La vegana que quería comerse un huevo de gallina

por Samadhi Yaisha Vargas

767px-Easter-eggs-bgVestida de traje blanco a la rodilla con una enorme margarita estampada en el ruedo y zapatos de charol y plataforma color verde chatré, Teresa vació las alacenas: dos kilos y medio de pistachos, pasas y aceitunas.

Y todavía tenía hambre.

Su estómago le pedía algo que no tenía en su cocina.

Como no entendía a su tripa, se sentó en el sofá de la sala, se puso un enorme cono de cartón en la barriga y pegó la oreja en el otro extremo. Entre el regurjitar de sus intestinos, escuchó:

-¡Quiero un huevo de gallina hervido!

El cono se cayó. Teresa apretó los nudillos en el sofá de felpa color malva. Miró a su tripa y la regañó:

-¡Somos veganas! ¡¿No comemos huevo?!

Su estómago se calló y se achicó. Teresa se atragantó la exasperación y la empujó esófago abajo. Su tripa se contrajo y se expandió de melancolía, queriendo gritar bajito entre pucheros: ¡un huevo!

Al día siguiente, se vistió de amarillo con botines de felpa marrón y sombrero de pajilla, y se fue el mercado de la plaza del pueblo. Teresa ponía en su canasta de bambú adornada con una enorme flor amarilla todo lo que tuviera nutrientes que pudiesen hacerle falta: garbanzos, lentejas, sales enteras; y cuando fue a agarrar un aguacate, notó que había una enorme hormiga con las antenas rojas mirándola fijamente. Teresa se ajustó los anteojos redondos y se inclinó a mirarla de cerca, como si la observara bajo un microscopio. La hormiga habló. Su timbre de voz era como la nota aguda de un piano:

-No pasa nada si te comes un huevo, ¿sabes? ¡Uno al año no hace daño!

Teresa se irguió de súbito. Sintió que se le calentaba el abdomen por dentro. Agarró su canasta de abarrotes y corrió al otro lado de la plaza, hasta la catedral.

– Ave María purísima – se arrodilló Teresa en el confesionario. Miraba, entre la rejilla, la barba grisácea de quien escucharía su impronunciable pecado.

El cura, quien abandonó su suculento guisado de pernil para oír la confesión, escuchaba a Teresa como una grabación chillona a alta velocidad. Al final, se rascó la calva.

– Hija mía, no entiendo tu pecado. Si quieres comerte un huevo, ¡pues cómete un huevo!

Teresa se llevó las manos a la boca y se le cayó la margarita fresca que se había puesto como adorno en su sombrero de pajilla. Agarró su canasta de aguacates y salió a toda prisa de la iglesia.

El cura se quedó con la frente arrugada y encogido de hombros; pero escuchó pasos apresurados entrar al templo. Era Teresa, quien había regresado para rescatar su flor….

– … ¡Y para decirle que ya no soy más cristiana, ni católica!

Decidió no ser más creyente. Abrazaría el ateísmo, el agnosticismo, ¡o peor aún! ¡se convertiría en existencialista!

Llenó las alacenas con todos los alimentos veganos que pudieran saciar su antojo de huevo: lentejas y garbanzos germinados, semillas y nueces, aguacates, minerales, vitaminas y sales exóticas…. Al día siguiente, abrió la boca como una ballena azul, y se lo tragó todo, hasta el último gramo de sal de los Himalayas. Volvió a ponerse el cono de cartón en la panza.

– ¡Huevo! ¡Quiero un huevo!

Su estómago la despertaba por las noches con un gruñido de nostalgia que le hundía la barriga.

Comenzó a deprimirse. Caminaba con los hombros derrotados.

Llovía ligeramente, así que Teresa vistió botas altas y abrigo negro a la rodilla, imitación de cuero sueco, con una enorme margarita en el ruedo. Llegó a la oficina de una doctora en naturismo, quien también era astróloga, tarotista, psíquica y piloto de avionetas.

La mujer miró dentro del ojo de Teresa con una lupa, le tocó la barriga para sentir su temperatura y apuntó el diagnóstico: “Añoranza de volar”.

A Teresa se le cayó la margarita que había cosido en su vestido.

La doctora puso un cono de cartón sobre el vientre de la paciente y escuchó la vocecita de cinta rayada a rápida velocidad.

– Sí. Necesita comerse un huevo. ¡No pasa nada! ¡Uno al año no hace daño!

De tanta decepción, a Teresa se le cayeron las botas y los pendientes.

– No puedo comerme un huevo. Es que usted no entiende. Le estoy robando a un pollito su posibilidad de nacer.

La doctora miró la guía de navegación astrológica que tenía pegada de la pared.

– No lo hará si se lo come en la próxima luna nueva. Asegúrese que sea de una gallina suelta que no haya sido maltratada, ni encerrada, ni alimentada con hormonas, sólo con maíz y semillas.

Le puso el dedo a Teresa en el ombligo.

– Y que no haya sido fertilizada por un gallo.

– ¡El huevo de una gallina virgen! ¡Dónde voy a conseguir yo eso!

– En el campo, por supuesto. Vaya por el paseo de las granjas, de seguro que algo aparecerá.

