¿Realmente era un ser libre?

Por Samadhi Yaisha /una versión de esta crónica fue publicada el domingo 17 de abril de 2011 en el diario puertorriqueño El Nuevo Día

“Es mejor perder con la verdad que ganar mintiendo”.

– No establezcas una relación codependiente con Dios- me dijo el terapista por Skype. Le hablaba desde el asrham indio en el que había tenido dificultades terrenales que me tenían con un pie fuera de allí. Increíblemente, mi mentora a distancia coincidió con él.

“¿Codependiente con Dios? ¿Qué es eso?”, repetía en mi cabeza. Le había halado la falda a Dios tantas veces para regañarle que más que codependencia me parecía rebeldía.

Quería meditar en el ashram de Osho.

Pero tras un inventario honesto, admití con vergüenza que en los últimos dos años había sido sumisa con figuras de carácter espiritual, y que tanto entonces como ahora había devuelto -con intereses- toda la energía de sanación que había recibido hasta agotar mis reservas nerviosas.

Mientras escuchaba al gurú de la Misión durante un panel-conferencia sobre vegetarianismo, sentía que en alguna parte se rompía un espejo y se le caían las estrellitas que tenía alrededor. Le habían preguntado cómo podían las personas mantener cierto nivel de espiritualidad teniendo trabajos estresantes.

-El trabajo es una disciplina importante, pero debe enriquecer la vida de oración. No debemos trabajar en exceso, ello lleva a la enajenación y a la disolución moral. El trabajo que aleja de una vida meditativa… añade al caos a nuestro alrededor y nos hunde más en la oscuridad.

Algo en mí despertaba y se negaba a ignorar los hechos. Mientras el líder de aquella Misión pronunciaba esas palabras, el supervisor bajo cuya tutela trabajaba me exigía laborar hasta 56 horas a la semana, lo que había reducido significativamente los espacios meditativos que necesitaba y me estaba halando de vuelta, inevitablemente, hacia el caos y la oscuridad. Entre sus consecuencias figuraban, la falta de descanso y una recaída desbarrancada hacia la adicción del azúcar, de la cual trataba de recuperarme.

– Te dije que pusieras tus límites saludables al principio, ¿recuerdas? — me repitió un encargado del ashram, mientras le recordaba que las consecuencias de intentarlo habían sido muy negativas.

De organizadora sindical que una vez fui, ahora atravesaba esta vergonzosa situación. ¿Qué me había pasado? ¿Dónde había quedado yo? Alguien me había enviado por correo electrónico el cuento “Poquita cosa”, del autor ruso Anton Chejov, suficientemente claro para verme en el personaje de la institutriz que había pasado su vida sin saber defenderse.

Y no era la única en aquel barco. Una empleada que también me animaba a poner mis límites en la situación, iba a trabajar acatarrada con frecuencia, según me explicó, para evitar regaños. Otras dos empleadas que trabajaban largas horas eran sumamente propensas a accidentes y enfermedades. Una de ellas prefería llevar su pie enyesado, hinchado y enrojecido antes de sentirse culpable por faltar.

Le preguntaron al gurú sobre la creencia de que un maestro espiritual cargue las deudas kármicas de sus discípulos para ayudarlos a evolucionar. Explicó que sus seguidores no tenían que repetir ese ejercicio, pero para el maestro “el sufrimiento debe ser codiciado”.  Sentí escalofríos; yo buscaba un maestro que exaltara la vida como una celebración y no como un martirio.

La conferencia-panel trataba sobre la importancia del vegetarianismo en la lucha ambiental: cómo las tierras utilizadas para la alimentación del ganado provocaban deforestaciones devastadoras y uso de agua y energía en exceso, y que si se usaran esos mismos terrenos para sembrar comida para humanos, se acabaría la hambruna en el mundo; que los animales criados para consumo humano tenían vidas y muertes violentas y que, más allá de una necesidad nutricional, el consumo de carne servía a la satisfacción de un deseo sensorial, pues el tracto digestivo humano está diseñado para ser vegetariano y no carnívoro.

