Sesión 4 del programa “Bien-estar y estar bien con la naturaleza”
Por Yaisha Vargas-Pérez
Aquí está el video. Más abajo están la introducción y la transcripción de la meditación guiada y la charla.
INTRODUCCIÓN (Esta es la pequeña historia que la gente recibe por email. Si ya la leíste, puedes ver la transcripción de la meditación y la charla más abajo).
En Semana Santa, caminaba de regreso de la Catedral de San Juan hacia Puerta de Tierra para encontrar mi vehículo y volver a mi hogar. Acababa de anochecer y disfrutaba de la fresca brisa por la acera contigua al Castillo San Cristóbal, justo detrás del Antiguo Casino de Puerto Rico.
De pronto, aplasté algo con mi zapato. “Una lapa en su caracol”, pensé. Y de inmediato, se me apretó el pecho y sentí un fuerte remordimiento. No lo vi porque era de noche y estaba mirando hacia las uvas playeras. Y aunque fuera una criatura más simple que yo, invertebrado, que no habla un lenguaje humano, cruzaba la acera igual que yo esperaba cruzar la calle: para llegar sana y salva al otro lado.
Quise hacer un ritual de despedida, algo que otras personas tal vez piensen que es una exageración o una tontería, porque “se trata solo de un caracol”. Pero mi perspectiva como capellana ecológica es que se trataba de una persona no humana que merecía terminar de cruzar: merecía vivir.
Cuando me incliné para hacer un breve ritual, ponerlo sobre una hoja playera y despedirlo haciendo una breve oración, me di cuenta de que no había sido un caracol, sino un cobito, o cangrejo hermitaño, que probablemente habitaba en la costa rocosa cercana y había subido a la acera. Ya fuera un cobito o una lapa dentro de un caracol, no había diferencia. El duelo y el ritual eran algo necesario.
Recogí sus pedazos, sus palancas, su caracol. Lloré. Le pedí perdón por haberle quitado su vida. Lo puse bajo la hoja de uva de playa en la arena y dije las palabras del ritual.
“La tierra regresa a la tierra; el agua regresa al agua; el fuego regresa al fuego; el aire regresa al aire. Que tus elementos puedan continuar en otras formas”.
Esta oración es un reconocimiento de que todos los seres que vivimos en este planeta estamos hechos de esos elementos. En el caso de los humanos: nuestra piel, cabellos, huesos y músculos están compuestos de elementos que provienen del suelo; gran parte de nuestro cuerpo es agua; la temperatura (elemento fuego) mantiene nuestro cuerpo cálido y se encarga de nuestra digestión; y el elemento aire permite nuestra respiración, así como los movimientos y pulsaciones en nuestro organismo.
Estamos viv@s por la combinación de estos elementos y la fuerza de vida que los pone a funcionar juntos. Aunque no lo parezcan, estos elementos que nos dan vida también están vivos. Igualmente, dan vida a todos los seres de la Tierra. Un ritual sagrado para reconocer que ya no estarán unidos para forma a un ser vivo es reconocer que regresarán a su origen —la Tierra— y que lo que estaba vivo era tan persona como nosotr@s, aunque no fuera humano.
Si bien el origen del sufrimiento tiene tres causas principales —codicia, odio e ignorancia—, el fin del sufrimiento tiene otras tres: generosidad, benevolencia y sabiduría.
Caminando hacia mi carro reflexioné que, si la ignorancia había causado su muerte —pues yo no sabía que el cobito cruzaba por allí—, yo podía tener la intención de aliviar el sufrimiento de otros seres a raíz de esa experiencia. Eso aliviaría mi sufrimiento también. Fijé mi intención hacia el antídoto de la ignorancia, que es la sabiduría.
