90 días: Diario de una codependiente en recuperación

Por Yaisha Vargas/crónica publicada el domingo 17 de mayo en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”.

602972_306572836102712_1373501323_n“¡LO ENTENDÍ!”, escribí en mi diario. Desparramé estas palabras por toda la página. “¡He sufrido porque no quepo en relaciones disfuncionales!” Desperté del sufrimiento y sonreí. “Si la vida me ha arrancado de circunstancias disfuncionales, aún a pesar de mí, ¿no será que me quiere llevar a situaciones funcionales?” Casi cinco años después de retomar una jornada ardua para sanar la codependencia y la disfuncionalidad en mí y en mis relaciones, pude entender estas cosas. Las aprendí a los 20 años y las olvidé. Comenzaron a tener sentido de nuevo.

Cada final codependiente de una relación que comenzó con dulzura, entendimiento y buenas intenciones extirpaba un pedazo de mí y me ​hendía el alma en​ una hemorragia. No sabía cómo manejar cada “derrota”. Caminaba por la misma acera y caía en el mismo bendito hoyo pensando que era un hueco diferente porque le habían crecido flores y se veía más bonito. Cuando miro hacia atrás, me asombra –como si me hubiese pegado con un gong en la cabeza– cuán similar había sido ese enganche a los anteriores.

¿Por qué una cae en la misma hoyanca? ¿Qué hay que hacer para una no volver a despeñarse por ahí?

Quizás hastiarse es un requisito. Pero no se trata de saturarse para cogerse un “break” hasta la próxima relación disfuncional, sino de exasperase hasta pasar la línea del fastidio, hincharse de atiborramiento, incordiarse hasta la rabia e implotar de disfuncionalidad. Se siente como reventarse con fuegos artificiales por dentro, y a lo mejor eso no es una mala noticia, sino la celebración de que una está lista –finalmente— para andar el arduo trecho hacia la no dependencia.

Y fue ahí, pasados 100 metros de la meta del hastío, que llegaron a mi vida dos soluciones: la terapeuta Rita Witt y un programa de doce pasos para deshilvanarme del enredo de la codependencia un día a la vez. El “Grupo de Terapia para Sobrevivientes” duraría doce semanas. Suspiré. Ahí estaba de nuevo el ciclo secreto. Doce semanas. Tres meses. 90 días. Comparto algunas herramientas aquí:

“Yo estoy bien, tú estás bien”

Thomas A. Harris escribió un libro titulado “Yo estoy bien, tú estás bien” en el que explica que nos relacionamos con los demás generalmente desde cuatro diferentes puntos de vista: 1) “Yo no estoy bien y tú no estás bien”; 2) “Yo no estoy bien y tú estás bien”; 3) “Yo estoy bien y tú no estás bien”, y 4) “Yo estoy bien y tú estás bien”. En la primera categoría están los homicidas y los suicidas. Las relaciones abusivas ocurren en la segunda y la tercera categoría: la víctima (2) piensa que es un ser incompleto, inadecuado, menos que los demás y necesita alguien que “esté bien” para que le dé valía o complete su vida; y el abusador (3) cree que es mejor la otra persona, está ahí para rescatar, hace quedar mal a la otra para sentirse mejor, jamás se equivoca y, si hiere, es culpa de los demás. Las relaciones saludables ocurren en la cuarta categoría. Ambas personas tienen un nivel de autoestima saludable.

Rita nos invitó a recordar en qué estábamos pensando cuando entramos en la relación disfuncional. Vi que, cuando cada intercambio codependiente comenzaba, en mi pensamiento existía la premisa de que, si la otra persona aceptaba mis huecos, mis defectos y aquellas cosas que me avergonzaban de mí misma ANTES que yo lograra hacerlo por mí​, entonces quizás yo podría aprender a quererme​. Ello​ porque alguie​n​ que tenía tanta luz e irradiaba todo ese carisma me creía merecedora de que yo recibiera su gracia. Qué dolor tan crucificante cuando el idilio se desinflaba, la aceptación era retenida a voluntad, por control o manipulación, y yo me quedaba esperando, intentando extraer de la otra persona la validación que no sentía por mí misma. A veces, el otro ser era también un pozo seco que buscaba lo mismo de mí y nos reflejábamos la una a la otra las hondonadas cósmicas que giraban en nuestro interior. Nos relacionábamos desde la escasez de nuestra autoestima.

¿Qué necesito para sentirme amada?

