Por Yaisha Vargas-Pérez
“El ego trata de comerte los dulces” es una narrativa común en las comunidades espirituales que son alternativas a la religión tradicional. Aunque tal vez tenga la intención de “liberar del ego” de los seguidores de una gurú o un maestro, esta narrativa puede tener como impacto el causar más daño, y el efecto adverso de tratar con vergüenza tóxica aquellas partes de nuestra personalidad que se desarrollaron para proteger otras partes que fueron heridas o quedaron congeladas debido a sucesos difícil o incluso trauma.
Un gurú o maestro espiritual no es necesariamente un terapeuta, aunque ofrezca herramientas alternativas a la religión que condena mediante el dogma rígido. Desmontar o deconstruir un sistema de defensa, de creencias, de hábitos que protege las partes más vulnerables de un ser humane con el objetivo de ayudar a esa persona a dejar de sufrir —y establecer otras formas de relacionarse consigo misma y el mundo— es algo que requiere respeto, paciencia, compasión y la experiencia de un profesional cualificado. No se puede tratar a la ligera en un retiro “liviano”, en una sesión de yoga o meditación, o con frases al vuelo como “supéralo, ya ha pasado mucho tiempo” o “ese es tu ego”.
En noviembre de 2025, Melissa Revell, una bailarina que reside en el Reino Unido, ganó una demanda contra una escuela de yoga luego de participar en una capacitación por la cual pagó más de 2,000 euros y se llevó a cabo en India. Los participantes fueron guiados a realizar intensos ejercicios para explorar los recuerdos de su niñez y su relación con sus padres, de manera que pudieran perdonarlos y continuar enseñando. Luego del ejercicio, Revell se sintió abrumada por la ansiedad, comenzó a temblar y se sintió mal. Al tratar de hablar con el maestro del retiro sobre su experiencia, recibió una respuesta que descartaba sus sentimientos. Sintió la coerción de los líderes del retiro de tener que participar en más ejercicios intensos como este, enfocados en psicología. Cuando regresó a su casa, no pudo funcionar igual. Se había despertado en su psiquis un estrés postraumático que la dejó inhabilitada para llevar a cabo su vida normal. Y el centro de yoga no respondió por las heridas psicológicas que había causado al abrir la mente al dolor no procesado y dejar las heridas abiertas.
Es incómodo hablar de abuso espiritual. Sobre todo porque, en las comunidades espirituales alternativas, existe la enseñanza de no causar división dentro del grupo con las palabras. No obstante, esto tiene el efecto de que algunos participantes callan los abusos, y quienes los denuncian son exiliados. Esto se parece a las dinámicas no verbalizadas que permean en familias donde hay maltrato y silencio: “No hables. No confíes. No sientas”.
Estas experiencias son, lamentablemente, bastante comunes. Basta con mirar las denuncias valientes que han realizado figuras y grupos como Tara Brach, Andrew Harvey, Sarito Carroll, Karen Rain, Matthew Remski, Andrea Winn, Gail Tredwell, Pamela Saharah Dyson, Joelle Tamraz, Charlotte Medlock, Jayanti Tamm y Project SATYA, entre otros. Hablaron en momentos en que el resto callaba y los aislaba. Los emails recientemente revelados entre Jeffrey Epstein y un maestro espiritual conocido comercial y mundialmente se añaden ahora a esa lista.
Muchas de las experiencias de personas que han vivido abuso espiritual son dolorosamente similares y ocurrieron cuando eran jóvenes, esa época en la que una persona está buscando cómo pertenecer en el mundo y forjar una identidad funcional. Es esa edad en la que tal vez una persona no es totalmente consciente sobre cómo funcionan las estructuras de poder humanas en el mundo. Algunes experimentaron estas cosas en una época en la que una ola de gurús y maestros espirituales de otros países se establecieron en el continente de América en la década de 1960 y 70, cuando existía una juventud sedienta de encontrar respuestas más allá de las creencias y religiones tradicionales por las que se sentían aprisionados. Creyeron los discursos de desmontar el sistema que existía a través del amor libre, las espiritualidades alternativas, el uso de alucinógenos, etcétera. Pero no establecieron una estructura ética que sustentara su propio discurso de “ahimsa” o no causar daño. Y terminaron en el extremo contrario del abuso.
Medios como el periódico británico The Guardian, la BBC y Netflix han publicado extensamente sobre las dinámicas abusivas en términos emocionales, físicos, psicológicos y hasta sexuales en comunidades espirituales alternativas en aras de “deshacerse del ego que es malo” y que, gracias al movimiento #MeToo, muchas mujeres se han atrevido a denunciar, incluso décadas después de que el abuso ocurriera, porque en el momento en que ocurrió no fueron escuchadas.