Hace unos días, caminaba por ese paseo lineal, ya más cerca del Parque del Escambrón. Era de día y estaba pendiente de la acera ahora que sabía que los cobitos subían de la playa. Pronto detecté un cobito tratando de subir un murito de acera para llegar al paseo de las bicicletas que transcurre paralelamente a la calle. Surgió en mí el instinto de sacarlo de allí inmediatamente. Recordé que había tenido una intención contraria a la acción que había cometido por ignorancia. Esta era mi manera de reparar. Lo alejé lo más que pude del camino en el que estaba y lo puse lo más cerca de la playa que me fue posible, lejos del tráfico de humanos, bicicletas y carros.
Y aunque pensé que los cobitos estaban siendo imprudentes por tratar de cruzar todo ese tráfico, también recordé que ellos estaban allí antes de que nosotr@s llegáramos. Su hábitat se ha sido reducido grandemente para acomodar estructuras humanas. No están confundidos. Es normal que caminen por allí, igual que las tortugas marinas bebés se orientan hacia la luz artificial al salir de su nido bajo la arena. En el caso de las tortugas, la luz artificial es el problema.
No estoy diciendo que debemos deshacernos de todas las estructuras construidas por humanos, sino que es necesario generar intenciones distintas a las que hemos tenido para que nuestras acciones vayan en una nueva dirección y protejamos a las personas no humanas.
Tras aprender a ver la Tierra y sus seres como gente igual que nosotr@s (el primer factor que estudiamos), es posible orientar nuestra mente hacia las intenciones de generosidad, benevolencia y sabiduría que los liberarían del sufrimiento que les hemos causado.
Para cambiar mis acciones, le di espacio en mi corazón a una intención distinta. La generé igual que generamos benevolencia hacia nuestro cuerpo y sus elementos.
En esta meditación y charla, explico cómo.

MEDITACIÓN GUIADA: “Meditación para generar benevolencia hacia nuestro cuerpo y sus elementos”
(Sonido de la campana)
Una invitación a tomar varias respiraciones profundas como una transición del ruido al silencio.
Ahora, una invitación a encontrar un ancla o punto de descanso en la realidad presente donde sientas que sea seguro descansar tu mente por varios segundos. Puede ser la respiración, los sonidos de ambiente, o alguna parte de tu cuerpo: los pies, las manos, etc.
Descansar tu mente en ese punto significa que tu atención se posa con suavidad, como una mariposa se posa sobre una flor. Con amabilidad. Puede que la mente se distraiga. Eso es normal. Lo importante de la meditación es regresar a ese punto una y otra vez.
(Pausa)
Durante cualquier momento de la meditación, puedes regresar a tu ancla o punto de descanso. Todas las indicaciones son opcionales.
Ahora, una invitación a pensar en alguien que es una presencia amorosa y estable en tu vida. Puede ser una persona humana, pero puede ser una persona no humana como una mascota, un paisaje de la naturaleza o puede ser una figura espiritual. Una invitación a imaginar que ese ser te mira con ternura y te dice: “Que estés bien. Que estés feliz. Que estés segura. Que tengas paz”. Una invitación a internalizar esa mirada de ternura del ser amoroso en tu vida y a decirte a ti misma: “Que yo esté bien. Que yo esté feliz. Que yo esté segura. Que yo tenga paz”. Esta mirada tierna también es una mirada de benevolencia, de bondad. Generando bondad, ternura, benevolencia hacia ti misma.
(Pausa)
Ahora, una invitación a hacer un escaneo corporal y a llevar esa mirada de ternura y benevolencia a lo largo de todas las partes del cuerpo.
Empezando por la cabeza. Mirando esa parte de tu cuerpo con benevolencia: el cuero cabelludo, el cabello, la frente, el rostro, la quijada, los labios. Mirando con bondad el cuello, los hombros, la espalda, la columna vertebral. Llevando una mirada de bondad a los brazos, las manos. Contemplando con bondad el pecho, el movimiento del pecho con la respiración. Mirando con bondad el abdomen, todos los órganos dentro del abdomen, la parte baja del abdomen, las sentaderas. Mirando con bondad las piernas, los pies, las plantas de los pies.
