Puerto Rico no es una isla

Por Yaisha Vargas-Pérez, voluntaria líder de Para La Naturaleza y maestra de mindfulness, para el blog A Mystic Writer

La primera vez que leí la frase «las islas de Puerto Rico», fruncí el ceño. «Ahí parece que hay dos eses de más», pensé. Pero al continuar leyendo el documento de la organización Para La Naturaleza (PLN), donde me adiestré como voluntaria líder, mi visión se amplió. ¡Tienen razón! ¡Somos las islas de Puerto Rico!

Claro que nos enseñan en la escuela que Puerto Rico es un archipiélago, pero en nuestra comunicación cotidiana hablada y escrita se nos olvida, y seguimos hablando de «la isla». La visión centrada en la isla grande de Puerto Rico ha tenido como consecuencia, entre muchas otras cosas, el olvido y la falta de servicios y recursos para los habitantes humanos de las islas municipio de Vieques y Culebra. Ya sabemos las penurias que atravesaron durante décadas siendo campos de prácticas de tiro de la Marina de Guerra de Estados Unidos. Pero a veces me da la impresión de que el gobierno las ve como una carga y un lastre, en vez de verlas como parte del archipiélago que somos.

También me he dado cuenta de lo limitado que es pensar que solo tres de las islas de Puerto Rico —Culebra, Vieques y la Isla Grande— son las que están habitadas.

Es como volver a la escuela primaria y escuchar que la Antártida es un continente deshabitado, y tener que llegar a adulta para ver documentales sobre cómo viven allí al menos tres tipos de pingüinos, las ballenas azules, las focas antárticas, los albatros y muchas otras especies, algunas de las cuales, —aunque no tengan humanos cerca— están en peligro de extinción. En la educación formal me enseñaron a pensar, entonces, que si una tierra no estaba habitada por humanos, entonces no estaba habitada por «nadie». Hoy en día sé que esta es una visión antropocéntrica: la creencia de que les seres humanes son la especie central o más importante del planeta y el universo, y son los únicos que importa contabilizar, salvo para aquellas personas que trabajen en alguna profesión relacionada con las ciencias biológicas, ecológicas o la naturaleza.

Conociendo esta información, más el hecho de que Puerto Rico es un archipiélago formado por la isla grande y 143 islas más pequeñas, islotes y cayos, y tras haber visto en mis excursiones naturales especies como las tortugas a pasos de la orilla en Playa Tamarindo en Culebra alimentándose de la yerbas marinas en medio de los arrecifes de coral; el San Pedrito, la reinita común, la reinita mariposera y la reinita migratoria en Punta Guaniquilla en Cabo Rojo; el falcón común, el Julián Chiví y el pájaro garrapatero en Barranquitas, ya no es posible para mí pensar que solo tres de nuestras islas están habitadas. A menos que sea un cayo de roca sin ninguna vegetación y en el cual no vive ni siquiera un erizo de mar, todas nuestras islas están habitadas. Algún ser viviente ha hecho de ese espacio su hogar.

Photo by Jolo Diaz from Pexels

El hecho de vernos separados de la naturaleza, de verla como un accesorio para explotar, de pensarnos como seres aparte y superiores a Ella, causa gran sufrimiento en nosotros y en los demás seres que también tienen derecho a existir. «A person is a person, no matter how small», escribió Dr. Seuss. La creencia en la superioridad antropocéntrica nos ha llevado a alterar nuestra forma de alimentarnos —procesar los alimentos naturales hasta que ya no se parecen a su original y enfermarnos por ello— a cambiar nuestro patrón de sueño de una manera no natural— lo cual también nos causa enfermedad física, psicológica y emocional— y también a esclavizar a otras especies de una manera no natural para sostener una vida que parece muy cómoda, pero no es natural ni saludable.

Una crisis de antropocentrismo

Y ese egoísmo antropocéntrico es el que nos hace hablar de Puerto Rico como una sola «isla», aislada, sola, solitaria: como se siente mucha gente que ha crecido y vive con las creencias antropocéntricas; consumiendo lo que quiere y cuando quiere sin discriminación, sin ver de dónde vino el producto que está consumiendo y cuál es la huella ecológica que está dejando; el humano que domina y hace lo que quiere con su vida y con el planeta, a costa de la vida de otras especies hermanas para quienes este planeta es también su único hogar.

El antídoto al sufrimiento causado por el antropocentrismo es creer en la biodiversidad. Es el reconocimiento que somos una especie entre millones, y que la forma ética de vivir, aquella que garantizará que el planeta siga siendo habitable para les humanes y otras especies, es ayudando a crear equilibrio, no arrasando con todos los recursos cuando queremos y porque sí.

