La otra

Por Samadhi Yaisha / cuento publicado en la revista literaria puertorriqueña “En la orilla” (www.enlaorilla.com)

Niña frente al espejo / Pablo Picasso

Andrea brincó esa tarde del sueño a la realidad con el sonido de unas llaves que abrían su puerta. Era inminente que alguien entraría a su casa. Como vivía sola, la rozadura de las llaves dentadas en la cerradura le tintinearon en el oído como una alarma. Se asomó al pasillo por el hilado espacio entre el marco y la puerta de su cuarto, esperando al peor intruso -un ladrón, un policía. La puerta abrió.

-¿Quién está ahí? – gritó con valentía ahogada. Tenía el esófago frío.

No hubo respuesta.

Escuchó los pasos -¿familiares?- del intromisorio anónimo. Le oyó tirar las llaves en la mesa. El ojo reseco de Andrea se abría en la rendija y ya empezaba a levantar la ceja por la posibilidad de que fuera algún conocido, cuando vio pasar a Andrea hacia la cocina cargando los paquetes de la compra. Gritó hacia adentro. No podía ser. O era una broma existencial nada graciosa o alguien se equivocó de apartamento con la monumental casualidad de que sus llaves abrían la cerradura y con la millonésima coincidencia de que era igual a ella. Su doble en su casa con sus llaves, sus pasos y su bolso de compras. Era ella vista desde afuera.

Se miró en el espejo de su cuarto. Ahí estaba, igualita, nada había cambiado. No se había desmaterializado, ni flotaba, ni atravesaba objetos. Se miró las manos, cerró los puños y frotó las palmas con la punta de sus dedos. Estaba viva.

¿Entonces, quién carajo está ahí afuera?

Salió al pasillo. Recostada de la pared, deslizó medio ojo hacia la cocina, y vio cómo la otra Andrea acomodaba botellas y potes en la nevera, la espalda doblada con las nalgas hacia afuera. ¡Qué trasero más grande! Frunció la cara y abrió un poco la boca. No sabía que la costura de ese pantalón hacía una S en la fisura de su nalgaje. El espejo no le dejaba ver eso. La otra enderezó la espalda, se giró, y la Andrea que espiaba dio un respingo. Sentía que se le descomponían las tripas del miedo, pero se atrevió a poner un pie descalzo en el suelo de la cocina.

-¡¿Quién eres tú?!-

La otra no la escuchó ni la vio. La trató como a un espíritu. Le pasó por el lado, siguió hacia el baño, se soltó el pelo y se quitó la ropa. Andrea observó que su gemela tenía el vientre algo flácido, vio zonas de celulite en la parte posterior de los muslos y algunas venas varicosas en los tobillos. Corrió al espejo largo de su cuarto y se despojó de su camisa de dormir. Allí estaban las venitas surcando los huesos de sus tobillos. Se apretó los muslos y encontró los hoyitos y las bolitas de grasa acumulada.

Mientras la otra Andrea gastaba el agua caliente en la ducha, buscó su bolso en el armario, pero no lo halló. Fue al comedor, donde su melliza lo había dejado antes. Hurgó adentro y encontró su móvil. Llamó a su mejor amiga, a su mejor amigo, a su trabajo, a su familia. Uno tras otro colgaba porque no escuchaban a nadie en el teléfono.

Andrea comprobó que podía mover objetos, peinarse, comer, ver televisión y asearse sin alterar en lo absoluto la vida de su impostora. Podía salir de su casa, ir a su trabajo, pero nadie la veía. Aquella intrusa le había robado la vida.

Pasó dos días en la otra mitad de su cama. Hasta su espacio para dormir le había usurpado. El inexplicable desplazamiento, la imposibilidad de contarlo, de buscar ayuda, la empujaron a la melancolía.

Observaba a la otra buscar el sueño entre revistas de pasarela y farándula, quedarse dormida viendo películas rosas y comiendo chocolate. Pensó que perdía tiempo en tonterías, y que con tantas horas libres podía dedicarse a combatir la grasa y a leer la pila de libros adquiridos en oferta y con el plástico puesto.

Una noche la contempló respirar mientras dormía. El apacible vaivén del diafragma ajeno pronto se convirtió en el ruidoso ronquido de un taladro rompeaceras que por momentos dejaba de funcionar cuando la otra dejaba de inhalar. Eso explicaba su cansancio mañanero. Pronto, la gordura y dejadez de su doble se convirtieron en su obsesión. No se reconocía en aquel ser inamovible y desanimado.

Andrea escarbó en su armario hasta encontrar una ropa deportiva que apenas le quedaba.  Se la puso, pero era como tratar de meterse en un tubo elástico.  Y se fue a correr, a brincar y a hacer gimnasia, sólo para regresar y hallar a su homóloga viendo una telenovela con una tonelada de helado de chocolate frente a sí.

Comenzó a gritarle para que soltara la cuchara y las calorías, pero fue inútil.

A la mañana siguiente, trató de animarla para que corriera un kilómetro, pero tampoco.

