Esperando al gurú, aguardando el amanecer

por Samadhi Yaisha / una versión de esta crónica fue publicada el domingo 6 de febrero de 2011 en el diario “El Nuevo Día”

“La muerte es como un amanecer. El sol parece irse, pero realmente, amanece en otro lado”

-Los gurús suelen remover de alrededor tuyo aquellas cosas a las que te has apegado, para que seas libre; para que seas como el agua, que siempre fluye.

Aquel ashramita indio se había sentado frente a mí, vestido de blanco, sonriendo con sencillez, mientras esperaba por una clase de yoga.

No sé qué lo motivó a decirme aquello, porque yo no había dicho nada, pero algo en mí sabía que debía escuchar esas palabras -miré el calendario- exactamente 90 días después del primer golpe telefónico que me lanzó a la oscuridad.

Asentí mirando la alfombra gruesa, de colores marrón y crema con diseños orientales, mientras una fogosa resistencia crecía en círculos dentro de mí.

– El dolor ha sido insoportable – le respondí

Me sonrió con empatía y ternura. -Cuando uno se resiste, claro. Eso le impide crecer a uno.-

Yo quería contestarle de vuelta toda la jeringonza que mi mente vertía en mi torrente sanguíneo sin poner comas: ya el viaje a India estaba planeado, y la posibilidad de viajar a otros lugares, no era necesario empujarme así de allí, etcétera, etcétera, etcétera. Pero -si para mucho sirve la cultura popular- había aprendido que “la resistencia era inútil”, y que seguiría esperando sentir agradecimiento, con honestidad, sin disfraces de espiritualidad falsa. Por aquellos días, el mundo esperaba al borde de la ansiedad que salieran de 700 metros de oscuridad los mineros chilenos llevaban encerrados dos meses. Yo había escalado bastante desde mi propio abismo, y había sanado lo que jamás pensé posible, pero me faltaba ese pequeño tramo hacia la cúspide que no lograba descifrar: ¿cómo perdonar después de haberlo dado todo? Había vaciado anaqueles de autoayuda buscando y practicando técnicas de perdón. Si las ponía en una lista, de seguro compilaba un libro que no podría vender por falta de honradez, pues la amargura cedía, pero regresaba con más fuerza. Me faltaba la clave de acceso que no había oído y que sabía, probablemente, tampoco escucharía. La tendría que encontrar por mi cuenta.

Estando allí escuché historias de otros devotos que habían estado muy cerca de su maestro y habían caído en desgracia. Una me dijo que sentía que la habían bajado del cielo y, más de una década después, su vida no era aún la misma. Asentí y la entendí. Era como caer por un abismo para siempre.

Recordaba la película Under the Tuscan Sun, en la que una mujer había rehecho su vida en Italia luego de un divorcio devastador. -Si ella pudo, yo también- me repetía.

Los devotos de este ashram indio también estaban en oscuridad. Su gurú, de 92 años, había estado ausente siete meses tras una caída durante una de sus giras por el mundo. Una cadera y un brazo roto, varias operaciones y semanas de terapia lo habían atrapado temporeramente en América. El satsang de por las noches (ceremonia en la que hay cánticos y los seguidores escuchan al gurú) se hacía con vídeos anteriores del maestro, pero no por ello los mensajes grabados eran menos certeros:

– El gurú es aquel que te lleva de la oscuridad a la luz. Dios no está lejos, está adentro, lo que necesitamos es aprender a sentir su presencia. Siéntate en silencio todos los días y entra en el silencio que está en ti. El silencio es el verdadero maestro. El silencio es el verdadero gurú.

Al quitarme los zapatos en la entrada, un letrero se topó con mi nariz: “Sigue perdonando, al menos tantas veces como quieres que Dios te perdone a ti”.

El auditorio del satsang, un enorme salón de mármol en el centro de un antiguo castillo de la ciudad, se llenaba de devotos al cabo de las jornada de trabajo y el tapón vespertino. Gente de toda la urbe subía las breves escalinatas, se quitaba los zapatos y desahogaba sus pesares arrodillándose o poniendo una vela frente a la imagen del gurú fundador. Una silla vacía marcaba el lugar donde se sentaría el gurú actual que no estaba en India. Mujeres vestidas en conjuntos de punjabi y saris se sentaban en el lado derecho del salón (las ashramitas de blanco y las devotas regulares de diferentes colores) y los hombres en el lado izquierdo. Yo había optado por kurtas y pantalones sin la dupatta (estola).

Casi todo el satsang transcurría en recitar 108 veces un conocido mantra en sánscrito para que el gurú sanara y regresara pronto:

– Om Tryambakam Yajamahe, Sugandhim Pushtivardhanam Urvarukamiva Bandhanan Mrityor Mukshiya Maamritat. (Meditamos en la realidad de los tres ojos, que permea y nutre todo como una fragancia. Por el bien de la inmortalidad, que seamos liberados de la muerte).

A medida que se acercaba la fecha de regreso del maestro, los seguidores se desesperaban más. Algunos lloraban cuando lo veían en pantalla; la espera había sido muy larga.