Nuestra lista de necesidades para sentirnos amadas es única. Una vez las identificamos, aprendemos maneras saludables para llenarlas nosotras mismas: respeto, aceptación, dignidad, valía, ser escuchadas, empatía, amabilidad, gentileza, humor, recuperación, integridad, etcétera. A veces pensamos que cuidar de nosotras significa comernos el postre que más nos gusta y comprarnos el regalo más caro. Esto no necesariamente es cierto. Darnos un gustazo costoso –en dinero o calorías– cada vez que nos sentimos mal puede ser una adicción que utilizamos para huir​ de lo que verdaderamente nos ocurre.

Cambiar la grabación en nuestra cabeza

Nuestra personalidad está compuesta por tres aspectos diferentes: progenitor, adulto y niño. Estos tres personajes viven en nuestra cabeza. El progenitor contiene las actitudes, juicios y comportamientos que observamos en los adultos influyentes a nuestro alrededor cuando crecíamos. El adulto es como nuestra computadora cerebral. Busca datos, utiliza la información para evaluar las situaciones y tomar decisiones lógicas. El niño es la fuente de nuestros sentimientos, energía creativa, intuición, necesidades y sueños.

La figura del progenitor en nosotros tiene a su vez dos aspectos: uno que nutre y otro que critica. El que nutre mantiene un semblante relajado, nos dice mensajes positivos sobre nosotras mismas, sonríe, abraza y consuela, le importan nuestras cosas y nos cuida. El progenitor que critica nos “mira” con las cejas arrugadas, es rígido, cerrado, nos apunta con el dedo y nos dice que no somos suficientes: que nunca lo hacemos bien.

​Mediante estos tres aspectos, rep​etimos​ en nuestro interior las interacciones que aprendimos en nuestros primeros años de vida y nos hablamos por dentro con rudeza o gentileza.

Tenemos alrededor de 60,000 pensamientos cada día, nos dijo Rita, quien tras terminar su maestría en psicología se sumergió en un programa de cuatro años para combinar su disciplina con diversas ​técnicas​ holísticas y​ de atención consciente. Nos dijo que a veces nos pasamos el día rumiando críticas hacia nosotras y los demás. Yo le llamo a eso: el monstruo de la insuficiencia. Me tomó unas semanas, pero finalmente identifiqué esta “grabación” en mi cabeza, enterrada bajo una montaña de ansiedad. Había intentado conectarme con mi niña interior de nuevo y el proceso era algo frustrante y doloroso. Me acomodé en una postura de yoga restaurativa para aliviar dolor y ansiedad en mi corazón, y comencé a meditar. “Observé” mi aflicción compasivamente y “vi” a la niña salir de su agujero​ sombrío y gélido. Lloró por ayuda y me mostró a la progenitora criticona cayéndole arriba sin tregua. Mi corazón hecho una pasita era la niña bajo asedio​ ​y​ yo lidiaba con ese dolor todos los días. La crítica severa es una pelota de todas las creencias heredadas. Las aprendemos de nuestros antecesores, la religión y la educación. Quienes nos precedieron no están necesariamente conscientes de ellas porque las heredaron también. A veces son “víctimas” de su crítico interno y no saben cómo detenerlo.

Rita nos enseñó a cuestionar esas creencias (​¿Acaso es cierto ​esto que estoy pensando?)​ y darle así espacio a la figura del adulto saludable en nuestra mente. Le fui quitando terreno al progenitor crítico, poniéndolo en una burbuja cada vez más diminuta. Comencé a darle espacio al progenitor que nutre. Todos los días le envío mensajes positivos a mi niña interior. Le doy amor, aceptación y validación. Le explico que ya no buscamos nuestro sentido de valía en los demás, ni en nuestro progenitor crítico, la comida o en comprar compulsivamente. Le cuento que quienes nos trataron con dureza también estaban bajo el aguacero de su crítico interno, y no tenían las destrezas para responder de otra manera. Le aseguro que los huecos que percibimos en nosotras no pueden ser ​llenados​ con otro ser humano, pero pueden ser ​satisfechos a tope con el amor del Poder Interior y Superior que nos insufló vida. Esa Fuerza Universal nos amó lo suficiente como para sembrarnos en la Tierra como una persona hermosa, radiante y espléndida.

El espacio en el que mi niña interior vive comenzó a llenarse de luz y calidez​. Observé que comenzó a sonreír con tranquilidad. Entendió que la Inteligencia Universal que la ama la removió de situaciones y relaciones en las que iba a sufrir mucho más de lo que ya sufría. Ese día desperté y llené mi diario de alegría.

En Facebook, “90 días: una jornada para sanar”

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