90 días: Aprendiendo a ser humana

Por Samadhi Yaisha / crónica publicada el domingo 4 de agosto del 2013 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

 

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Imagen “still” por Porsche Brosseau, licencia de Creative Commons;  Imagen original

Tras aquellas experiencias, practiqué permanecer consciente de mi cuerpo y mi respiración a todas horas del día, sin importar lo que estuviese haciendo. Tenía atisbos del entendimiento de que todas las formas tienen el mismo trasfondo o vacío, una especie de estado “hueco” que lo contiene todo. Al practicar comer conscientemente y en meditación, mi atención regresaba a masticar, respirar, tragar, hasta que un día percibí que las papas y las habichuelas que consumía estaban hechas de nada, eran sólo una percepción de sabor, temperatura y forma. Mi maestro de meditación me explicó que ese día comprendí que las cosas en el mundo físico no podían otorgarme el nivel de satisfacción que mi alma buscaba.

La experiencia más abrupta ocurrió una noche tras salir de la ducha. Se secaba el vapor del espejo del baño, y revelaba mi imagen con el pelo rizo y mojado. Me atreví a mirar dentro de mis ojos oscuros y me asusté. Lo que vivía en mí se dio cuenta de que estaba atrapada en una celda de piel y vellos. La reacción no fue placentera; sentí que estaba aprisionada en la piel de un animal. “¿Qué hago aquí metida? ¿Cómo fue que llegué a meterme en una cosa viva que tiene pelos, mocos y sudor?” Todo en mi cuerpo se sentía pegajoso y viscoso. Quise salir corriendo de mi cárcel gelatinosa. Recordé que ser humana había sido una experiencia desagradable desde el día en que nací. Mi mamá me había contado que lloré tan pronto asomé la cabeza, no me tuvieron que dar palmadas para respirar. Y cada vez que meditaba sobre mis primeras experiencias humanas y los primeros meses de vida en el vientre de mi mamá, la apreciación era la misma: yo no quería venir.

“No has hecho las paces con la que está aquí dentro”, me dijo con paciencia mi maestro, señalando su propia cabeza. En medio de mis prácticas de amor propio, brotó aquella lección. De todas las formas que el Absoluto podía manifestar, la experiencia humana era compleja; era como tener varios cuerpos en uno: la parte física, la psiquis, las emociones, el espíritu, los chakras, los recuerdos, los traumas, los desapegos… ¡Suficiente con bregar con la vida presente como para querer saber de vidas anteriores!

De haber entendido todo aquello cuando era niña, hubiese comprendido que cuando fuera grande, mi meta era aprender a ser humana; andar el camino del héroe, el alma que encarna para atravesar el tramo que conecta a la mente con el corazón. La experiencia del Absoluto en mi cuerpo no era aprender a salir de él para tener experiencias esotéricas y ser “más espiritual”. Mi alma ya lo era todo en sí misma, la lección era estar dentro del “amasijo hecho de cuerdas y tendones”, del “revoltijo de carne con madera”.

Y ser humana fue algo que no me enseñaron en la escuela ni en la religión. Allí aprendí a aprisionar información en la memoria temporal de mi cerebro para vaciarla en un examen y a reforzar que ser humana era pecaminoso. Lo que valía era la nota de A, el 100 por ciento, la medalla al final del curso. Es lo mismo en la vida adulta: la remuneración exhorbitante, el carro lujoso, la vivienda exclusiva. Y tras llegar a ese pedestal, una mira hacia atrás para ver la estela de humo y las pisadas de fuego que aplastaron necesidades humanas básicas propias y ajenas, porque pensábamos que eso nos haría felices.

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Imagen “Yoga y meditación en el lago Titicaca, Bolivia” por Juan Gatica. Licencia de Creative Commons.

La religión en la que crecí y las creencias inculcadas sobre cómo debe comportarse una cuando es niña también me enseñaron a reprimir mis necesidades: los niños hablan cuando las gallinas…” Pero ocurre que la psiquis humana viene equipada para satisfacer necesidades: sobrevivir. Cuando el entorno no provee una vía funcional para satisfacerlas, entonces la psiquis crea estrategias. Y como ello ocurre a un nivel inconsciente, una llega a adulta expresando conductas disfuncionales que ni sabe por qué están ahí. Haciéndome responsable de mi cápsula humana, asistí a un taller de Comunicación de Atención Consciente, en el cual aprendí a identificar con claridad mis necesidades, y cómo había aprendido a suprimirlas con estrategias de supervivencia.