Mirando tu cuerpo con bondad, con ternura.
(Pausa)
Y ahora, observando las sensaciones de tu cuerpo con bondad. Las sensaciones de temperatura, calor o frío, son la expresión del elemento fuego en tu cuerpo. Observándolas con benevolencia. Las sensaciones de humedad o resequedad son la expresión del elemento agua en tu cuerpo. Observándolas con bondad. Las sensaciones de peso, estabilidad, son la expresión del elemento tierra en tu cuerpo. Observándolas con ternura. Las sensaciones de movimiento, la respiración, las pulsaciones o vibraciones son el elemento aire. Observándolas con bondad.
Observando con bondad el conjunto de sensaciones que mantienen tu cuerpo vivo, respirando, húmedo, cálido, estable, presente.
Si la mente se distrae, regresa a la bondad…
(Sonido de la campana tres veces)
CHARLA:
Una vez aprendemos a ver los seres de la Tierra como iguales (la visión sabia), y una vez podemos ver con claridad que el origen del sufrimiento está en la codicia, el odio y la ignorancia, y el fin de sufrimiento está en la generosidad, la benevolencia y la sabiduría, entonces aprendemos que el generar intenciones en nuestro corazón, en nuestro cerebro, en nuestro pensamiento en la dirección de la codicia, el odio y la ignorancia va a causar sufrimiento, comenzando por nuestro propio cuerpo y mente. Y si generamos intenciones en nuestro corazón, en nuestro cerebro y en nuestro pensamiento en la dirección de la generosidad, la benevolencia y la sabiduría, eso va a aliviar el sufrimiento, comenzando por nuestro cuerpo y mente.
Imagínese que yo le hubiese guiado a sentir odio hacia usted mismo. Posiblemente hubiese tenido una meditación de sufrimiento. Pero al guiar la meditación a sentir benevolencia por el propio ser, posiblemente sintió alivio a su estrés. Tener una intención es algo que se siente de inmediato en el cuerpo. Por lo tanto, ya es una acción en sí, porque genera una reacción, aunque sea en nuestro propio cuerpo.
La próxima vez que se dé cuenta de que está rumiando contra otra persona, deténgase para sentir su cuerpo. Tal vez se dé cuenta de que tiene estrés: una respuesta o acción inmediata originada en el pensamiento. Y aunque tal vez pueda pensar que el estrés se lo causan las acciones de la otra persona contra quien usted está rumiando, la realidad es que en ese momento que usted está pensando, el estrés proviene de sus propios pensamientos. Ahí hay una intención de resentimiento hacia otro. El antídoto es la benevolencia. Como somos nosotros los que estamos sufriendo primero, practicamos la benevolencia hacia nosotros mismos primero: que yo esté bien, que yo esté feliz, que tenga salud, que esté protegida, que tenga paz.
Si estamos llenos de esa benevolencia, de esa bondad, entonces practicarla hacia los demás es algo casi automático. Y en este caso, esta práctica nos pide que comencemos a tener intenciones de benevolencia hacia los seres de la Tierra que están sufriendo por la crisis climática, por las acciones humanas. Hemos actuado con ignorancia, pues ahora podemos aprender a actuar con sabiduría. Hemos actuado con codicia, pues ahora podemos actuar con generosidad. Hemos actuado con poca benevolencia al actuar con codicia, pues ahora podemos actuar con bondad…
Si en algún momento en nuestro pasado cortamos un árbol frente a nuestra casa porque nos molestaban las hojas, podemos sembrar un árbol o muchos árboles. Observamos que en el proceso mental que nos llevó a la acción de cortar el árbol había dos factores: la aversión (que es una forma de odio) y la ignorancia. Creemos que las hojas son basura porque nos enseñaron a pensar así. Pero si alguien nos explicara que las hojas de los árboles no son basura, son parte de lo que hacen los árboles y las podemos usar como abono para el mismo árbol, entonces las hojas dejan de ser un problema.
