las cosas bien, evitar peligros, estar segura. La mente a la que le importa algo. Respirando con gozo y gratitud. Agradeciendo todo lo que hace.
Ahora, lleva este sentido de alegría y agradecimiento a cualquier parte de tu cuerpo donde haya dolor. Si es muy fuerte, toca esa parte solo un momento y regresa a respirar con amabilidad hacia todo tu cuerpo.
La luz de la alegría compartida es la luz suave y gozosa del amanecer, cuando los pájaros cantan anunciando el día, cuando los rayos de sol alumbran el rocío… Es una luz que vive en tu corazón. Permite que tu meditación continúe siendo guiada por esa alegría.
Nos preparamos para irradiar gozo desde el corazón y esta es una invitación:
Descorriendo el velo para abrir la parte de enfrente del corazón para dejar salir, irradiar, la luz suave de la alegría hacia todos los seres en esa dirección.
Descorriendo el velo para abrir la parte derecha del corazón. Dejando salir la luz suave de la alegría hacia todos los seres en esa dirección.
Descorriendo el velo para abrir la parte de atrás del corazón. Dejando salir la luz suave del gozo hacia todos los seres en esa dirección.
Descorriendo el velo para abrir la parte izquierda del corazón. Dejando salir la luz suave de la alegría hacia todos los seres en esa dirección.
Descorriendo el velo para abrir la parte de abajo del corazón. Dejando salir la luz suave de la gozo hacia todos los seres en esa dirección.
Descorriendo el velo para abrir la parte de arriba del corazón. Dejando salir la luz suave de la alegría hacia todos los seres en esa dirección.
Enviando alegría hacia todos los seres. Deseando que sean libres de sufrir, que tengan momentos de gozo, salud y paz.
CHARLA COMPLETA
Un relato popular que se le atribuye al Dr. Ira Byock, dice así:
Un estudiante le preguntó una vez a la antropóloga Margaret Mead: «¿Cuál es el primer indicio de civilización?». El estudiante esperaba que respondiera una vasija de barro, una piedra de moler o tal vez un arma.
Margaret Mead reflexionó un momento y luego le dijo: «Un fémur curado».
El fémur es el hueso más largo del cuerpo, que une la cadera con la rodilla. En sociedades sin acceso a la medicina moderna, una fractura de fémur requiere aproximadamente seis semanas de reposo para sanar. Un fémur curado demuestra que alguien cuidó a la persona herida, se encargó de la caza y la recolección, la acompañó y le ofreció protección física y compañía hasta que la lesión sanara.
Mead explicó que donde impera la ley de la selva —la supervivencia del más apto— no se encuentran fémures curados. El primer indicio de civilización es la compasión, que se manifiesta en un fémur curado.
Hay gente que dice que Margaret Mead no lo dijo así; sin embargo, el antropólogo Gideon Lasco, quien investigó el origen de esta historia, asegura que ha sido compilada y popularizada por la necesidad humana de contar historias que tengan sentido y profundicen en la sensibilidad de la naturaleza humana.
Fíjense que empecé la charla con el factor que estudiamos en la sesión pasada, que fue la compasión, y en la sesión anterior a esa, estudiamos la bondad. Los brahmaviharas, estas prácticas que abren el corazón, han sido dispuestas en esta lista en ese orden. Primero se estudia la bondad. Tal vez es más accesible pensar en la ternura que sentimos por otres seres que queremos mucho, y de ahí desarrollarla para extender bondad a los demás seres. Para llegar a la compasión, que implica estar en contacto con algún tipo de sufrimiento, es buena idea haber practicado la bondad primero. Y para llegar a la alegría compartida, es buena idea haber entendido cómo la compasión nos unifica como humanidad, porque todes sufrimos, sin excepción.
Si ya en la compasión vimos cómo entendemos el sufrimiento como una experiencia común y compartida, y que tanto nosotres como les demás merecen compasión, merecen alivio a su sufrimiento, pasar de ahí a entender la conexión con la alegría de los demás es más fácil.