Hasta ahí estábamos de acuerdo. Pero, a preguntas de un devoto, el gurú respondió que era ideal tener una familia tan grande como se pudiese, con un montón de hijos, mientras yo abría los ojos alarmada, sabiendo que el planeta ya se nos cae de órbita con los casi siete mil millones que somos. La Tierra no aguanta más.

Y le pregunté qué pasaba con las mascotas que había que alimentar con animales, por su naturaleza carnívora.

– Es mejor morirse, que matar a todos los animales que hay que matar para alimentar una mascota carnívnora.

En otras palabras, estaba escuchando que para seguir su camino, tendría que dejar morir a dos de las criaturas que más amaba y que ya sabía, no sobrevivirían siendo vegetarianas. Fue esa noche a mediados de noviembre, con las discrepancias entre el discurso en que escuchaba y las acciones que veía, que decidí no quedarme allí. Ya no podía trabajar en un proyecto allí conociendo que difería de sus principios. Haberlo hecho antes a cambio de sentirme amada y aceptada me había costado caro.

Añoraba meditar danzando en el centro de Osho y debía ajorarme si quería llegar allí, pues mi visa expiraría en un mes. Había oído a discípulos de este ashram discrepar de Osho de manera tal que escuchar que me mudaría allí les resultaría incomprensible y hasta quizás ofensivo. No quería pagar así la hospitalidad que había recibido. Comenzó a patear la conducta codependiente que me quitaba la paz, y empezó a tejer incómodamente una historia con la que todos saliéramos ganando. En el fondo, yo temía perder. Punto. Así que comencé a decir la verdad a medias.

Aprendiendo bhajans en el ashram

– Deberías sentirte libre – me dijo una ashramita que llevaba 20 años allí y hablamos sobre cómo la esclavitud se manifestaba de maneras diversas.

Tenía en mi corazón la certeza que el gurú que descansaba en el santuario, con cuya biografía y aura me había conectado tanto, entendería. Él había recorrido muchos lugares y se había ido de algunos en silencio.

– Perdóname por lo que voy a decir para no crearle tristezas a nadie, y tampoco a mí misma. Lo siento, pero no me he entendido con tus discípulos- le susurré. -¡Todavía me falta sanar un capítulo más y aquí no lo voy a conseguir! –

Abrí su biografía en búsqueda de respuestas; un tomo grande, antiguo y polvoriento. Narraba la historia de Pagnini, un violinista famoso al que un día le llevaron un violín roto imposible de tocar. “No seas un instrumento roto. Sé completa, de manera que de tu vida broten notas maravillosas”. Ese día tambié abrí un librito de meditaciones que me había llevado de América y la palabra de esa fecha era “Libre… No estés otra vez sujeto al yugo de esclavitud”.

Finalmente, le confesé a los encargados del ashram: – Voy a acortar mi visita… Creo que me voy a casa…

Lo que no dije era dónde quedaba mi casa. Ni yo misma sabía. Me costó un trabajo increíble esa decisión y recibir de vuelta el mensaje de que luego de salir de allí, podía irme de India, como si no pudiese ser decisión mía quedarme el tiempo que permitía mi visa. Sentía que repetía el fracaso de la comunidad anterior en la que había vivido. Esta vez le decía que no a extender mi visa al menos dos años por no trabajar con aquel supervisor inconsciente en el único departamento en el que podían ofrecerme laborar en inglés. Pesó también que alimentarme en aquella ciudad era cuesta arriba -casi dos meses para encontrar brócoli y repollo frescos- y que estaba cansada de lavar ropa a mano porque la ashramita a cargo de la lavadora se había empeñado en que yo no sabía usarla. Además, el secretario del centro de yoga en el que deseaba adiestrarme, me explicó que, para empezar el proceso, debía conseguir un maestro certificado en mi país de origen o un lugar cercano.

– Tienes que regresar a América – me repetía.

Con todo y la recaída de azúcar, había bajado de peso a tal punto que los mahones que había comprado en India una talla menor ya me quedaban grandes. Me miraba en el espejo y traslucía pálida. Me sentía dividida.