Una noche de octubre la transmisión fue en vivo desde Nueva York y el auditorio del satsang se preñó de devotos. El gurú se veía físicamente desmejorado, frágil, como si un hilo sutil lo mantuviera atado a la tierra. Su rostro se transparentaba y mi corazón languidecía. El maestro pasó casi toda la transmisión meditando con una respiración dificultuosa, mientras una de sus grabaciones explicaba que la muerte era como un atardecer, el sol parece irse, pero realmente amanece en otro lado. Y yo bajaba la cabeza pensando que había esperado 90 días, volado todas aquellas millas y roto el cochinito de mi 401K sólo para ver la silla vacía de un maestro que se desvanecía.

Sin embargo, no era lo peor que me había pasado en tres meses. Las experiencias duras que viví en Puerto Rico habían terminado por despertar nuevamente una parte más estóica, intrépida y centrada que fue, hace años, una herramienta valiosa para trabajar como periodista. De alguna manera, esos incidentes me habían preparado para este momento, que ahora parecía natural. Si este maestro llegaba a India sólo para dejar su cuerpo, su expansión espiritual era el mejor regalo que podía recibir jamás.

No era el único gurú que había ido a visitar a Puna. También, el centro de B.K.S. Iyengar, un maestro de yoga casi centenario que había conocido dos años y medio antes a través de clases y libros, y cuyas técnicas me habían proporcionado beneficios múltiples.

No llegué sin antes atravesar varios obstáculos como averiguar la dirección y pedir ayuda todos los días a un encargado del ashram para descifrar el sistema de transporte, conseguir una tarjeta de internet para encontrar direcciones en google maps y la tarjeta sim del celular que era todo un reto para un extranjero. Así podría llamar al centro, preguntar el itinerario y pedir admisión. Su respuesta, siempre con una sonrisa, era: “Lo hacemos mañana”.

Así pasó más de una semana, hasta que un día se me recalentó el conjunto de punjabi que tenía puesto y me dije a mí misma, “para mí ya es mañana”. Salí a la calle y detuve un autorikshaw que me llevó al centro de Iyengar en medio del tráfico demencial. Al poner un pie en la entrada sentí que me derretía en un lago de paz. Era más pequeño de lo que había imaginado, un bonito jardín rodeaba la sencilla estructura de dos o tres pisos que servía de hogar, y otro edificio de tres niveles acomodaba salones y la tienda de atrezos de yoga.

Le dije al secretario que venía a tomar clases. Me miró de arriba a abajo, me paré lo más derecha que pude, y me respondió:

– Vas a ir a América, vas a buscar un maestro certificado, y vas a tomar clases allí.

– ¡Pero si de allí vengo!

Miró mis sandalias escasas, sacó papel y lápiz, escribió el nombre y los teléfonos de una maestra, y me los entregó. El nombre significaba “reina”.

De vuelta al ashram, el conductor del autoriskshaw me cobró 100 rupias (aproximadamente $2.05). Cuando fui a pagarle, miró mi monedero, me dijo que se había equivocado y que eran 150. Busqué un traductor en el ashram, para que le dijera que no tenía problemas con la tarifa, pero no me gustaba que cambiara de opinión para aprovecharse de mi cartera.

– Si quieres moverte en esta ciudad, tendrás que aprender a hablar hindi – me aconsejó una ashramita anciana que había visto la situación. Los extranjeros occidentales pagaban más en todas partes.

Ya tenía dolor de cabeza. Llevaba más de una semana en la ciudad y no había encontrado todavía a un gurú que me ayudara a arrancar el pelo de frustración que aún colgaba de mi corazón -era un obstáculo para hallar esa tranquilidad absoluta que sabía que existía- y amenazaba con repoblar nuevamente todo lo que ya había limpiado en mi interior.

Curiosamente, dentro de aquel ashram se había colado un discípulo de Osho, quien tan pronto escuchó mi nombre espiritual, abrió los ojos, y me preguntó qué gurú me lo había dado. Le sonreí y me regaló un libro: “La alquimia de la iluminación”, de Osho.

Lo abrí al azar: “Todas las cosas que llenan tu mente no son tú. Tú estás más allá de ellas. Identificarse con ellas es el único error. Por ejemplo, alguien te insulta, te da coraje. Crees que eres tú el que tiene coraje – pero visto científicamente, su insulto es solamente un control remoto. El que te ha insultado controla tu comportamiento”. Fue el primero de una serie de aprendizajes de Osho que calaron profundo en mí.

Seguía mi dieta hasta en las aches para evitar enfermarme, pero el smog era denso, como un remolino de tierra y brea pulverizada. Siete días en Puna y mi garganta dolía; tocía y escupía gris y marrón.

Aún mocosa, la directora del ashram me detuvo en un pasillo después de un satsang matutino.

– Necesito clases de yoga.

“¡Yo también!”, grité por dentro.

Había llegado a Puna precisamente para profundizar en mi aprendizaje como meditadora y facilitadora de yoga. Aún no había llegado donde Iyengar, ¿cómo le iba a dar clases de yoga a la directora del ashram? Pareció importarle poco, porque luego de unas cuantas posturas para aliviar las piernas y la cadera, me pidió la bendición y me reí.

Finalmente, me rendí en el lugar de meditación otra vez y le dije al verdadero gurú, el silencio:

– Se me ocurre agradecerte lo que he vivido, aunque me duela, en lo que espero el amanecer.

La autora es un ser libre.

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