¿Por qué es importante entender la compasión primero? Porque el factor de la alegría compartida incluye que es un antídoto para la envidia. A veces no podemos sentir alegría por la alegría de otra persona si su alegría nos recuerda nuestra tristeza, si su éxito nos recuerda nuestro fracaso, si su alegría nos recuerda momentos pasados de alegría que ya no tenemos.
Pero si venimos del trasfondo de la compasión, y esa misma persona estaba sufriendo antes y eso nos compadeció, entonces si vemos que de haber estado enferma ahora tiene salud, de haber tenido escasez ahora tiene abundancia, eso nos eleva el corazón a nosotres también. Igualmente, el desarrollar el pensamiento de que la alegría de otra persona también en algún momento me puede ocurrir a mí. Utilizarla como inspiración, en vez de separación. Mira, se graduó del programa que yo quiero estudiar, me encantaría participar y formar parte de eso.
En la alegría compartida podemos practicar recordar un momento que fue de alegría para nosotres: cuando nos graduamos, el día de la boda, un día de cumpleaños, un recuerdo bonito.
Sentimos alegría en el cuerpo, la esparcimos por todo el cuerpo, y cuando tengamos el tanque lleno, la deseamos a una persona que queramos mucho. Tal vez recordemos sus días de alegría: su graduación, su boda, su cumpleaños.
Luego, podemos enviarla a una persona neutral, a alguien que conozcamos de vista: la cajera, la guardia de seguridad, el cartero. Tal vez veamos de lejos que brinca de alegría porque recibió una buena noticia. Y usted le ve brincando y se siente feliz también. Esa es la alegría compartida. A veces estamos en el scrolling en el teléfono por las redes buscando videos de gente que vive momentos de alegría, de animales de compañía que están jugando y hacen alguna travesura. Y nos sentimos alegres también. Nos desgasta menos si pensamos en una persona real. Y le deseamos que siga teniendo momentos de alegría.
Y es muy sanador enviar deseos de alegría a personas que nos caen mal. Es un barómetro para saber dónde estamos con respecto a nuestra percepción o relación con esa persona, aunque no sea alguien que veamos o con quien nos relacionemos en el presente. Para hacer esta parte del ejercicio, comenzamos por enviar alegría a la persona que nos cae menos mal de aquellas que nos caen mal, o sea, algo tolerable. Si no podemos enviarle alegría de primera instancia, imaginamos cómo nos sentiríamos si está sufriendo o si alguien de su familia está sufriendo. Si nos da tristeza, somos capaces de empatía y compasión. Entonces enviamos deseos de que esté feliz, porque no tiene nada que ver con nosotres. Es su vida y su felicidad. Algo maravilloso pasa cuando podemos enviarle alegría a alguien que nos cae mal. Actúa como algo que desprende la mala voluntad o la discordia dentro de nuestro propio corazón.
Una vez escuché decir de una mentora que tuve en Missouri que el mayor signo de que habíamos perdonado a alguien era que pudiéramos desearle bien, que encontrara la felicidad a su manera, y que fuera libre. Si genuinamente podíamos desear eso, con un corazón auténtico, entonces significa que habíamos perdonado. Porque habíamos encontrado entonces libertad en nuestro propio corazón.
Si no hemos llegado ahí, no hay problema. Por eso es que esto que hacemos se conoce como práctica. Podemos seguir practicando alegría compartida con seres que son fáciles de querer, o regresar a las prácticas de compasión o a las de bondad.
Imaginen que estas cuatro prácticas para abrir el corazón son como las maneras de amar que tiene el corazón, como los distintos lados de una gema. No nos quedamos fuera de la práctica meditativa de amar porque alguna no nos salga. Intentamos otro ángulo. Lo importante es que sigamos teniendo la disposición, la intención, el corazón dispuesto a practicar.
La alegría forma parte de la lista de los siete factores del despertar: mindfulness, investigación, energía, alegría, tranquilidad, concentración y ecuanimidad.
Cuando estaba en su camino hacia la iluminación, Siddarta Gautama, el Buda, encuentra que la alegría apacible es un factor importante para poder continuar hacia estados meditativos más elevados o de menos sufrimiento.
