El secreto de un brócoli

Por Samadhi Yaisha/una versión de esta crónica fue publicada el domingo 19 de febrero de 2012 en el diario puertorriqueño “El Nuevo Día”

Sé tú mismo. Nadie te puede decir que lo estás haciendo mal”. Snoopy.

Tuc, tuc, tuc. Cortaba brócolis en mi diminuta cocina. En mi mundo liliputense, sólo se escuchaba el filo del cuchillo sobre la tablilla, que evocaba la última vez que sentí paz en mi barriga, unos seis años antes.

¿Cómo fue que llegué hasta aquí?

Ahora respiraba pidiéndole a Dios que aliviara mi brazo izquierdo y ese lado del pecho; ambos se inclinaban apesadumbrados. Su respuesta fue un ciclo de reuniones sobre el perdón y un taller de técnicas de liberación emocional ofrecidos en el templo que visitaba los domingos. Me sentía mejor a ratos, pero la ola emocional regresaba, parecía más fuerte. Me sorprendí a mí misma sintiendo pavor de compartir con otros y temor porque había hablado de vivencias espirituales dolorosas sin haber visto que alguien se atreviera antes de mí. Escribir de ello me liberaba y sentía que liberaba a otros que como yo se habían dejado seducir por métodos alternativos que prometían ser “el único camino”; una promesa de transformación atada a un compromiso económico que poco a poco se convertía en codependencia. A través de ese proceso de perdón y de lo que había visto en el documental “May I Be Frank”, intentaba responsabilizarme genuinamente por mis actuaciones en vez de señalar a otros.

Mi responsabilidad radicaba en que yo pedía opinión para cada cosa y dejaba de lado mi guía interior; en que seguí confiando pese a señales de que había cosas que no me funcionaban, como los consejos de aspirar a una segunda carrera de la cual no estaba segura y que terminó siendo un camino de mucho dolor. Había sido más una aspiración de dinero que del corazón, cansada de vivir económicamente asfixiada.

¿Pero y realmente había estado tan apretada? El tuc, tuc del cuchillo sobre los vegetales ahora me narraba una historia diferente y me transportaba a la cocina de seis años atrás, que aunque pequeña, era más espaciosa. En aquella época en la que buscaba la plenitud y me quejaba de privaciones materiales, tenía mucho más que los tres cacharros de ahora para cocinar, un mueble y los pies como medio de transporte.

Tenía brócolis. Sus cabezas brotadas en flor y sus tallos esponjosos por dentro eran fuente de vitaminas C, betacaroteno, casi todo el complejo B, calcio, hierro, magnesio, fósforo, potasio, zinc, agentes antivirales y antibacterianos, propiedades anticancerígenas y reparadoras del ADN de las células.

Antes de lanzarme a la aventura de buscar el éxito económico indiscutible, mis pequeñas alegrías consistían en comprar vegetales frescos, pan de granos germinados, granos enteros y quesos de arroz; hablarles con cariño mientras los acomodaba en un plato y agradecer su regalo de vida. Iba a mi casa a preparar almuerzo y a veces siestaba 15 minutos antes de regresar a trabajar. Mi sueldo daba para llegar a final de mes, ni un chavo más; pero no había aprendido a agradecer que tenía lo suficiente y vivía pensando en escasez.

A veces comía y meditaba en el balcón, dejándome arrullar por una apacibilidad que descubrí en mi ombligo sin que nadie me la enseñara. Una melodía interior me alentaba a escribir, y a veces contemplaba el letrero del templo de Unity que estaba en la calle contigua, pensando: “Tengo que volver ahí”.

Hasta que un día, con las cuentas pagas pero sin margen de ahorro y el apartamento a medio amueblar, picaba brócolis mientras pensaba que aquella no podía ser la plenitud porque era demasiado simple. La plenitud que moraba en mi cabeza era dueña de un penthouse y un BMW; podía comprar todos los zapatos y carteras que quisiera y viajar el mundo en primera clase. Aquel apartamento sencillo -de luz y brisa marina, a veces citadina- con un vehículo económico y una vida sin ondulaciones no podía ser la plenitud, porque entonces significaba que cualquiera podía alcanzarla, y eso no era verdad en la sociedad en la que yo había crecido. Si hasta el diccionario lo decía: plenitud significa apogeo, momento álgido; y lo simple es abobado, sin composición, tonto y necio. Había que trabajar duro, romper noches, sacrificar la salud y dejar tirados a dos o tres amigos. Para alcanzar una plétora de vida, había que comerse la calle y los niños crudos, pasarle por encima a los demás y endeudarse hasta los pantis. Ah, y por supuesto, aparentar felicidad, no fuera a ser que todo el esfuerzo hiciera quedar mal a una.