Aún así, Andrea se fue a trotar. Al menos una de las dos perdería peso.

Ya que no podía hacer nada por recuperar su vida antigua, se entretuvo quitándole el plástico a los libros nuevos llenos de polvo, organizando el librero en orden alfabético y por géneros, ordenando las revistas por títulos, revisando las novelas románticas inéditas al final de cada ejemplar y riéndose de las estupideces que le habían llegado a gustar.

Luego, organizó la ropa del armario por colores y ocasiones; las toallas del baño por texturas y tamaños; la comida en la nevera por carbohidratos, proteínas y fibra, y los zapatos por frecuencia de uso.

Era como recuperar el sentido de estar en casa.

Por las mañanas corría, por las tardes organizaba y por las noches le contaba a la Andrea falsa todo lo que había hecho. Por muchos días, la otra no le hizo caso, se echaba al cuerpo las calorías que ella había quemado, e ignoraba los libros a cambio de algún programa vacío en la tele.

Hasta que una mañana ocurrió. La otra se levantó y, en vez de ir directo al desayuno, comenzó a mirar su ropa de ejercicios. Andrea la animó, le prometió que iría con ella, le brincó alrededor, exaltada, y lo logró. Aquélla se metió con trabajo dentro de un conjunto que parecía un pegajoso licra. Un par de rollitos de grasa se le formaban en la espalda. Menos mal que eso ahora tendría remedio.

Y como si su reflejo le estuviese haciendo eco, además de correr en las mañanas –al principio con dificultad– por las noches alternó las telenovelas por algunos libros desempolvados que encontró fácilmente entre los tomos organizados en el librero.

Una noche, la melliza, ahora más delgada, apagó el televisor, pasó frente al librero sin mirarlo, se sentó en el borde de la cama y abrió la gaveta superior de su mesa de noche. Sacó un pequeño y viejo cuaderno verde que tenía un marcador de tela deshilachado.

Andrea estrujó la frente. No recordaba ese pequeño libro.

Por un rato largo, su espejo humano escribió, miró la pared y siguió escribiendo, alimentando la curiosidad de Andrea porque no recordaba haber visto a la otra tan pensativa. Y ahora que lo ponderaba bien, no lograba rememorar ocasión anterior en la que aquella se detuviera a pensar.

Finalmente, vio que su calco le puso un punto final a sus ideas, soltó una pesada respiración y fue a ducharse.

Andrea la siguió con la mirada hasta que la vio cerrar la cortina del baño. Miró la gaveta y deseó poder acariciar con su mirada el secreto de aquellas páginas, trazado entre las viejas carpetas de tela verde guardadas en el pequeño mueble de madera. ¿Por qué sentía que se estaría inmiscuyendo en la vida de otra persona, que estaba mal hurgar en sus notas y que en realidad no querría descubrir sus pensamientos?

Escuchaba el sonido constante de la ducha. No quería esperar a que la otra se fuera a trabajar en la mañana para husmear en sus notas. Aunque, a su amiga le daría igual, aún no se enteraba que ella existía. Algo la detenía, pero la curiosidad no la dejaría dormir, así que se sentó en el borde del colchón. Haló un poco la gaveta mientras miraba la nube de vapor que salía del baño condensarse en el espejo. Metió la mano en el cajón y sacó el ligero tomo verde que desvelaría sus propias intimidades. El diario olía al polvo humedecido de un libro viejo. Lo ojeó con ganas de detenerse, pero con prisa y la tensión de ser descubierta. Allí estaban los episodios más importantes de su vida, plasmados con la caligrafía aún torpe de la preadolescencia, las letras alargadas y ornamentadas de su juventud y el cursivo rápido y sobrio que ahora usaba.

Las últimas páginas escritas estaban llenas de palabras de agradecimiento y signos de exclamación en todas direcciones. Daba las gracias a todo y a todos en su vida porque ahora era más activa, más organizada, había podido dejar de lado las adicciones telenovelescas y chocolatosas. Andrea sonrió con los ojos mojaditos. Si la otra supiera.

Entonces fue que lo leyó. Lo que no se suponía que descubriera. Por eso era que no debía haber abierto el diario.

“Después de tantos meses, ¡es como si alguien me hubiese escuchado por fin! Parece que el pedir tanto el tener a alguien que me recordara las tareas que quería emprender, me trabajó tanto en la cabeza que programó una vocecita que me dice todos los días ¡ejercicio, ejercicio! ¡Organízate! ¡Come bien! ¡No leas basura! Gracias a Dios y a mis angelitos por mandarme la vocecita”.

El corazón de Andrea latía más fuerte con cada palabra. Se le vaciaba el pecho con cada oración.

O sea, ¡que la otra soy yo!

Lo leyó otra vez, para ver si la negación inicial tras el golpe hacía desaparecer la tinta del diario, con la misma magia con que la impostora apareció una tarde. Pero las palabras seguían ahí. La tinta todavía estaba fresca.

