La burbuja que lo empezó todo

by Samadhi Yaisha/especial El Nuevo Día, on Monday, October 10, 2010 at 5:54 am

“Fue un jueves de junio, poco después de un feliz cumpleaños que celebré meditando en la playa con amigos y maestros entrañables… Abrí el corazón y pedí por deseo realización espiritual… No tenía idea del lío que me esperaría por semejante petición”.

Por Abhi Samadhi / Especial El Nuevo Día

Era 23 de septiembre. A menos de 24 horas de montarme en un avión de Puerto Rico hacia la India y otros destinos, sin boleto de regreso, dejando atrás un apartamento y un carro en venta, con $646.46 en mi cuenta de cheques y $20.00 en la cuenta de ahorros que no me darían para cubrir las deudas de octubre, era inevitable que volaran incesantemente en mi cabeza todos los eventos que me habían llevado a las puertas de la bancarrota y de lo desconocido.

Fue una insignificante burbuja la que comenzó todo.

Fue un jueves de junio, poco después de un feliz cumpleaños que celebré meditando en la playa con amigos y maestros entrañables que eran mi único refugio emocional. Abrí el corazón y pedí por deseo realización espiritual. Mi madre me decía que la ignorancia es atrevida. No tenía idea del lío que me esperaría por semejante petición.

Por fin comenzaba a disfrutar de la anhelada paz mental que todos buscan y nadie parece encontrar. Un intenso proceso de dejar atrás obsesiones insanas comenzaba a dar su fruto. Había removido una gran capa de dolor y sufrimiento al finalmente dejar de resolver -más bien salir corriendo de- mis problemas comiendo azúcar.

Ese jueves me senté en una meditación mañanera que consiste en bajar la temperatura del cuerpo en agua fría. Aún no había salido el sol, y ni el miau de mis gatichurris interrumpía el dulce vacío silencioso que acompasaba mi respiración.

Y de aquella nada, comenzó a surgir sin razón el temblor impetuoso en el centro de mi estómago, como en los días ansiosos que había dejado atrás. Ahora que estaba más conectada a mi cuerpo y mis emociones, me atreví a preguntarles a mis tripas asustadas qué ocurría. Y ahí fue que lo sentí.

Una minúscula burbuja comenzó a subir inofensivamente desde el epigastrio, flotando grácilmente vía el esófago y finalmente desintegrándose en la cavidad detrás de mi nariz, donde sentí una leve cosquilla. Y todo hubiese quedado ahí, de no ser que, cuando la burbuja reventó, el destello de una memoria cruzó mi cabeza. Era el recuerdo de un salón entero de estudiantes que se burlaban sin compasión, y una ola de sentimiento de dolor y rechazo. Las carcajadas subían de volumen e intensidad, mientras mi rostro se infestaba de un rubor vergonzoso que hacía reír más al colectivo, incluida la maestra. Tendría unos 11 años.

Abrí los ojos y recordé que me hacía falta respirar. De seguro tenía las pupilas dilatadas de miedo. Mi corazón se había acelerado. Había bloqueado aquel momento -y tantos otros similares en la misma escuela- pero mis vísceras aún los recordaban como si hubiesen ocurrido el día anterior. Miraba los azulejos mojados, diciéndole a mi mente que todo estaba bien en el presente, pero tal parecía que aquella miasmita de burbuja había abierto un portal al subconsciente que ya no podría cerrar.

Durante los próximos días me invadieron temores sin sentido. Me mantenían en vela las memorias -cada vez peores- de abusos que había bloqueado y el miedo a quedarme dormida y tener pesadillas del pasado.

El más mínimo comentario negativo de alguien, tuviera o no que ver conmigo, provocaba una ola de tristeza interior que desembocaba en llantos a escondidas, y que, a diferencia del resto de mi vida, ahora me negaba férreamente a manejar tragando dulces. Derramaba lágrimas como si tuviese pegado el llorómetro. La gente a mi alrededor se preguntaba si era que algún espíritu llorón no identificado me había poseído y por qué no podía cerrar la pluma de mis párpados. Yo tampoco lo entendía y estaba confundida. Aprendí luego que, cuando remueves una compulsión tan fuerte, las cosas que habías enmascarado resurgen y te persiguen como fantasmas que reclaman resolución a las injusticias.