 

La facilitadora, Lori Woodley, estudió durante años con el doctor en psicología clínica Marshall Rosenberg, creador del concepto de Comunicación No Violenta. Woodley hiló con aptitud conceptos de la técnica de meditación Vipassana –que yo practicaba– con lo que recibió de Rosenberg. Gracias a ello, aprendí a identificar con más precisión el momento en que una situación, persona o lugar provocaba una reacción en mí, en qué parte de mi cuerpo surgía y, gracias a ello, saber qué tipo de necesidad tenía. Si el detonante me atrincheraba el cuello o la garganta, mi necesidad era de expresión (creatividad, participación, comunicación, autenticidad, celebración); si me oprimía el pecho, se trataba de conexión (afecto, compañía, sensibilidad, consideración, solidaridad); si se me trancaba el abdomen, era una necesidad de bienestar (sobrevivir, apoyo, ayuda, seguridad emocional, protección). Cada categoría tenía una lista de necesidades, y los sentimientos asociados cuando aquéllas eran satisfechas o no: frustración, alegría, ansiedad, preocupación, agradecimiento, etc.

Con este mapa más claro, me atreví a navegar en mi territorio emocional previamente minado, para entenderlo compasivamente. Estaba dispuesta a ser humana. Todos los que me habían enseñado que ignorara o suprimiera este aspecto de mí quizás no tuvieron la oportunidad de comprender el suyo. A lo mejor, como yo, se sentían incompletos.

Cuando entré en ese espacio, en meditación, me estaba esperando mi mente humana. Se sentía maltratada por hacer su trabajo: sobrevivir. “Mis necesidades no son importantes. No tengo derecho a tener necesidades”, fue su mensaje de frustración y empequeñecimiento. Mi cuerpo comenzó a temblar y me bajó el azúcar. Y alrededor de aquella creencia, vi toda una pelota de estrategias de supervivencia: complacer a los demás, ser codependiente, comer y trabajar sin tregua. Respiré. Esta vez, no caminaría sola. Le pedí a mi Poder Superior que transitara conmigo, y fue como prenderle luces a mi cápsula humana.

La faciliadora pidió que imaginara que mis necesidades físicas y emocionales eran satisfechas y buscara en qué parte de mí podía encontrar la fuente. Mi primer pensamiento fue mi cocina, pero mi intuición susurró que la fuente no estaba fuera de mí. El segundo pensamiento fue mi cabeza, pero eso tampoco lo era todo. Seguí “rastreando” mi cuerpo, hasta que mi mano se detuvo en mi corazón, y escuché que algo hizo “clic”. El centro de mi corazón se abrió y dejó salir una energía poderosa, como si la Presencia que me acompañaba finalmente se instalara allí. “¡Ésa es Ella! Tu Divinidad Interior, ¡y tiene todo lo que necesitas!”, me dijo mi intuición. Mis síntomas físicos se disolvieron, dejé de temblar y sentirme débil.

Al día siguiente, una mañana de septiembre, me levanté por primera vez sin sentir que mi mente tropezaba con ansiedad e incertidumbre. Algo se había conectado. Había alguien viviendo en mí, una Presencia que podía satisfacer todo lo que necesitara sin recurrir a subterfugios. Percibí que mi mente humana finalmente se había adentrado en la sabiduría de mi corazón. Jamás me sentí tan anclada, segura y protegida. Ese día encontré un hogar en mí misma.

En Facebook: 90 días: una jornada para sanar.

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Imagen “dreamy” por Prosche Brosseau (licencia, Creative Commons)  (Imagen original)
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4 Comments

  1. Saludos, acabo de leer si colymna Aprendiendo a ser humana en el periodico.Me identifique con el parrafo cuando explica que:” la mente se sentia maltratada por hacer su trabajo:sobrevivir”..complacer a lo s demas, ser codependiente, comer y trabajar sin tregua….me estas analizando, tal pareciera..
    Recomiendeme algun libro que pueda comenzar con lo basico para poder sanar.Gracias

    1. Saludos Diana, el libro “Codependents Anonymous” tiene muchas herramientas para trabajar con este tipo de conductas, así como todos los de Melody Beattie también. Espero que haya sido de ayuda.

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