La incredulidad la llevó a leer 90 días hacia atrás en el diario, y allí encontró palabras de súplica, peticiones desesperadas para cambiar su vida, oraciones de guía, la esperanza de ser otra persona.

De no creer, pasó a considerar que era un espectro creado por su propia mente, condenado a vivir poco tiempo y a desaparecer.

Antes de desvanecerse, corrió todo lo que pudo, se deshizo de toda la basura mental que encontró en su casa y de la comida chatarra que había en su nevera.

Esa noche no quiso cerrar los ojos. Temía no despertar. Miraba a la otra dormir en paz, sin los ronquidos destartalados que antes les impedían a ambas rendirse al sueño. Y ahora que los necesitaba para que interrumpieran su ciclo nocturno, no estaban, y no estarían. Tenía que hacer algo para no dormir y desaparecer. Temía que el propósito de su existencia estuviese llegando a su fin.

Buscó algo interesante para leer, pero ya lo había devorado todo, a excepción de las revistas faranduleras que, de todas formas, había desechado. Fue a la nevera y buscó algo frío con azúcar, cafeína o -qué ironía- helado de chocolate. Nada. Podía hacerse una ensalada o unas viandas, pero eso no la ayudaría. Le quedaban los programas chatarras de la tele, así que agarró el control remoto. Aguantó así unas horas, entre películas de acción o de misterio, programas en los que la gente peleaba voluntariamente y recetas saladas y dulces.

Se quedó dormida sentada frente al televisor, un poco antes de que los rayos del sol entraran por el ventanal de la sala. Ni se enteró.

Escuchaba a lo lejos un teléfono sonar, sonar y sonar.

Que ella lo coja,pensó. De todas formas, no me van a escuchar. Su mente andaba a mitad entre dormir y despertar. El teléfono no se callaba. Sus sentidos la empujaron hacia la realidad. El teléfono descascaraba a ringonazos en la mesa de noche, así que extendió la mano.

“¿Aló?”.

“¿Andrea? ¿Estás bien?”, escuchó la voz de su jefe y terminó de despertarse.

Había abierto los ojos y se encontró envuelta en la sábana suave y cómoda que más le gustaba, y en su lado de la cama. Miró al otro lado del colchón. No había nadie.

“¿Andrea? ¿Aló?”, su jefe insistió.

“Sí, estoy aquí”.

“Ya veo, la pregunta es, qué haces allí y no aquí”.

Titubeó dos segundos. Su jefe podía escucharla.

“Pues mire, la verdad, tuve una noche muy mala. Casi no dormí. Y es más, he tenido un par de meses muy malos. Creo que bastante he hecho a pesar de todo”. No estaba muy segura del último comentario.

“Bueno, eso explica algunas cosas”, le dijo su jefe, ahora un poco compasivo. “Te espero mañana, a ver si te parece que terminemos algunas cosas y tomas unas cortas vacaciones”.

Andrea sonrió y cerró los ojos. Por fin buenas noticias.

Colgó y salió velozmente de la comodidad de su frisa. Su ropa de dormir no era la que se había puesto la noche anterior, era la que la otra Andrea, la impostora, la intrusa, la gemela falsa, la usurpadora, había vestido para roncar.

Corrió en dirección a la sala. Iba por el pasillo pensando que ahora se habían intercambiado los papeles. Ella era la copia y la original estaba dormida en la sala. Pero al llegar, no había nadie. Ni la sombra de que alguien se había quedado dormida allí con el control remoto al lado. Todo estaba en orden. La butaca donde había cerrado los ojos la noche anterior estaba fría.

Fue a la cocina y abrió la nevera. Todo estaba organizado como ella lo había dejado mientras pensaba que desaparecería. El librero, perfectamente ordenado.

¿Dónde estaba su doble?

Hasta se preocupó.  Se preguntó si estaría bien, si se fue, si volvería.

Y entonces hizo un experimento. Si había podido hablar con su jefe, entonces quizás podría hablar con sus amigos y su familia.

Los llamó. Todos contestaron y hablaron con ella. Nadie se había dado cuenta de que había sido sustituida.

Pero ella sí se dio cuenta. Se había materializado finalmente en la otra, creada por su imaginación.

Publicado en la revista literaria “En la Orilla”  www.enlaorilla.com

©2012 Todos los derechos reservados.

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4 Comments

  1. Yaisha en este cuento me pareció estar dentro de tus crónicas. ¿Después de este no hay más ninguno? Son muy buenos… despierta a la otra! Acá desde la otra orilla nos parece estarnos mirando roncar! Anda escribe otro… Gracias.

      1. Los leí todos, este era el último. Entré en varios años distintos, pero eso era todo. A lo mejor no sé como acceder a ellos. Son cuentos cortos exquisitos. Yo escribo cuentos cortos y poesía, pero no publico. Me gusta escribir y por supuesto leer a otros. La nomenclatura de tus poesías es diferente atrae al lector y lo atrapa. Todo es magnífico y se queda uno con deseos de seguir leyendo. Gracias por compartir pues se siente uno acompañado en el andar por la vida.

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