….

Ese día, Teresa se vistió de color lavanda y botines de goma fuschia, cada uno con una enorme flor de hule como adorno, que combinaban con su sombrilla de volantines. Se sentía como Dorothy en el Mago de Oz, de camino a encontrar lo que creía sería un huevo mágico.

Preguntó en cada granja: una gallina bien tratada, que esté suelta y coma a su antojo maíz y otras semillas, que no haya consumido hormonas y tampoco haya sido pisada por un gallo. La gama de reacciones variaba desde la perplejidad hasta la carcajada inaguantable salpicada de grosería. “Niña tonta” e “inocente” fueron sólo algunos epítetos.

Se detuvo en el camino, pensando que no valdría la pena y sería mejor regresar, cuando una vaca que comía margaritas se acercó a la valla de madera que separaba una finca del camino vecinal. Aquella escena la aterrorizó. ¡Se estaba comiendo a las flores más nobles! ¡Cómo es que no se daba cuenta!

– Me llamo Luci – le dijo la vaca. – ¿Qué buscas por aquí?

Teresa no aguantó. – ¿Cómo es que te puedes comer las margaritas tan caripeladamente?

Luci paró de mascar y estudió la mirada de Teresa. Un pétalo blanco adornaba la nariz húmeda y rosada de la rumiante. A Teresa la erizaba la incómoda y fascinante sensación de que tras los ojos del animal parecía haber una persona.

– Pero si a ellas no les molesta. ¡Les encanta! ¿Acaso no ves que sus semillas vuelven a la tierra con abono? – respondió Luci. – Yo como flores. Hay gente que se bebe mi leche. El Universo se alimenta de sí mismo en una danza de agradecimiento.

Teresa reflexionó mientras giraba su graciosa sombrilla. – Entonces comerse un huevo de gallina quizás no sea tan mala idea.

– ¡Niña, claro que no! – dijo Luci. ¡Si uno al año no hace daño!

– ¿Crees que pueda conseguir el huevo que busco? – le preguntó al noble animal que masticaba pétalos.

– ¡Sigue esta valla hasta la granja del doctor Milo! ¡De seguro que te ayudará! – le respondió –

Teresa se alejó, sus botines de goma llenándose de fango sobre la vereda. Se giró para decirle adiós a Luci, quien ya pastaba de nuevo espantándose las moscas con el rabo, bajo el cual, Teresa observó que de sus enormes ubres brotaban margaritas.

El doctor Milo era un hombre de cabello corto y duro, de barba roja y ojos marrón. A Teresa le recordaba a Vincent Van Gogh; y su granja parecía una factoría de montes de paja de color naranja.

– ¡Buenos días! – la recibió el doctor Milo con simpatía.

Teresa le hizo todo el cuento casi al borde de las lágrimas, casi no se atrevía a preguntar, mientras el granjero se rascaba la cabeza. De pronto, Milo levantó el dedo índice, en señal de que tenía una idea.

– ¡Preguntémose a las gallinas! – dijo sonriendo. – ¡Ellas deben saber!

Entraron a un granero de madera roja y techo de escarcha dorada. Adentro, las gallinas ponedoras charlaban animadamente. Teresa observó que la mayoría tenía el plumaje azul, con excepción de una, Clotilda, la más pequeña y de plumas violeta. Las demás gallinas no le daban conversación.

– ¿Por qué la dejan sola? – le preguntó al doctor Milo.

– Debe ser porque el gallo no la busca – respondió.

Teresa se decepcionó por la falta de solidaridad, pero luego abrió los ojos. – ¿Pone huevos? –

El doctor arrugó los labios y estiró las cejas. – Hasta ahora, no.-

Teresa bajó la cabeza y los hombros.

– ¡Pero! – dijo el doctor, levantando el dedo. – A veces la musicoterapia funciona con este tipo de gallina. –

El galeno agarró un cuatro y le dio la guitarra a Teresa. Comenzaron por entonar cánticos de serranía que celebraban los amaneceres borincanos, las vacas y las margaritas, los aguacates y todas las semillas, los huevos y sus gallinas.

Y entonces, así, como un milagro, Clotilda comenzó a cacarear. Un cacareo que se tornó de susto en emoción, hasta que aleteó de su nido y se paró a mirar lo que había ocurrido.

Las demás gallinas miraban con asombro, Teresa y el doctor Milo detuvieron la música. Todos se inclinaron a mirar el nido de Clotilda, y al unísono cacarearon: ¡Un huevo violeta, Clotilda, qué lindo!

La gallina púrpura se desmayó de la alegría. Teresa emocionada donó dinero suficiente para construir un granero más grande en el que Clotilda fuera la gallina más cuidada e importante.

Cuando llegó a su casa, Teresa puso el huevo a hervir en una cacerola de plata, mientras, guitarra en mano, cantó una melodía de agradecimiento porque la Vida le había regalado justo lo que necesitaba, ni más ni menos. Tanta y tanta fue su gratitud, que cuando se comió el huevo con sal y pimienta, le crecieron alas en el pecho, y, con la margarita en el ruedo de su traje, salió volando de espaldas por la ventana.

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