Tenía una amiga en Puerto Rico que había vivido en ashrams. Habiendo visto de todo, la noche antes de que despegara mi avión del Caribe, apuntó a mi nariz y me miró por encima de su dedo:

-Si en algún momento las cosas se ponen feas, haz las maletas y regresas a casa-

Encima de los retos que vivía, un gatito bebé que había rescatado de la calle y que había tratado con un veterinario, finalmente había expirado después de dos semanas de angustia. Lloré con amargura, porque sabía que el pequeño no necesitaba más medicinas ni alimentos, sino una mano cálida porque había perdido a su madre. No sabré yo si después que una madre se va, uno se le quiere ir detrás de tan hueca que se queda el alma.

Toqué fondo otra vez. Necesitaba ánimos para seguir. Cuando me mudara de ashram estaría totalmente sola en Puna. Me conecté con una fuente de inspiración en la página web de Unity; la cantautora Karen Taylor-Good tarareaba la melodía Hasta ser fuerte otra vez. Saqué mi guitarra nueva y me atreví a rasgar algunas notas, a ver si finalmente, en medio de aquellas experiencias duras, me daban un nuevo corazón. “Juro que antes tenía alma y un corazón abierto que confiaba. Si pudiera irme a dormir y despertar meses después, todo mágicamente sería perfecto de nuevo. Y yo sería de nuevo yo… quien alguna vez fui, ya no más vulnerable, débil, perdida…”

No recordaba muy bien la última vez que había sido fuerte. Habrían pasado cinco años desde entonces. Tuve que sacudirme la memoria de los 20 años para que despertaran los recuerdos de todas las veces en las que había sido audaz. Y de pronto saltaron de mi entrecejo como burbujas: a los 21 años conseguí un trabajo y me fui a vivir sola; a los 22 viajé a una región remota de Chile -mi primer viaje internacional- sola en avión sin estar completamente segura de que hallaría a mi grupo de amigas cuando llegara a aquel aeropuerto en medio del desierto de Atacama; con esas mismas amigas viajé a España para tocar la guitarra y me separé del grupo para viajar sola a París sin saber donde me hospedaría; a los 23, como reportera de radio, me asignaron cubrir campañas de desobediencia civil en Vieques sin presupuesto de hotel, sólo un vehículo donde moverme y dormir, mochila, grabadora y teléfono, y nunca faltó un periodsta que me diera refugio para bañarme y descansar; a los 24 me fui a estudiar a España un año, y cuando llegué tampoco tenía hospedaje. Y había más. O sea, que las historias de llegar a alguna parte sólo con una maleta eran muchas en mi resumé, pero las había olvidado. Me tocaba confiar en que el hotel contiguo al centro de Osho que no hacía reservaciones para habitaciones económicas tendría un espacio para mí, aún en la temporada alta.

Participé en una ronda de meditaciones para la sanación del gurú.

Hice mi última ronda de oraciones dedicadas a la salud del gurú actual, que había empeorado de nuevo. Me paré al pie de su balcón y le di las gracias por todo.

Un viernes en la noche, cuando todavía había festejo en esa parte de la ciudad por las celebraciones del cumpleaños del gurú del santuario, llamé a un taxi. Me monté sin mirar hacia atrás. Me acompañaba la guitarra.

Días después, caminaba por el centro de meditación de Osho, a veces llevando una bufanda a medio rostro, con el propósito de proteger dos cosas: los pulmones del esmog y la media verdad que había tejido.

Hasta que me cansé de taparme la cara y sentir aprehensión cada vez que saliera a la calle. “Que sea lo que Dios quiera”, dije antes de desenmascarme a mí misma.

Dos segundos después: “¡Samadhi!” Un devoto del ashram del que me había ido cruzaba el mismo camino que yo en un sector de Koregaon Park.

Era inevitable. La verdad era ahora libre y la sabrían al otro lado. Aprendí en ese momento, y jamás he olvidado desde entonces: “Es mejor perder con la verdad que ganar mintiendo”.

¿La autora es un ser libre?

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