Gran parte de mi felicidad proviene de haber aprendido a vivir en armonía con las leyes de la naturaleza: consumiendo lo que produce la naturaleza cerca de mí, lo necesario y no de más, descansando las horas que la naturaleza ha provisto con el ciclo de la noche, reconociendo las demás especies que cohabitan estas islas conmigo y ayudándolas a crear nuevos espacios habitables.

Las crisis que viví hace muchos años (ansiedad, depresión, una profunda soledad y aislamiento) fueron en parte causadas por una vida que no era sostenible ni para mí ni para el planeta. Tener todas las cosas materiales que una quiere sin tener contacto con el mundo natural genera gran sufrimiento. Creo que la Naturaleza misma ayudó a disolver el ser egoísta que era para dar lugar a un ser menos egoísta y más conectada con su entorno, naturaleza y biodiversidad.

Sembrar es sanar

Entre 2018 y abril de 2022, mi papá, la líder voluntaria y ciudadana botánica María I. Vicente Mestre y yo les hemos dado a Para La Naturaleza y a otros individuos el regalo de más de 1,300 plántulas y árboles bebés nativos y no nativos, frutales y florales. Algunos han sido germinados en nuestro patio o balcón, y otros los hemos rescatado de la calle antes de que los mate una cortadora de grama, un trimmer o el round-up. Serán árboles que sirvan para ayudar a enfriar el planeta (sembrar árboles es la manera más rápida de revertir el calentamiento global). También ya hemos atestiguado cómo algunos se han convertido en el hogar de pájaros, caracoles y otras especies hermanas que están volviendo a habitar lugares de los que fueron expulsados por los humanos que eliminaron sus hábitats.

Nido en árbol de hoja menuda sembrado en la finca El Suñé en Barranquitas en septiembre de 2019. Foto por María Isabel Vicente. Copyright 2021. Todos los derechos reservados.
Nido en árbol de hoja menuda sembrado en la finca El Suñé en Barranquitas en septiembre de 2019. Foto por María Isabel Vicente. Copyright 2021. Todos los derechos reservados.
Vida nueva en una parcela sembrada en la finca El Suñé en Barranquitas en septiembre de 2019. Foto por María Isabel Vicente. Copyright 2021. Todos los derechos reservados.

Hablando con los intérpretes de PLN y a través del libro «La vida secreta de los árboles», del guardabosques Peter Wohlleben, he aprendido que los árboles nacen, crecen, viven y mueren en comunidad; se comunican a través de las raíces y de algunas sustancias químicas que emiten, se ayudan entre sí cuando algún árbol está enfermo o necesita alimento, y reconocen que hasta el individuo más débil es importante para la salud colectiva del bosque. Es posible que, aquellos árboles que crecen en tiesto no desarrollen las mismas habilidades de comunicación que los que crecen en el bosque desde su germinación, y que sean más susceptibles a plagas y otras situaciones. ¡Los árboles no son cosas o simplemente recursos! ¡Son seres vivos que se parecen a los humanos! Gracias a los árboles y a la vegetación estamos aquí; pues son los únicos seres del planeta capaces de convertir la luz solar en alimento. De las plantas nos alimentamos les humanes y otres seres. Incluso los humanos que solo comen animales necesitan a las plantas y a los árboles, pues los animales que consumen se alimentan de vegetación.

Así que, si existe algún islote o cayo en las islas de Puerto Rico en el cual solo haya roca, sin animales de ninguna especie, pero hay algas marinas y vegetación, ese cayo también está habitado por seres vivos, a veces invisibles a nuestros ojos, como cuando miramos un lote de terreno lleno de vegetación sin estructuras construidas por humanos y lo llamamos ‘baldío’ o vacío, porque no vemos los seres que habitan allí. Incluso si son microscópicos, importan y cuentan.

Punta Guaniquilla, Cabo Rojo. Foto por Yaisha Vargas-Pérez ©2021. Todos los derechos reservados.

El antropocentrismo invisibiliza y esclaviza, tanto a otros humanos que parecen menos importantes, como al resto de los seres no humanos, ya sean móviles o inmóviles. También se esclaviza a sí mismo quien tiene una visión antropocentrista del mundo, pues es como crecer aislado en un tiesto, en vez de crecer en el bosque, con las raíces enlazadas con el resto de la comunidad. De ese aislamiento nace mucho sufrimiento, ansiedad, depresión, adicciones. Es el origen de la violencia ecológica.

Ver la biodiversidad es ver con claridad. Es un proceso de conexión, sanación y liberación. Ver con claridad a «las islas de Puerto Rico» es reconocer radicalmente la biodiversidad. Es un antídoto al sufrimiento que nos hemos creado y le hemos creado a nuestras islas y al planeta. #

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