Todavía estas cosas existen. Una vez vi cómo una gurú de yoga le respondió a una estudiante que le explicaba que varias partes de su personalidad le hablaban en su cabeza como queriendo ir en direcciones opuestas. La gurú le dijo que eso era esquizofrenia. No mucho tiempo después, empezó a hablar mal de esta estudiante a sus espaldas; y un tiempo después, la joven estaba fuera de su escuela. Repitió ese patrón con varias personas cuando se cansaba de ellas.
Lo que la estudiante relataba se trabaja hoy en día con la terapia “Internal Family Systems” del Dr. Richard Shwartz, autor del libro “No bad parts” (“No hay partes malas”). La terapia del Dr. Shwartz ayuda a reconciliar las partes dispersas que protegen los distintos aspectos de un ser humano que han sido heridos. Todes tenemos distintas partes con necesidades diversas. Es parte de ser humane. Pero aquella gurú, en vez de decir que no tenía la capacidad de responder adecuadamente y referir a un profesional adecuado, terminó causando daño.
He presenciado cuando maestros de yoga que se ríen de cómo los estudiantes responden a las posturas, que los obligan a hacer posturas que sus cuerpos no pueden aún lograr porque “esa es la manera correcta de hacer la postura” y, tan recientemente como el año pasado, vi cómo una reconocida maestra de yoga restaurativa en Estados Unidos le respondía por Zoom a una participante que preguntó cómo podía manejar su insomnio: “La causa del insomnio es el ego”. Lo dijo con tono de regaño. Esa fue su única respuesta. En otras palabras, el subtexto era: “El insomnio es tu culpa”. No hubo un reconocimiento de que el origen del insomnio podía ser ansiedad, de cómo podía reconocer la parte de sí misma que no se sentía segura para dormir, de qué ejercicios somáticos podía hacer para sentirse segura y poder descansar, o alentarla a asistir a un terapista bonafide que pudiera ayudar más para descifrar las causas del insomnio, las cuales podían ser desde un hábito aprendido hasta un trauma no procesado. Las mujeres cargamos con mucho en nuestra sociedad y reconocer eso en una sesión llena de mujeres era una oportunidad dorada. No podía creer la respuesta y el tono. Mucha gente seguía a esta otra maestra. Me desconecté de la sesión y no volví. La yoga tiene muchas cosas buenas. Pero mal guiada, puede hacer mucho daño.
“El ego es tan malo. El ego es el enemigo. El ego es el culpable”. ¿No suena parecido a la religión tradicional conservadora, eso del enemigo?
Es comprensible que una generación anterior buscara alternativas a un sistema conservador y una religión que era una prisión. Fueron valientes por eso. Pero a la misma vez, hay que reconocer la diferencia entre la intención y el impacto. La mala adaptación de muchas de estas espiritualidades alternativas mediante la coerción para dejar atrás el raciocinio y no confiar en la intuición propia, la exigencia de una devoción ciega a un gurú, de no reconocer el impacto de una nueva filosofía y práctica en una cultura distinta, de no tomar los pasos adecuados para adaptarla de manera funcional, de no haber establecido una ética que creara ambientes seguros, tuvo como efecto el abuso para mucha gente.
Miro cuánta gente abraza ahora el secularismo, las prácticas laicas, porque seguir a un maestro espiritual o meterse de lleno en una religión alternativa suena como algo peligroso. Tienen evidencia de sobra. También hay que mirar cuánta gente joven ha regresado a las religiones tradicionales conservadoras y han fortalecido movimientos como el de Charlie Kirk porque están profundamente decepcionados de todo lo que agrupan bajo el concepto del movimiento de “la Nueva Era”. Me he preguntado si ha sido una contrarrespuesta a todo lo que he narrado arriba. Hace unos meses, una persona que conocí en el mundo de la espiritualidad alternativa, quien contó que estuvo en esos procesos durante muchos años, habló de lo decepcionada que se sentían ella y su esposo con lo que llamó el “movimiento de la Nueva Era” y habían decidido unirse el grupo de Kirk. Fue impactante para mí leer sobre su conversión, pero igualmente impactante ha sido presenciar el abuso espiritual en las comunidades alternativas. Nadie habla de estas cosas. Pero yo me hago estas preguntas.