La plenitud

Y yo intenté hacer todo eso. En mi cumpleaños número 30, tiré la casa por la ventana con una súper fiesta de “plenitud”: carro nuevo de cuello azul, apartamento remodelado, una pelea de boxeo estelar y la música tan alta hasta las 4:00 a.m. con las quejas de un vecino que casi trajo a la policía. Tenía el trabajo que anhelé para salir de la pelambrera y el pelo estirado con ‘highlights’, como lo había visto en una revista. Pero, desde esa canija cúspide de abundancia -nadie sospechaba-, me sentía la persona más miserable del planeta. Había sacrificado salud física, horas de sueño y relaciones interpersonales que nutrían mi ser. Mi salud emocional se lanzó por el despeñadero. Dejé de escuchar las cuerdas que me susurraban para escribir. Me había dividido por dentro.

Temía decir que no había funcionado abandonar el secreto de un brócoli por la ambición del dinero.

Pasaron seis años de oscuridad interior en los que añoré, todos los días, regresar a la cocina de brécoles iluminados que me comía crudos como flores silvestres. Cuando no me preocupaba por comer de más porque estaba conectada a mi estómago y respetaba su límite. Fueron seis años de intentar convertirme en un logro ajeno en diferentes escenarios, adorando al dios de otros en vez de buscar al mío. Más de un lustro de montarme en -y pagar- alivios pasajeros -la espiritualidad superficial y comercial incluida- como en machinas de Disney. Cuando me bajaba, la desidia estaba ahí.

El secreto

Me preguntaba si yo había sido la única tonta que había despreciado la plenitud de una vida sencilla por la aventura de una mina incierta. Como el granjero que abandona su finca por ir a buscar diamantes y muere lejos de su hogar; y años después, otro compra su granja, repica la tierra y encuentra una mina de diamantes.

Un brócoli no necesita ir a ninguna parte ni convertirse en cebolla para ser pleno, sino que halla su sentido de totalidad cuando se da cuenta y acepta el talento de todas sus vitaminas y minerales, y las pone al servicio de los demás. El Sol se regala absolutamente, sin reservas, tal y como es, no tiene que ser más estrella para entibiar el planeta. En el justo balance de nuestra distancia solar es que existimos.

La plenitud comenzaba al entender que yo estaba viva, que la divinidad danzaba en mi respiración y se hospedaba en mi barriga. Alcanzaba “su apogeo” al comprender que no se trataba tanto de esforzarme por alcanzar la iluminación sino de encontrar y aceptar mi talento, la estrella con la que vine de fábrica, y compartirla en la Tierra.

Cuando finalmente lo entendí, y vi que había llegado a Unity, solté el cuchillo, corrí al espejo y lo abracé: ¡por fin te encontré!

Lo que fui a buscar al salir de aquella primera cocina era mi propia espiritualidad. Como Ulises, me detuve en el camino para luchar por causas ajenas. Lo que salí a buscar ya lo sabía, y lo comparto de gratis: meditar, aceptar todo de una misma; encontrar los talentos, aceptarlos, amarlos y compartirlos; amar a la Diosa/Dios que mora adentro, anhelar la felicidad propia y de otros y, en caso de dudas, escribirle una carta a esa divinidad y esperar la respuesta escuchando la bocina del corazón con un lápiz en la mano.

La autora es un ser libre.

 

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2 Comments

  1. Todo cuesta, lo importante es que te diste cuenta a tiempo de que tu vida no era todo aquello, creo que nos pasa a todos, unos avanzan como tú, otros se quedan en el camino, por no indagar, quizàs no han tenido tanto valor a la hora de buscar, se han quedado en el apego, cosa que tù y yo no hemos hecho, hemos volado de nuestros apegos y estamos màs o menos en el camino de la verdadera luz interior, en mi caso, es lo que deseo, sigo a Osho, y no dejo de leerlo, hasta que mi mente este totalmente llena de él, y tengo paz, alegría y celebro dia a dia, cuando llegó a mis manos su primer libro, me saco de mi depresión de vida. Maravilloso escrito. Un abrazo Samadhi Yaisha.

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