Si alguien nos explicara que nos vendieron un modelo de jardinería que proviene de Inglaterra y que se conoce como el jardín inglés, el cual propone que las áreas verdes estén perfectamente maquilladas, que no tengan hojas, que tengan las flores o las plantas en cierto arreglo, entenderíamos por qué tanta gente, cuando Puerto Rico se industrializó y se urbanizó, cortó árboles porque les molestaban las hojas: porque querían el jardín inglés que era el modelo de belleza paisajista.
Si hubiésemos adoptado un modelo local —que a algún puertorriqueño se le hubiese ocurrido sembrar en nuestra psiquis puertorriqueña que el modelo de construir casas y hacer jardines debía ser adaptado a nuestra realidad caribeña—, muy problablemente hubiesemos construido algo muy distinto, con un jardín distinto que le diera la bienvenida a las hojas y viese su importante función. Entonces la gente no hubiese matado tantos árboles porque no hubiese habido un sentimiento de aversión hacia las hojas. Las acciones salen de nuestras intenciones y de nuestra educación. La educación es un condicionamiento del pensamiento. Las intenciones salen de nuestra perspectiva, de nuestra visión de mundo, ya sea esta sabia o no. Si es sabia, aliviará sufrimiento. Si no es sabia, causará sufrimiento. Es una cadena: una visión sabia, generará una intención sabia, la cual generará una acción sabia. Hay que comenzar por cambiar la dirección de lo que tenemos en nuestra mente.
Si en algún momento matamos un ser de la naturaleza por ignorancia o por equivocación, podemos hacer algo beneficioso por esa especie. Si fue un árbol, ahora cuidamos un árbol. Si fue un animalito que matamos por error, adoptamos uno de esa especie o cuidamos su hábitat. Hacemos esto porque hemos aprendido a verlos como gente. No son cosas, no son seres que sirven a nuestras necesidades. Son seres que cohabitan con nosotres.
No se trata de actuar con culpas, sino darnos cuenta de que si este es el panorama que tenemos, necesitamos reflexionar: ¿cómo llegamos hasta aquí? ¿Qué visión antropocentrista teníamos y qué visión ecologista necesitamos ahora? ¿Qué intenciones antropocentristas hemos tenido y qué intenciones ecologistas necesitamos ahora?
La semana pasada les confieso que olvidé darles la última práctica de visión sabia, que era detectar esas perspectivas antropocentristas en nuestra forma de ver el mundo: si usted se percibe como un ser superior a otros seres de la naturaleza, ¿cómo puede ajustar la perspectiva para entender que todos los seres son necesarios y que somos una especie más? Y ahora la práctica sugerida es ver qué intenciones tiene hacia los seres de la Tierra. Si los ve como seres que le sirven a usted y quiere apropiarse de ellos, entonces es importante ver que hay una intención de codicia. Si los ve como seres iguales a usted que merecen su vida, libertad y dignidad, entonces los está viendo con generosidad.
Les propongo el ejercicio de que vaya frente a un árbol. Y en vez de mirarlo como madera, como un productor de frutos para que usted los disfrute, lo vea como un ser que también fue un embrión en una semilla, que tuvo una vida juvenil, que necesitó del nutrimento de su árbol madre, del bosque o de un vivero cuidado por humanos y que ahora que es adulto sirve de hogar a otras especies. Es un ser que respira, que tiene ciclos de reproducción y que se comunica, aunque de manera distinta a los humanos.
Y al practicar la intención hacia el árbol, una vez lleve un rato frente al árbol, pregúntele con su cuerpo, sin palabras, si se puede acercar, si lo puede abrazar. Genere una intención de benevolencia hacia el árbol. Déjele saber, estoy aquí porque quiero relacionarme contigo, y sin tocarlo todavía, espere la respuesta. He hecho este ejercicio varias veces y hasta ahora nadie me ha dicho que no ha escuchado su árbol. Así que les invito a esta experiencia.
¡Gracias por tu práctica!