Pedí socorro a quienes entendía podían ayudarme a descifrar el acertijo de las lágrimas. El grito de auxilio desembocó un día en otro salón lleno de gente, en un reclamo de abrazos en vez de carcajadas. Pero todos se quedaron perplejos, lógicamente. Al día siguiente, no pude ir a trabajar de la vergüenza, y esperaba con el teléfono pegado al corazón una promesa de ayuda que había suplicado por mensaje de texto. Era un lunes. Exactamente 28 de junio. Cuando el celular comenzó a cantar, lo apreté para responder como el náufrago que se agarra de un salvavidas.

-Creo que las personas que quieres que te ayuden están cansadas. Busca ayuda en otro lado.

Me habían asistido a remover la droga, pero una vez desnuda del mecanismo que disfrazaba mis temores, nadie sabía qué hacer. El golpe fue un flash de desamparo. Sentí el salvavidas resbalándose de mis manos y desinflándose fuera de mi control. Estaba hundiéndome, con una mano fuera del agua, y no había nadie alrededor.

Pedí vacaciones, pero cuando quise regresar, recibí a distancia un “no” que fue como el sable de un samurái cortándole la cabeza a lo que quedaba de mi frágil ego. En las próximas semanas, hubo silencios largos y olvidos de invitaciones. Era el lenguaje indirecto, pero inequívoco, de que ya no pertenecía. Era un destierro gentil, aunque no por ello menos doloroso.

Y luego del destierro, una boscosa oscuridad que varios seres de luz, como pequeños cucubanos, me ayudaron a atravesar, aunque superar el tramo me tocaba a mí. Aparecieron guías y mapas en procesos separados que empezaron a converger como si fuese el plano de un tesoro que alguien había trazado para mí y me tocaba resolver.

Siete meses atrás, había escrito un cuento en el que la protagonista fue desterrada, secuestrada, pidió ayuda a un ser divino que la hundió más y debió rescatarse a sí misma. Dos meses antes, había soñado que encontraba a una niña abandonada en una feria y decidí ayudarla. Maravillosamente, ambos sucesos contenían claves para salir. Antes de este momento de mi vida, creía que las historias de Richard Bach y Paulo Coelho eran un invento absoluto.

He vivido valiosas experiencias y un viaje interior que me cambió la vida, hogar, amigos y familia en menos de 90 días, y me llevó a hacer un viaje hacia el mundo en 90 días. Escribo estas líneas montada en un vuelo de 14 horas hacia Nueva Delhi, extrañando a mi papá y el cálido ronroneo de mis dos peludos mininos, esperanzada en que han sido y serán vivencias para contar. Espero que disfruten el viaje conmigo.

La autora es un ser libre.

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    • Alexa Santiago

      Todas tus amigas lo hemos publicado. Yaisha eres una gran mujer, inteligente, sensible, perseverante, audaz con tus palabras, sientes un profundo amor y respeto por los animales, pero más que todo eso eres valiente. Ja,ja, jamás olvido tu v…See More
      October 4, 2010 at 10:17am · Like ·  1
    • Abhi Samadhi Querida Alexa, que hay hazañas mas profundas que esa, creo yo… como quitarle el velo al corazon. Ando en busca de gente que ha logrado hacerlo.

      October 9, 2010 at 7:29am · Like ·  1
    • Kaarla V Olivencia Suena como que pasaste por una profunda depresión y lograste salir al otro lado sin las muletas modernas: terapia y pastillas. No sé cómo lo hiciste, pero te felicito, y sí tiene razón tu amiga Alexa: eres una mujer valiente! ((((Abrazos))))

      February 7 at 10:34am · Like ·  1
    • Abhi Samadhi Gracias Kaarla. Ves en mí lo que llevas dentro. Me parece maravilloso que expreses tu maternidad tan apasionadamente y que abogues por la manera natural y normal de todas esas cosas. Hace tanta falta poder nacer en paz. Abrazos.

      February 7 at 9:56pm · Like ·  1
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2 Comments

  1. Yaisha me has dejado con ganas de mas! Espero con ansias la proxima entrega! Te felicito, escribir de una manera tan linda en ambos idiomas, es un reto! Mucho amor!

    1. Querido Milo,
      NO había visto tu mensaje. Eres el primero que has posteado y me has dado tanto ánimo. Te lo agradezco tanto. Por aquí va el segundo post!!!! Espero que te guste!!!!!!

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