El ego no es malo. No es algo que hay que destruir, ni tenerle aversión. Lo que sí disolvemos es nuestro sufrimiento. Imagínese dejar un árbol sin corteza. Se llenaría de plagas y moriría. O dejar a una célula sin membrana que la proteja. Todos sus organelos se desparramarían por todas partes y la célula moriría. A veces el ego ejerce comportamientos dolorosos o que parecen ir por cuenta propia. Lo hace porque guarda dolor de experiencias pasadas y su función es proteger a toda costa, aunque sea de maneras que parecen disfuncionales. Para muchas personas, escuchar eso de “suelta el pasado y vive en el presente” no es suficiente. No se borra como la tiza en una pizarra.
Agradezco que, en las capacitaciones que he realizado, ha estado muy presente la conversación sobre la ética y el daño causado por la falta de esta en las comunidades espirituales tradicionales y alternativas. Mi rol como facilitadora secular de meditación no es gobernar, controlar ni manipular la vida de nadie, ni meterme en las vidas privadas de los participantes o convertirlos en una copia o extensión de mí misma. Mi rol es proporcionar herramientas que han existido desde hace mucho tiempo para que las personas puedan desarrollar habilidades que les ayuden a identificar el origen de su sufrimiento y cómo pueden liberarse de sufrir. Es dar aliento y esperanza de que pueden practicar y desarrollar su propia guía y maestra dentro de sí mismes. En las comunidades en las que yo practico como participante para seguir actualizando mis conocimientos, la conversación sobre la ética está siempre presente. No me interesa participar si no es parte del proceso.
Algunas opciones que parecen más saludables a los sistemas espirituales alternativos coercitivos son la yoga sensible al trauma, el mindfulness secular o laico, terapias psicológicas con profesionales que traten a sus pacientes con sabiduría y bondad. Los sistemas saludables que he visto dan opciones al participante. No es que hay un líder todopoderoso al cual todo el mundo sigue y que tiene todas las respuestas. Se permite que la persona tome lo que le funciona y deje el resto sobre la mesa para después o descarte lo que no le funciona. Se permite el sentido de autonomía o “agency”. Se refuerza que el participante desarrolle su intuición con sabiduría para que tome decisiones sensatas para su vida.
En otras palabras, un sistema espiritual alternativo saludable se siente como un espacio seguro, no un ambiente de competencia, dominancia y control en el que hay “personas aventajadas”, o un grupo privilegiado cercano al gurú o al líder alfa, y luego el resto de la gente. No es un ambiente en el que se le pide que se abandone a usted misme. Es un sistema en el cual se habla de ética, o de las guías de comportamiento, de manera coherente; no se quedan en el papel, sino que se ven en las acciones y el trato. Si algún líder causó dolor, hay un proceso establecido para reconocer el dolor causado y reparar el daño. El líder puede reconocer que actuó desde la ignorancia, la falta de capacidad, la codicia o la aversión o cualquier otro comportamiento doloroso, apalabrar de qué maneras y a quiénes hirió, y preguntar a las personas que recibieron el daño cuál es la manera más hábil para repararlo.
Que sepas que tienes opciones si algo no se siente seguro en la comunidad espiritual que acostumbras visitar. No hay nada erróneo contigo. Si estás sufriendo, no hay que tratar al ego como un enemigo o un culpable digno de vergüenza tóxica. Probablemente estás sufriendo porque cargas dolor no procesado. Es posible encontrar maneras saludables de manejarlo sin que sufras más daño.
Que estés bien, saludable, feliz y en paz.
Con bondad,
Yaisha
Yaisha Vargas Pérez es maestra de mindfulness certificada por el Greater Good Science Center adscrito a UC Berkeley (2017-2019); tiene la certificación profesional de la International Mindfulness Teacher’s Association (IMTA, 2022); es mentora de mindfulness certificada por Jack Kornfield y Tara Brach a través de la plataforma Cloud Sangha/Banyon (2022), y certificada en capellanía ecológica por el Sati Center for Buddhist Studies en California (2022-2024). Culminó el programa de “Anukampa” o Cuidado Compasivo del Sati Center for Buddhist Studies y la certificación Somatic Therapy for Anxiety de la plataforma The Embody Lab (2025). Actualmente realiza el curso “Equivalence of Ethics and Enlightenment” de Insight Meditation Center en California. Ha sido voluntaria de reforestación de la organización Para La Naturaleza desde enero de 2017 y es miembro de la Coalición Boricua por los Derechos Inherentes de la Naturaleza. Tiene un bachillerato en Comunicación de la Universidad del Sagrado Corazón y un máster en Guion de Cine de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Trabajó como reportera en WKAQ, Agencia EFE, The Associated Press y ha sido columnista en “El Nuevo Día”.

